jueves, 25 de julio de 2019

Fractura, de Andrés Neuman



Fractura se publicó el año pasado. Desde entonces tenía intención de leerla. Ya dije aquí que Andrés Neuman es un escritor del que intento no despegarme. Pero como ocurre con muchos de mis propósitos lectores lo fui postergando. Hasta que el azar me puso el libro delante.

Una tarde entré en una librería. Serían las seis. Fractura no estaba en mi mente. La librería estaba vacía. Intuí a dos dependientas. En otra estancia se escuchaba algún murmullo. Tras pasar un buen rato ojeando títulos que no me convencían despegué la mirada de los anaqueles, y casi me doy de bruces con el hombre que estaba sentado detrás de una pequeña mesa. Era Andrés Neuman. Ante mi sorpresa, extrañamente lo saludé como si lo conociera de toda la vida. Le dije algo así como: «¡Hombre tú por aquí!». «Te estaba esperando», fue su rápida respuesta. De modo que seguimos la conversación. La señal estaba clara. Fractura se había cruzado en mi camino. Segunda sorpresa. Los murmullos que provenían de la otra estancia eran de Andrea y Borja, mi sobrina y su pareja. Tras escucharnos, pensaron que Neuman y yo éramos amigos. No deshice el entuerto y continuando con la impostura los presenté. Andrés recomendó a Andrea Sin destino de Imre Kertész. Nos contó cómo lo conoció en una conferencia en una ciudad centroeuropea antes de que le dieran en Nobel. Andrea finalmente no le hizo caso y salimos de la librería con tres ejemplares de Fractura dedicados por el autor. Nos fuimos con la sensación de haber conocido a un gran tipo. A un gran escritor.


Fractura es una novela cosmopolita y viajera, igual que su protagonista, Yoshie Watanabe. 
Fractura es una novela poética por la belleza que desprende el cuidado lenguaje de Andrés Neuman. Fractura es una novela que nos muestra el amor a distintas edades. 
Fractura es una novela que aborda multitud de temas utilizando una amplia gama de matices. No hay absolutos.

Uno de esos temas, tal vez el más importante, es el del papel de la víctima, de cualquier víctima que ha sobrevivido al horror, al holocausto, al genocidio, a la guerra, a las bombas.
Yoshie Watanabe es víctima por partida doble, si eso es posible. Pero no quiere vivir con ese estigma. Vivía en Nagasaki. El 6 de agosto de 1945 su padre lo llevó a Hiroshima para hacer unas gestiones. En Nagasaki quedaron su madre y sus dos hermanas. Un muro le dio una segunda vida. Su padre no corrió la misma suerte. El destino se empeñó en salvarlo de nuevo, cuando tras caminar errante entre la desolación, perdió el último transporte que lo llevaba de regreso junto a su madre y sus hermanas. Tres días después murieron con la segunda masacre. La reconstrucción que hace Neuman del 6 de agosto de 1945 es la mejor que he leído. Esta es una pequeña muestra:

«Sólo en ese momento se dio cuenta de los gritos a su alrededor, del fuego, de las crepitaciones, de los crujidos. Había más mucho más. El foco se había ampliado de golpe. Ensordecido por todas las cosas rotas, Yoshie vagó en busca de asistencia. Quería que lo ayudasen a mover el árbol. Los edificios ya no estaban ahí. Sólo se mantenía algún otro, en equilibrios no previstos por su arquitectura. De la ciudad rememora Watanabe, quedaba el hueco. Su plano borrado. Hiroshima era una cicatriz del tamaño de Hiroshima […] En su camino en busca de la ayuda que nadie podía darle, vio sombras de carbón. Siluetas en los muros. Vio quemadas cosas que ni siquiera sabía que podían quemarse. Nada había conservado sus colores, como si el hongo se los hubiera llevado. Escombros y cuerpos se confundían. Todo era pedazo. Una especie de rompecabezas, visualiza hoy Watanabe, concebido para no armarse. Vi la misma expresión en todas las caras junto a las que iba pasando. Un mismo cadáver repitiéndose» (p.101).

«Cuando piensa en sus lazos con Hiroshima y Nagasaki, el señor Watanabe tiene la sensación de haber muerto dos veces y haber nacido tres. Por eso, según el día, se siente el hombre con mejor o peor fortuna del mundo» (p131)

Estos acontecimientos los recordará Yoshie Watanabe sesenta y seis años después, cuando el 11 de marzo de 2011 un terremoto provoca un tsunami que a su vez causa el mayor desastre nuclear después de Chernóbil. Andrés Neuman escribe con una sutiliza admirable. Un ejemplo: el anciano Watanabe regresa a su casa para ver los desperfectos causados por el terremoto.
«Inspeccionando su biblioteca, Watanabe comprueba que se han deslizado unos pocos ejemplares de los anaqueles superiores. ¿existirá algún patrón en esos movimientos literarios? ¿Confirmarán una especie de antología sísmica?¿habrá autores más propensos a descolocarse? Se detiene a cotejar si esos libros se corresponden en alguna medida con sus preferencias. El resultado lo sorprende» (p.25).

De modo que la novela muestra la historia de Yoshie Watanabe, desde su infancia hasta su vejez. Tras la adolescencia en Tokio, siente que debe que poner tierra de por medio para intentar cerrar unas heridas que nunca se cerrarán por completo. La distancia como alivio. El kintsugi como metáfora. Las fracturas de la vida cerradas con el oro del amor.
Su vida transcurre entre París, Nueva York, Buenos Aires y Madrid. Sin embargo, al final regresa a Tokio, donde el desastre de Fukushima también sacude su cerebro. Y el de las cuatro mujeres que vivieron con él. Afloran los recuerdos.
Un narrador onmisciente muestra a Watanabe, con un libro de Kenzaburo Oe bajo el brazo, viajando hasta los pueblos abandonados tras el desastre de Fukushima en una especie de reencuentro con su pasado nuclear, con su memoria. Para cerrar el círculo. Para comprobar su inmortalidad.  

A las cuatro mujeres, el tsunami las lleva a echar la vista atrás. A recordar sus vidas cuando Yoshie Watanabe formó parte de ellas. Violet en París durante los años 60, Lorrie en Nueva York en los 70, Mariela, en el Buenos Aires de los 80, y Carmen en el Madrid de los 90, hasta el regreso a Tokio de Yoshie en los primeros años del nuevo milenio. Se trata de un viaje por la historia política y sentimental de la segunda mitad del siglo XX. En este caso narrado en primera persona a partir de monólogos en los que autor utiliza un lenguaje coloquial con expresiones propias de cada país. El lenguaje como parte del relato que Neuman maneja con precisión de orfebre. Cuatro voces extraordinarias que en cierto modo nos remiten a la Menchu de Cinco horas con Mario.

Además de reconstruir su momento vital y el contexto socio-político y cultural del país, Violet, Lorrie, Mariela y Carmen reflexionan sobre la felicidad, sobre la juventud, sobre la protesta («Discrepar y protestar. Yoshie me lo decía a menudo. Que en Francia la protesta es una forma de felicidad» p.49 ). Sobre la memoria histórica de los pueblos («Para ser justos, nosotros también teníamos nuestros problemas de memoria. Nuestro propio silencio de posguerra» p.55). Sobre la maternidad («Si hubiera sabido cuanto alivio hay en cuidar a otros, hasta qué punto la vida propia se clarifica y se reordena gracias a las vidas de las que nos hacemos responsables, habría tenido hijos mucho antes» p.85). Sobre el paso del tiempo («Éramos tan jóvenes que me dan ganas de llorar. Por no haber sabido que lo éramos. Por haber creído que toda esa fuerza era nuestra. Nos sentíamos tan bien hechos que, cada poco tiempo, necesitábamos acariciarnos para confirmar que era verdad. Que nuestros cuerpos incansables seguían ahí» p.65). Sobre la vejez («Fui decididamente joven la mitad de mi vida. Y, al día siguiente me di cuenta de que estaba envejeciendo» p.161. «Mi idea de vejez es otra. No depender de nadie para comprar comida o ir al baño. Mientras pueda hacerlo me importa una mierda cuántos años tengo» p.165); Sobre política, economía y energía nuclear, sobre sexo y amor, sobre música, cine y literatura (Ari, el hijo de Mariela, le presta a Yoshie El Eternauta de Héctor Germán Oesterheld). Es una reflexión sobre la vida. Cada mujer con un punto de vista diferente. Desde culturas diferentes. Cuatro momentos históricos y vitales distintos que completan un cuadro magnífico.

Jorge Pinedo, periodista argentino obsesionado con los desastres nucleares, será el encargado de seguir el rastro de nuestro personaje y de las cuatro mujeres. Será el encargado de armar el puzzle. De darle forma al cuadro.
La forma es importante. Se desarrolla en once capítulos. Los impares ponen el foco en Watanabe. Los pares en las Violet, Lorrie, Mariela y Carmen. La aparición del periodista rompe la alternancia en el capítulo nueve. El diez es el desenlace. El once un epílogo poético, maravilloso, profético, terrible.  

«El agua rasga el saco de las nubes, las abre con su filo, corre entre los timbales de los truenos y el cortocircuito de los relámpagos, cose su trayectoria, dando puntadas en el cielo nocturno, cae de cara al mar igual que un saltador desde su trampolín».

Andrés Neuman. Suya es la literatura.
Palabra de Roberto Bolaño.



                                             OMD. Enola gay. Tributo a Hiroshima







miércoles, 17 de julio de 2019

Andrea Camilleri




Leo en el periódico que ha muerto uno de mis escritores favoritos: Andrea Camilleri.  
Hace justamente diez años que descubrí al escritor italiano. Entre 2009 y 2012 devoré de la serie del comisario Montalbano. En 2012 hice un viaje a Sicilia siguiendo su rastro.

Me sumerjo en los cuadernos en busca de la huella de Camilleri y no tarda en aparecer.

11 de mayo de 2009.
Leo El perro de terracota de Andrea Camilleri, escritor italiano que en los años 90 creó al comisario Montalbano en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán. Es el comisario de la localidad siciliana de Vigata, en la provincia de Montelusa. Los nombres no existen en los mapas, pero sí los lugares que inspiraron a Camilleri. Vigata es su localidad natal, Porto Empedocle. Montelusa es la localidad de Ragusa.

28 de octubre de 2009
Termino de leer El olor de la noche. Cada vez me gusta más Andrea Camilleri. Por suerte todavía me quedan unos nueve libros de la serie. Me sorprende la frescura y la sabiduría de este escritor siciliano que nació nada menos que en 1925. A sus 84 años, Camilleri es un autor que sabe contar una historia con ironía y emoción. Lo borda con un personaje como Salvo Montalbano que parece estar a vueltas de todo pero que, conforme pasa el tiempo, se percata de que es todo lo que le da vueltas a uno.
Por desgracia, hasta el viernes no podré comprar Un giro decisivo. ¿Será en su vida?¿Se casará acaso con la preciosa Livia?

7 de noviembre de 2009
Estoy terminando Un giro decisivo. Montalbano es un gourmet igual que Carvalho. La diferencia es que a Montalbano no hay quien lo saque de la cocina tradicional italiana.

 17 de noviembre de 2009
Sigo con Montalbano y su nueva aventura titulada La paciencia de la Araña. Camilleri en estado puro.



7 de julio de 2012.
Damos una vuelta por los alrededores de Agrigento, comenzando por Porto Empedocle, pueblo natal de Andrea Camilleri. Comparte paisanaje con Luigi Pirandello. Son los personajes ilustres de la localidad. No es poca cosa para este pequeñito pueblo de pescadores situado frente a la costa tunecina y a la isla de Lampedusa. La Vía Roma, calle central de la localidad, tiene vida. A primera hora está poblada por ancianos que charlan amistosamente a la sombra de las cafeterías, por mujeres que van de un lado a otro cargadas con la cesta de la compra, y por niños que corretean disfrutando de las vacaciones. Paseamos por sus callejuelas y por el puerto. Encontramos una placa de azulejos en la que Camilleri hace de Porto Empedocle su Vigata imaginaria.  Tomamos un café en la terraza de un restaurante en el que sirven el Menu di Montalbano.









8 de julio de 2012.
Tardamos siete interminables horas de viaje por las olvidadas carreteras del sur de Sicilia hasta llegar a Siracusa. El motivo de tan largo viaje es el desvío hasta Ragusa, la Montelusa de Montalbano, que resulta ser una ciudad maravillosa.






12 de julio de 2012.
Visita al Santuario de Tindari, lugar de la desaparición de una pareja de ancianos que resuelve el Comisario Montalbano.
El santuario está sobre un monte  situado a la orilla del mar Tirreno. Se trata de la reserva natural donde tres pequeños lagos forman un curioso paisaje junto al mar. Además se ha formado una manga de tierra con una playa paradisíaca coronada por el monte y el Santuario de Tindari.

«De Tindari, Montalbano recordaba el pequeño y misterioso teatro griego y la playa en forma de mano con dedos de color rosa… Si Livia se quedara unos cuantos días, quizá pudieran hacer una excursión a Tindari».







Se ha ido uno de los grandes de la literatura. Seguro que su buen amigo Vázquez Montalbán ha reservado la mejor mesa para comer.



                                                            Paolo Conte. Azzurro