viernes, 11 de junio de 2021

El arte de mantenerse a flote, de Eric Luna



«El mundo de afuera era una partitura rara. Intuía que había que unir los puntos para obtener el dibujo completo, como en aquellos libros para niños. Pero el trazado se perdía en el horizonte del día siguiente». (p. 93) 

Salgo a la superficie en busca de aire fresco y me alegro de encontrarme con un escritor como Eric Luna, que derrocha talento en este libro de relatos titulado El arte de mantenerse a flote, recientemente publicado por la editorial Boria. El título es acertadísimo, pues el hilo conductor de la obra nos muestra a unos personajes que tratan de sobrevivir en un mundo dominado por dioses que disfrutan jugando con el naufragio cotidiano de la gente corriente. 

Está compuesto por doce relatos de diferente extensión, divididos en tres partes. La primera se titula Días de Jagger y hierbabuena, y está formada por tres relatos cortos que nos introducen en el universo de Eric Luna, en el que las historias giran en torno al trabajo, la juventud o la música. El libro va in crescendo en la segunda parte titulada Apocapitalismo, con cuatro relatos distópicos, o no tanto, que nos hablan de la deshumanización de la sociedad occidental, con la soledad en la vejez y la muerte tras la jubilación, con el Estado como imposible mecenas del arte, con las consecuencias del uso generalizado de la mascarilla y de la persecución los disidentes, y sobre la tecnología como sustituta de los trabajadores. Este último relato titulado Moloch 3000, uno de los más perturbadores del libro, es una alegoría hiperbólica y terrorífica de la sustitución del trabajo manual por el mecánico. 

La tercera parte es la mejor del libro, con cinco relatos protagonizados por antihéroes que se agarran a los micromomentos buenos de la vida, que, a veces, pocas, aparecen como contrapunto a la lluvia y al frío que hace fuera, como rendija por la que se vislumbra un punto de calor, como el del sonido de un contrabajo en forma de corazón en el interior de un útero, como la canción Free Bird de The Lynard Skinard sonando en el coche antes de llegar al trabajo. Los cinco relatos son extraordinarios. El primero, Tríptico Chileno está protagonizado un joven escritor que emigra a Chile en busca de trabajo. Lo mejor es que el mismo protagonista aparece tres relatos después para contarnos el final de sus aventuras en el país andino. Se titula Mecanografía, en mi opinión el mejor relato del libro, con el joven Isaac, personaje que recuerda al detective salvaje Juan García Madero, que se ve abocado a regresar a la madre patria tras un desesperado intento de vender su talento en las calles. Y entre ambos, tres estupendo relatos. Ganapanes refleja la cara más penosa del éxito en un conocido escritor, ganador del Planeta, que contrasta con el fracaso aventurero y nostálgico de nuestro emigrante. Un relato bebop nos lleva a la vida de un trasunto de Chet Baker con el jazz como protagonista; y Free bird,con un final épico en uno de esos micromomentos que a veces aparecen para sacarnos del hastío. En esta tercera parte, los relatos toman tintes bolañescos, con la literatura o la música como meta, con personajes que respiran autenticidad, que tratan de mantenerse a flote en un mundo hostil. Son historias que conmueven, que llegan, que tocan la fibra, que emocionan por auténticas. 

Un gran descubrimiento, Eric Luna.


 

                                                             Lynard Skynard. Free bird




                                         

martes, 18 de mayo de 2021

La hija de Homero, de Robert Graves



Escribe Jesús Marchamalo en Las bibliotecas perdidas que Robert Graves trabajaba en su casa de Mallorca en una habitación en la que, salvo los interruptores de la luz, todo estaba hecho a mano, porque era importante para su actividad creativa saber que estaba rodeado de cosas construidas de forma artesanal. Lo imaginas en ese espacio anclado en el tiempo, dando vueltas a una historia que gira en torno a la teoría del británico Samuel Butler, traductor al inglés de La Odisea, quien, a finales del siglo XIX, tuvo el atrevimiento de defender que La Iliada y La Odisea estaban escritas por manos diferentes. Esta última no la habría escrito Homero, pues, tras un análisis pormenorizado, llegó a la conclusión de que fue escrita por una mujer, poniendo en pie de guerra a la crítica literaria victoriana, en una época en que las mujeres todavía eran una rara avis en la literatura y las artes. 

La hija de Homero, escrita y publicada a la par que Los mitos griegos (1955), retoma la teoría de Samuel Butler y reconstruye con audacia la historia de esa mujer que escribió La Odisea. Su nombre, en la ficción de Graves, es Nausícaa, hija de Alfides, rey de los elimanos, pueblo griego establecido en la costa occidental de Sicilia, lugar donde se desarrolla la trama. La novela narra la historia de la desaparición de su hermano y la búsqueda por parte de su padre, cuya ausencia será aprovechada por un numeroso grupo de nobles que pretenden hacerse con el trono. Nausícaa es el medio para legitimar la rebelión, por lo que la presionan para que decida contraer matrimonio con uno de ellos a través de un banquete continuo a costa de su hacienda. Nausícaa, narradora en primera persona, tendrá que desplegar su inteligencia para frenar las perversas intenciones de los pretendientes. 

La novela no requiere la lectura previa de La Odisea, pues es una obra de amores e intrigas palaciegas, con el mundo mediterráneo de la antigüedad como telón de fondo, situada a mediados del siglo VIII antes de Cristo. La hija de Homero contiene un discurso feminista, con Nausícaa como auténtica heroína que rompe estereotipos por partida doble: frenando y dando su merecido a los pretendientes, con la ayuda Atón, un joven naufrago que aparece en la playa; y sobre todo, inmortalizando la epopeya homérica para convertirla en la primera novela griega, como señala Graves al final de Los mitos griegos

No obstante, hay un tercer nivel en la narración. Si se conoce La Odisea, la lectura adquiere otra dimensión y se hace más rica, pues muchos de sus componentes se encuentran en La hija de Homero: Nausícaa es el nombre de la narradora y protagonista, Euriclea, el de la viaja nodriza, Eurímaco y Antinoo, el de los subversivos pretendientes, Argos, el del perro de su desaparecido hermano, Eumeo el del porquerizo, Demódoco y Femio, de los bardos, Méntor, el del hermano del rey… La novela contiene elementos que nos remiten directamente al poema homérico para mostrarlo desde una perspectiva novedosa. Nausícaa quiere ser inmortal, como Homero, y para ello toma la epopeya de Ulises que cantan los bardos y la reinterpreta añadiendo el final que todos conocemos basado en su experiencia personal, de manera que enlaza realidad y ficción, historia y mito. La hija de Homero contiene por tanto una reflexión acerca de la creación literaria, sobre cómo los novelistas convierten sus vivencias en material narrativo. Con otra vuelta de tuerca, hasta podemos aventurar que La Odisea de Nausícaa, la hija de Homero, fue la primera novela de autoficción de la historia. El juego de Robert Graves es genial.

Muchos siglos después, cerca del lugar donde Nausícaa escribió La Odisea, en la localidad siciliana de Milo, frente a la fumarola del Etna, viviría otro de los grandes aeda que mantuvo viva la llama de Homero. Él era otro de sus hijos, y hoy lloramos su muerte. 


Battiato e Alice. Summer on a solitary beach.


Traducción de Floreal Mazía


lunes, 10 de mayo de 2021

Dioses y héroes de la antigua Grecia, de Robert Graves



Siguiendo la estela de Homero, entre un tumbo y otro tumbo, encuentro en mi biblioteca un libro titulado Dioses y héroes de la antigua Grecia, de Robert Graves. Lo publicó en 1960, como una especie de apéndice de su extensa obra dedicada a compilar Los mitos griegos (1955). Cuenta Lucía Graves en el prólogo de la novela La hija de Homero, que su padre buscaba en los orígenes de la cultura europea el origen del comportamiento de su generación, una generación que vivió las dos guerras mundiales. Robert Graves, que participó en la primera, como su colega J.R.R.Tolkien, y fue gravemente herido en la batalla de Somme (estuvo oficialmente muerto durante 48 horas), decidió retirarse del mundo urbano (in)civilizado que conocía para bucear en la antigüedad en busca de los valores perdidos en el subconsciente. Ahí se encontró con Deià, un pueblo mallorquín entre el mar y la montaña que recordaba al paisaje griego, un lugar mediterráneo, rural y primitivo donde los antiguos ciclos agrícolas seguían estando presentes. 

Dioses y héroes de la antigua Grecia es un librito corto (115 páginas), compuesto de relatos breves pero intensos con los que atrapar a los lectores y llevarlos directamente al Olimpo. Son relatos independientes, unidos por hilo de oro divino casi imperceptible, que tienen como protagonistas a dioses y héroes cuyas historias se convirtieron en mitos. Unos mitos que se fueron transmitiendo de manera oral hasta que pasaron a formar parte de las obras de Homero, Hesíodo y tantos otros poetas griegos. Estos, a su vez, fueron recogidos por los romanos que adoptaron a los dioses griegos pero con nuevos ropajes, y sus escritores también los utilizaron como material narrativo, como Ovidio, que intentó reunir la extensa historia mitológica en su magna obra Las metamorfosis. Robert Graves, salvando las distancias, hace algo similar en Los mitos griegos y en Dioses y héroes de la antigua Grecia, y nos dice que lo hace para rescatarlos del desprestigio y la desvalorización a que los había sometido la Iglesia en los últimos dos mil años para destacar así la superioridad espiritual de la Biblia. 

A diferencia de los relatos bíblicos, los mitos griegos no son solemnes, sino todo lo contrario, son mitos pendencieros y divertidos, como eran los propios griegos de la antigüedad. Los dioses, aunque con poderes sobrenaturales, tenían forma humana, se comportaban como los humanos y se relacionaban con ellos, decidiendo, muchas veces de manera caprichosa, el destino de sus vidas. Eran celosos y vengativos, y a una buena acción de un mortal podían no responder con una recompensa sino con un castigo, como les ocurrió a los feacios que finalmente llevaron a Ulises hasta Ítaca. Estos dioses no eran de fiar, tan pronto planchaban un huevo como freían una corbata, pero, con mucho, prefiero el casco de Atenea a las llaves de San Pedro. 

El autor de Yo, Claudio, nos presenta a los dioses del Olimpo para, a partir de ahí, narrar multitud de historias en las que ellos mismos participan, y que más o menos conocemos aunque sea de oídas; como las de Orfeo y Eurídice, Sísifo, el rey Midas, el rapto de Europa, Perseo y Medusa, Teseo y el minotauro, Jasón y el vellocino de oro, las doce pruebas de Hércules..., así hasta veintisiete relatos narrados con la maestría de Robert Graves. El libro termina con el destronamiento de los dioses del Olimpo y la llegada del cristianismo: «Juliano de Constantinopla, el último emperador romano que adoró a los dioses del Olimpo, murió luchando contra los persas en el año 363 después de Cristo. Las tres parcas, entonces, informaron a Zeus que su reinado finalizaba y que él y sus amigos debían abandonar el Olimpo. Furioso, Zeus destruyó el palacio con un rayo y se fueron todos a vivir entre la gente humilde del campo, esperando tiempos mejores. Los misioneros cristianos, no obstante, los persiguieron con la señal de la cruz y transformaron sus templos en iglesias, que repartieron entre los santos más importantes. Y así, los mortales pudieron volver a contar el tiempo por semanas como les había enseñado el titán Prometeo. Los dioses del Olimpo se vieron obligados a esconderse en bosques y en cuevas, y nadie les ha visto desde hace siglos». 

De momento, sigo navegando en el cómodo barco de Robert Graves (leyendo La hija de Homero), y no hay duda de que seguiré dando un tumbo y otro tumbo por los infinitos mares de la antigüedad en busca de aquellos dioses escondidos. 



Traducción de Carles Serrat

viernes, 23 de abril de 2021

La Odisea, de Homero



Termino de leer La Odisea, un libro que no estaba para nada en mi lista de próximas lecturas. La edición que he leído pertenece a una vieja colección titulada Biblioteca de Obras Famosas que publicó Ediciones Alonso en el año 1966. No aparece el nombre del traductor o de la edición que se utilizó para la colección, tan solo hay un breve e interesante prólogo firmado con las iniciales L.H.A. El papel se conserva bien después de más de cincuenta años, y la edición es manejable, encuadernada en tapa dura entelada en rojo. El libro lo compré en 2012 en el mítico Bazar del TBO para acompañar a La Iliada de Gredos, de mayor linaje, que llevaba mucho tiempo desparejada en la estantería. 

La única responsable de que tuviera que acudir en busca de Homero es Irene Vallejo. Suya es la culpa, y a ella agradezco semejante atrevimiento. En El infinito en un junco dedica muchas páginas a Homero, pero son las palabras que escribe sobre Ulises y La Odisea en el capítulo 30 de la primera parte las me hicieron rendirme a la evidencia de que no podía postergar más al padre (¿ciego?) de la literatura. 

El argumento es de sobra conocido, a saber, el regreso de Ulises a Ítaca después de la guerra de Troya y de otras muchas aventuras a las que sobrevive gracias al favor de Atenea, la Diosa de los ojos claros. Allí se encuentra con cincuenta tipos que dan la tabarra, día y noche, a su esposa Penélope, presionándola para que se decida de una vez por uno de ellos; y con su hijo, el joven Telémaco, ya harto de que coman y beban de gorra y sin mesura, un día sí y otro también. 

Tengo la sensación de que el divino Ulises no tenía prisa por regresar a casa (como escribiría muchísimos años después el poeta Cavafis: «mas no apresures mucho el viaje, mejor que dure muchos años, y atracar, viejo ya, en la isla»). Después de diez años de guerra tardó otros diez en volver, cuando Ítaca no quedaba tan lejos de Troya (a dos o tres semanas de viaje, no más). Es verdad que muchas veces las pasa canutas. Casi termina en el fondo del mar en varias ocasiones (Poseidón le tiene ojeriza por lo de Polifemo); tiene que poner pies en polvorosa de la isla de los los gigantes lestrigones; utilizar su audacia para no convertirse en la merienda del cíclope; o atarse a un mástil para no escuchar el peligroso canto de las sirenas. Pero la mayoría del tiempo vive como un Dios, literalmente. Primero con Circe (a pesar de que casi lo convierte en un cerdo como a sus compañeros, y de que lo envía al inframundo en busca del adivino Tiresias). Y más tarde, con la bella ninfa Calipso, la de las trenzas de oro, con quien pasa siete años en el paraíso, aunque a veces llore de nostalgia. Hasta que interfiere la metomentodo Atenea, quien, rendida a sus pies, cansada y celosa de una Calipso que lo acapara por completo, logra, jerarquía mediante, que le deje marchar, a sabiendas de que la prudente Penélope, mortal ella, ya no es rival para la hija de Zeus. 
Escribe Irene Vallejo que «Ulises es una criatura luchadora y zarandeada que prefiere las tristezas auténticas a una felicidad artificial […] La decisión del héroe expresa una nueva sabiduría que nos susurra que la humilde, imperfecta y efímera vida humana merece la pena, a pesar de sus limitaciones y desgracias, aunque la juventud se esfume, la carne se vuelva flácida y acabemos arrastrando los pies». De todo se cansa uno, hasta del paraíso. Pero si Atenea no llega a meterse donde no la llaman, allí que se habría quedado tan ricamente nuestro héroe, por los siglos de los siglos. 

Es evidente que Penélope no espera el regreso de su marido después de tanto tiempo. Cree firmemente que ha fallecido y no alberga esperanza alguna de su vuelta. Penélope no elige a ninguno de los insaciables pretendientes porque está mejor así como está, libre, sin marido que la mande callar, como en ocasiones hace su impertinente hijo, que ya apunta maneras. Y la famosa mortaja que teje y desteje para su suegro Laertes durante tres años (también estará deseando perderlo de vista), no es para esperar a Ulises, sino para que la dejen en paz los que han ocupado su casa. No le hará mucha ilusión reencontrarse con su viejo esposo, a quien ni reconoce cuando se le pone delante; tampoco es que se alegre demasiado de que le hayan quitado de en medio, literalmente, a sus simpáticos acosadores. Vamos, que Penélope ya se había acostumbrado a la libertad de la viudez, y ahora resulta que regresa el marido perdido, y encima disfrazado de viejo mendigo achacoso y harapiento. ¡Qué fatalidad!

El único que espera pacientemente a Ulises, ya muy viejo, es su fiel perro Argos. La escena es conmovedora. El perro, ya viejo, abandonado y maltrecho, sin poder ladrar ni moverse, reconoce a su dueño, tras veinte años de ausencia, alzando las orejas y moviendo el rabo. Ulises, transformado en mendigo, se emociona del gesto de su fiel amigo y una lágrima se desliza por su mejilla, sin poder acercarse a él para que no lo descubran. «Y entonces la Ker de la negra muerte se apoderó de Argos, cuando acababa de ver a Ulises después de veinte años». Penélope y Telémaco merecerían un buen tirón de orejas por descuidar de esa manera al pobre Argos. 

Termino de leer La Odisea y todavía tengo rondando a Eos, la hija de la mañana, la de los dedos rosados, y a Poseidón, de los cabellos azules, y al ilustre Hades y a la implacable Perséfone (Edes y Persifonia en mi edición), y al ingenioso Ulises, y a Atenea, la de los ojos claros, y a la discreta Penélope, y al prudente Telémaco, y hasta la negra Ker. No hay nombre de mortal o inmortal que no vaya acompañado de un epíteto que se repite continuamente a los largo del relato. Imagino que eran las fórmulas que utilizaban los aedas (o bardos) para memorizar las historias que cantaban, en una época en que todavía no estaban escritas. 

La magia de La Odisea es que reconocemos perfectamente su sonido, pese a que nos llega de una época tan remota como la Edad del Bronce. El genio de Homero, si es que lo hizo él, fue el de inmortalizar estas historias dejándolas por escrito. La Odisea, definitivamente, me deja varado en la antigüedad, aunque no tanto como a ese rico alemán de mediados del siglo diecinueve llamado Heinrich Schliemann, tan loco por las obras homéricas, que dejó su vida para embarcarse en la quijotesca empresa de encontrar los lugares que allí se mencionaban. Lo más increíble de todo es que los encontró. Pero esa ya es otra historia. 

¡Feliz Día del Libro!



                                                               Javier Krahe. Como Ulises
          




L.F. Schutzanberger. Regreso de Ulises. 

                                                                   Briton Riviere. Circe

                                                                     Waterhouse. Circe

                                                                Waterhouse. Penélope



domingo, 4 de abril de 2021

El hijo de César, de John Williams



Hace un año que leí el magnífico Yo, Claudio, de Robert Graves. El azar ha querido que por estas mismas fechas vuelva a leer una novela histórica sobre la antigua Roma, aunque en esta ocasión, la culpa es más del autor más que del tema. Me refiero a John Williams, autor de Stoner, novela que me dejó tan fascinado que no me ha quedado más remedio que seguir leyendo al autor norteamericano. 

John Williams (1922-1994) fue un escritor poco prolífico. Publicó tan solo cuatro novelas y dos libros de poemas. Solo la noche (1948), Butcher’s Crossing (1960) (mi próximo objetivo), Stoner (1965) y August (El hijo de César, desafortunado título de la edición española) (1973), que fue premiado con el National Book Award. Tras leer Stoner, logré hacerme con El hijo de César, publicado en 2016 por la editorial Pàmies, al parecer, con motivo de su reedición en Estados Unidos para conmemorar, nada menos, que los dos mil años del fallecimiento del emperador Augusto. A pesar de que se publicó solo hace cinco años, quedan pocos ejemplares en circulación y es uno de esos libros que conseguirlo supone todo un reto. Tras mucho buscar, el libro lo tenía delante de mis narices, pues finalmente lo encontré en la librería La Candela que es una de mis librerías habituales. 

La novela de John Willliams es el eslabón cronológico que une Los idus de marzo (1948), de Thornton Wilder y Yo, Claudio (1934), de Robert Graves. Tres obras maestras de la literatura que reconstruyen el inicio de Imperio romano, tres anglosajones convertidos en referencias literarias de la novela histórica. Robert Graves nació en Londres en 1895, aunque quiso acercarse al Mare Nostrum y vivió en la mallorquina localidad de Deià. Sin embargo, tanto Thornton Wilder (1897) como John Williams (1922) eran estadounidenses del medio oeste, el primero de Texas, el segundo de Wisconsin. Curiosamente, los tres tuvieron necesidad de escribir sobre los inicios del Imperio, y los tres lo hicieron con acierto y maestría. No me cabe la menor duda de que John Williams había leído a Wilder y a Graves, y de ambos toma elementos narrativos para su August. La obra sigue un orden cronológico, desde el año 45 a. De C. hasta el 14, a pesar de los diferentes narradores y fuentes de la historia, fundamentalmente cartas, igual que en en Los idus de marzo, y memorias como en Yo, Claudio. Aunque aquí Augusto, evidentemente, no es un pelele ignorante en manos de su cruel esposa. 


Comienzo a leer El hijo de César y enseguida quedo atrapado por la maravillosa prosa de Williams. Tengo la sensación de que Octavio, el primer emperador de Roma, el hombre más poderoso del mundo, es William Stoner, el humilde profesor de Literatura del medio oeste norteamericano. El salto que dio Williams de una novela a otra es enorme, tanto en el tema, como en la estructura narrativa. Es evidente que Williams quería alejarse de sí mismo, en el espacio y en el tiempo, alejarse de su pequeño mundo; y por eso salta del intimismo autobiográfico de un personaje aparentemente irrelevante, a uno de los hombres más poderosos de la Historia. En ese salto, y esto es lo más sorprendente, resulta que apenas si se mueve; afortunadamente, porque Octavio Augusto es William Stoner, y como en Stoner, retrata su vida, desde su adolescencia (siendo Octavio), pasando por su edad adulta y su vejez (ya Augusto), hasta su muerte. John Willliams tardó ocho años en hacer ese viaje para quedarse donde exactamente donde estaba. 

La novela se divide en tres partes. La primera parte es más política, más épica, narrada desde el punto de vista de varios hombres, sobre todo los más cercanos a Octavio: Agripa, Mecenas y Salvidieno Rufo, que nos cuentan desde el asesinato de Julio César hasta la batalla de Filipos (42 a. C.) en la que caen Bruto y Casio, asesinos de César; y la de Actium (31 a. C.) en la que Marco Antonio y Cleopatra son derrotados y Octavio se hace con todo el poder de Roma. La segunda parte es más intimista, más social, más cultural y está narrada fundamentalmente desde el punto de vista de una mujer, su hija Julia, una mujer inteligente adelantada a su tiempo, quien desde su destierro en la isla Pandetaria rememora su vida, e indirectamente la de su padre. En ella aparecen personajes como Virgilio y Horacio protegidos de Augusto, o también Ovidio, que será amigo de Julia, y que acabará desterrado como ella (Irene Vallejo menciona este asunto en El infinito en un junco). Aquí aparece como personaje secundario la figura de Livia, que no es ni mucho menos la mujer malvada y manipuladora que pinta Graves, pero sí una mujer que ambiciona el poder de su hijo Tiberio, que será el tercer esposo de Julia, tras Marcelo y Agripa, y a la postre, contra pronóstico, sucesor de Augusto. La tercera parte de la novela la narra el propio Augusto al final de su vida. Como en Stoner, el protagonista se pregunta si su vida ha merecido la pena. El lector va conociendo la vida de Augusto desde fuera hacia adentro, se va acercando lentamente para llegar finalmente al interior del personaje, desde el dios todopoderoso hasta el hombre de carne y hueso. Esta tercera parte es una larga carta que escribe poco antes de morir, durante su viaje a la Isla de Capri, donde moriría el 19 de agosto del año 14. Octavio Augusto se desnuda y se muestra como un hombre sabio que ha vivido mucho, que ve el final cerca, que reflexiona sobre el sentido de la vida, épica en la juventud, trágica en la edad adulta, y cómica en la vejez: «Como un caparazón vacío, el pobre actor digno de lástima acaba por descubrir que ha representado tantos papeles que ha dejado de ser él mismo» (287). 

El hijo de César y Stoner, son las dos caras de la misma moneda. El hijo de César es una obra más ambiciosa, más dinámica, más arriesgada técnicamente, tal vez más lograda que Stoner, incluso más premiada; tal vez (solo tal vez) mejor escrita que Stoner. El hijo de César es una gran novela, una novela histórica a la altura de Yo, Claudio o Los idus de marzo. Sin embargo, si tuviera que elegir entre las dos novelas, me quedo con Stoner. Porque entre el gris profesor al que un soneto cambió la vida y el brillante emperador llamado por el destino para salvar a Roma de sí misma, sin duda, me quedo con el primero. 


Traducción de Christine Monteleone

lunes, 29 de marzo de 2021

El infinito en un junco, de Irene Vallejo



Intento no dejarme arrastrar por la sacrosanta publicidad, aunque esta vez no he podido hacer oídos sordos a ese murmullo que me llegaba por todas partes y en el que pude distinguir el nombre de Irene Vallejo. Llevo más de tres meses leyendo, releyendo, subrayando y anotando El infinito en un junco. Me confieso de la tribu del junco y fan entusiasta (y ya vitalicio) de Irene Vallejo, como ese gaditano que hace dos mil años idolatraba a Tito Livio y emprendió un largo viaje hasta Roma para verlo en persona. 

Del libro me ha gustado absolutamente todo, de principio a fin. No flaquea en ningún momento. No sobra ni una coma. Entretiene y engancha como la mejor novela. Se disfruta y se aprende como en el mejor ensayo de Historia, de Filosofía o de Literatura. Lanza un mensaje a navegantes agoreros: que los libros, al contrario de lo que predican, no están en peligro de extinción, y que el formato de libro en papel sobrevivirá a los novedosos formatos electrónicos de rápido envejecimiento. Otro mensaje que me gusta: baja del pedestal a los envanecidos transeúntes del siglo veintiuno que nos creemos el ombligo de la Historia, Elegidos anclados en el futuro, embobados de cabeza gacha, cuyo universo empieza y termina en nuestra luminosa mano. Al parecer (¡sorpresa!) el mundo no lo hemos inventado nosotros, y lo que tenemos, no lo tendríamos de no ser por los que pasaron antes, por los arcaicos y denostados libros, escritos por personas que tenían la capacidad de mirar al horizonte con la cabeza alta y más allá. 

Irene Vallejo es una de esas personas que ha sabido mirar más allá para mostrarnos que el pasado es una dimensión del presente, que antigüedad clásica sigue presente en nuestras vidas; para mostrarnos una obviedad que tiende a olvidarse: que estamos hechos de la sustancia de nuestra historia, que sin los griegos y los romanos que vivieron hace más de dos mil años no seríamos lo que somos; y que el vehículo que ha hecho posible ese viaje, lo que nos conecta con ese mundo, lo que hace que el pasado sea una dimensión del presente, son los libros, verdaderos protagonistas de la Historia, contenedores de palabras transformados en futuristas máquinas del tiempo. 

Es imposible leer El infinito en un junco sin querer saber más sobre Alejandría y su Gran Biblioteca; sobre la elaboración de los rollos de papiro; sobre los primeros soportes de los libros: las piedras, las tablillas de barro y de madera, y el gran avance que supuso el papiro; sobre la fascinante lucha entre Alejandría y Pérgamo por la hegemonía libraria y el surgimiento del pergamino; sobre el afortunado encuentro místico de la autora con un Petrarca del siglo XIV, donde nació el impulso e escribir este libro; sobre la Odisea y las maravillosa historia de Ulises y la diosa Calipso; sobre la transmisión oral en la antigüedad y el trabajo de los bardos que narraban las historias; sobre ese territorio fronterizo entre la oralidad y la escritura del que formaron parte las obras de Homero, Sócrates y Platón; sobre el fin de la oralidad, de las “palabras aladas” a través de los “años estalactita”; sobre los primitivos sistemas de escritura y la invención del alfabeto; sobre el genio de Hesíodo y Heródoto; sobre lo bien que imitaban los romanos a los griegos; sobre las desaparecidas bibliotecas dobles (en griego y en latín) del Imperio Romano; sobre celebridades como Virgilio, Horacio, Marcial o Juvenal; sobre los resucitados papiros de Herculano; sobre la rebeldía moral de Ovidio en su obra El arte de amar, que finalmente le costó el exilio; sobre Tácito y de denuncia de la represión; sobre Eurípides y su capacidad para ponerse en el lugar del otro, de las otras, en sus Troyanas; sobre qué son los clásicos y el concepto variable de canon literario; sobre la lectura como salvación en momentos de desolación; sobre las voces feministas de la historia que fueron silenciadas; sobre los libros como extensión de la memoria; sobre las mujeres tejedoras de palabras; sobre las bibliotecarias estadounidenses que llevaron la cultura y la esperanza a los sitos más recónditos durante los años de la Gran Depresión. De esto y mucho más nos habla Irene Vallejo. 

Uno de los grandes logros de la obra son las frecuentes y afinadas analogías entre la antigüedad y el mundo actual; pero sin duda, el gran mérito, el que en mi opinión ha convertido El infinito en un junco en un clásico (al menos de mi pequeña biblioteca) es el contagioso entusiasmo que desprende por los libros, por la cultura, por el conocimiento, por las humanidades. El infinito en un junco es un libro escrito con un lenguaje preciso y riguroso, literario y musical. Es un libro de largo recorrido, con mucho poso, que suma, que aporta todo lo que se pide a un buen libro, que abre nuevos caminos lectores, y no solo de la antigüedad. Irene Vallejo ha escrito un libro madre, que si el lector lo cuida con esmero puede ir creciendo hasta convertirse en un frondoso y maravilloso árbol. 

Imprescindible.




The Birds. Turn, turn, turn



sábado, 6 de marzo de 2021

La invención de la soledad, de Paul Auster


El pasado 21 de enero falleció mi padre. Desde entonces me dedico a bucear en las profundos mares de la memoria, buscando su rostro, sus gestos, sus palabras, para sacarlo a la superficie, para rescatarlo, antes de que el olvido se encargue de difuminar sus contornos lentamente. En esta tarea necesaria me ha sido de gran ayuda el libro de Paul Auster, La invención de la soledad. Lo compré en Madrid el 9 de mayo de 2005, en un viaje que apenas recuerdo. Sé que estuve allí porque lo dejé por escrito en la primera página del libro. Sí que me acuerdo de leerlo poco después, durante la convalecencia en el hospital de mi madre, que fallecería en septiembre de ese mismo año. Ya entonces me pareció un libro a tener en cuenta. Y lo vuelvo a rescatar. En La invención de la soledad, Paul Auster hace un ejercicio de memoria para recordar a su padre, fallecido repentinamente, lo que le lleva a rememorar otros momentos importantes de su existencia y reflexionar sobre la memoria, la escritura, la soledad y la vida. 

Saco el libro del estante, instintivamente, como si me estuviera esperando. Sé que lo necesito para mi propósito. Comienzo a leerlo. «Supe que tendría que escribir sobre mi padre […] Pensé: mi padre ya no está, y si no lo hago deprisa, su vida entera se desvanecerá con él». Las imágenes del padre de Auster se superponen a las de mi padre. «Descubrí que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto. Los objetos son inertes y solo tienen significado en función de la vida que los emplea. Cuando esa vida termina, las cosas cambian, aunque permanezcan iguales. Están y no están allí, como fantasmas tangibles, condenados a sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen». En cada escena, en cada capítulo repito el ejercicio de memoria escribiendo en mi cuaderno. Miro sus fotografías y siento que todavía está aquí. ¡Hola Capitán!, me dice con una sonrisa. Las contemplo con absoluta atención, como si estuviera vivo. «El hecho de que muchas de estas fotografías eran totalmente desconocidas para mí, sobre todo las de su juventud, de daban la extraña sensación de que lo veía por primera vez y de que una parte de él comenzaba a existir ahora. Había perdido a mi padre: pero al mismo tiempo lo había encontrado». Esa es la parte que más quiero recordar, precisamente la que no forma parte de mis recuerdos directos. La de su juventud, cuando yo todavía no existía, ni siquiera formaba parte de un mínimo plan de futuro. Sobre esa época escribo en mi cuaderno, a partir de difusos fragmentos de recuerdos de conversaciones con él y con mi madre. La figura de mi madre reaparece en estos momentos con más claridad, como si mi padre hubiese encendido la luz en una habitación que llevaba tiempo en penumbra, la habitación en la que por fin se reencuentran. 

En la primera parte de La invención de la soledad, Auster narra en primera persona diferentes fragmentos de la vida de su padre. Se remonta a sus orígenes, al trágico episodio de principios del siglo veinte en el que su abuela mató a su abuelo de un disparo. Nos muestra el carácter solitario de su padre y la conflictiva relación con su madre que terminó en divorcio; nos habla de su trabajo, de su casa, de sus aficiones, de sus tics, de la relación que tuvo con sus hijos (con él y con su hermana). También pone al descubierto las dificultades que tiene el propio autor para escribir esta historia. «Mi necesidad de escribir era tan grande que creí que la historia se escribiría sola. Pero hasta ahora las palabras ha llegado con mucha lentitud […] He comenzado a sentir que la historia que intento contar es de algún modo incompatible con el lenguaje, y que su resistencia a las palabras es proporcional al grado de aproximación a lo importante, de modo que cuando llegue el momento de expresar lo fundamental (suponiendo que eso exista) no seré capaz de hacerlo». 

En la segunda parte del libro, titulada El libro de la memoria, cambia a un narrador en tercera persona. La lectura se hace más ágil, más ligera, y a la vez más intensa y reflexiva, como si el autor se hubiera liberado del peso del recuerdo del padre, como si hubiese rendido cuentas con él. Auster se aleja precisamente para hablarnos, de manera fragmentaria, de él mismo, de su vida, de su matrimonio, de sus viajes iniciáticos, de sus lecturas, de su hijo Daniel, de sus primeros encuentros con el arte y la literatura, con Carlo Collodi, con Van Gogh, con Vermeer, Emily Dickinson, con Mallarmé. Defiende la idea de que el único camino que conduce a la memoria pasa inexorablemente por la soledad y la escritura. Paradójicamente, ese estado de soledad desaparece en el momento en que uno comienza a transitarla, para reencontrarse con los recuerdos, modelados por la escritura, actividad esencial convertida en medio y fin. Paul Auster se propone encontrar rimas, en forma de coincidencias, en los acontecimientos de la vida y de los recuerdos, en un maravilloso ejercicio que pretende dar un sentido literario a la realidad, para hacerla más llevadera, más soportable.

Termino la relectura del libro de Paul Auster, un libro ya anclado definitivamente en mi vida, en el final de la vida de mis padres; pero mi viaje por los insospechados vericuetos de la memoria todavía no ha terminado. Auster marca una senda que sigo recorriendo, la de los caminos de la memoria que únicamente pueden ser transitados en soledad, con una pluma y una página en blanco. Escribe Irene Vallejo en El infinito en un junco que el acto de escribir alarga la vida de la memoria e impide que el pasado se disuelva para siempre. Encuentro una frase de Sartre que anoté en el primer cuaderno que empecé a escribir, allá por 2005: «El recuerdo es el único paraíso del que no podemos ser expulsados». 

La invención de la soledad termina con esta palabras: 
«Fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo».



                                                           Billie Holiday. Solitude


Traducción de Maria Eugenia Ciocchini


martes, 5 de enero de 2021

Seda, de Alessandro Baricco



Cambio de año inmerso en la lectura de El infinito en un junco de Irene Vallejo. Es un libro fascinante que me tiene atrapado desde hace más de diez días. Termino la primera parte dedicada al mundo griego, pero antes de pasar a Roma, decido hacer una incursión rápida en la narrativa. Entro en mi biblioteca y extraigo del estante un libro que lleva ahí mucho tiempo y que todavía no he leído. Se titula Seda, de Alessandro Baricco. Seguramente lo compré por el enorme éxito que tuvo en su día. Lo cierto es que nunca lo había abierto, ni tenía intención de leerlo. Pero hoy es su día. Los motivos: ayer escuché el estupendo podcast de Mr. Gwyn del programa Un libro, una hora. Y además, resulta que Océano mar es uno de los libros que Irene Vallejo se llevaría a una isla desierta. Baricco me asedia y en mi biblioteca solo está Seda.  

Comienzo a leer Seda. Cuando me doy cuenta, voy por la última página. La sensación es buena. Me gusta. La clave está más en la forma que en el fondo, más en la estructura y el lenguaje que en el tema. 

La historia se sitúa en la segunda mitad del siglo diecinueve en Lavilledieu, una villa del sudeste francés dedicada a la producción de seda. El protagonista es Hervé Joncour. Una plaga que acaba con los huevos de los gusanos de seda le lleva en cuatro ocasiones a Japón para traerlos de manera clandestina. Han pasado siglos desde que Marco Polo viajara al Japón, pero sigue siendo un viaje a lo desconocido, a lo exótico , a la maravilla. Hervé Joncour es un hombre felizmente casado, sin embargo, en Japón queda hipnotizado por la misteriosa esposa de Hara Kei, el señor feudal que le vende la preciada mercancía. 

Con estos ingredientes, Alessandro Barico construye una novela de una gran belleza. Minimalista, suave, liviana, como la seda. Se compone de sesenta y cinco capítulos cortos, narrados con un lenguaje preciso y sencillo, sin florituras pero muy poético. De lectura fácil. Me recuerda El amante de Marguerite Duras. La novela parece una canción, con un estribillo que se repite en las cuatro ocasiones en las que Hervé Joncour recorre por tierra y mar los miles de kilómetros que le separan de Japón. La letra de la canción es esa lucha entre la realidad y el deseo que se intuye en la mente del protagonista. Porque Seda es una novela que deja mucho espacio a la imaginación del lector. Baricco nos ofrece un esbozo, la punta del iceberg, los trazos de cuadro impresionista en el que los detalles no existen. Ahí está el mérito de esta pequeña gran novela cuyo éxito es más que merecido. 

«Con el tiempo, empezó a concederse un placer que antes se había negado siempre: a quienes venían a visitarle les relataba sus viajes. Escuchándole, la gente de Levilledieu aprendía el mundo y los niños descubrían lo que era la maravilla. Él narraba despacio, mirando en el aire cosas que los demás no veían» (p.153)




Traducción de Xavier González Rovira y Carlos Gumpert

    
                                                      Antonio Vega. El sitio de mi recreo


viernes, 18 de diciembre de 2020

La malandanza, de Andrés Trapiello



Vuelvo a la narrativa de Andrés Trapiello y mantengo intacto mi objetivo de leer todas sus novelas. Van seis este año. La maladanza es su tercera novela. Me costó conseguirla porque está descatalogada. Los ejemplares que se venden en las librerías de ocasión no son muchos por lo que los precios están un poco disparados como ocurre con algunos de los libros de Trapiello. Finalmente encontré un ejemplar que estaba incluido en una colección de la editorial a un precio razonable.

La malandanza se publicó en 1996, cuatro años después de El buque fantasma y ocho de La tinta simpática. El autor madrileño nacido en León desembarcaba por fin literariamente en la capital para mostrarnos una semblanza de los inicios de la Transición.

En el ambiente sórdido de la noche madrileña se inserta una trama de amistad y copas, de violencia política y de vendetas. Los protagonistas son dos currelas cuarentones, técnicos de cine, uno electricista, otro ayudante de dirección, que han terminado trabajando en el nuevo medio estrella: la televisión. Melero es soltero. Varilla casado y con dos hijos. Son compañeros y amigos que tienen la costumbre de salir por la noche madrileña para terminar de madrugada bebiendo en la barra de un burdel de la calle Montera. Están orgullosos de haber trabajado en la película Campanadas a medianoche de Orson Welles. Varilla sueña con dirigir una película. Y ahí aparece el tercer personaje de la novela, Ahmed, una decadente gloria del boxeo. Varilla quiere rodar una película con su vida. Una noche, el azar cruza sus caminos. Esa noche es el inicio de la novela.

El relato comienza cuando Varilla y Melero, tras cruzarse con Ahmed a altas horas de la madrugada, se encuentran con un grupo de matones extrema derecha que está dando una paliza a una pareja. La injusticia despierta el espíritu quijotesco de nuestros héroes que no dudan en intervenir para salvarlos de una muerte probable. Los violentos fascistas se marchan y en el camino de regreso a sus domicilios tienen un accidente. La que sale peor parada es la bella Bego, las más cruel y fanática del grupo de escuadristas. Bego disfruta saliendo a cazar rojos en la noche madrileña como si fueran alimañas. Charly es su pareja y Gus, el gordo, es el tercero del grupo. Son hijos de franquistas que se niegan a aceptar el final del régimen. La pareja que esa noche ha sufrido el ataque es una joven pareja de médicos. La sorpresa viene cuando la agredida, días después, reconoce a su agresora en una cama del hospital recuperándose del accidente. A partir de ahí se desarrolla la trama.

Los personajes de la novela están logradísimos. Nuestros héroes, Varilla y Melero, son buenos tipos que no van de nada y que tampoco piden demasiado a la vida. Ahmed, la vieja gloria del boxeo y su enamorada Vicky, la prostituta que sueña con otra vida, son personajes que apenas notan el viento de la Historia. A Bego y el resto de escuadristas, por un lado, y a Luis y Esther, la joven pareja de médicos por otro, ese viento los arrastra, a cada uno hacia un lado.

La malanzanza es una novela callejera y realista, que se mueve, como la vida misma, muy trapiellana, con reminicencias del Madrid decadente que recorrieron Max Estrella y Don Latino a principios del siglo veinte. La malandanza es también una especie de western urbano que mantiene la tensión en torno a una venganza que sirve de excusa al escritor para pintar un estupendo fresco de la noche capitalina de finales de los años setenta (la historia transcurre en el año 1977). La malandanza emociona y divierte a partes iguales, con unos personajes que permanecen en la memoria.

«Tú ríete lo que quieras, tómatelo a guasa. Pero tengo razón, La televisión es una cosa de borregos, la hacen para borregos y la ven todos juntos, como en manada, con la luz encendida, sin parar de hablar; el cine, no, el cine es para gente libre a la que no le da miedo estar sola ni la noche ni los finales tristes ni le teme al silencio. La televisión vuelve a la gente más idiota, el cine yo creo que nos vuelve más libres» (P.133).

Genial, Andrés Trapiello.


Joaquín Sabina. Pongamos que hablo de Madrid




miércoles, 18 de noviembre de 2020

El Domingo de las Madres, de Graham Swift



El Domingo de las Madres
, publicada en 2016, podría ser la típica novela de amor que comienza como el clásico “érase una vez”, pero no lo es, porque Graham Swift destroza el canon de la novela amorosa en mil pedazos. El Domingo de las Madres transita por derroteros mucho más interesantes e inesperados que hacen de ella una novela extraordinaria. 

La novela está narrada en tercera persona, pero con una distancia muy cercana a la primera. Pronto sabemos que la narradora nos está contando un capítulo de su vida que ocurrió sesenta años atrás, concretamente el 30 de marzo de 1924, el día que se celebraba el Domingo de las Madres. Los señores daban ese día libre a sus criadas para que volvieran a sus casas a visitar a sus madres. Pero la narradora y protagonista, la criada Jane Fairchild, es huérfana y ese día le ocurrirá algo que cambiará su vida para siempre. Jane tiene 22 años y sirve en la casa de los Niven, un matrimonio que perdió a sus dos hijos en la Gran Guerra. Ese día 30 de marzo, Paul Sherinigham, vecino de los Niven, quien también había perdido a sus dos hermanos en la guerra, llama a Jane por teléfono. Su casa se ha quedado vacía. Las criadas se han marchado y sus padres han quedado a comer con los padres de su futura esposa y con los Niven para celebrar su futuro matrimonio con Emma. Paul debería ir a esa comida, pero llama a Jane, con quien mantiene una relación, para despedirse de ella. Ese día tendrán la casa para ellos solos. 


Jane es una criada y parece destinada como muchas otras a ser esa especie de ente invisible que mantiene una casa en marcha. Pero ella es mucho más que eso. Pasa sus ratos leyendo, fascinada por la literatura, por las novelas de chicos como La isla del tesoro. Su trabajo, sus orígenes y esta pasión lectora la transforman en una observadora de las vidas ajenas, de los detalles, de lo que ocurre a su alrededor, la convierten en mucho más que una criada. Jane nos cuenta su vida saltando de un recuerdo a otro, dejando huecos, construyendo el pasado y el presente. Ese 30 de marzo de 1924 es el día que nos relata, el día en que Jane descubre que la desnudez iguala al señor y a la criada, el día en que es consciente de su vida y de su futuro, el día en que la felicidad y el dolor se funden en su memoria para convertirse en la materia prima de su escritura. Es el día en que Jane, después de que Paul se marche a comer con su futura esposa, entra desnuda en la biblioteca de los Sherindhan y tras abrazar uno de los libros tiene una revelación: será escritora. Es el día en que Jane rompe con las barreras establecidas por la sociedad, el día en que ser huérfana es lo mejor que le ha podido pasar, en que ser mujer no le parece un impedimento para llegar a ser quien quiera ser, el día en el que una sirvienta como ella deja de pertenecer a las clases subalternas. 

Eros y Thanatos se unen en esta historia con final feliz que rompe con el arquetipo de los cuentos clásicos. La Cenicienta no se casará con el príncipe azul. Tampoco morirá de amor, ni se quitará la vida cuando él no esté. Ni siquiera llorará su pérdida. En su lugar, aplacará el dolor leyendo un libro: Juventud de Conrad. Lo que hace Jane es colarse por las rendijas que le ofrece la cerrada sociedad británica de los años veinte para alcanzar la libertad, una libertad que previamente había logrado en su interior a través de la lectura de novelas. Stevenson le ensanchará el mundo, pero será Conrad quien realmente marque el camino de su escritura y de su vida. 

La literatura la rescata de su orfandad, la salva de su condición de criada, le da alas para imaginarse otra vida posible. Jane ha nacido con un destino marcado: mujer, huérfana y criada en la Inglaterra de principios del siglo veinte. La relación que establece tanto con el señor Niven como con Paul Shernighan le cambiará la vida. Con el señor Niven establece una paternal relación intelectual, pues es quien le permite leer los libros de su biblioteca. Con Paul, una relación sentimental que será la que le proporcione el valor suficiente para quitarse el disfraz de criada. Jane romperá con su destino el día del Domingo de las Madres. Y esa historia la contará sesenta años después, cuando ya sea una escritora reconocida. Aquí entra en juego la memoria como materia prima de la escritura, lo que Jane decide recordar y lo que decide olvidar, los que nos cuenta y lo que intuimos de sus silencios, de sus huecos. Jane nos cuenta una realidad lo más parecida a la ficción que haya podido imaginar. Porque la realidad se asume y se supera si se parece a las novelas que siempre hemos leído. 

El Domingo de las Madres de Graham Swift ha sido todo un descubrimiento. 


Traducción: Jesús Zulaika Goicoechea

                                           Arcade fire. Sprawl II (Mountains beyond mountains)