miércoles, 29 de septiembre de 2021

El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati


Hace unos meses conocí a Vicente, bolañista confeso que me recomendó una de las novelas más extraordinarias que he leído. Se trata de El desierto de los tártaros, del italiano Dino Buzzati, publicada en 1940. El desierto de los tártaros es uno de esos libros que tienen el poder de cambiarte el paso. Es una novela con poso que no se olvida fácilmente, que se queda pegada al cerebro durante mucho tiempo. Lo dijo Borges: Dino Buzzati será uno de los autores recordados por las futuras generaciones. 

El desierto de los tártaros presenta una historia en la que los protagonistas –los militares Drogo, Ortiz, Simeoni o Angustina– aguardan su acontecimiento heroico desde la Fortaleza Bastiani –el ataque de los pueblos del norte– mientras el tiempo pasa. La espera consume la vida de cada uno en soledad, sin decir lo que todos saben, porque en la novela destacan los silencios de los personajes, lo que no se dice. Ese es el heroísmo de los protagonistas. 

Los temas centrales de la novela son el paso inexorable del tiempo, la inútil espera de ese Godot que nunca llega, la frustración por los sueños no cumplidos. El hábito y la rutina como cárcel y refugio, como el pájaro que no quiere escapar de su jaula por ese miedo a la libertad del hablaba Erich Fromm. Las oportunidades y los amores perdidos –no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió, que diría el gran Sabina–. Los sueños de grandeza que se quedan en sueños. La imposibilidad de volver, de dar marcha atrás, porque ya no somos los mismos, porque el tiempo ha hecho mella. La tragedia de la vida humana, que se manifiesta cerca del fin. 

El desierto de los tártaros es una novela existencialista impregnada de misterio, con un tono melancólico, que atrapa a los lectores del mismo modo en que la fortaleza atrapa a los que la habitan. Es una novela que nos remite al romanticismo, con inmensos y bellísimos paisajes, altas montañas nevadas, enormes desfiladeros, desiertos vacíos que se pierden en el horizonte infinito, con el silencio y la soledad que evocan estos paisajes. La inmensidad de la naturaleza frente a la poquedad del ser humano. Con el espacio y el tiempo indeterminados, la Fortaleza Bastiani, de atmósfera fantástica, se nos presenta como un laberinto del tiempo en el que los que entran no pueden salir. 

Todos somos Giovanni Drogo. Todos tenemos una Fortaleza Bastiani que nos atrae y nos repele, como esa zona de confort que nos tiene encerrados bajo llave. Todos esperamos nuestro momento. A todos se nos escapa el tiempo entre los dedos. Todos cargamos a cuestas con la soledad, y con ella cruzaremos los negros portones. Todos tenemos oportunidades perdidas, trenes a los que no subimos. La Fortaleza Bastiani está dentro de cada uno de nosotros. El genio de Dino Buzzati fue hacerla visible para mostrarla al mundo. 

Dino Buzzati bebe de El castillo de Franz Kafka y de La montaña mágica de Thomas Mann. Giovanni Drogo es K., el agrimensor que no ceja en su absurdo empeño por llegar al castillo, el Hans Castorp que se queda voluntariamente internado en el sanatorio de los Alpes. Autores tan grandes como Samuel Beckett o Paul Bowles seguirían esta estela. 

El desierto de los tártaros es una obra maestra que engancha desde la primera línea. Cuando comienzas a leerla, ya no hay marcha atrás, atrapado en la fortaleza de sus páginas. 
Imprescindible. 


Traducción de Esther Benítez


Portada original con un cuadro de Dino Buzatti


Agradezco a Vicente Bolaño haber puesto este extraordinario libro en mi camino.

                                                  Joaquín Sabina. Con la frente marchita.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Teatro fantasma, de Ismael Orcero Marín


Los fantasmas son los espíritus de los muertos —también, a veces, de los vivos— que se manifiestan de forma perceptible en lugares que frecuentaban en vida, o en asociación con sus personas cercanas. Estas almas errantes suelen manifestarse cuando alguien los llama. Ismael Orcero Marín invoca a sus fantasmas y los pone en escena, para hablar con ellos, para que le muestren el camino hacia el centro de sí mismo. Los fantasmas de Orcero Marín son las musas que le acompañan en el viaje de la escritura y de la vida . 

El Teatro fantasma es el álbum de fotografías de un narrador protagonista que va mostrando retazos de su vida a través de los recuerdos que le evocan esas imágenes. Es un libro de la memoria, como La invención de la soledad de Paul Auster. «Recuerdo esos años entre la memoria y la invención», dice el narrador. Es un libro intimista, con un tono nostálgico que me recuerda al Austerlitz de W.G. Sebald. No es tanto una nostalgia melancólica como una nostalgia más bien serena, que invita al protagonista a reflexionar sobre su vida, a reencontrarse consigo mismo relatando su pasado desde un presente algo difuso. Sus padres, sus amigos, su trabajo, sus vecinos y su compañera Diana son los otros protagonistas que el narrador pone sobre las tablas de este teatro. En él aparece la vida como un libro que se escribe al tiempo que se vive. La vida escribiéndose a sí misma y el lector como testigo de lo que acontece. Aparentemente no hay una sucesión lineal de los acontecimientos narrados, sino que el autor ofrece una narración fragmentaria en forma de capítulos cortos. Digo aparentemente, porque sí hay un imperceptible hilo conductor que enlaza los diferentes fragmentos que cada vez se va haciendo más patente. El narrador da unas pinceladas de su memoria en cada capítulo. Su trazo es fino y preciso. En estos pigmentos hay amor, ironía, dolor, humor y desencanto. Desencanto hacia un presente que no es el que imaginaba, hacia una sociedad que deja a muchos en la estacada, en el paro, en la miseria, en la indigencia. También hay lugar para la esperanza porque la vida tiene su cara y su cruz, sus luces y sus sombras. Nuestro protagonista busca la luz en sus fantasmas, en sus recuerdos familiares, en su trabajo y en Diana. Los objetos evocan los recuerdos del protagonista: la pluma estilográfica, como el cetro de un rey, le recuerda a su padre; la cafetera (el café siempre presente como bálsamo de fierabrás) a su madre. Los indios de plástico (¡la portada es maravillosa!) a su infancia. Y después, llegó el futuro: la crisis económica, el miedo a la indigencia, la emigración imposible, la búsqueda de trabajo, la pérdida, la desolación, la huida, y el amor como tabla de salvación. 

El contenido del libro me atrae por cuanto me veo en muchas de las historias que se narran. Muchos de los recuerdos del protagonista son parecidos a los míos, a los de la generación que fuimos niños en los ochenta y adolescentes en los noventa. Ismael Orcero consigue hacer una obra de arte con una materia prima que está al alcance de todos, porque cada uno tiene su propio teatro fantasma. Su talento como escritor se manifiesta desde la primera página. El lenguaje es rico, preciso, fluido, salpicado de imágenes, símiles y metáforas. Teatro fantasma es un libro de una gran belleza. Una gozada de lectura. Ismael Orcero Marín, un gran descubrimiento. Para seguirlo de cerca. 



Aquí dejo una muestra de la calidad de esta pequeña joya:
 «Paso en la pantalla de mi ordenador esas fotografías, una tras otra, y apago las luces como en aquellos pases de la memoria. Muchos de los que aparecen se han transformado o han muerto, convirtiendo esa proyección en una sesión de espiritismo. Recuerdan a fantasmas que se manifiestan para contar su historia. Es como un teatro de guiñol entre dos mundos». (p.20) 
«Vestimos ropa ridícula, con rombos y colores apagados, nos sentamos en sofás de escay y sonreímos felices en cada foto. Sonreímos porque el papel nos hacía inmortales, y porque era inmoral inmortalizar la tristeza». (p.18) 
«Después nos dejaron en el tanatorio. Como náufragos en un mar de aguas revueltas, agarrados a nuestro luto, nos quedamos allí, a la espera de que al día siguiente alguien viniera a rescatarnos, a la deriva de una noche larga donde las estrellas se habían apagado». (p.29) 
 «Los escombros de una vida son los cimientos de la otra». (p.33) 
 «Es invierno y hay muchos días grises. Si lo pienso. Al contrario de lo que mucha gente asegura, el gris no es un mal color. Refleja el color de la plata. Y por eso pienso que las mejores cosas me han sucedido en días grises» (p.37) 
«Las tazas del desayuno del fin de semana convierten la palmadita en la espalda del lunes en un abrazo». (p.44) 
«En las estrellas tratamos de leer las casualidades. La casualidad de lo que somos, de lo que fuimos y de lo que seremos. La casualidad de lo que no somos, de lo que no fuimos y de lo que ya no seremos […] Esa vida en la que el día a día, con los bolsillos vacíos, nos ha pesado y en la que, después de todo, sabemos que no podía ser de otra manera». (p.56) 
«La crisis fue la guerra que le faltaba vivir a los de nuestra generación. Una guerra sin bombas, pero al fin y al cabo, una guerra». (p.59) 
«En mi mente seguía la emoción de verme como el doctor Fleischman. ¿Pescaría? ¿Llevaría manoplas? A mi cabeza vinieron los relatos de los marino que había conocido en la ficción. Demasiado bajo para ser Corto Maltés, demasiado calvo también. Demasiado cobarde para vivir en un mundo sin Seguridad Social». (p.66) 
«Los días son nublados y nos hacen felices después de que el sol nos haya hecho llorar tanto. No queremos volver a casa». (p.87) 
«Ahora solo me interesa el libro que ha brotado de estas hojas. Este libro que se escribe mientras se lee. Escrito a fogonazos, como un álbum de fotografías, un libro sin final». (p.92) 
«Hace años, cuando era adolescente, soñaba con tener todos mis libros en la biblioteca de la torre de una mansión. Luego, me conformé con un sótano donde leería en penumbra las ficciones de otros y escribiría las mías». (p.103)

martes, 7 de septiembre de 2021

Cinco años con Montag


                           

Hace cinco años pensé en seguir el método Carvalho para dejar un vicio que me estaba consumiendo la existencia. Se trataba de quemar todos mis libros y empezar a vivir en la realidad. Pero el fogonazo llegó del poder de los libros. No para quemarlos sino para salvarlos. La parte quijanesca se imponía a la pirómana del cura, el barbero y la sobrina. Montag se imponía a Montag. Nunca debe subestimarse el poder de los libros, decía Paul Auster, capaces de salvarse a sí mismos. El mal de Montano descubierto por Vila-Matas triunfaba y El fuego de Montag nacía. Fue el siete de septiembre de dos mil dieciséis. 
Este es un blog pequeño con el que no pretendo nada, más allá de divertirme con él. Un refugio antiatómico que me da mucho más de los que me exige. No soy regular en mis publicaciones, ni constante escribiéndolas. En general no suelo ser constante en casi nada, por eso me sorprende que este blog lleve funcionando cinco años. Si hay algo en lo que soy constante desde hace mucho es en la lectura. Siempre tengo un libro entre manos. Forma parte de mi atuendo, como los zapatos o la camiseta. Leo en papel y todavía no tengo libro electrónico, aunque no lo descarto. No me paso el día leyendo. Leo menos de lo que me gustaría, pero siempre le dedico un tiempo diario. Suelo llevar varios libros en rueda, sobre todo cuando termino uno y tengo que comenzar el siguiente, hasta que uno de ellos se va imponiendo al resto, que quedan rezagados, pero no olvidados. No todo lo que leo me gusta. Si no me entra, no suelo forzar la lectura. Muchos libros se quedan en el primer capítulo, raramente a medio, porque si han llegado hasta ahí es porque seguramente llegarán hasta el final. Compro más libros de los que leo. Intento comprar libros que sé que antes o después leeré. Muchos clásicos, porque sé que no defraudan. Y algunas recomendaciones, sobre todo las de mis blogs de referencia: Cuéntame una historia, El blog de Juan Carlos, Varado en la llanura, Cuéntame algo…, mejor, escríbemelo, MarianLEEmásLIBROS, Librario íntimo y tantos otros blogs estupendos que he ido descubriendo en estos cinco años de blogancia. Leo más libros de los que reseño. Desde hace años escribo en un cuaderno de bitácora mis impresiones de las lecturas. La idea original del blog era ir tirando de esas impresiones que iba dejando al tiempo que leía. Alguna he recuperado pero la mayoría quedarán en el papel. Con la escritura también trato de ser constante. Aunque no hay literariedad en lo que escribo, me gusta escribir. Con pluma estilográfica a lo Mark Twain o Conan Doyle, que está de moda. Podría vivir sin escribir, pero no sin leer. Esta frase creo que es de Vargas Llosa. Roberto Bolaño decía que era mejor lector que escritor. Es un consuelo para mí que digan esto porque será lo único en lo que me pueda acercar de lejos a ellos. Muchas lecturas se quedan fuera del blog, por pereza, porque no me apetece escribirlas, o porque simplemente no me sale nada decente. No leo para reseñar, leo por leer nomás. El blog no es un fin, sino un medio que me permite estirar las sensaciones que se quedan tras una buena lectura, un medio para conocer nuevos autores y nuevos libros, un medio para conocer a grandísimos lectores, convertidos en amigos virtuales, como Rosa, Gerardo, Juan Carlos, Ana, Joselu, Marian y tantos otros que con sus blogs me sirven de ejemplo de cómo se debe escribir y sobre todo de cómo y qué se debe leer. No tengo libros favoritos, ni autores favoritos. Son tantos que no sabría decir cuáles. Tengo claro que Cervantes es Zeus, y Don Quijote la octava maravilla. También tengo claro que seguiré leyendo y escribiendo mientras el cuerpo aguante. No voy a luchar contra este mal de Montano que tan poco me exige y tanto me regala. Ya no quemaré los libros. Arderé con ellos. 
Recuerdo una frase extraordinaria que daba nombre a un programa de radio: 
«Quien lee, vive más». 
Ese es el poder de los libros.



Cuadro. Van Gogh. Los libros amarillos. 1887.
Libro. Traducción al turco de Don Quijote


martes, 31 de agosto de 2021

Kathleen, de Christopher Morley



Regreso este verano a las páginas de Christopher Morley, en esta ocasión para leer Kathleen. Tras la lectura se confirma mi impresión de que la ficción literaria, el arte en general, tiene más fuerza que la propia realidad. La literatura individualiza la parte, la extrae de la cotidianidad y le da una relevancia que de otra manera pasaría desapercibida. La semana pasada vi una película titulada La mujer del cuadro (1944) de Fritz Lang, en la que el protagonista— Edward G. Robinson— se enamora del retrato de una mujer —Joan Bennet—, a la que poco después conoce y trata de seducir sin saber de ella más allá de lo que hay en el cuadro. El resto de la película es magnífica, con varios giros de guion propios del mejor cine negro. Comento esto porque el asunto tiene que ver con la novela de Christopher Morley, con el arte como protagonista e instigador de las acciones humanas. 

Kathleen es una novela corta, leve y fresca, con un argumento original. Es una comedia de enredo con tintes detectivescos (Conan Doyle y Mark Twain eran sus autores de cabecera) que tiene como trasfondo la creación literaria. La trama gira en torno a un grupo de estudiantes de Oxford que se reúnen en un club de escritura llamado los Escorpiones. Forbes, uno de los alumnos, propone escribir una novela a partir de una carta que ha encontrado olvidada en una librería. La carta la firma una chica llamada Kathleen y está dirigida a su amigo Joe. Durante el último trimestre, los Escorpiones darán vida en la ficción a los personajes de la carta, los hacen suyos, hasta el punto de que se enamoran del personaje que han creado y del que solo conocen su nombre. «Para cuando Carter y King acabaron sus capítulos y los leyeron en voz alta, los Escorpiones ya eran rendidos admiradores de Kathleen. A mitad del trimestre se había convertido en una verdadera obsesión» (p.29) Cinco de estos estudiantes, encabezados por Johnny Blair, el norteamericano estudiante en Oxford (como el autor), deciden buscarla. Quieren conocer a la heroína que tanto ha estimulado su imaginación. Esta es la mejor parte de la novela en la que Morley consigue sacar más de una carcajada al lector viendo cómo se las ingenian los cinco románticos gamberros que se han propuesto entrar en la casa y la vida de Kathleen. Se llevarán una sorpresa cuando comprueben que mucho de lo que salió de su imaginación poco tiene que ver con la realidad. Mayor será la de la familia de Kathleen cuando se vean rodeados por estos cinco estrafalarios desconocidos que ponen patas arriba un tranquilo día de descanso.

Hay poquísima información sobre este autor en Internet, y cuando busco el año de la publicación de la novela (en Wikipedia ni aparece) encuentro dos fechas: 1913 (en Lecturalia), y 1920 (en la propia editorial Periférica). Me inclino por la primera de las fechas. Tal vez me equivoque, pero tengo la sensación de que es una novela de iniciación. Es extraño que haga ninguna referencia a la Gran Guerra, cosa que sí que hace en La librería encantada. Es posible que la escribiera en 1913 (la trama se desarrolla un año antes) y la publicara en 1920. En Kathleen se percibe la candidez de los inicios de Christopher Morley, y se intuye el talento que desplegará poco después. Evidentemente, Kathleen no llega al nivel de La librería ambulante y La librería encantada . Creo que historia daba más de sí, que Morley se queda a medio, que podría haber logrado una novela con más sustancia. Aunque seguramente escribió lo que pretendía escribir: una novela leve, despreocupada y entretenida, como un juego de niños en el que vida y literatura, realidad y ficción se funden y se confunden. 
Lectura refrescante y divertida para pasar un buen rato.


Traducción de Ángeles de los Santos.

miércoles, 18 de agosto de 2021

La librería, de Penelope Fitzgerald



«—¿Por qué cree que abrir una librería es inverosímil?—le gritó al viento— ¿La gente en Hardborough no quiere comprar libros?                                                                                                                                        —Han perdido el deseo por las cosas raras—dijo Raven mientras seguía limando—[…] Y no me diga usted que los libros no constituyen una rareza en sí mismos». (p.21)

Penélope Fitzgerald publicó La librería en 1978. Fue una escritora que comenzó a escribir cuando estaba cerca de los sesenta. Le dio tiempo a escribir ocho novelas y a conocer el éxito. Fue finalista del Booker Prize con La librería y lo ganaría al año siguiente con A la deriva. Señala Terence Dooley, su yerno y albacea, en el posfacio: «Qué extraña y maravillosa ironía supone que los dos libros que Penelope escribió para exorcizar en parte los fracasos de su época de madurez, La librería y A la deriva, finalmente la pusieran en el camino hacia el éxito, hacia el estrellato literario»

La librería es una novela con tintes autobiográficos que rememora la época en la que la escritora trabajó durante tres años en la librería de un pequeño pueblo costero del este de Inglaterra. Pero es fundamentalmente una historia de ficción inspirada en El cura de Tours, de Balzac, obra que recrea las intrigas de una población pequeña y la mezquindad de sus habitantes basada en la lucha de clases y el poder de las influencias. En la novela de Balzac, la malvada señora Gamard deja al pobre cura sin casa y sin su biblioteca. Aquí están las líneas maestras de La librería.

Corre el año 1959 cuando Florence Green decide abrir una librería en un pequeño y ficticio pueblo de la costa británica del Mar del Norte llamado Hardboroug. Cumple con el sueño romántico de muchos de los amantes de los libros.—¿Quién no ha tenido alguna vez este sueño descabellado?— Sin embargo, no lo tendrá fácil. La todopoderosa señora Gamart (nótese la leve diferencia con la malvada de Balzac) se empeñará en hacerle la vida imposible por un estúpido capricho. 

Se suele decir que una novela llega donde no llega una película. Y suele ser cierto, salvo en contadas ocasiones. Creo que La librería es una de ellas. La adaptación cinematográfica de Isabel Coixet es bastante fiel, aunque con algunas licencias que, en mi opinión, mejoran la historia. Incluso diría que Coixet llega con el personaje de Florence Green donde no llega Fitzgerald. Digamos que la hace más humana, con una Emily Mortimer que lo borda. Esto se deja entrever en su relación con la niña que le ayuda en la librería y sobre todo con el señor Brundish. En la novela, Florence Green apenas deja notar su amor por los libros, y la librería es exclusivamente un negocio como otro cualquiera. «Yo soy solo una comerciante», dice. En la película se aprecia ese sueño que antes mencionaba y el amor por los libros de Florence Green. Tampoco se vislumbra en la novela esa relación especial, casi amorosa, que surge con el señor Brundish, el viejo ermitaño que vive aislado rodeado de libros. En la novela aparece Lolita de Nabokov como libro clave de la historia, pero no menciona Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, ni Florence Green llora sobre las páginas de El vino del estío tras la muerte del señor Brundish, en una de las escenas memorables de la película. El homenaje de Coixet a Bradbury es todo un acierto que refuerza la pasión de los protagonistas por los libros. Incluso el final es diferente. Es más novelesco el de la película que el del libro, por la justicia divina que desprende. 

La sensación que me deja la novela es que es austera, tanto en el tono como en el lenguaje. Demasiado fría, demasiado inglesa. Tal vez demasiado realista. Mientras que la película de Isabel Coixet introduce el punto romántico, con los personajes más contrastados, que creo que hace la historia más redonda.  No sé si mi opinión sería la misma si hubiese leído el libro antes de ver la película. Tal vez la crítica iría hacia Isabel Coixet por tomarse tantas licencias. El caso es que no fue así. Y entre el el libro y la película, aunque el libro tiene un buen rato de lectura, me quedo con la película. 

                                                   

Traducción de Ana Bustelo

jueves, 12 de agosto de 2021

Patria, de Fernando Aramburu

Patria de Fernando Aramburu se convirtió en todo un fenómeno editorial desde su publicación en septiembre de 2016, y yo, que desconfío por sistema estos fenómenos, me propuse leerla cuando bajara el soufflé, cuando todo el mundo se olvidara un poco de ella, como suele ocurrir con la mayoría de las novelas. No estoy seguro de que esto haya ha sucedido, sobre todo debido al estreno de la serie (que no he visto), la promoción y la polémica de la portada. Pero no estaba dispuesto a esperar más. El día llegó, y felizmente, porque hace tiempo que no devoraba una novela de más de seiscientas páginas en dos días. Ahora entiendo el éxito de la novela de Fernando Aramburu. Más que merecido. Entiendo que todavía no se haya olvidado. 

El tema es bien conocido. Dos familias, amigas íntimas, euskaldunas de toda la vida, nacionalistas ambas, separadas por el conflicto vasco, es decir, por la guerra de ETA contra el Estado español. No obstante, el problema en su origen no es de tipo político, sino económico: un empresario, el Txato, decide no pagar a ETA el impuesto revolucionario. Al tiempo, Joxe Mari, el hijo de su amigo Joxian, se ha echado al monte y se ha metido en ETA convertido en nuevo gudari/terrorista. Uno de los ganchos de Fernando Aramburu en la novela es si fue él quien apretó el gatillo que se llevó por delante la vida de su vecino. 

La historia comienza poco después de que una ETA desmadejada deje las armas de manera permanente. Esto lleva a Bittori, la viuda del Txato, a volver al pueblo para enfrentarse con el pasado, ahora sin tanto miedo, para mirar a la cara a sus viejos amigos/enemigos, a la familia del asesino de su marido, para tratar de averiguar detalles, para saber si realmente fue el hijo de Miren quien lo mató en la puerta de su casa una tarde lluviosa. Va al pueblo para que Joxe Mari le pida perdón, desde la lejana cárcel en la que lleva ya diecisiete años perdiendo el pelo. Bittori es la gran protagonista de Patria, la mujer valiente que se atreve a dar el paso.

Este es uno de los mensajes de la novela: la reconciliación y la paz en Euskadi pasan por el reconocimiento del dolor causado a las víctimas por parte de los victimarios y por que estos pidan perdón. Evidentemente, esto no gusta en el mundo abertzale, y algunos están criticando la novela y la serie —artefactos de ficción, por si no se habían enterado— llamándola fascista e idioteces por el estilo. Imagino que ni la han leído, ni lo harán. 

Aramburu trata de hacer un retrato más o menos fiel, incluso equidistante, del conflicto. No solo cuenta el inmenso dolor de las víctimas, señaladas y apartadas socialmente, asesinadas y finalmente expulsadas de su pueblo, sino que entra en el mundo de los victimarios recreando cómo un joven entra en ETA y actúa, y cuáles son las consecuencias para él (cárcel con tortura incluida) y su familia. Y ahí aparece su madre, Miren, que se fanatiza al máximo para apoyar a su hijo: todo por la patria—paradojas de la vida, el lema que sus enemigos lucen en sus cuarteles es también su máxima—. La patria es Euskal Herría, la tierra prometida. Todo por la patria, incluso matar a quien le enseñó a montar en bici, convertido en un enemigo de la patria por no pagar el impuesto revolucionario. El Txato es un empresario al que le va bien, y ETA, además de ser independentista, tiene una vena marxista, así que, el Txato, aunque nacionalista (se sobrentiende que del PNV) y euskaldún, es un enemigo de clase. Y esto también se ve reflejado en la novela: hay un invisible rencor de clase entre las dos familias. Amigos desde la infancia, el Txato prosperó montando una empresa de transportes, mientras que el Joxian, pusilánime, no se atrevió a dar el paso y continuó trabajando en la fundición. Los hijos de El Txato, Xavier y Nerea, con estudios universitarios y bien situados. Los hijos del Joxian, sin estudios universitarios: Joxe Mari en ETA y en la cárcel, Arantxa trabaja en una zapatería y Gorka escribe y es locutor de radio. 

Los hijos juegan un papel fundamental en la novela. Aramburu cuenta y les hace contar su historia. Cómo viven ahora y cómo vivieron antes y después del atentado del Txato. Entre todos equilibran la novela. Joxe Mari, es el etarra radicalizado, mientras que Arantxa primero, y Gorka después, zafándose de la presión social del entorno, se posicionan en contra del fanatismo violento del hermano y del mundo del nacionalismo radical. La lectura—siempre la lectura— los salva de quedar atrapados en sus redes. Me quedo con Arantxa, a quien la justicia divina le hace pagar, injustamente, por los crímenes de su hermano, el fanatismo de su madre y la cobardía de su padre, que no se atreve a mover un dedo. Xabier y Nerea, hijos de el Txato y Bittori también se equilibran como opuestos. Ella, la hija frívola, se niega a ser la hija de un asesinado por ETA y lo oculta. Quiere seguir viviendo como si nada hubiera pasado. La vida sigue. Él, todo lo contrario, hijo abnegado y siempre pendiente de la madre, el atentado lo ha dejado tocado, triste, solitario e incapacitado para la felicidad. La historia personal de los cinco hijos y de los cuatro padres componen Patria. Los secundarios tampoco desmerecen la novela, sobre todo Don Serapio, el cura del pueblo, partidario de la lucha armada, tipo repelente capaz de decirle a Bittori, la víctima, que no vuelva por el pueblo para no reabrir heridas. Nada menos. 

El lenguaje utilizado por Aramburu es certero y fluido, con un narrador en tercera persona que es sustituido constantemente por la voz, interna y externa, de los nueve personajes protagonistas, por lo que el lector está pegadísimo a ellos. Son personajes con voz propia, perfectamente perfilados. La estructura también es dinámica, con ciento veinticinco capítulos cortos en los que no existe una evolución cronológica lineal de los acontecimientos, sino que hay un continuo ir y venir de los distintos personajes desde el presente hacia el pasado y viceversa hasta formar el puzle, un todo verosímil y coherente que atrapa, y de qué manera, desde la primera página.  

Nunca es tarde para leer una gran novela como Patria de Fernando Aramburu. Imprescindible. 



Gracias a Pilar, que me prestó el libro y me dio el empujón definitivo para leerlo. 

viernes, 16 de julio de 2021

Rey de Picas, de Joyce Carol Oates



La primera lectura del verano me lleva a la eterna aspirante al Nobel, la escritora neoyorkina Joyce Carol Oates. Espero que el día que deje de serlo es porque se lo han dado. 
Rey de Picas es la historia Andrew J. Rush, un escritor norteamericano de éxito que escribe novelas de misterio. Es un ciudadano ejemplar, felizmente casado y con tres hijos mayores, que lleva la acomodada existencia de quien ha triunfado en la vida. Pronto conocemos su antagonista, que no es otro que él mismo, su doppelgänger, su doble interior secreto y malvado, llamado Rey de Picas, que también escribe novelas aunque mucho más despiadadas. La novela narra la lucha interior de
Andrew Rush con Rey de Picas en una trama fascinante de suspense con tintes góticos. 

Encontramos a un narrador en primera persona con Rush que nos cuenta la historia, pero también aparece una segunda voz en cursiva, la de Rey de Picas, que cada vez va tomando más protagonismo, al tiempo que la locura va ganando terreno en la mente del escritor. Se trata de un un narrador poco fiable que va perdiendo credibilidad en el lector. 

La ordenada vida de Andrew J. Rush se tambalea cuando una mujer mayor llamada C.W. Haider lo demanda por un supuesto plagio. El plagio es uno de los temas claves del libro. La trama de suspense envuelve la temática de la escritura, de la originalidad, del éxito, del plagio. Haider es una escritora fracasada que, sin embargo, ha escrito novelas con argumentos sospechosamente similares a los de grandes éxitos de Stephen King, John Updike o el propio Andrew J. Rush. A todos ellos demanda sin éxito porque la justicia está del lado el pez grande. C.W. Haider aparece como una escritora desquiciada y enferma. No obstante, paulatinamente, el lector se percata de que el desquiciado es el propio Rush y de que tal vez la escritora tenga razón y que estos laureados escritores se aprovecharan de alguna manera de sus historias. 

Rey de Picas es una novela relativamente corta que atrapa desde el primer momento. Aunque se lee fácilmente, esconde una estructura narrativa compleja. Ese es el mérito de Joyce Carol Oates con esta novela: hace fácil lo difícil. Es una novela muy rica, llena de matices, con temas tan interesantes como el de las parejas de escritores (su esposa Irina dejó su carrera literaria a pesar tener más talento que el propio Rush), como Mark Twain y Olivia Landon, Vera Slonin y Valdimir Nabokov, Zelda y Scott Fitzgerald o Stephen King y su esposa Thabita, entre tantas otras parejas célebres. Precisamente Stephen King tiene un papel relevante en la novela de Carol Oates, pues Andrew Rush está obsesionado con él, con llegar a parecerse a él en todo. Llega a creer que Rey de Picas podría estar a su altura como escritor e incluso le envía una carta a King. No hay duda de que el personaje de Rush/Rey de Picas tiene mucho del protagonista de El resplandor de Stephen King, aunque los precedentes del personaje lo podemos encontrar en uno de los grandes clásicos de la historia de la literatura como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide de Robert L. Stevenson. La novela es un homenaje al género de misterio, sobre todo a Edgar Allan Poe, con guiños más que evidentes a los relatos William WilsonEl gato negro. C.W. Haider tiene uno a quien Rush llama Satán (el de Poe es Plutón) que será testigo de la escena clave de la novela. 

Joyce Carol Oates escribe una novela brillante que remata con un final para enmarcar. Chapeau.



lunes, 28 de junio de 2021

Las bibliotecas perdidas, de Jesús Marchamalo



Siempre he sentido una fascinación especial por todo lo que rodea al mundo de la creación literaria. Me atraen las casas en las que vivieron los escritores, el lugar en el que crearon esas obras extraordinarias, los libros que leyeron antes de escribirlas, las cartas en las que conversaban sobre ellas, sus diarios, su vida cotidiana, sus objetos, lo que les rodeaba en el momento de tener «el fogonazo». 
Jesús Marchamalo escribe sobre todo esto en Las bibliotecas perdidas, un libro que recopila veinticinco artículos, a modo de crónicas, publicados en el ABCD las Artes y las Letras entre 2001 y 2008. La portada, una pintura de Carlos García Alix, es maravillosa. 

El título del libro, que es el del primer artículo, nos acerca a las bibliotecas que se perdieron durante la guerra civil. Muchas quedaron reducidas a escombros debido a los bombardeos, como la de Vicente Aleixandre, Ramón Gaya o Pío Baroja. Otras fueron saqueadas cuando sus propietarios tuvieron que abandonar sus casas, como la de Juan Ramón Jiménez o José Bergamín. Muchos de estos libros estuvieron años pululando por las librerías de la Cuesta de Moyano. Algunas, pocas, se salvaron, como las de García Lorca, Dámaso Alonso o Luis Cernuda

Jesús Marchamalo escribe sobre las dedicatorias de los escritores, de los ejemplares firmados que se venden en las librerías, de las diferentes formas de dedicar, como las de Vila-Matas (de quien tengo la suerte de tener una) o Manuel Rivas, que utilizan dibujos como solución. Nos introduce en el mundo de los coleccionistas de libros dedicados, como Javier Marías que los tiene de Faulkner, Kipling o Conan Doyle. Nos conduce hasta la oficina de escritores como Kafka, Pessoa o Svevo para enseñarnos el lugar que les empujó a sacar su arte; hasta la correspondencia entre escritores (como las de Galdós y Pardo Bazán), de sus pseudónimos, de las parejas de escritores, de sus casas, de las riñas entre ellos, de la inspiración. Antonio Muñoz Molina señala en el libro que las historias son fruto de un proceso involuntario que se prolonga durante meses o años: el escritor acumula experiencias que va fijando inconscientemente, hasta que un día, algo que sucede, una emoción, una noticia, un titular de un diario —el fogonazo—consigue hacerlas aflorar. 

En otros artículos nos habla de la la relación, no siempre fácil, entre escritores y editores; de los pintores que escriben y escritores que pintan; del origen de los títulos; de las manías y los vicios; de la relación entre la literatura y el tabaco, con fumadores como Cela, BarojaGarcía Márquez, Rulfo, Chesterton, Dumas, Conrad, Hemingway, Marías o Cercas, aunque este último creo recordar que lo dejó hace tiempo; de la relación entre literatura y publicidad; de la muerte de los escritores y de su funeral.

Las bibliotecas perdidas de Jesús Marchamalo es un libro con empaque, repleto de anécdotas e historias que transitan por la frontera para llegar hasta el centro mismo de la literatura. Para repetir.




viernes, 11 de junio de 2021

El arte de mantenerse a flote, de Eric Luna



«El mundo de afuera era una partitura rara. Intuía que había que unir los puntos para obtener el dibujo completo, como en aquellos libros para niños. Pero el trazado se perdía en el horizonte del día siguiente». (p. 93) 

Salgo a la superficie en busca de aire fresco y me alegro de encontrarme con un escritor como Eric Luna, que derrocha talento en este libro de relatos titulado El arte de mantenerse a flote, recientemente publicado por la editorial Boria. El título es acertadísimo, pues el hilo conductor de la obra nos muestra a unos personajes que tratan de sobrevivir en un mundo dominado por dioses que disfrutan jugando con el naufragio cotidiano de la gente corriente. 

Está compuesto por doce relatos de diferente extensión, divididos en tres partes. La primera se titula Días de Jagger y hierbabuena, y está formada por tres relatos cortos que nos introducen en el universo de Eric Luna, en el que las historias giran en torno al trabajo, la juventud o la música. El libro va in crescendo en la segunda parte titulada Apocapitalismo, con cuatro relatos distópicos, o no tanto, que nos hablan de la deshumanización de la sociedad occidental, con la soledad en la vejez y la muerte tras la jubilación, con el Estado como imposible mecenas del arte, con las consecuencias del uso generalizado de la mascarilla y de la persecución los disidentes, y sobre la tecnología como sustituta de los trabajadores. Este último relato titulado Moloch 3000, uno de los más perturbadores del libro, es una alegoría hiperbólica y terrorífica de la sustitución del trabajo manual por el mecánico. 

La tercera parte es la mejor del libro, con cinco relatos protagonizados por antihéroes que se agarran a los micromomentos buenos de la vida, que, a veces, pocas, aparecen como contrapunto a la lluvia y al frío que hace fuera, como rendija por la que se vislumbra un punto de calor, como el del sonido de un contrabajo en forma de corazón en el interior de un útero, como la canción Free Bird de The Lynard Skinard sonando en el coche antes de llegar al trabajo. Los cinco relatos son extraordinarios. El primero, Tríptico Chileno está protagonizado un joven escritor que emigra a Chile en busca de trabajo. Lo mejor es que el mismo protagonista aparece tres relatos después para contarnos el final de sus aventuras en el país andino. Se titula Mecanografía, en mi opinión el mejor relato del libro, con el joven Isaac, personaje que recuerda al detective salvaje Juan García Madero, que se ve abocado a regresar a la madre patria tras un desesperado intento de vender su talento en las calles. Y entre ambos, tres estupendo relatos. Ganapanes refleja la cara más penosa del éxito en un conocido escritor, ganador del Planeta, que contrasta con el fracaso aventurero y nostálgico de nuestro emigrante. Un relato bebop nos lleva a la vida de un trasunto de Chet Baker con el jazz como protagonista; y Free bird,con un final épico en uno de esos micromomentos que a veces aparecen para sacarnos del hastío. En esta tercera parte, los relatos toman tintes bolañescos, con la literatura o la música como meta, con personajes que respiran autenticidad, que tratan de mantenerse a flote en un mundo hostil. Son historias que conmueven, que llegan, que tocan la fibra, que emocionan por auténticas. 

Un gran descubrimiento, Eric Luna.


 

                                                             Lynard Skynard. Free bird




                                         

martes, 18 de mayo de 2021

La hija de Homero, de Robert Graves



Escribe Jesús Marchamalo en Las bibliotecas perdidas que Robert Graves trabajaba en su casa de Mallorca en una habitación en la que, salvo los interruptores de la luz, todo estaba hecho a mano, porque era importante para su actividad creativa saber que estaba rodeado de cosas construidas de forma artesanal. Lo imaginas en ese espacio anclado en el tiempo, dando vueltas a una historia que gira en torno a la teoría del británico Samuel Butler, traductor al inglés de La Odisea, quien, a finales del siglo XIX, tuvo el atrevimiento de defender que La Iliada y La Odisea estaban escritas por manos diferentes. Esta última no la habría escrito Homero, pues, tras un análisis pormenorizado, llegó a la conclusión de que fue escrita por una mujer, poniendo en pie de guerra a la crítica literaria victoriana, en una época en que las mujeres todavía eran una rara avis en la literatura y las artes. 

La hija de Homero, escrita y publicada a la par que Los mitos griegos (1955), retoma la teoría de Samuel Butler y reconstruye con audacia la historia de esa mujer que escribió La Odisea. Su nombre, en la ficción de Graves, es Nausícaa, hija de Alfides, rey de los elimanos, pueblo griego establecido en la costa occidental de Sicilia, lugar donde se desarrolla la trama. La novela narra la historia de la desaparición de su hermano y la búsqueda por parte de su padre, cuya ausencia será aprovechada por un numeroso grupo de nobles que pretenden hacerse con el trono. Nausícaa es el medio para legitimar la rebelión, por lo que la presionan para que decida contraer matrimonio con uno de ellos a través de un banquete continuo a costa de su hacienda. Nausícaa, narradora en primera persona, tendrá que desplegar su inteligencia para frenar las perversas intenciones de los pretendientes. 

La novela no requiere la lectura previa de La Odisea, pues es una obra de amores e intrigas palaciegas, con el mundo mediterráneo de la antigüedad como telón de fondo, situada a mediados del siglo VIII antes de Cristo. La hija de Homero contiene un discurso feminista, con Nausícaa como auténtica heroína que rompe estereotipos por partida doble: frenando y dando su merecido a los pretendientes, con la ayuda Atón, un joven naufrago que aparece en la playa; y sobre todo, inmortalizando la epopeya homérica para convertirla en la primera novela griega, como señala Graves al final de Los mitos griegos

No obstante, hay un tercer nivel en la narración. Si se conoce La Odisea, la lectura adquiere otra dimensión y se hace más rica, pues muchos de sus componentes se encuentran en La hija de Homero: Nausícaa es el nombre de la narradora y protagonista, Euriclea, el de la viaja nodriza, Eurímaco y Antinoo, el de los subversivos pretendientes, Argos, el del perro de su desaparecido hermano, Eumeo el del porquerizo, Demódoco y Femio, de los bardos, Méntor, el del hermano del rey… La novela contiene elementos que nos remiten directamente al poema homérico para mostrarlo desde una perspectiva novedosa. Nausícaa quiere ser inmortal, como Homero, y para ello toma la epopeya de Ulises que cantan los bardos y la reinterpreta añadiendo el final que todos conocemos basado en su experiencia personal, de manera que enlaza realidad y ficción, historia y mito. La hija de Homero contiene por tanto una reflexión acerca de la creación literaria, sobre cómo los novelistas convierten sus vivencias en material narrativo. Con otra vuelta de tuerca, hasta podemos aventurar que La Odisea de Nausícaa, la hija de Homero, fue la primera novela de autoficción de la historia. El juego de Robert Graves es genial.

Muchos siglos después, cerca del lugar donde Nausícaa escribió La Odisea, en la localidad siciliana de Milo, frente a la fumarola del Etna, viviría otro de los grandes aeda que mantuvo viva la llama de Homero. Él era otro de sus hijos, y hoy lloramos su muerte. 


Battiato e Alice. Summer on a solitary beach.


Traducción de Floreal Mazía


lunes, 10 de mayo de 2021

Dioses y héroes de la antigua Grecia, de Robert Graves



Siguiendo la estela de Homero, entre un tumbo y otro tumbo, encuentro en mi biblioteca un libro titulado Dioses y héroes de la antigua Grecia, de Robert Graves. Lo publicó en 1960, como una especie de apéndice de su extensa obra dedicada a compilar Los mitos griegos (1955). Cuenta Lucía Graves en el prólogo de la novela La hija de Homero, que su padre buscaba en los orígenes de la cultura europea el origen del comportamiento de su generación, una generación que vivió las dos guerras mundiales. Robert Graves, que participó en la primera, como su colega J.R.R.Tolkien, y fue gravemente herido en la batalla de Somme (estuvo oficialmente muerto durante 48 horas), decidió retirarse del mundo urbano (in)civilizado que conocía para bucear en la antigüedad en busca de los valores perdidos en el subconsciente. Ahí se encontró con Deià, un pueblo mallorquín entre el mar y la montaña que recordaba al paisaje griego, un lugar mediterráneo, rural y primitivo donde los antiguos ciclos agrícolas seguían estando presentes. 

Dioses y héroes de la antigua Grecia es un librito corto (115 páginas), compuesto de relatos breves pero intensos con los que atrapar a los lectores y llevarlos directamente al Olimpo. Son relatos independientes, unidos por hilo de oro divino casi imperceptible, que tienen como protagonistas a dioses y héroes cuyas historias se convirtieron en mitos. Unos mitos que se fueron transmitiendo de manera oral hasta que pasaron a formar parte de las obras de Homero, Hesíodo y tantos otros poetas griegos. Estos, a su vez, fueron recogidos por los romanos que adoptaron a los dioses griegos pero con nuevos ropajes, y sus escritores también los utilizaron como material narrativo, como Ovidio, que intentó reunir la extensa historia mitológica en su magna obra Las metamorfosis. Robert Graves, salvando las distancias, hace algo similar en Los mitos griegos y en Dioses y héroes de la antigua Grecia, y nos dice que lo hace para rescatarlos del desprestigio y la desvalorización a que los había sometido la Iglesia en los últimos dos mil años para destacar así la superioridad espiritual de la Biblia. 

A diferencia de los relatos bíblicos, los mitos griegos no son solemnes, sino todo lo contrario, son mitos pendencieros y divertidos, como eran los propios griegos de la antigüedad. Los dioses, aunque con poderes sobrenaturales, tenían forma humana, se comportaban como los humanos y se relacionaban con ellos, decidiendo, muchas veces de manera caprichosa, el destino de sus vidas. Eran celosos y vengativos, y a una buena acción de un mortal podían no responder con una recompensa sino con un castigo, como les ocurrió a los feacios que finalmente llevaron a Ulises hasta Ítaca. Estos dioses no eran de fiar, tan pronto planchaban un huevo como freían una corbata, pero, con mucho, prefiero el casco de Atenea a las llaves de San Pedro. 

El autor de Yo, Claudio, nos presenta a los dioses del Olimpo para, a partir de ahí, narrar multitud de historias en las que ellos mismos participan, y que más o menos conocemos aunque sea de oídas; como las de Orfeo y Eurídice, Sísifo, el rey Midas, el rapto de Europa, Perseo y Medusa, Teseo y el minotauro, Jasón y el vellocino de oro, las doce pruebas de Hércules..., así hasta veintisiete relatos narrados con la maestría de Robert Graves. El libro termina con el destronamiento de los dioses del Olimpo y la llegada del cristianismo: «Juliano de Constantinopla, el último emperador romano que adoró a los dioses del Olimpo, murió luchando contra los persas en el año 363 después de Cristo. Las tres parcas, entonces, informaron a Zeus que su reinado finalizaba y que él y sus amigos debían abandonar el Olimpo. Furioso, Zeus destruyó el palacio con un rayo y se fueron todos a vivir entre la gente humilde del campo, esperando tiempos mejores. Los misioneros cristianos, no obstante, los persiguieron con la señal de la cruz y transformaron sus templos en iglesias, que repartieron entre los santos más importantes. Y así, los mortales pudieron volver a contar el tiempo por semanas como les había enseñado el titán Prometeo. Los dioses del Olimpo se vieron obligados a esconderse en bosques y en cuevas, y nadie les ha visto desde hace siglos». 

De momento, sigo navegando en el cómodo barco de Robert Graves (leyendo La hija de Homero), y no hay duda de que seguiré dando un tumbo y otro tumbo por los infinitos mares de la antigüedad en busca de aquellos dioses escondidos. 



Traducción de Carles Serrat

viernes, 23 de abril de 2021

La Odisea, de Homero



Termino de leer La Odisea, un libro que no estaba para nada en mi lista de próximas lecturas. La edición que he leído pertenece a una vieja colección titulada Biblioteca de Obras Famosas que publicó Ediciones Alonso en el año 1966. No aparece el nombre del traductor o de la edición que se utilizó para la colección, tan solo hay un breve e interesante prólogo firmado con las iniciales L.H.A. El papel se conserva bien después de más de cincuenta años, y la edición es manejable, encuadernada en tapa dura entelada en rojo. El libro lo compré en 2012 en el mítico Bazar del TBO para acompañar a La Iliada de Gredos, de mayor linaje, que llevaba mucho tiempo desparejada en la estantería. 

La única responsable de que tuviera que acudir en busca de Homero es Irene Vallejo. Suya es la culpa, y a ella agradezco semejante atrevimiento. En El infinito en un junco dedica muchas páginas a Homero, pero son las palabras que escribe sobre Ulises y La Odisea en el capítulo 30 de la primera parte las me hicieron rendirme a la evidencia de que no podía postergar más al padre (¿ciego?) de la literatura. 

El argumento es de sobra conocido, a saber, el regreso de Ulises a Ítaca después de la guerra de Troya y de otras muchas aventuras a las que sobrevive gracias al favor de Atenea, la Diosa de los ojos claros. Allí se encuentra con cincuenta tipos que dan la tabarra, día y noche, a su esposa Penélope, presionándola para que se decida de una vez por uno de ellos; y con su hijo, el joven Telémaco, ya harto de que coman y beban de gorra y sin mesura, un día sí y otro también. 

Tengo la sensación de que el divino Ulises no tenía prisa por regresar a casa (como escribiría muchísimos años después el poeta Cavafis: «mas no apresures mucho el viaje, mejor que dure muchos años, y atracar, viejo ya, en la isla»). Después de diez años de guerra tardó otros diez en volver, cuando Ítaca no quedaba tan lejos de Troya (a dos o tres semanas de viaje, no más). Es verdad que muchas veces las pasa canutas. Casi termina en el fondo del mar en varias ocasiones (Poseidón le tiene ojeriza por lo de Polifemo); tiene que poner pies en polvorosa de la isla de los los gigantes lestrigones; utilizar su audacia para no convertirse en la merienda del cíclope; o atarse a un mástil para no escuchar el peligroso canto de las sirenas. Pero la mayoría del tiempo vive como un Dios, literalmente. Primero con Circe (a pesar de que casi lo convierte en un cerdo como a sus compañeros, y de que lo envía al inframundo en busca del adivino Tiresias). Y más tarde, con la bella ninfa Calipso, la de las trenzas de oro, con quien pasa siete años en el paraíso, aunque a veces llore de nostalgia. Hasta que interfiere la metomentodo Atenea, quien, rendida a sus pies, cansada y celosa de una Calipso que lo acapara por completo, logra, jerarquía mediante, que le deje marchar, a sabiendas de que la prudente Penélope, mortal ella, ya no es rival para la hija de Zeus. 
Escribe Irene Vallejo que «Ulises es una criatura luchadora y zarandeada que prefiere las tristezas auténticas a una felicidad artificial […] La decisión del héroe expresa una nueva sabiduría que nos susurra que la humilde, imperfecta y efímera vida humana merece la pena, a pesar de sus limitaciones y desgracias, aunque la juventud se esfume, la carne se vuelva flácida y acabemos arrastrando los pies». De todo se cansa uno, hasta del paraíso. Pero si Atenea no llega a meterse donde no la llaman, allí que se habría quedado tan ricamente nuestro héroe, por los siglos de los siglos. 

Es evidente que Penélope no espera el regreso de su marido después de tanto tiempo. Cree firmemente que ha fallecido y no alberga esperanza alguna de su vuelta. Penélope no elige a ninguno de los insaciables pretendientes porque está mejor así como está, libre, sin marido que la mande callar, como en ocasiones hace su impertinente hijo, que ya apunta maneras. Y la famosa mortaja que teje y desteje para su suegro Laertes durante tres años (también estará deseando perderlo de vista), no es para esperar a Ulises, sino para que la dejen en paz los que han ocupado su casa. No le hará mucha ilusión reencontrarse con su viejo esposo, a quien ni reconoce cuando se le pone delante; tampoco es que se alegre demasiado de que le hayan quitado de en medio, literalmente, a sus simpáticos acosadores. Vamos, que Penélope ya se había acostumbrado a la libertad de la viudez, y ahora resulta que regresa el marido perdido, y encima disfrazado de viejo mendigo achacoso y harapiento. ¡Qué fatalidad!

El único que espera pacientemente a Ulises, ya muy viejo, es su fiel perro Argos. La escena es conmovedora. El perro, ya viejo, abandonado y maltrecho, sin poder ladrar ni moverse, reconoce a su dueño, tras veinte años de ausencia, alzando las orejas y moviendo el rabo. Ulises, transformado en mendigo, se emociona del gesto de su fiel amigo y una lágrima se desliza por su mejilla, sin poder acercarse a él para que no lo descubran. «Y entonces la Ker de la negra muerte se apoderó de Argos, cuando acababa de ver a Ulises después de veinte años». Penélope y Telémaco merecerían un buen tirón de orejas por descuidar de esa manera al pobre Argos. 

Termino de leer La Odisea y todavía tengo rondando a Eos, la hija de la mañana, la de los dedos rosados, y a Poseidón, de los cabellos azules, y al ilustre Hades y a la implacable Perséfone (Edes y Persifonia en mi edición), y al ingenioso Ulises, y a Atenea, la de los ojos claros, y a la discreta Penélope, y al prudente Telémaco, y hasta la negra Ker. No hay nombre de mortal o inmortal que no vaya acompañado de un epíteto que se repite continuamente a los largo del relato. Imagino que eran las fórmulas que utilizaban los aedas (o bardos) para memorizar las historias que cantaban, en una época en que todavía no estaban escritas. 

La magia de La Odisea es que reconocemos perfectamente su sonido, pese a que nos llega de una época tan remota como la Edad del Bronce. El genio de Homero, si es que lo hizo él, fue el de inmortalizar estas historias dejándolas por escrito. La Odisea, definitivamente, me deja varado en la antigüedad, aunque no tanto como a ese rico alemán de mediados del siglo diecinueve llamado Heinrich Schliemann, tan loco por las obras homéricas, que dejó su vida para embarcarse en la quijotesca empresa de encontrar los lugares que allí se mencionaban. Lo más increíble de todo es que los encontró. Pero esa ya es otra historia. 

¡Feliz Día del Libro!



                                                               Javier Krahe. Como Ulises
          




L.F. Schutzanberger. Regreso de Ulises. 

                                                                   Briton Riviere. Circe

                                                                     Waterhouse. Circe

                                                                Waterhouse. Penélope



domingo, 4 de abril de 2021

El hijo de César, de John Williams



Hace un año que leí el magnífico Yo, Claudio, de Robert Graves. El azar ha querido que por estas mismas fechas vuelva a leer una novela histórica sobre la antigua Roma, aunque en esta ocasión, la culpa es más del autor más que del tema. Me refiero a John Williams, autor de Stoner, novela que me dejó tan fascinado que no me ha quedado más remedio que seguir leyendo al autor norteamericano. 

John Williams (1922-1994) fue un escritor poco prolífico. Publicó tan solo cuatro novelas y dos libros de poemas. Solo la noche (1948), Butcher’s Crossing (1960) (mi próximo objetivo), Stoner (1965) y August (El hijo de César, desafortunado título de la edición española) (1973), que fue premiado con el National Book Award. Tras leer Stoner, logré hacerme con El hijo de César, publicado en 2016 por la editorial Pàmies, al parecer, con motivo de su reedición en Estados Unidos para conmemorar, nada menos, que los dos mil años del fallecimiento del emperador Augusto. A pesar de que se publicó solo hace cinco años, quedan pocos ejemplares en circulación y es uno de esos libros que conseguirlo supone todo un reto. Tras mucho buscar, el libro lo tenía delante de mis narices, pues finalmente lo encontré en la librería La Candela que es una de mis librerías habituales. 

La novela de John Willliams es el eslabón cronológico que une Los idus de marzo (1948), de Thornton Wilder y Yo, Claudio (1934), de Robert Graves. Tres obras maestras de la literatura que reconstruyen el inicio de Imperio romano, tres anglosajones convertidos en referencias literarias de la novela histórica. Robert Graves nació en Londres en 1895, aunque quiso acercarse al Mare Nostrum y vivió en la mallorquina localidad de Deià. Sin embargo, tanto Thornton Wilder (1897) como John Williams (1922) eran estadounidenses del medio oeste, el primero de Texas, el segundo de Wisconsin. Curiosamente, los tres tuvieron necesidad de escribir sobre los inicios del Imperio, y los tres lo hicieron con acierto y maestría. No me cabe la menor duda de que John Williams había leído a Wilder y a Graves, y de ambos toma elementos narrativos para su August. La obra sigue un orden cronológico, desde el año 45 a. De C. hasta el 14, a pesar de los diferentes narradores y fuentes de la historia, fundamentalmente cartas, igual que en en Los idus de marzo, y memorias como en Yo, Claudio. Aunque aquí Augusto, evidentemente, no es un pelele ignorante en manos de su cruel esposa. 


Comienzo a leer El hijo de César y enseguida quedo atrapado por la maravillosa prosa de Williams. Tengo la sensación de que Octavio, el primer emperador de Roma, el hombre más poderoso del mundo, es William Stoner, el humilde profesor de Literatura del medio oeste norteamericano. El salto que dio Williams de una novela a otra es enorme, tanto en el tema, como en la estructura narrativa. Es evidente que Williams quería alejarse de sí mismo, en el espacio y en el tiempo, alejarse de su pequeño mundo; y por eso salta del intimismo autobiográfico de un personaje aparentemente irrelevante, a uno de los hombres más poderosos de la Historia. En ese salto, y esto es lo más sorprendente, resulta que apenas si se mueve; afortunadamente, porque Octavio Augusto es William Stoner, y como en Stoner, retrata su vida, desde su adolescencia (siendo Octavio), pasando por su edad adulta y su vejez (ya Augusto), hasta su muerte. John Willliams tardó ocho años en hacer ese viaje para quedarse donde exactamente donde estaba. 

La novela se divide en tres partes. La primera parte es más política, más épica, narrada desde el punto de vista de varios hombres, sobre todo los más cercanos a Octavio: Agripa, Mecenas y Salvidieno Rufo, que nos cuentan desde el asesinato de Julio César hasta la batalla de Filipos (42 a. C.) en la que caen Bruto y Casio, asesinos de César; y la de Actium (31 a. C.) en la que Marco Antonio y Cleopatra son derrotados y Octavio se hace con todo el poder de Roma. La segunda parte es más intimista, más social, más cultural y está narrada fundamentalmente desde el punto de vista de una mujer, su hija Julia, una mujer inteligente adelantada a su tiempo, quien desde su destierro en la isla Pandetaria rememora su vida, e indirectamente la de su padre. En ella aparecen personajes como Virgilio y Horacio protegidos de Augusto, o también Ovidio, que será amigo de Julia, y que acabará desterrado como ella (Irene Vallejo menciona este asunto en El infinito en un junco). Aquí aparece como personaje secundario la figura de Livia, que no es ni mucho menos la mujer malvada y manipuladora que pinta Graves, pero sí una mujer que ambiciona el poder de su hijo Tiberio, que será el tercer esposo de Julia, tras Marcelo y Agripa, y a la postre, contra pronóstico, sucesor de Augusto. La tercera parte de la novela la narra el propio Augusto al final de su vida. Como en Stoner, el protagonista se pregunta si su vida ha merecido la pena. El lector va conociendo la vida de Augusto desde fuera hacia adentro, se va acercando lentamente para llegar finalmente al interior del personaje, desde el dios todopoderoso hasta el hombre de carne y hueso. Esta tercera parte es una larga carta que escribe poco antes de morir, durante su viaje a la Isla de Capri, donde moriría el 19 de agosto del año 14. Octavio Augusto se desnuda y se muestra como un hombre sabio que ha vivido mucho, que ve el final cerca, que reflexiona sobre el sentido de la vida, épica en la juventud, trágica en la edad adulta, y cómica en la vejez: «Como un caparazón vacío, el pobre actor digno de lástima acaba por descubrir que ha representado tantos papeles que ha dejado de ser él mismo» (287). 

El hijo de César y Stoner, son las dos caras de la misma moneda. El hijo de César es una obra más ambiciosa, más dinámica, más arriesgada técnicamente, tal vez más lograda que Stoner, incluso más premiada; tal vez (solo tal vez) mejor escrita que Stoner. El hijo de César es una gran novela, una novela histórica a la altura de Yo, Claudio o Los idus de marzo. Sin embargo, si tuviera que elegir entre las dos novelas, me quedo con Stoner. Porque entre el gris profesor al que un soneto cambió la vida y el brillante emperador llamado por el destino para salvar a Roma de sí misma, sin duda, me quedo con el primero. 


Traducción de Christine Monteleone

lunes, 29 de marzo de 2021

El infinito en un junco, de Irene Vallejo



Intento no dejarme arrastrar por la sacrosanta publicidad, aunque esta vez no he podido hacer oídos sordos a ese murmullo que me llegaba por todas partes y en el que pude distinguir el nombre de Irene Vallejo. Llevo más de tres meses leyendo, releyendo, subrayando y anotando El infinito en un junco. Me confieso de la tribu del junco y fan entusiasta (y ya vitalicio) de Irene Vallejo, como ese gaditano que hace dos mil años idolatraba a Tito Livio y emprendió un largo viaje hasta Roma para verlo en persona. 

Del libro me ha gustado absolutamente todo, de principio a fin. No flaquea en ningún momento. No sobra ni una coma. Entretiene y engancha como la mejor novela. Se disfruta y se aprende como en el mejor ensayo de Historia, de Filosofía o de Literatura. Lanza un mensaje a navegantes agoreros: que los libros, al contrario de lo que predican, no están en peligro de extinción, y que el formato de libro en papel sobrevivirá a los novedosos formatos electrónicos de rápido envejecimiento. Otro mensaje que me gusta: baja del pedestal a los envanecidos transeúntes del siglo veintiuno que nos creemos el ombligo de la Historia, Elegidos anclados en el futuro, embobados de cabeza gacha, cuyo universo empieza y termina en nuestra luminosa mano. Al parecer (¡sorpresa!) el mundo no lo hemos inventado nosotros, y lo que tenemos, no lo tendríamos de no ser por los que pasaron antes, por los arcaicos y denostados libros, escritos por personas que tenían la capacidad de mirar al horizonte con la cabeza alta y más allá. 

Irene Vallejo es una de esas personas que ha sabido mirar más allá para mostrarnos que el pasado es una dimensión del presente, que antigüedad clásica sigue presente en nuestras vidas; para mostrarnos una obviedad que tiende a olvidarse: que estamos hechos de la sustancia de nuestra historia, que sin los griegos y los romanos que vivieron hace más de dos mil años no seríamos lo que somos; y que el vehículo que ha hecho posible ese viaje, lo que nos conecta con ese mundo, lo que hace que el pasado sea una dimensión del presente, son los libros, verdaderos protagonistas de la Historia, contenedores de palabras transformados en futuristas máquinas del tiempo. 

Es imposible leer El infinito en un junco sin querer saber más sobre Alejandría y su Gran Biblioteca; sobre la elaboración de los rollos de papiro; sobre los primeros soportes de los libros: las piedras, las tablillas de barro y de madera, y el gran avance que supuso el papiro; sobre la fascinante lucha entre Alejandría y Pérgamo por la hegemonía libraria y el surgimiento del pergamino; sobre el afortunado encuentro místico de la autora con un Petrarca del siglo XIV, donde nació el impulso e escribir este libro; sobre la Odisea y las maravillosa historia de Ulises y la diosa Calipso; sobre la transmisión oral en la antigüedad y el trabajo de los bardos que narraban las historias; sobre ese territorio fronterizo entre la oralidad y la escritura del que formaron parte las obras de Homero, Sócrates y Platón; sobre el fin de la oralidad, de las “palabras aladas” a través de los “años estalactita”; sobre los primitivos sistemas de escritura y la invención del alfabeto; sobre el genio de Hesíodo y Heródoto; sobre lo bien que imitaban los romanos a los griegos; sobre las desaparecidas bibliotecas dobles (en griego y en latín) del Imperio Romano; sobre celebridades como Virgilio, Horacio, Marcial o Juvenal; sobre los resucitados papiros de Herculano; sobre la rebeldía moral de Ovidio en su obra El arte de amar, que finalmente le costó el exilio; sobre Tácito y de denuncia de la represión; sobre Eurípides y su capacidad para ponerse en el lugar del otro, de las otras, en sus Troyanas; sobre qué son los clásicos y el concepto variable de canon literario; sobre la lectura como salvación en momentos de desolación; sobre las voces feministas de la historia que fueron silenciadas; sobre los libros como extensión de la memoria; sobre las mujeres tejedoras de palabras; sobre las bibliotecarias estadounidenses que llevaron la cultura y la esperanza a los sitos más recónditos durante los años de la Gran Depresión. De esto y mucho más nos habla Irene Vallejo. 

Uno de los grandes logros de la obra son las frecuentes y afinadas analogías entre la antigüedad y el mundo actual; pero sin duda, el gran mérito, el que en mi opinión ha convertido El infinito en un junco en un clásico (al menos de mi pequeña biblioteca) es el contagioso entusiasmo que desprende por los libros, por la cultura, por el conocimiento, por las humanidades. El infinito en un junco es un libro escrito con un lenguaje preciso y riguroso, literario y musical. Es un libro de largo recorrido, con mucho poso, que suma, que aporta todo lo que se pide a un buen libro, que abre nuevos caminos lectores, y no solo de la antigüedad. Irene Vallejo ha escrito un libro madre, que si el lector lo cuida con esmero puede ir creciendo hasta convertirse en un frondoso y maravilloso árbol. 

Imprescindible.




The Birds. Turn, turn, turn



sábado, 6 de marzo de 2021

La invención de la soledad, de Paul Auster


El pasado 21 de enero falleció mi padre. Desde entonces me dedico a bucear en las profundos mares de la memoria, buscando su rostro, sus gestos, sus palabras, para sacarlo a la superficie, para rescatarlo, antes de que el olvido se encargue de difuminar sus contornos lentamente. En esta tarea necesaria me ha sido de gran ayuda el libro de Paul Auster, La invención de la soledad. Lo compré en Madrid el 9 de mayo de 2005, en un viaje que apenas recuerdo. Sé que estuve allí porque lo dejé por escrito en la primera página del libro. Sí que me acuerdo de leerlo poco después, durante la convalecencia en el hospital de mi madre, que fallecería en septiembre de ese mismo año. Ya entonces me pareció un libro a tener en cuenta. Y lo vuelvo a rescatar. En La invención de la soledad, Paul Auster hace un ejercicio de memoria para recordar a su padre, fallecido repentinamente, lo que le lleva a rememorar otros momentos importantes de su existencia y reflexionar sobre la memoria, la escritura, la soledad y la vida. 

Saco el libro del estante, instintivamente, como si me estuviera esperando. Sé que lo necesito para mi propósito. Comienzo a leerlo. «Supe que tendría que escribir sobre mi padre […] Pensé: mi padre ya no está, y si no lo hago deprisa, su vida entera se desvanecerá con él». Las imágenes del padre de Auster se superponen a las de mi padre. «Descubrí que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto. Los objetos son inertes y solo tienen significado en función de la vida que los emplea. Cuando esa vida termina, las cosas cambian, aunque permanezcan iguales. Están y no están allí, como fantasmas tangibles, condenados a sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen». En cada escena, en cada capítulo repito el ejercicio de memoria escribiendo en mi cuaderno. Miro sus fotografías y siento que todavía está aquí. ¡Hola Capitán!, me dice con una sonrisa. Las contemplo con absoluta atención, como si estuviera vivo. «El hecho de que muchas de estas fotografías eran totalmente desconocidas para mí, sobre todo las de su juventud, de daban la extraña sensación de que lo veía por primera vez y de que una parte de él comenzaba a existir ahora. Había perdido a mi padre: pero al mismo tiempo lo había encontrado». Esa es la parte que más quiero recordar, precisamente la que no forma parte de mis recuerdos directos. La de su juventud, cuando yo todavía no existía, ni siquiera formaba parte de un mínimo plan de futuro. Sobre esa época escribo en mi cuaderno, a partir de difusos fragmentos de recuerdos de conversaciones con él y con mi madre. La figura de mi madre reaparece en estos momentos con más claridad, como si mi padre hubiese encendido la luz en una habitación que llevaba tiempo en penumbra, la habitación en la que por fin se reencuentran. 

En la primera parte de La invención de la soledad, Auster narra en primera persona diferentes fragmentos de la vida de su padre. Se remonta a sus orígenes, al trágico episodio de principios del siglo veinte en el que su abuela mató a su abuelo de un disparo. Nos muestra el carácter solitario de su padre y la conflictiva relación con su madre que terminó en divorcio; nos habla de su trabajo, de su casa, de sus aficiones, de sus tics, de la relación que tuvo con sus hijos (con él y con su hermana). También pone al descubierto las dificultades que tiene el propio autor para escribir esta historia. «Mi necesidad de escribir era tan grande que creí que la historia se escribiría sola. Pero hasta ahora las palabras ha llegado con mucha lentitud […] He comenzado a sentir que la historia que intento contar es de algún modo incompatible con el lenguaje, y que su resistencia a las palabras es proporcional al grado de aproximación a lo importante, de modo que cuando llegue el momento de expresar lo fundamental (suponiendo que eso exista) no seré capaz de hacerlo». 

En la segunda parte del libro, titulada El libro de la memoria, cambia a un narrador en tercera persona. La lectura se hace más ágil, más ligera, y a la vez más intensa y reflexiva, como si el autor se hubiera liberado del peso del recuerdo del padre, como si hubiese rendido cuentas con él. Auster se aleja precisamente para hablarnos, de manera fragmentaria, de él mismo, de su vida, de su matrimonio, de sus viajes iniciáticos, de sus lecturas, de su hijo Daniel, de sus primeros encuentros con el arte y la literatura, con Carlo Collodi, con Van Gogh, con Vermeer, Emily Dickinson, con Mallarmé. Defiende la idea de que el único camino que conduce a la memoria pasa inexorablemente por la soledad y la escritura. Paradójicamente, ese estado de soledad desaparece en el momento en que uno comienza a transitarla, para reencontrarse con los recuerdos, modelados por la escritura, actividad esencial convertida en medio y fin. Paul Auster se propone encontrar rimas, en forma de coincidencias, en los acontecimientos de la vida y de los recuerdos, en un maravilloso ejercicio que pretende dar un sentido literario a la realidad, para hacerla más llevadera, más soportable.

Termino la relectura del libro de Paul Auster, un libro ya anclado definitivamente en mi vida, en el final de la vida de mis padres; pero mi viaje por los insospechados vericuetos de la memoria todavía no ha terminado. Auster marca una senda que sigo recorriendo, la de los caminos de la memoria que únicamente pueden ser transitados en soledad, con una pluma y una página en blanco. Escribe Irene Vallejo en El infinito en un junco que el acto de escribir alarga la vida de la memoria e impide que el pasado se disuelva para siempre. Encuentro una frase de Sartre que anoté en el primer cuaderno que empecé a escribir, allá por 2005: «El recuerdo es el único paraíso del que no podemos ser expulsados». 

La invención de la soledad termina con esta palabras: 
«Fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo».



                                                           Billie Holiday. Solitude


Traducción de Maria Eugenia Ciocchini


martes, 5 de enero de 2021

Seda, de Alessandro Baricco



Cambio de año inmerso en la lectura de El infinito en un junco de Irene Vallejo. Es un libro fascinante que me tiene atrapado desde hace más de diez días. Termino la primera parte dedicada al mundo griego, pero antes de pasar a Roma, decido hacer una incursión rápida en la narrativa. Entro en mi biblioteca y extraigo del estante un libro que lleva ahí mucho tiempo y que todavía no he leído. Se titula Seda, de Alessandro Baricco. Seguramente lo compré por el enorme éxito que tuvo en su día. Lo cierto es que nunca lo había abierto, ni tenía intención de leerlo. Pero hoy es su día. Los motivos: ayer escuché el estupendo podcast de Mr. Gwyn del programa Un libro, una hora. Y además, resulta que Océano mar es uno de los libros que Irene Vallejo se llevaría a una isla desierta. Baricco me asedia y en mi biblioteca solo está Seda.  

Comienzo a leer Seda. Cuando me doy cuenta, voy por la última página. La sensación es buena. Me gusta. La clave está más en la forma que en el fondo, más en la estructura y el lenguaje que en el tema. 

La historia se sitúa en la segunda mitad del siglo diecinueve en Lavilledieu, una villa del sudeste francés dedicada a la producción de seda. El protagonista es Hervé Joncour. Una plaga que acaba con los huevos de los gusanos de seda le lleva en cuatro ocasiones a Japón para traerlos de manera clandestina. Han pasado siglos desde que Marco Polo viajara al Japón, pero sigue siendo un viaje a lo desconocido, a lo exótico , a la maravilla. Hervé Joncour es un hombre felizmente casado, sin embargo, en Japón queda hipnotizado por la misteriosa esposa de Hara Kei, el señor feudal que le vende la preciada mercancía. 

Con estos ingredientes, Alessandro Barico construye una novela de una gran belleza. Minimalista, suave, liviana, como la seda. Se compone de sesenta y cinco capítulos cortos, narrados con un lenguaje preciso y sencillo, sin florituras pero muy poético. De lectura fácil. Me recuerda El amante de Marguerite Duras. La novela parece una canción, con un estribillo que se repite en las cuatro ocasiones en las que Hervé Joncour recorre por tierra y mar los miles de kilómetros que le separan de Japón. La letra de la canción es esa lucha entre la realidad y el deseo que se intuye en la mente del protagonista. Porque Seda es una novela que deja mucho espacio a la imaginación del lector. Baricco nos ofrece un esbozo, la punta del iceberg, los trazos de cuadro impresionista en el que los detalles no existen. Ahí está el mérito de esta pequeña gran novela cuyo éxito es más que merecido. 

«Con el tiempo, empezó a concederse un placer que antes se había negado siempre: a quienes venían a visitarle les relataba sus viajes. Escuchándole, la gente de Levilledieu aprendía el mundo y los niños descubrían lo que era la maravilla. Él narraba despacio, mirando en el aire cosas que los demás no veían» (p.153)




Traducción de Xavier González Rovira y Carlos Gumpert

    
                                                      Antonio Vega. El sitio de mi recreo