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martes, 3 de julio de 2018

El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández




El pasado mes de mayo fui a la presentación de El dolor de los demás, la última novela de Miguel Ángel Hernández. El acto se celebró en el hemiciclo de la Facultad de Letras, espacio vital importante para un autor cuyo trabajo como profesor de Historia del Arte se desarrolla entre los muros del vetusto edificio. A Miguel Ángel Hernández lo acompañaba en la presentación, el escritor Leonardo Cano. La sala estaba abarrotada. Entre el público (imagino que familiares, amigos y colegas en su gran mayoría) pude distinguir a algunos autores laureados últimamente, como Manuel Moyano, finalista del Premio Herralde con El imperio de Yegorov, o Ginés Sánchez, ganador del Tusquets con Los gatos pardos. Creí reconocer en el asiento contiguo a Cristina Morano, autora del mítico poemario Las rutas del nómada.
Los escritores, Cano y Hernández, comenzaron a hablar de la novela. Pensé en tomar notas, pero finalmente, una especie de pudorosa pereza me impidió sacar el cuaderno. Sí que hice un par de fotografías (discretamente) con el móvil.



Recuerdo que el autor dijo que escribir esta novela le había costado la salud física y psicológica. Que la novela, en parte, se la debía a Sergio del Molino, pero también a su amigo Leonardo Cano. Que pasar de escribir novelas como Intento de escapada o El instante de peligro, cuyo tema y trasfondo era la Historia del Arte, a una cuyo argumento giraba en torno al asesinato de una chica en una pedanía de la huerta murciana, fue todo un reto, pero tras escribirla se dio cuenta de que en realidad seguía la misma línea narrativa que las obras anteriores.
Comentó que la trama, los protagonistas y los lugares que aparecían en El dolor de los demás estaban tomados de la realidad, por tanto se trataba de una novela autobiográfica de no ficción. De hecho, muchos de los presentes en la sala (como el propio autor o el presentador) eran protagonistas de la novela.
La charla entre Cano y Hernández era distendida e interesante, sin embargo no me apetecía seguir escuchando porque tenía la sensación de ya sabía demasiado de una novela que acababa de comprar y quería leer, así que me marché en un punto de inflexión antes de que terminara el evento.
Al salir pensé que de momento no leería esa novela de autoficción situada en la huerta murciana que prometía ser bastante dura. De manera que quedó en el estante, al lado de El instante de peligro, la novela de Miguel Ángel Hernández que hace unos meses me dejó tan buenas sensaciones.




El pasado viernes, en cuanto salí del trabajo, me fui huyendo de los primeros calores estivales en dirección a la playa. El día anterior había terminado de leer El vino del estío de Ray Bradbury y todavía no había elegido la próxima lectura. Sin pensarlo mucho saqué dos libros de la estantería y los metí en la mochila. El primero se titulaba Dos damas muy serias, de Jane Bowles. El segundo El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández. El sábado por la mañana, sentado frente al mar bajo una sombrilla, comencé a leer el libro de Jane Bowles, pero tras las primeras páginas llegaron los bostezos.  Me despejé con un baño y poco después decidí echarle un vistazo al libro de Miguel Ángel Hernández. Fue lo peor (o lo mejor) que pude hacer, porque me quedé atrapado como una mosca en una telaraña. Ayer por la tarde terminé de leerlo.

Las páginas de El dolor de los demás me hicieron olvidarme de todo lo que me rodeaba. En poco tiempo su lectura comenzó a provocarme un fuerte desasosiego. Me pasaba lo mismo que al protagonista y autor de la propia novela, que en la página 151 escribe: «Nunca he tenido una urgencia tan grande al escribir. Durante la redacción de mis anteriores novelas disfrutaba de cada momento frente al teclado. Sentía el placer del texto. Mientras trabajaba en este libro, sin embargo, la historia me incomodaba. Escribir no era exorcizar los demonios; era convocarlos. Quizá por eso escribía a toda prisa—lo hago ahora—. Para llegar al final de la historia cuanto antes».
Eso mismo me ocurría como lector. Me incomodaba la historia, tal vez porque se trataba de un asunto demasiado real, incluso demasiado cercano. Sin embargo, no fui capaz de cerrar el libro y aparcarlo como había hecho con el de Jane Bowles. Estaba atrapado en la telaraña de la literatura de Miguel Ángel Hernández.

Sólo después de leer la novela comprendí muchas de las palabras que se dijeron en la presentación. Así, Miguel Ángel Hernández, sigue la estela de Sergio del Molino (y no de Truman Capote, como le comentará Vicente, uno de los personajes secundarios del relato) novelando la realidad, en este caso una realidad terrible. El autor nos mete de lleno en una historia que le tocó muy de cerca. Veinte años atrás, una Nochebuena, su mejor amigo asesinó a su hermana. Después se suicidó tirándose por un barranco.

Este es el inicio de la novela, y la excusa del autor para realizar un viaje al pasado y reencontrarse consigo mismo (literalmente). La novela avanza al tiempo que la investigación que el protagonista se propone realizar. Vemos cómo se enfrenta a ese pasado del que había puesto tierra de por medio, y cómo se enfrenta al miedo y a las dudas que le provocan resucitar una historia que podría reabrir viejas heridas. Este proceso de autoconstrucción de la novela («la novela escribiéndose a sí misma») está acompañado en cada capítulo del recuerdo del protagonista (narrado en segunda persona, a cierta distancia, como si el presente le hablara al pasado) de todo lo que ocurrió aquella fatídica Nochebuena, como si se tratara de las pesadillas recurrentes que tiene mientras investiga el caso y escribe la novela.
«Era mi propio sentido de culpa el que hablaba a través de ellos. Los muertos volvían porque yo abría sus ataúdes, porque mi escritura y mi recuerdo los resucitaba. La novela se había convertido en una especie de ouija. Había traído de vuelta a los fantasmas» (p.113)

Las dudas morales del protagonista sobre la investigación recorren toda la novela, fundamentalmente porque no sabe hasta dónde llegar, dónde situar el límite.
«En cualquier caso, ¿necesitaba realmente saberlo?¿Era interés legítimo o mera curiosidad morbosa?¿Qué derecho, me pregunté, tenemos a conocer la vida de los otros? Yo no era policía, ni detective, ni periodista; era tan solo un escritor—en realidad, un historiador del arte que se creía escritor—que jugaba a investigar el pasado. ¿Por qué precisamente habría de permitírseme mirar por el ojo de la cerradura, ser un espectador privilegiado de aquella tragedia?¿Qué potestad tenía yo sobre los demás» (p.285)
No cabe duda de que trata de abordar el tema de la manera más delicada posible, para no hacer daño, para comprender, o para «naufragar ante el dolor de los demás». Sin embargo, el protagonista no cesa en su tarea de investigar y de escribir, movido por una serie de austerianos azares, a pesar de que intuye que podría resucitar ese dolor. Finalmente, la literatura se impone a la vida. La prueba palpable es la novela que tenemos entre las manos.

Una parte importante de la novela es el viaje interior del protagonista, un viaje espacio-temporal, un viaje a otro mundo.  Desde la ciudad a la huerta (espacio fundamental en la narración), desde el presente hasta el pasado, desde el SOS 4.8 hasta la misa del domingo, desde Los Planetas hasta J.S. Bach, desde Emmanuelle Carrère y Enrique Vila-Matas hasta Michael Ende y Dean R. Koontz, desde Pierre Nora hasta las esculturas de su hermano José Hernández, desde el mundo adulto hasta el mundo de la adolescencia. En este viaje de ida y vuelta, hay un intento de reconciliación interior del protagonista, de eliminar esa dicotomía, de aceptación de sí mismo, pasado y presente unidos en un todo indisoluble.
«Lo único que me resultó sincero fue mi reencuentro con el pasado. La atmósfera del Yeguas, las conversaciones con mis hermanos, los paseos por la huerta, el recuerdo de un tiempo que yo había olvidado. Comencé a intuir que esa era a verdadera historia sobre la que estaba escribiendo» (p.237)

Si El instante de peligro me dejó buenas sensaciones, El dolor de los demás de Miguel Ángel Hernández me parece una novela inteligente, inquietante y valiente. Una tela de araña extraordinaria de la que no es fácil despegarse, ni siquiera al final de la lectura.





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MURCIANO TOTAL. El Internacional y la Mala Racha




lunes, 20 de noviembre de 2017

El instante de peligro, de Miguel Ángel Hernández




Termino de leer El instante de peligro de Miguel Ángel Hernández, finalista del Premio Herralde en 2015, y  la novela me deja muy buenas sensaciones. El libro desprende arte por los cuatro costados.

La historia, narrada por Martín en forma de carta a una mujer llamada Sophie, se va abriendo, cual zoom literario, para mostrarnos la vida del protagonista. Es un viaje desde el presente al pasado, en el que hay constantes movimientos espacio-temporales. 
El protagonista es Martín, un profesor de Historia del Arte que regresa al Clark Art Institute de Williamstown, lugar en el que estuvo becado diez años atrás, para participar en un proyecto artístico. 
Se trata un proyecto vanguardista en el que una artista italiana, Anna Morelli, borra las imágenes de las fotografías que había dentro de una vieja maleta que encontró en una tienda de antigüedades. La maleta contenía también cintas de una grabación con una cámara cinematográfica en la que durante horas aparece siempre la misma imagen inmóvil. Con esa imagen comienza la novela:
“Lo primero que vi fue la sombra. Inmóvil, fija, eterna, proyectada sobre un pequeño muro semiderruido que no levantaba más de metro y medio del suelo. Después presté atención al paisaje de fondo, el horizonte, el bosque, los árboles espigados y desnudos que desbordaban el encuadre de la imagen. Nada se movía en la escena. Nada se oía. Por un momento pensé que el archivo era defectuoso o que mi conexión no funcionaba correctamente. Pero enseguida advertí que la barra de reproducción había comenzado a avanzar. El tiempo corría aunque los objetos de la escena no se desplazaran, aunque todo permaneciera igual después de varios minutos. La sombra, el paisaje, el muro, el plano. El movimiento parecía haberse frenado igual que en una fotografía.
Así es como arranca esta historia, querida Sophie, con la silueta de un hombre detenida sobre una pared en medio de un bosque, con el movimiento inmóvil de una imagen en blanco y negro en la pantalla de mi ordenador.”

En este íncipit aparecen las dos líneas maestras de la novela. Por un lado, la imagen y el arte. Por otro, Sophie y el amor.
 En la primera, entra el trabajo de Martín en el proyecto: debe escribir sobre la imagen. A partir de ahí la novela avanza. ¿Qué lugar es ese? ¿Quién la grabó? ¿De quién es la silueta? ¿Qué significa esa imagen? Los protagonistas se convierten en detectives en busca de la clave que descifre el misterio. En esta búsqueda destacan las interesantes reflexiones sobre el arte, la historia, la memoria o la vida (hablan sobre Walter Benjamin, Didi-Huberman, Mieke Bal, Andy Warhol, Mac Low, Lacan, Robert Walser, Sophie Calle, Cezanne…). Me quedo con esta reflexión de Martín:
“El arte era para mí un trabajo; no llegaba a emocionarme. No veía ningún mérito en permanecer más de un minuto frente a un cuadro o una escultura. Los museos me cansaban, me saturaban, incluso me ponían de mal humor. Y, al final, cada vez que viajaba y entraba por inercia en esos lugares, acababa en la tienda mirando libros o en la cafetería pensando en mis cosas y sentado tranquilo. La sola idea de verme rodeado de gente esperando para mirar me extenuaba. La voracidad y la ilusión de los demás visitantes arrebataba toda mi curiosidad. Todo para vosotros, pensaba, a más tocáis, no os privaré del arte que tanto deseáis; yo ya he tenido suficiente” (p.145)
Paralelamente, Martín cuenta a Sophie (cuyo lugar es ocupado por el lector) los avatares varios de su vida amorosa. Martín se desnuda por completo ante ella para rememorar aquella historia de amor nada convencional que le llevó a conocerla.

El tiempo de la novela está manejado a la perfección, pues ese zoom al que me refería anteriormente se va abriendo muy lentamente para que el lector pueda percatarse de la relación entre los diferentes elementos de la escena que se muestran, de modo que al tiempo que avanza la investigación sobre las imágenes, la historia de amor de Martín también avanza, tanto en el pasado como en el presente, para finalmente cerrar el círculo. Un círculo que se me antoja perfecto.



El instante de peligro bebe de fuentes que me son perfectamente reconocibles. Por eso me ha gustado tanto. En la novela se intuye la influencia de tres de mis autores favoritos, que también lo son de Miguel Ángel Hernández, como ha señalado en más de una ocasión. Se trata de Enrique Vila-Matas, de Roberto Bolaño y de Paul Auster. Del primero, como dijo en la conferencia que dio sobre el sobre el autor catalán, le atrae la forma en que los protagonistas se relacionan con el mundo del arte, como se apasionan, como se entusiasman, hasta el punto de que el arte cambia sus vidas. Esta fascinación por el arte se observa en Anna Morelli, para quien el arte es vida, pero también en Martín, protagonista y alter ego del autor, quien, como historiador del arte, había perdido esa pasión. No obstante la recupera cuando conoce a Anna y comienza a participar en su proyecto sobre imágenes borradas. 
El intento de encontrar al artista que grabó esas extrañas imágenes me recuerda a la primera parte de 2666 de Roberto Bolaño, en la que cuatro filólogos (tres hombres y una mujer) viajan a México en busca de Archimboldi, un genio de la literatura a quien parece que se ha tragado la tierra. Y también, cómo no, a la sin par pareja de detectives (salvajes) Ulises Lima y Arturo Belano que buscan a la célebre desconocida Cesárea Tinajero, fundadora del Real Visceralismo y autora de uno de los poemas más enigmáticos de la literatura. Por último, es inevitable no hacer referencia a Paul Auster, sobre todo a El libro de las ilusiones, cuyo protagonista, el profesor Zimmer, encuentra de nuevo el sentido de la vida tras la investigación que realiza sobre Hector Mann, un olvidado actor de cine mudo. Precisamente Miguel Ángel Hernández citó a Vila-Matas y a Paul Auster como sus dos escritores de referencia, y concretamente El libro de las ilusiones como su novela favorita de éste último. Doy por sentado que Roberto Bolaño también es uno de ellos. 

De manera que El Instante de peligro nos remite directamente a la obra de estos tres grandes de la literatura, y Miguel Ángel Hernández se cuela entre ellos de una forma más que solvente. Para rematar la jugada, la novela fue publicada en Anagrama, la misma editorial en la que publicaron la mayor parte de sus obras Vila-Matas, Auster y Bolaño. ¿Quién da más?






                                                    Gracias al autor por la dedicatoria.



domingo, 5 de noviembre de 2017

Ciclo perfiles: Enrique Vila-Matas. Episodio II



Tras varios intentos de sintetizar la conferencia de Fernando Castro Flórez me doy por vencido. La suya es una de esas conferencias a las que hay que ir. Apunta Miguel Ángel Hernández en su blog "No (ha) lugar", que Castro Flórez llevaba preparadas 72 páginas escritas y 215 imágenes, de modo que no es de extrañar que la conferencia durase dos horas largas, que se me fueron en un abrir y cerrar de ojos.  En ningún momento tuve la sensación de que bajara el nivel de intensidad, en un torrente de palabras que abarcó la obra de Enrique Vila-Matas desde diferentes lugares: los viajes, el cine, la filosofía, el arte y por supuesto, la literatura. La conferencia fue tan intensa que tan solo pude tomar algunas notas mal tomadas y hacer algunas fotografías mal hechas.

Ante la imposibilidad de darle forma a esta conferencia (imprescindible para cualquier vilamatiano que se precie), voy a transcribir esas notas mal tomadas que no se acercan, ni de lejos, a lo que allí se dijo. A esas notas voy a añadir algunas de esas fotografías que pude hacer, en las que aparecen algunas de las imágenes con las que el ponente ilustró la charla.

Fernando Castro Flórez, filósofo y crítico de arte, profesor de Teoría del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid, comienza la conferencia titulada “A Murcia se va por ir [Cosas que aprendí de Chet Baker gracias a Vila-Matas]”. Habla de El mal de Montano, su obra favorita (también la mía), pues de ahí sale el título de la conferencia (“A Pico de va por ir”); habla de la obsesión de Vila-Matas por las conferencias dentro (y fuera) de su obra; de Roland Barthes y su ensayo ¿Por dónde empezar?; de Viaggio in Italia (en España se tituló Te querré siempre) de Roberto Rosellini, que le enseñó a Vila Matas a que podía empezar por cualquier parte. Habla Castro Flórez de El Halcón Maltés como ejemplo de Mcguffin (elemento de suspenso que hace que los personajes avancen en la trama, pero que no tiene mayor relevancia en la trama en sí);  de la primera vez que Vila-Matas habló en público, en una proyección-coloquio de la adaptación cinematográfica que hizo  Orson Welles de El proceso de Kafka ( “este coloquio debe de terminar”).  Habla sobre los viajes a las Azores, lugar recurrente en la obra de Vila Matas, (y del Peter's bar) ; de Theodor Adorno para quien el arte es un mensaje en una botella; de El conformista de Bertolucci y de que el escritor ha de ser un inconformista; de Walter Benjamin y su influencia en la literatura portátil de Vila-Matas. Habla sobre el escritor maldito que quería ser Vila Matas, y de que su sueño se cumplió un día en París, cuando lo confundieron  con el terrorista Carlos “El Chacal” y lo llevaron a la comisaría; de las Cartas de guerra de Jaques Vaché, obra primordial para Vila-Matas; del Shandy y el arte de la insolencia,  de Laurence Sterne y Vida y opiniones de Tristram Shandy, obra cumbre de la literatura para Vila- Matas; de Julien Gracq y El mar de las Sirtes; de las Crónicas de Bustos Domecq de Borges y Bioy Casares. Habla de la relación entre la artista Sophie Calle y Vila-Matas y del relato "Porque ella no me lo pidió”, recogido en Exploradores del abismo (al día siguiente el propio Vila- Matas hablaría de este asunto en su conferencia), de Las vidas imaginarias de Marcel Schwob; de Godard, que lo era todo para todos en los años 60, de Vargas Llosa y su crítica a la vanguardia (“gracias a Vila-Matas ya no abro un libro suyo”). Habla de Chet Baker, incluso silba (y lo hace bien) un tema suyo.

Habla de todo esto y de mil cosas más, en una conferencia que es como tomar una cápsula concentrada de la literatura de Vila-Matas. Para quitarse el sombrero. Cierra la conferencia citando las últimas palabras de Miguel de Cervantes, publicadas en la dedicatoria de su obra póstuma Los trabajos de Perfiles y Sigismunda:
“Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo.
Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.  (¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos! Que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida)”.


Aplausos de los asistentes. La conferencia ha sido impresionante, de mucho nivel. Vila Matas sale a la palestra para agradecer las palabras de Miguel Ángel Hernández y de Fernando Castro Flórez. Anuncia que mañana leerá su conferencia titulada “Teatro de variedades”
Fin de la jornada.


















jueves, 2 de noviembre de 2017

Ciclo perfiles: Enrique Vila-Matas. Episodio I


Durante dos días disfruto en vivo y en directo de uno de mis escritores favoritos: Enrique Vila-Matas. Este seminario lo organiza el Centro de Documentación y Estudios de Arte Contemporáneo (CENDEAC), un centro que intenta (y lo consigue) dar vida al arte en la ciudad de Murcia. Es la primera vez que asisto a unas conferencias sobre su obra, con la tremenda suerte de que el propio Vila-Matas es uno de los conferenciantes.
El primer día llego tarde al auditorio (muy vanguardista), con la presentación de los ponentes ya comenzada. La primera conferencia de la tarde es de Miguel Ángel Hernández Navarro y se titula “La parte del espectador: arte y experiencia estética en la literatura de Enrique Vila-Matas”. Miguel Ángel Hernández es profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia. Además ha publicado con la editorial Anagrama Intento de escapada y El instante de peligro (Finalista del Premio Herralde), dos estupendas novelas en las que el mundo del arte está en el centro de la trama.


                             F.Castro Flórez y M.A. Hernández Navarro (Vila-Matas de espaldas)

Comienza la conferencia. Enrique Vila-Matas está sentado en primera fila y escucha atentamente al conferenciante que habla de la relación entre arte y literatura. Sostiene que Vila-Matas tiene escrita una obra de arte que a su vez es un museo. En sus novelas se representa el ideal del artista moderno.
Analiza elementos que relacionan arte y literatura como tema o procedimientos, elementos que traspasan la obra de Vila-Matas. En sus novelas hay una atmósfera artística, son textos en los que se respira arte, un arte que a su vez impregna el proceso de escritura. Cita al crítico Pozuelo Yvancos quien se refiere a la “novela haciéndose”, en el sentido de que el proceso de escritura es la propia novela. Señala Miguel Ángel Hernández que el arte de vanguardia que aparece en la obra de Vila-Matas es inseparable de su forma. Los temas que aborda son los mismos que los de los artistas, por eso es una obra muy importante para los artistas. “Vila-Matas es un escritor de escritores, pero también es un escritor de artistas”.
Continúa diciendo que la literatura de Vila-Matas produce conocimiento sobre la obra de arte, porque la activa y la pone en movimiento. Es ahí donde esa obra actúa como museo. Es más, en las novelas del escritor catalán el arte sale del museo y se convierte en vida. Esta es la clave, pues es lo que hace que la obra de arte acabe funcionando. Esta es la principal diferencia entre el arte en las novelas de Vila-Matas y el arte en los críticos e historiadores de arte. Lo dice Miguel Ángel Hernández, que es uno de ellos (crítico e historiador del arte), aunque también intenta traspasar esa frontera a través de la literatura para colocarse al otro lado, al lado de Vila-Matas, quien se acerca al arte no como un experto, sino como un espectador que nos ofrece una mirada inesperada.

Habla de la novela-ensayo Kassel no invita a la lógica, dice que es una performance en la que el propio Enrique Vila- Matas, escribiendo en el restaurante chino, se convierte en una obra más de La documenta. El escritor lleva la exposición al libro convirtiéndolo en un museo. Vila-Matas experimentó Kassel mejor que nadie, tanto es así que la comisaria de la exposición dijo después de la publicación de Kassel no invita a la lógica que era la mejor reseña que se había escrito sobre la exposición, ya que esta obra llegaba a donde las reseñas de los críticos no lo hacían.
Continúa diciendo que esto ocurre con toda su obra. Porque Vila-Matas es un espectador, un apasionado, un entusiasta del arte, de la vanguardia, una fascinación que supera a la de los propios artísticas o críticos. En este sentido, Enrique Vila-Matas da a la obra de arte una pasión y un aliento que la hace funcionar. En Kassel no invita a la lógica, el arte tiene sentido, funciona, se mueve. Los personajes salen transformados por el arte, modificando su conducta en el mundo real. Esto se contrapone a la crítica literaria y a la historia del arte ya que aquí se pierde relación con la experiencia que la obra de arte supone para el espectador. La obra está muerta. El historiador del arte, como crítico, la sube a la mesa de la autopsia y la analiza, pero no la deja funcionar. Enrique Vila- Matas por el contrario, la activa, activa el arte en su terreno y lo vivifica. Por eso, sus novelas se convierten en museos que reconectan el arte con la vida, al tiempo que sacan las obras de arte del propio museo en el que se encuentran.
Apunta Miguel Ángel Hernández que la obra de Vila-Matas sirve a los historiadores del arte para ver el arte de otro modo, para verlo en un movimiento continuo. Convierte la escritura en un laboratorio de pruebas para el arte y para la propia escritura, de modo que “el arte parece funcionar como si realmente funcionase alguna vez en la vida”. Vila-Matas se toma el arte más en serio que los propios artistas, ya que los personajes de sus novelas sí que se lo toman en serio. El conferenciante va más allá al afirmar que la obra de Vila Matas va por delante de los artistas, porque en ella muestra su funcionamiento, porque muestra el camino.

Vila-Matas rompe las fronteras entre el arte y la vida, los límites entre realidad y ficción. Arte, literatura y vida es al final el mismo escenario. Ese es el objetivo de la vanguardia, y cita de nuevo a Pozuelo Yvancos, quien habla de que la obra de Vila-Matas es vanguardista en este sentido, en el de romper fronteras. Continúa Miguel Ángel Hernández comentando que “la obra de Vila-Matas es una obra desquiciada”, en el mejor sentido de la palabra, ya que escribe desde lo inesperado, desde donde nadie mira, sacando a los personajes y a la trama de sus rutinas, de sus quicios. Sólo así funciona como museo, un museo de palabras, sin imágenes. Lo importante en Vila-Matas es el relato, contar lo que ha visto, una vida maravillosa. En su obra está la pulsión por contar ese mundo que está en otro lugar.

Termina Miguel Ángel Hernández con estas palabras: “La obra de Enrique Vila-Matas es una obra de arte, donde el arte moviliza al arte, lo devuelve a la vida. Vida, vanguardia, locura de lo inesperado”.

Aplausos. Apenas me da tiempo a asimilar las interesantes apreciaciones de Miguel Ángel Hernández cuando comienza la segunda de las conferencias. La imparte Fernando Castro Flórez y se titula “A Murcia se va por ir. (Cosas que aprendí de Chet Baker gracias a Vila-Matas)". De repente comienza un torbellino de erudición sobre la vida y la obra de Vila-Matas que me impide tomar notas. Es imposible hacerlo. De modo que me centro en las palabras de Castro Flórez (y en las imágenes que proyecta) que analiza de la obra de Vila-Matas no sólo desde el arte, sino (sobre todo), desde la literatura y la vida del propio escritor como elementos indisolubles. Pero de esta conferencia hablaré (escribiré) en una próxima entrada, si es que consigo darle forma a esas dos horas de impresionante inmersión vilamatiana.