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miércoles, 10 de octubre de 2018

De ratones y hombres, de John Steinbeck




«Unas millas al sur de Soledad, el río Salinas se ahonda junto al margen de la ladera y fluye profundo y verde. Es tibia el agua, porque se ha deslizado chispeante sobre la arena amarilla y al calor del sol antes de llegar a la angosta laguna».

Así comienza De ratones y hombres. John Steinbeck regresa a la infancia, a su lugar de nacimiento en Salinas, California. En este lugar mítico y recurrente para el autor (al que regresará años después en Al este del Edén) se desarrolla esta novela que publicó en 1937. Tras unas breves pinceladas de su paraíso particular, Steinbeck nos muestra la historia de dos personajes que vagabundean en busca de trabajo en Estados Unidos. Corren los años 30. El seísmo de la Gran Depresión se ha llevado por delante las ilusiones de cientos de miles de personas. La opulencia de los años previos ha sido reducida a escombros. La pobreza se instala (para quedarse) en el país más rico del mundo. Algunos de los que se quedan sin nada, no resisten la caída y se quitan de en medio. Otros sobreviven convertidos en braceros nómadas, desarraigados y solitarios que trabajan a cambio de cama, comida y un sueldo mísero para gastar en tabernas y burdeles el día de descanso.

John Steinbeck retrató como nadie la vida de estos parias en Las uvas de la ira y en De ratones y hombres. Esta última es una novela corta, directa y de fácil lectura, con pocas digresiones, mucho diálogo y un lenguaje accesible. Al contrario que su coetáneo y compatriota William Faulkner, John Steinbeck apuesta por un narrador omnisciente y una estructura clásica, con su exposición, nudo y desenlace, y con unos personajes arquetípicos, reconocibles en la historia de la literatura. No obstante, De ratones y hombres es una novela de una gran intensidad emocional que ha envejecido muy bien, hasta convertirse en un clásico.

George y Lennie son los protagonistas, dos trotamundos sin techo que intentan ganarse el pan honradamente cargando sacos en los ranchos por los que transitan. Viven en barracones con otros peones y trabajan de sol a sol. George cuida de Lennie, quien sufre una discapacidad intelectual que le lleva a meterse problemas con los otros trabajadores. Lennie es un niño en un cuerpo de hombretón cuya fuerza no es capaz de calibrar. Como a los niños, le encanta acariciar a los animales, sobre todo a ratones, perros y gatos. Pero su fuerza descontrolada termina aplastando a los animales con sus enormes manos, para enfado de George.  

George y Lennie viven con la ilusión de ahorrar dinero para comprar un terreno y dejar esa vida errante. No buscan la riqueza del sueño americano como los protagonistas de El tesoro de Sierra Madre, o como el de La perla del propio Steinbeck. Se conforman con poco, con echar raíces en una pequeña granja que les proporcione lo suficiente para vivir sin tener que estar de un lado a otro, para vivir libres de la explotación de terratenientes sin escrúpulos.
«—Háblame de esa casa George—rogó Lennie.
—Claro, vamos a tener una casita, con una habitación para nosotros. Una buena estufa de hierro y en invierno mantendremos el fuego siempre encendido. No es demasiada tierra, de modo que no tendremos que trabajar mucho. Quizás seis o siete horas al día.  Pero se acabó de cargar sacos de cebada durante once horas al día. Y cuando llegue la cosecha, allí estaremos nosotros para recogerla. Así sabremos qué resulta de lo que sembramos» (p.51).
Al quimérico proyecto se une Candie, el barrendero del barracón, un viejo manco, que sueña con acabar sus días lejos de allí. En el establo del rancho vive Crooks, un hombre negro con el que apenas nadie habla. Es el paria de los parias que deja entrever el racismo instalado hasta la médula en la sociedad estadounidense. Un día que George ha ido al pueblo, Lennie, con su inocencia libre de prejuicios racistas, entra en su habitación- establo y le hace partícipe de su plan. Pero Crooks, personaje que vive su soledad entre libros, es más realista:
«Está loco—volvió a decir desdeñosamente Crooks—. He visto más de cien hombres venir por los caminos a trabajar en los ranchos, con sus hatillos de ropa al hombro, y esa misma idea en la cabeza. Cientos de ellos. Llegan y trabajan y se van; y cada uno de ellos tiene un terrenito en la cabeza. Y ni uno solo de esos condenados lo ha logrado jamás. Es como el cielo. Todos quieren su terrenito. He leído muchos libros aquí. Nadie llega al cielo, y nadie consigue su tierra. La tienen en la cabeza, nada más. No hacen más que hablar de eso, siempre, siempre, pero sólo lo tienen en la cabeza» (p.65).
Las advertencias de Crooks no hacen mella en el ánimo de Lennie, ni en el del viejo Candie, ni siquiera en el de George, que intenta por una vez alejarse de la cruda realidad para creer en ese humilde paraíso terrenal.
¿Lograrán reunir el dinero para alcanzar su sueño?¿Se meterá Lennie en algún lío con los trabajadores del rancho?¿Conseguirán salir del círculo vicioso de pobreza y vagabundeo?
John Steinbeck pone todo su genio al servicio de un desenlace memorable.


 De ratones y hombres es una novela cuyo tema fundamental es la amistad, el amor en el amplio sentido de la palabra, diría yo, entre dos personas que se necesitan, que se hacen compañía en tiempos difíciles. Cuando llegan al rancho, George tiene una conversación con Slim uno de los trabajadores más respetados.
«—¿Viajáis juntos?—Era amistoso su tono. Invitaba a la confidencia sin exigirla.
—Claro—repuso George— Nos cuidamos el uno del otro—.Indicó a Lennie con el pulgar—. Él no es muy inteligente. Sin embargo trabaja como un diablo. Es un buen tipo pero no tiene sesos. Hace tiempo que lo conozco.
Slim miró a George, a través de él, más allá de él.
—No hay muchos hombre que viajen juntos—musitó—No sé por qué. Quizá todos tienen miedo de los demás en este condenado mundo.
—Es mucho mejor viajar con un amigo—opinó George» (p.32)
Aparentemente es Lennie quien depende, cual perrillo, de George. Sin embargo, a la postre es evidente que George también necesita a Lennie. Ambos saben que el otro nunca les va a fallar. Es una unión indivisible en la que George es el cerebro, la razón, la astucia; y Lennie el corazón, la esperanza, y también la fuerza.

John Steinbeck nos regaló una de esas grandes parejas de la historia de la literatura. Encarna Pérez Abellán, compañera y gran lectora que en su día me recomendó a Steinbeck, en un artículo titulado De milanas y hombres, compara con acierto al personaje de Lennie con el de Azarías, inolvidable protagonista de Los santos inocentes de Miguel Delibes (cuyo rostro será siempre el de Paco Rabal). Escribe Encarna:
 «Hay personajes que transitan por la narrativa del siglo xx que tienen la capacidad de evocar a otro, a otros, como reivindicando un aire de familia que la distancia y el trazado particular de sus caminos no parecen—ni pueden— impedir. Son personajes itinerantes, auténticos viatores renovados, deudos de don Quijote y Sancho si su desplazamiento se hace en compañía. Algunos de ellos, además, logran acomodar en sí, sin caer en la reiteración que les negaría una identidad original, los matices precisos de otros hasta construir una entidad vigorosa, autónoma y además universal, por reivindicar pulsiones y actitudes inmanentes.
George y Lennie, protagonistas de una de las novelas más entrañables de John Steinbeck (De ratones y hombres, 1937) son un formidable ejemplo».


Traducción de Román A. Jiménez






Carteles de las versiones cinematográficas de De ratones y hombres. La primera, dirigida por Lewis Milestones, es de 1939. (En España se tituló, desafortunadamente, La fuerza bruta). La segunda, de Gary Sinise, es de 1992. (Esta vez se conservó el título original).

miércoles, 10 de enero de 2018

Al este del Edén, de John Steinbeck


«Hay libros que resisten un día y son buenos.
Hay otros que resisten un año y son mejores.
Hay libros que resisten muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que resisten toda la vida. Esos son los imprescindibles».

Estos versos modificados de Bertolt Brecht que tantas veces he escuchado a Silvio Rodríguez son los primeros que me vienen a la mente nada más terminar de leer Al este del Edén de John Steinbeck.

Cuando me propuse participar en el Mes de la novela clásica no tenía elegido el libro que iba a leer, hasta que Gerardo Vázquez, autor del blog Varado en la llanura, me recomendó Al este del Edén, un libro que no estaba en mi estantería mental. Tampoco había visto la famosa película de Elia Kazan y no sabía absolutamente nada de la trama. Esa misma tarde encontré una edición de segunda mano más que aceptable en El Bazar del TBO. Me sorprendió su extensión, más de setecientas páginas que podían jugarme una mala pasada si la cosa no empezaba bien. Cuando llevaba veinte leídas, supe que iba a disfrutar del libro. Y así ha sido.

Al este del Edén es la última de las grandes obras de John Steinbeck. Se publicó en 1952 y el propio autor la consideró su mejor novela, la más completa. Diez años después, en plena Guerra fría y con JFK como presidente, Steinbeck recibió el premio Nobel de Literatura. Muchos críticos estadounidenses consideraron que la Academia sueca se había equivocado porque su literatura, realista y crítica, no estaba de moda por aquellos años. La Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial eran cosa del pasado. Llegaba la Edad Dorada del sistema capitalista y era necesario pasar página.
John Steinbeck, que además de un enorme escritor era un gran tipo, dio la razón a los críticos. Yo no se la doy.




Steinbeck toma el título de un pasaje del  Génesis que reproduce en la novela: “Puso, pues, Jehová a Caín una señal, para que nadie que lo encontrase lo matara. Caín, alejándose de la presencia del Señor, habitó la región de Nod, al este del Edén” (p.330). Queda claro el trasfondo.

La trama se desarrolla en Salinas, California, entre el final de la Guerra de Secesión estadounidense y el inicio de la Primera Guerra Mundial. A lo largo de cincuenta y cinco capítulos, muestra la historia de dos familias, los Trask y los Hamilton. El personaje fundamental es Adam Trask y el argumento gira en torno a su vida. El autor relata su infancia, su relación con su padre y sobre todo con su hermano Charles. Más tarde con su esposa Cathy, con sus hijos, Aaron y Caleb, con su criado Lee, y con sus vecinos, Samuel Hamilton y los hijos de éste, Will, Tom, Dessie y Olive. Precisamente en casa de Olive encontramos al narrador, que no es otro que el propio John Steinbeck, un narrador  testigo que aparece en un varias ocasiones introduciendo elementos autobiográficos. Su abuelo se llamaba Samuel Hamilton y su madre Olive, maestra de escuela en Salinas, precisamente el lugar en el que creció el autor. No sabemos cuánto de realidad hay en la novela pero el narrador testigo que narra en tercera persona da verosimilitud a la historia. Lo vemos poco pero a veces es capaz de asomarse para reflexionar sobre los temas clave de la novela. Éste es uno de esos momentos en los Steinbeck aparece:
«Los humanos están atrapados—en sus vidas, en sus pensamientos, en sus anhelos y ambiciones, en su avaricia y crueldad, y también en su bondad y generosidad— en una red entretejida de bien y de mal. Yo creo que ésta es nuestra única historia y que tiene lugar en todos los niveles del sentimiento y de la inteligencia. La virtud y el vicio forman la urdimbre y la trama de nuestra primera codicia, y serán también la factoría de la última, y ello a pesar de los cambios que podamos imponer en las tierras, ríos y montañas; en la economía y en las costumbres. No hay otra historia. Un hombre después de barrer el polvo y las astillas de su vida, tiene que enfrentarse tan solo con estas duras y escuetas preguntas. ¿Fue mi vida mala o buena? ¿He hecho bien o mal?» (p.510)

En éste fragmento aparece el tema central de la novela: el bien y el mal, el pecado, la culpa, la codicia, la virtud o el vicio. Los personajes están perfilados con estos atributos pero el autor introduce un matiz fundamental, ¿La vida está predestinada o existe libertad en ser humano para cambiar su destino?.
La pregunta es motivo de conversación entre Samuel, Adam y Lee, los tres grandes protagonistas (¡grandes filósofos!), en los capítulos 22 y 24. En esta conversación Lee, el criado chino de Adam, que resulta ser un erudito cuyo sueño es montar una librería, piensa sobre el por qué del asesinato de Abel a manos de su hermano Caín y el posterior castigo de Dios. Lee pide ayuda a un grupo de sabios chinos que (¡tras aprender hebreo!)  llegan a la conclusión de que Timshel, una de las palabras del relato bíblico,  significa «tú podrás dominar el pecado». De modo que Timshel responde a la pregunta y se convierte en palabra clave de la novela.

Steinbeck confronta a dos personajes antagónicos: Adam y Cathy.  Encarnan el bien y el mal respectivamente. En ambos su conducta es innata, y ninguna circunstancia podrá cambiarla. Adam es un buen hombre hasta el fin de sus días a pesar de las dificultades que se encuentra en el camino. Cathy / Kate es un personaje cruel que vive con la necesidad de sembrar dolor allí por donde pasa. Es la encarnación del mal y del pecado, en el sentido cristiano de la palabra.  El bien y mal también aparecen reflejados en relación entre hermanos, muy importante a lo largo de la obra. La historia de Caín y Abel se reinterpreta en la figura de Charles y Adam, de Caleb y su hermano Aarón o de Tom y su hermana Dessie.

Steinbeck no desaprovecha la ocasión para hacer denuncia de las injusticias que sufren  vagabundos o inmigrantes (se centra en la comunidad china) que son utilizados como mano de obra esclava por autoridades o por empresarios sin escrúpulos en Estados Unidos. O en denunciar la hipocresía de la sociedad norteamericana respecto al juego, al alcohol o a la prostitución. En ocasiones se recrea con la geografía (describe los paisajes americanos con detalle) o la historia del país (desde la colonización española de California, pasando por la Guerra de Secesión hasta la Primera Guerra Mundial) , o nos muestra cómo el país está sufriendo una transformación trascendental con la implantación de los avances de la industrialización como la electricidad, la cocina de gas, el frigorífico, el teléfono, la máquina de escribir, el gramófono o el automóvil: «Como en los tiempos bíblicos, en aquellos días aún se producían milagros sobre la faz de la tierra. Una semana después de la lección, un Ford subía dando saltos por la calle mayor de King City y se detenía con una sacudida ante la oficina de correos. Adam llevaba el volante, con Lee a su lado» (p. 457).

Ha sido una lectura estupenda que me ha llevado a habitar con unos personajes que seguramente permanecerán en mi memoria durante mucho tiempo. Me quedo con Lee, el criado filósofo de Adam, y con su esposa Cathy-Kate, la malvada con cara de ángel que parece no haber roto un plato.  Por supuesto, con Samuel Hamilton, trabajador y pensador, cuya energía vital transmite a todos los que le rodean. 
Creo que Al este del Edén de John Steinbeck es uno de esos raros libros que resisten al paso del tiempo. Imprescindible.



 Traducción de Vicente de Artadi