Viajo a Venecia (lo sueño) con La muerte en Venecia
de Thomas Mann en la mochila. Cuando
llego a la ciudad me acuerdo de Sergio
Pitol (gran lector de Mann) que perdió sus gafas en una de sus primeras
visitas a la ciudad. Cuenta Pitol en El arte de la fuga:
“Se me escapaban
los detalles, se desvanecían los contornos; por todas partes surgían ante mí
inmensas manchas multicolores, brillos suntuosos, pátinas perfectas. Veía
resplandores de oro viejo donde seguramente había descascaramientos en un muro.
Todo estaba inmerso en la neblina como en las misteriosas Vedute de Venezia, coloreadas por Turner. Caminaba entre sombras. Veía y no veía, captaba fragmentos
de una realidad mutable; la sensación de estar situado en una franja intermedia
entre la luz y las tinieblas se acentuó más y más cuando una fina y trémula
llovizna fue creando el claroscuro en el que me movía. A medida que la niebla
me velaba aún más la visión e palacios plazas y puentes mi felicidad crecía”(p.30)
El vaporetto cruza la laguna lentamente
desde Lido de Jesolo. A lo lejos comienza a dibujarse el perfil irreal de la
ciudad. Abro el libro de Thomas Mann y leo:
“Y entonces
volvió a ver el más prodigioso de los desembarcaderos, esa deslumbrante
composición de arquitectura fantástica que la República Serenísima ofrecía a
las respetuosas miradas de los navegantes; la liviana magnificencia del Palacio
Ducal y el Puente de los Suspiros; las columnas de la orilla, rematadas por el
león y el santo; el fastuoso resalto lateral del Templo encantado, con el
portal y el gran Reloj en escorzo, y ante semejante visión pensó que llegar a
Venecia por tierra, desde la estación, era como entrar en un palacio por la
puerta de servicio, y que sólo como él lo estaba haciendo, en barco desde alta
mar, debía llegarse a la más inverosímil de las ciudades” (p.26)

Thomas Mann
publicó La muerte en Venecia en 1912,
cuando el mundo decimonónico burgués todavía no se había derrumbado, cuando la
barbarie no había hecho acto de aparición en la civilizada Europa. Mann tenía 37 años y su fama no dejaba de
crecer (por entonces ya había publicado Los
Buddenbrook) . En un viaje que realizó a Venecia en 1911 se le ocurrió la
historia de un escritor cincuentón, ya consagrado, que decide viajar a la
mítica ciudad italiana para descansar y recuperar la inspiración. El viaje lo
cambiará todo.
El escritor alemán
afincado en Munich (como Mann) Gustav von Aschenbach es el principal
protagonista. La historia está narrada en tercera persona, siempre desde el
punto de vista del escritor. Es una historia de amor y de muerte. El título lo
dice todo. Eros y Thanatos, las dos caras de la misma
moneda. El escritor, de recta moral burguesa, se abandona a los sentidos, a la
belleza, al amor. Aschenbach tiene a su antagonista en el bello Tadzio, un adolescente polaco del que se enamora platónicamente. Un amor imposible que lleva al reputado
escritor a un grado de patetismo que conmueve.
Puede que Mann quisiera inmortalizar (tal vez ridiculizar) la última aventura amorosa de Goethe que en 1823, a sus 74 años, se enamoró de una joven de 17, Ulrike von Levetzou, a quien pidió matrimonio. El rechazo de la joven llevó al anciano escritor a una postración que sería el (feliz) origen de la Elegía de Marienbad:
«Ya perdí el Universo y me he perdido
a mí mismo -yo, amado de los dioses-
su Caja de Pandora me han vertido,
rica en gajes u horóscopos atroces.
Me tientan con la pródiga cascada
de los goces... y me hunden en la nada»
Puede que Mann quisiera inmortalizar (tal vez ridiculizar) la última aventura amorosa de Goethe que en 1823, a sus 74 años, se enamoró de una joven de 17, Ulrike von Levetzou, a quien pidió matrimonio. El rechazo de la joven llevó al anciano escritor a una postración que sería el (feliz) origen de la Elegía de Marienbad:
«Ya perdí el Universo y me he perdido
a mí mismo -yo, amado de los dioses-
su Caja de Pandora me han vertido,
rica en gajes u horóscopos atroces.
Me tientan con la pródiga cascada
de los goces... y me hunden en la nada»
La muerte en Venecia se enmarca en un ambiente contradictorio: la belleza milenaria de la ciudad por un lado; por el otro, la epidemia de cólera que se mueve clandestinamente a través de sus canales. Venecia como ideal de belleza, encarnada en Tadzio; la epidemia (imposible escapar de ella) como el amor, como la muerte.
La novela tiene
un ritmo lento, con continuas reflexiones sobre el mundo del arte y el trabajo
del artista.
«Pues también
desde una perspectiva personal, el arte es vida potenciada. Procura un goce más
intenso, pero consume más deprisa. Imprime en el rostro de sus servidores las
huellas de aventuras espirituales e imaginarias y, a la larga, engendra en el
artista, por más que éste viva exteriormente inmerso en una paz conventual,
cierta hipersensibilidad refinada, un cansancio y una curiosidad nerviosa que
una vida colmada de gozos y pasiones turbulentas apenas conseguiría despertar» (p. 20).
(El arte es vida potenciada. Estoy seguro de haber leído esta frase en algún libro de Enrique Vila-Matas cuyo título no recuerdo)
Mann se recrea en
la descripción de los pocos personajes que aparecen en la novela, sobre todo en Aschenbach y Tadzio. También es un maestro en la descripción de
lugares, de ambientes; de los sentimientos del protagonista.
«Su espíritu
empezó a girar, su formación cultural entró en ebullición y su memoria fue
rescatando ideas antiquísimas que había recibido en su juventud y hasta
entonces nunca había reavivado con fuego propio. ¿No estaba escrito que el sol
desvía nuestra atención de las cosas del intelecto para dirigirla hacia las de
los sentidos?» (p.57).
La muerte en Venecia es una novela
para leer despacio, para detenerse a pensar. Para disfrutar de cada frase, cada párrafo. Para
disfrutar de sus escasas noventa y cuatro páginas. Para leerla en Venecia (o imaginarlo).
Gustav Mahler. Symphony Nº 5. BSO. Death in Venice
Pura literatura condensada y casi un tratado filosófico. Mucho, mucho para reflexionar en tan solo noventa páginas. La anécdota de Sergio Pitol (murió hace unos días) me hace renegar un poco menos de mis limitaciones de miope. Y a todo esto, ¿qué te parece la película de Visconti? Yo creo que se queda en lo superficial, pero claro es una impresión que me viene a la cabeza muchos años después de leer la novela y ver la película.
ResponderEliminarExcelente reseña, por cierto.
Un abrazo.
Ayer vi la película de Visconti, con la novela todavía fresca. Es una adaptación bastante fiel, aunque con algunas licencias, como el trabajo del protagonista o la muerte de su hija, que no aparecen en la novela. Me gustó la recreación del ambiente de la estirada aristocracia decimonónica veraneando en el Lido de Venecia, siempre con el paraguas en la mano. La banda sonora, con la música de Gustav Malher (el personaje de Aschenbach está basado el músico austriaco) es fantástica.
EliminarPero como bien dices, creo que le falta profundidad. Imagino que no tuvo que ser fácil llevar a la pantalla una novela intimista en la que casi todo lo que pasa está dentro de la cabeza del protagonista. Visconti lo intenta solucionar con una una voz en off y con el recuerdo de las conversaciones entre Aschenbach y un amigo, y con numerosos primeros planos de los protagonistas. La interpretación de Dirk Bogarde es buena, pero el personaje de la novela no parece tan afectado, aunque imagino que era necesaria esa sobreactuación para que el público comprendiera su lucha interior.
La película me ha gustado aunque no tanto como la novela. Creo tenía demasiado reciente la lectura, de modo que estaba todo el rato comparando. Todavía no he visto una adaptación cinematográfica que supere a una novela.
Bueno, corto el rollo que estoy como Lamet en “Qué grande es el cine”...
Buen fin de semana.
Un abrazo.