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jueves, 12 de agosto de 2021

"Patria", de Fernando Aramburu

Patria de Fernando Aramburu se convirtió en todo un fenómeno editorial desde su publicación en septiembre de 2016, y yo, que desconfío por sistema estos fenómenos, me propuse leerla cuando bajara el soufflé, cuando todo el mundo se olvidara un poco de ella, como suele ocurrir con la mayoría de las novelas. No estoy seguro de que esto haya ha sucedido, sobre todo debido al estreno de la serie (que no he visto), la promoción y la polémica de la portada. Pero no estaba dispuesto a esperar más. El día llegó, y felizmente, porque hace tiempo que no devoraba una novela de más de seiscientas páginas en dos días. Ahora entiendo el éxito de la novela de Fernando Aramburu. Más que merecido. Entiendo que todavía no se haya olvidado. 

El tema es bien conocido. Dos familias, amigas íntimas, euskaldunas de toda la vida, nacionalistas ambas, separadas por el conflicto vasco, es decir, por la guerra de ETA contra el Estado español. No obstante, el problema en su origen no es de tipo político, sino económico: un empresario, el Txato, decide no pagar a ETA el impuesto revolucionario. Al tiempo, Joxe Mari, el hijo de su amigo Joxian, se ha echado al monte y se ha metido en ETA convertido en nuevo gudari/terrorista. Uno de los ganchos de Fernando Aramburu en la novela es si fue él quien apretó el gatillo que se llevó por delante la vida de su vecino. 

La historia comienza poco después de que una ETA desmadejada deje las armas de manera permanente. Esto lleva a Bittori, la viuda del Txato, a volver al pueblo para enfrentarse con el pasado, ahora sin tanto miedo, para mirar a la cara a sus viejos amigos/enemigos, a la familia del asesino de su marido, para tratar de averiguar detalles, para saber si realmente fue el hijo de Miren quien lo mató en la puerta de su casa una tarde lluviosa. Va al pueblo para que Joxe Mari le pida perdón, desde la lejana cárcel en la que lleva ya diecisiete años perdiendo el pelo. Bittori es la gran protagonista de Patria, la mujer valiente que se atreve a dar el paso.

Este es uno de los mensajes de la novela: la reconciliación y la paz en Euskadi pasan por el reconocimiento del dolor causado a las víctimas por parte de los victimarios y por que estos pidan perdón. Evidentemente, esto no gusta en el mundo abertzale, y algunos están criticando la novela y la serie —artefactos de ficción, por si no se habían enterado— llamándola fascista e idioteces por el estilo. Imagino que ni la han leído, ni lo harán. 

Aramburu trata de hacer un retrato más o menos fiel, incluso equidistante, del conflicto. No solo cuenta el inmenso dolor de las víctimas, señaladas y apartadas socialmente, asesinadas y finalmente expulsadas de su pueblo, sino que entra en el mundo de los victimarios recreando cómo un joven entra en ETA y actúa, y cuáles son las consecuencias para él (cárcel con tortura incluida) y su familia. Y ahí aparece su madre, Miren, que se fanatiza al máximo para apoyar a su hijo: todo por la patria—paradojas de la vida, el lema que sus enemigos lucen en sus cuarteles es también su máxima—. La patria es Euskal Herría, la tierra prometida. Todo por la patria, incluso matar a quien le enseñó a montar en bici, convertido en un enemigo de la patria por no pagar el impuesto revolucionario. El Txato es un empresario al que le va bien, y ETA, además de ser independentista, tiene una vena marxista, así que, el Txato, aunque nacionalista (se sobrentiende que del PNV) y euskaldún, es un enemigo de clase. Y esto también se ve reflejado en la novela: hay un invisible rencor de clase entre las dos familias. Amigos desde la infancia, el Txato prosperó montando una empresa de transportes, mientras que el Joxian, pusilánime, no se atrevió a dar el paso y continuó trabajando en la fundición. Los hijos de El Txato, Xavier y Nerea, con estudios universitarios y bien situados. Los hijos del Joxian, sin estudios universitarios: Joxe Mari en ETA y en la cárcel, Arantxa trabaja en una zapatería y Gorka escribe y es locutor de radio. 

Los hijos juegan un papel fundamental en la novela. Aramburu cuenta y les hace contar su historia. Cómo viven ahora y cómo vivieron antes y después del atentado del Txato. Entre todos equilibran la novela. Joxe Mari, es el etarra radicalizado, mientras que Arantxa primero, y Gorka después, zafándose de la presión social del entorno, se posicionan en contra del fanatismo violento del hermano y del mundo del nacionalismo radical. La lectura—siempre la lectura— los salva de quedar atrapados en sus redes. Me quedo con Arantxa, a quien la justicia divina le hace pagar, injustamente, por los crímenes de su hermano, el fanatismo de su madre y la cobardía de su padre, que no se atreve a mover un dedo. Xabier y Nerea, hijos de el Txato y Bittori también se equilibran como opuestos. Ella, la hija frívola, se niega a ser la hija de un asesinado por ETA y lo oculta. Quiere seguir viviendo como si nada hubiera pasado. La vida sigue. Él, todo lo contrario, hijo abnegado y siempre pendiente de la madre, el atentado lo ha dejado tocado, triste, solitario e incapacitado para la felicidad. La historia personal de los cinco hijos y de los cuatro padres componen Patria. Los secundarios tampoco desmerecen la novela, sobre todo Don Serapio, el cura del pueblo, partidario de la lucha armada, tipo repelente capaz de decirle a Bittori, la víctima, que no vuelva por el pueblo para no reabrir heridas. Nada menos. 

El lenguaje utilizado por Aramburu es certero y fluido, con un narrador en tercera persona que es sustituido constantemente por la voz, interna y externa, de los nueve personajes protagonistas, por lo que el lector está pegadísimo a ellos. Son personajes con voz propia, perfectamente perfilados. La estructura también es dinámica, con ciento veinticinco capítulos cortos en los que no existe una evolución cronológica lineal de los acontecimientos, sino que hay un continuo ir y venir de los distintos personajes desde el presente hacia el pasado y viceversa hasta formar el puzle, un todo verosímil y coherente que atrapa, y de qué manera, desde la primera página.  

Nunca es tarde para leer una gran novela como Patria de Fernando Aramburu. Imprescindible. 



Gracias a Pilar, que me prestó el libro y me dio el empujón definitivo para leerlo. 

martes, 28 de agosto de 2018

Asesinos sin rostro, de Henning Mankell



Hay autores a los que siempre regreso. Vuelvo a Henning Mankell. El escritor sueco siempre fue uno de mis favoritos desde que comencé a leerlo allá por el año 2005. El único libro que se me escapaba era Zapatos italianos, y lo atrapé el año pasado. La primera novela que leí se  titulaba La quinta mujer. Ahí me encontré con el gran Kurt Wallander, con Ystad, con un modelo de bienestar sueco en crisis, con el largo y gélido invierno, con la soledad del mundo escandinavo.  Por entonces, Stieg Larsson todavía no había publicado la célebre (y espléndida) trilogía que abriría el camino a otros escritores de la llamada Novela negra escandinava. Henning Mankell era el Vázquez Montalbán sueco, y Kurt Wallander un Pepe Carvalho sin su Sancho Panza.

Tras leer La quinta mujer, que es la sexta de la serie (de un total de doce novelas), decidí comenzar por el principio, esto es, por Asesinos sin rostro, la primera novela protagonizada por el famoso inspector jefe de la policía de Ystad. Después llegaron todas las demás, incluidas aquellas que no pertenecían a la serie, como El Chino o El cerebro de Kennedy. Vuelvo a Mankell y releo Asesinos sin rostro, y tengo la sensación de que el tiempo no ha pasado por esta novela publicada en 1991. Se mantiene fresca y vigente en el argumento casi treinta años después. Este fue el gran mérito de Henning Mankell y de su alter ego Kurt Wallander.

 «Al despertarse tiene la certeza de que ha olvidado algo. Algo que ha soñado durante la noche. Algo que debe recordar. Lo intenta. Pero el sueño parece un agujero negro. Un pozo que no revela nada de su contenido».

Así comienza todo. Es el 6 de enero de 1990. Suecia está cambiando, el mundo está cambiando. El Muro de Berlín ha caído, las República Democrática Alemana está a punto de desaparecer engullida por Alemania Occidental, y el resto de democracias populares también miran hacia occidente. El socialismo real de la Unión Soviética da sus últimos coletazos. Miles de personas atraviesan las fronteras de los países del la Europa del Este en busca de la opulencia del mundo capitalista. Suecia es uno de los destinos de muchos refugiados, lo que va a provocar el surgimiento de prejuicios raciales que relacionan la llegada de los inmigrantes con el aumento de la criminalidad y la crisis del modelo sueco de democracia. En este contexto se enmarca la investigación del brutal asesinato de dos ancianos en un tranquilo pueblo cercano a Ystad, una antítesis de Macondo que Mankell situó en el mapa literario mundial.

Primera aparición en escena del inspector:
«Kurt Wallander dormía. La noche anterior se había quedado escuchando hasta una hora muy avanzada las grabaciones de María Callas que un buen amigo le había enviado desde Bulgaria. Una y otra vez había vuelto a su Traviata, y cuando se fue a dormir eran casi las dos. El teléfono lo arrancó de un fantástico sueño erótico. Como para asegurarse de que solamente era un sueño, estiró el brazo para tocar el edredón. Pero en la cama sólo se encontraba él. Su esposa no estaba, le había dejado hacía tres meses, y tampoco estaba la mujer negra con la que acababa de tener un violento coito en sueños».

Kurt Wallander es un personaje introvertido, con tendencia a la melancolía, separado de Mona y con una hija, Linda, de dieciocho años, con la que no acaba de entenderse. Cerca de Ystad vive su padre, un pintor que siempre pinta el mismo paisaje, a veces con urogallo y otras no, que comienza a presentar síntomas de senilidad.  Kurt Wallander es un personaje muy humano, atormentado en su vida personal. Es ante todo un antihéroe. No acepta la separación de Mona, la relación con su hija no es buena, y tiene un fuerte sentimiento de culpa por no ver a su padre más a menudo. Esto le lleva a beber más de la cuenta. Sin embargo, en su trabajo es metódico, escrupuloso y valiente. No suele ir armado pesar de que nunca rehusa el cara a cara. Forma pareja policial con Rydberg,  amigo y compañero de batallas que tiene problemas de salud. Kurt Wallander es un personaje que evoluciona a lo largo de la novela, de forma paralela a la investigación y resolución del caso.
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A través de la figura de Kurt Wallander, Henning Mankell denuncia las fragilidades de las modernas sociedades de bienestar. Y en el caso de Asesinos sin rostro, la denuncia va dirigida al surgimiento del racismo en una sociedad rica como la sueca, o utilizando la palabra acuñada por Adela Cortina, de la aporofobia, es decir, el rechazo a los pobres.

                                            


Mankell, gigante de la novela criminal, murió hace casi tres años en Gotemburgo con 67 años (leer In memoriam en Cuéntame una historia).
Vivió buena parte de su vida entre Suecia y Mozambique, a donde fue para descubrir las diferencias entre unos y otros, hasta comprender al final que todos eran iguales. Dirigió el Teatro Avenida de Maputo, en Mozambique, durante décadas y gastó generosamente una buena parte del dinero obtenido con la venta de sus libros en ayudas a la infancia en África.

El género policiaco permitía a Mankell hablar de la sociedad sueca y de sus fracturas, de las desigualdades sociales y del culto al dinero.  Mankell utilizaba la literatura para indagar en lo que nos rodea, y en especial, en sus aspectos menos amables. Decía en una entrevista:
“Es verdad que no puedo narrar una historia solo por el mero hecho de contarla. Debe de tener algo que me concierna, que tenga que ver la realidad, la sociedad, con mi país o con el mundo. Sin esa perspectiva no tiene mucho sentido escribir nada”.

Asesinos sin rostro no es la mejor de la serie. Recuerdo El retorno del profesor de baile o Antes de que hiele como las que más me gustaron, pero es la primera, y por supuesto no defrauda, ni siquiera en una segunda lectura.


Traducción del sueco de Dea Merie Mansten y Amanda Monjonell Mansten


                                         La Traviata de Verdi, interpretada por María Callas




martes, 20 de febrero de 2018

Tokio blues. Norwegian Wood, de Haruki Murakami



Me tropiezo con  unas notas sobre Haruki Murakami que escribí en el cuaderno de bitácora hace algunos años. Me cuesta reconocerme desde la distancia del tiempo. ¿Seré yo?

6 octubre 2010. Miércoles
Creo que he descubierto a un escritor que me acompañará durante los próximos meses. Se trata del japonés Haruki Murakami. Ayer oteaba a distancia libros que sabía que no iba a adquirir, hasta que mis ojos se fijaron en este autor. Su nombre lo había visto otras  veces, sin embargo nunca había tocado un libro suyo. Mi impulso fue fulminante. Agarré del estante la novela titulada Tokio blues. Norwegian Wood  y me dirigí rápidamente a la caja para pagarlo. El joven que me atendió, me comentó asombrado: “Murakami no para de vender libros. Es increíble. Ayer se agotó su última novela”. Hacía tiempo que no me enfrentaba a una sensación tan clara. No podía fallar.

Esta misma tarde he comenzado a leer la novela de Murakami. Las expectativas son muy altas. Watanabe, el protagonista, recuerda su juventud junto a su gran amor Naoko. Narra en primera persona cómo se conocieron y cómo fueron sus primeros encuentros, los cuales estuvieron marcados por  el suicidio de su amigo Kizuki, por entonces novio de ella.  Tokio es el escenario de estos recuerdos. Me gusta su manera de escribir. Rápida pero elegante; y tranquila al mismo tiempo. Hay ternura en Murakami:
“A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi  ser desde un principio. Y éste era un hecho que, por más que lo intenté, no pude olvidar. Aquella noche de mayo, cuando la muerte se llevó a Kizuki a sus diecisiete años se llevó una parte de mí” (p.37).

No puedo dejar de escribir en el cuaderno la cifra de habitantes que tiene Japón en la actualidad: 127 millones. Viven en un territorio que es un poco mayor que  la mitad de España. Es un país en el que pocas veces me había parado a pensar. Impresiona la cifra.
“En clase no había hecho ningún amigo y en la residencia tenía simples conocidos. Como siempre me veían leyendo, los de la residencia pensaban que yo quería ser escritor, lo que jamás se me había ocurrido. A mí, en realidad no se me había ocurrido ser nada”  (p.43)

7 octubre 2010. Jueves
Anoche me quedé dormido con Murakami y su Tokio blues. En realidad, el título original de la novela  es Norwegian Wood, la famosa canción de los Beatles, convertida en banda sonora de la novela. Tokio blues es un añadido europeo, imagino que para recordarnos, de una manera algo estúpida, que la novela se desarrolla en Japón.
“Leía muchísimo más que yo, pero tenía por principio no adentrarse en una obra hasta que hubieran transcurrido treinta años de la muerte del autor. Sólo me fío de estos libros, decía. No es que no crea en la literatura contemporánea pero no quiero perder un tiempo precioso leyendo libros que no hayan sido bautizados por el paso del tiempo. ¿Sabes? La vida es corta”. (p.45).

18:20h
Hacía mucho tiempo que no leía una novela de un tirón. La historia de Watanabe y Naoko me tiene totalmente atrapado. Llevo dos días sin soltar el libro. Dice Rodrigo Fresán, uno de las grandes amigos de Roberto Bolaño: “Advertencia: Murakami – al igual que los Beatles- produce adicción, provoca numerosos efectos secundarios y su modo de narrar tiene algo de hipnótico y opiáceo”. ¡Toda la razón!

(Nota: Hoy le han concedido el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa. ¡Ya era hora!)

Reiko es una mujer de treinta y siete años, compañera de habitación de Naoko en el sanatorio donde está ingresada por su propia voluntad. Watanabe las visita y pasa dos días con ellas en esa especie de comuna para “personas frágiles”. Reiko es una mujer que hace unas reflexiones  muy  interesantes:
“En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotadas de un intelecto excepcional son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando. He visto a personas a quienes les sucedió esto. Al principio uno piensa que son unos genios. Los hay, por ejemplo, que tocan de corrido una melodía complicadísima solo con echarle una ojeada a la partitura. Y lo hacen bien.
Una se siente abrumada: piensa que no le llega a la suela del zapato. Pero eso es todo. No son capaces de ir un paso más allá. ¿Por qué? Porque no se esfuerzan. Porque jamás les han inculcado el sentido de la disciplina. Porque las han estropeado. Desde niños han tenido tanto talento que han conseguido hacer las cosas sin esforzarse, diciéndoles lo extraordinarias que son. Y acaban concibiendo el tesón como una estupidez. Las melodías que los niños aprenden en tres semanas ellos las tocan en la mitad de tiempo, y el profesor, convencido de que el niño tiene talento, deja que aprenda la siguiente. Ningún profesor los ha enseñado a disciplinarse y, en consecuencia, pierden un elemento necesario en la formación del ser humano. Es una tragedia. En fin, yo también tenía todos los puntos para acabar así, pero mi profesor era muy severo e impidió la catástrofe” (p.202).

8 octubre 2010. Viernes.
Es sorprendente lo que me ha ocurrido con la novela de Murakami. Es una historia que gira en torno a la enfermedad  y a la muerte. Sus personajes son seres solitarios, melancólicos, supervivientes en la vorágine de un país como Japón. Sin embargo, la he leído (estoy a punto de terminarla) sin ningún tipo de angustia, todo lo contrario, la he leído de puntillas, casi sin enterarme, saboreando cada situación, cada diálogo. Quizás porque los personajes tratan de asumir que el dolor forma parte de la vida, porque la muerte les toca y no parece que lo haga de una manera tan terrible, tan dramática. Tal vez porque todos los personajes que aparecen son honestos hasta la médula, sin dobleces, sin hipocresía. Personajes que desde el primer momento parecen seres de una talla moral difícil de igualar. Y a pesar de todo, es gente corriente, personas de carne y hueso que intentan vivir como buenamente pueden, cada cual con sus problemas a cuestas. Personajes que, al final, también necesitan a alguien a su lado, necesitan ser queridos, necesitan compañía y comprensión. Es una novela muy intimista, y no sé por qué, pero tengo la sensación de que también es una novela bastante realista.
“Y así recuperaré mi vida cotidiana y volveré a darme cuerda todos los días
  (p.316)
He terminado Tokio blues de Haruki Murakami. El final es fantástico. 
Ya tengo en mente la próxima lectura: Kafka en la orilla
Rodrigo Fresán está en lo cierto. Murakami es adictivo y opiáceo.

Releo lo escrito y sigo con la duda. ¿Seguro que soy yo?


Traducción del japonés de Lourdes Porta

                                                     The Beatles. Norwegian wood


martes, 4 de abril de 2017

Zapatos italianos, de Henning Mankell





Siempre me siento más sólo cuando hace frío.
El frío del exterior me hace pensar en el de mi propio cuerpo. Me veo atacado desde dos frentes. Pero yo no dejo de oponer resistencia contra el frío y contra la soledad. De ahí que, cada mañana, salga a cavar un agujero en el hielo. Si alguien me observase desde la helada bahía con unos prismáticos, creería que estoy loco y lo que hago es preparar mi propia muerte. ¿Un hombre desnudo en el gélido frío invernal, con un hacha en la mano cavando un agujero en el hielo?
En realidad, tal vez sea eso lo que espero, que un día haya alguien ahí fuera, una negra sombra que se recorte contra la inmensa blancura y se pregunte si llegará a tiempo de intervenir antes de que sea demasiado tarde. Pero no necesito que nadie me salve, puesto que no estoy dispuesto a suicidarme.

Quien esto piensa se llama Fredrik Welin, un médico de 66 años retirado, que vive solo y aislado en una pequeña isla sueca del Mar Báltico que había pertenecido a sus abuelos. Lleva doce años viviendo ahí y sus relaciones sociales se reducen a la visita del cartero una vez por semana.
Welin es un hombre huraño que ya solo espera la muerte rodeado de frío y soledad. Es un retiro voluntario después de que lo apartaran de la profesión médica tras cometer un grave error con uno de sus pacientes. Vive con un viejo perro y con un gato viejo y en una de las salas de la casa deja crecer un hormiguero. No tiene a nadie en el mundo. Tan solo recuerdos.
Había huido del miserable entorno de mi niñez en el que el constante recuerdo de la dura vida que mi padre se veía obligado a llevar me infundió las suficientes fuerzas para romper con todo. Pero también era consciente que debía de agradecer a la casualidad el haber nacido en una época que posibilitaba tales cambios de clase. Una época en la que los hijos de los camareros humillados podían estudiar el bachillerato e incluso llegar a ser médicos. Pero, ¿Por qué me había convertido en una persona siempre a la búsqueda de escondites, en lugar de aspirar a la compañía?¿Por qué no quería tener hijos?¿Por qué había vivido siempre como un zorro, siempre con la guarida llenas de vías de escape? (P. 323)

Al menos eso es lo que él cree, que no tiene a nadie. Hasta que, de repente, aparece en la isla una mujer con la que tuvo una relación treinta y tres años atrás, y a la que un día abandonó sin más. No se habían vuelto a ver. Es Harriet, está enferma y ha ido a visitarlo por una promesa que él le hizo, la de llevarla a conocer una laguna en la que él nadaba cuando era niño. Ese viaje marcará la vida de Fredrik y todo su mundo se pondrá patas arriba. Porque el motivo de ese viaje a la laguna no es otro que el darle a conocer que tuvieron una hija. Su nombre es Louise. La existencia de esta hija a la que comienza a conocer provoca que el pasado salga a su encuentro y no le quede más remedio que enfrentarse a él para rendir cuentas. Debe comenzar a vivir de nuevo y salir de esa isla física y espiritual que hasta entonces le había protegido de la realidad de la que se escondía.
De modo que la vida se abre paso ante una muerte que acecha. Y la soledad comienza a ser una carga más que una salvación. Cada mañana, al despertar, me proponía en serio ponerme a ordenar mi vida. Ya no podía seguir permitiendo que los días se esfumasen inútilmente (p. 234)

Siempre me ha gustado la prosa de Henning Mankell. Hace años que leí (la palabra devorar, creo que se ajusta más a la realidad) las novelas de la saga de Kurt Wallander, sin embargo había un libro que no pertenecía a esta saga y que no estaba en mi estantería. Se titulaba  Zapatos italianos, y la semana pasada lo encontré en la feria del libro. No dudé ni un segundo en comprarlo. Y no tardé ni dos tardes en leerlo.

Es una novela realista narrada en primera persona. Consta de cuatro partes, con frases afiladas. La trama se desarrolla en un paisaje que parece salido de un cuadro de Caspar David Friedrich. La naturaleza por encima del ser humano.

Un médico retirado, su antiguo amor, una hija desconocida, un viejo zapatero italiano, un perro, el hielo, una isla, el frío, un gato, un cartero, Caravaggio, las pinturas de Lascaux, cartas de protesta, una espada, un suicidio, una nadadora manca, la incomprensión, una laguna negra, un pozo en el hielo, al perdón, el mar, la muerte, el amor, el miedo , una caravana, la solidaridad, un barco ardiendo, la soledad, un hormiguero dentro de la casa, el solsticio de verano, un diario… Estos son los ingredientes de Zapatos italianos.

El insignificante diario que yo de hecho escribía, cuyo contenido versaba principalmente sobre una avecilla, el ampelis europeo, y los achaques de mis animales domésticos, carecía incluso de interés para mí mismo. Lo escribía porque constituía un recordatorio cotidiano de que yo vivía una vida vacía de sentido. Hablaba del ampelis para confirmar la existencia del vacío (p.225).

Tan sólo aparecen diez o doce personajes. Suficientes para que un maestro como Henning Mankell construya una  novela espléndida.

Y soñando, evoqué poco a poco mis raíces. De algún modo, intuí que andaba como con una azada en la mano, removiendo la tierra en busca de lo que me había perdido.



 Traducción de Carmen Montes Cano


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