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jueves, 7 de junio de 2018

"El mundo de ayer", de Stefan Zweig




«Y el ciudadano, inconscientemente, era educado en un plano supranacional, cosmopolita, para convertirse en ciudadano del mundo» (p. 31)

Termino de leer El mundo de ayer. Memorias de un europeo, de Stefan Zweig, y tengo la sensación de que ha sido una de las mejores lecturas de los últimos años. He subrayado tanto con el lápiz que me cuesta seleccionar alguna frase para abrir esta entrada. La parte positiva del subrayado es que volveré sobre esas líneas cuando lo borre, pues la edición que he leído la saqué de la biblioteca pública. Desconocía el libro y lo encontré por casualidad mientras estaba enredado con El candelabro enterrado. De manera que ahora me toca actuar como lo haría Helene Hanff, que sólo se hacía con los libros que previamente había leído, pues iba contra sus principios comprar un libro sin haberlo leído antes porque opinaba que era lo mismo que comprar un vestido sin probárselo. 

El subtítulo de estas memorias, que no aparece en la versión original en alemán, viene al caso porque Stefan Zweig, por encima de todo, se consideraba europeo. Su patria era Europa, y la Historia europea recorre el libro de principio a fin. Viena, corazón del viejo continente, fue su ciudad. Allí nació en 1881. Allí se forjó su personalidad y su amor por la música y las artes.
«Pues el genio de Viena, un genio específicamente musical, había consistido desde siempre en armonizar en su seno todos los contrastes nacionales y lingüísticos, y su cultura era una síntesis de todas las culturas occidentales; quien vivía y trabajaba allí se sentía libre de la estrechez del prejuicio. En ningún otro lugar era más fácil ser europeo y sé que, en parte, debo a esta ciudad, que ya en tiempos de Marco Aurelio defendía el espíritu romano, universal, el haber aprendido temprano a amar la idea de colectividad como la más sublime de mi corazón» (p.42)
Pronto puso en práctica ese carácter cosmopolita, de modo que Berlín, París y Londres también se convirtieron en residencia durante un tiempo del joven Zweig, que comenzaba a  acercarse a la literatura, disciplina a la que se dedicaría en cuerpo y alma durante toda su vida. Sin embargo, la Historia, en forma de guerra y por partida doble, se cruzó en su camino, como en el de la mayor parte de los europeos. Paradojas de la vida, Stefan Zweig, un europeo austriaco de origen judío, se convirtió en un refugiado apátrida tras la conquista de Austria por parte de Hitler en 1938. El sueño cosmopolita se había tornado en pesadilla.

Pero las memorias de Zweig son todo lo contrario a una pesadilla. Hay vida en cada una de las páginas. Son unas memorias que pretenden ser las de una generación que vivió una de las épocas de mayor progreso científico y tecnológico de todos los tiempos, que no había conocido la guerra más que en los libros de historia, y cuyas energías estaban dedicadas a mejorar, embellecer y disfrutar del mundo a través de las ciencias y las  artes. Pero en 1914, el mundo se abrió bajo los pies de esa generación que rondaba los treinta años, con una grieta cada vez más ancha y profunda que engulló la ilustrada y pacífica civilización. La barbarie había llegado. Ese punto de inflexión marca la estructura de sus memorias.



Stefan Zweig nos coloca frente al mundo que le tocó vivir.  Más que su  vida privada, de la que era muy celoso (no menciona nada de su vida sentimental), muestra la intensa vida social y artística que tuvo, influenciada por una visión del mundo internacionalista y pacifista, y desde una posición ideológica liberal. Zweig siempre intentó quedarse al margen de la política. Esto le llevó a viajar a la Unión Soviética (donde también era un escritor admirado, sobre todo a partir de la publicación de la biografía de Tostoi); a escribirle una carta al Duce, lector y admirador de su obra; o tener relación con el músico Richard Strauss que se convirtió en uno de los pilares culturales de la Alemania nazi. Se le criticó que no se posicionara abiertamente en público contra el nazismo. Él que era un judío proscrito y apátrida, cuyos libros se quemaban en las plazas públicas de Alemania y Austria, y sus propiedades eran confiscadas, no fue un activista contra la Alemania nazi. Como tampoco colaboró políticamente con Theodor Herlz, fundador del sionismo y editor de sus primeras obras, con quien mantuvo una estrecha amistad. Ambos aspectos son tratados extensamente en estas memorias.

Stefan Zweig fue un precursor de la Unión Europea, el mayor experimento político realizado pacíficamente en la Historia del viejo continente, proyecto que hoy vuelve a temblar ante el resurgir del nacionalismo, al que consideraba «la peor de las pestes que envenena la flor de nuestra cultura europea» (p.12). También lo fue del pacifismo en una época, la Primera Guerra Mundial, en que su voz clamaba en el desierto junto a la de otros intelectuales como el francés Romain Rolland, a quien fue otorgado el premio Nobel de Literatura en 1915 en un vano intento por construir los puentes destruidos por la guerra. Esta misma posición crítica con la guerra le valió la animadversión de casi todo el mundo durante el conflicto pues había que cerrar filas contra el enemigo.

Sin embargo, la lista de amigos y conocidos ilustres que tuvo Stefan Zweig es interminable. Rilke, Gorki, Freud, Ratheneau, Richard Strauss, Thomas Mann, Dalí, Rodin, Rolland, y un largo etcétera. A ellos dedica la mayor parte de estas páginas. Incluso hace referencia a un amigo español que fue fusilado durante la guerra civil, cuyo nombre no menciona. Enseguida pienso en Lorca, puesto que conocía a Dalí (a quien considera el pintor con más talento de su generación), aunque nunca he leído que coincidieran. Me permito fantasear que se conocieron en Nueva York, y que Zweig inspiró al genial poeta granadino en el Pequeño vals vienés.

Stefan Zweig redactó sus memorias precisamente en Nueva York. Corría el año 1940 y los ejércitos de Hitler ya habían invadido media Europa. Zweig, de casi sesenta años, pidió a su ex mujer Friderike (de quien se había divorciado dos años antes, tras dieciocho de matrimonio) que le ayudara a recordar, y se encerró durante varios meses en su apartamento para escribirlas. Después se marchó a Brasil junto a su joven esposa Lotte (que se llamaba como la amada de Werther). Sería su último viaje. Meses después, el 22 de febrero de 1942, fueron hallados sus cuerpos sin vida, tumbados sobre la cama, en su casa brasileña de Petrópolis. Zweig había dejado una carta de despedida:
«Saludo a todos mis amigos. Ojalá pueden ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí».
Un mes antes, los jerarcas nazis se habían reunido en Wannsee para planificar la «solución final de la cuestión judía».



Hace dos años se estrenó Adiós a Europa, una película que intenta reconstruir los últimos años del escritor austriaco, en su periplo por Argentina, Estados Unidos y finalmente Brasil. También trata de  profundizar en las causas que lo llevaron a tomar la decisión de quitarse la vida; al fin y al cabo Zweig era uno de los afortunados que pudo escapar de Europa para comenzar una nueva vida desde la holgada posición que le daba su enorme fama. ¿Fue esa paradoja de vivir a salvo, lejos de la guerra, en medio de la exuberante naturaleza brasileña, cuando otros no podían decir lo mismo, la que le llevó al suicidio?. «Europa se ha suicidado», no paraba de decir. «¿Cómo se puede llevar esto?», le pregunta a su vecino en el filme. ¿Cómo podía vivir tranquilo Stefan Zweig en el paraíso, ajeno al infierno de su añorada Europa?

«Desde el abismo de horror en que hoy, medio ciegos, avanzamos a tientas con el alma turbada y rota, sigo mirando aún hacia arriba en busca de las viejas constelaciones que brillaban sobre mi infancia y me consuelo, con la confianza heredada, pensando que un día esta recaída aparecerá como un mero intervalo en el ritmo eterno del proceso incesante» (p.23)

Obra maestra. Imprescindible



                                            Traducción de J. Fontcuberta y A. Orzeszek


Beethoven. Sinfonía nª 9
(Escena del film Copying Beethoven, 2006)

Nota: La edición de El mundo de ayer de Stefan Zweig que se vende en las librerías es la publicada por la Editorial Acantilado.