Continúo anclado a merced del oleaje en el puerto de Rosa Montero. Maravillado por los tesoros que esconden las profundas aguas de estos mares, seguramente seguiré aquí, buceando por tiempo indefinido, como un Robinson en su paraíso. Termino de leer La loca de la casa, publicada en 2003, el sexto de Montero en lo que va de año, y me pregunto cómo es posible no haber llegado antes a esta maravilla. Es un libro de los que me atrapan porque va de libros, de autores, del oficio de escribir. Es un libro madre, vilamatiano y bolañesco, de los que se aprende, de los va con lápiz incorporado, de los que gustan a los aficionados a la literatura, a los que buscan en la trastienda de los libros, a los que sueñan con escribir el libro que acaban de leer, a los que transitan el camino, a los que logran completar la inmensidad del océano blanco.
Literatura, imaginación, locura y pasión. Estos son los temas fundamentales que aborda Rosa Montero en los diecinueve capítulos que componen La loca de la casa, expresión que utilizó la gran Santa Teresa para referirse a la imaginación, cualidad imprescindible de cualquier creador que se precie.
Rosa Montero dialoga en estas páginas con los grandes de la literatura de todos los tiempos —Twain, Tolstoi, Conrad, Melville o Cervantes entre una interminable lista— para mostrarnos los entresijos del proceso creativo. La autora madrileña nos habla a través de ellos, pero también desde su experiencia, de la memoria y de los recuerdos inventados, del daimon—momento de gracia e inspiración— de Kipling, de la atracción por el poder de escritores como Goethe, de los fantasmas de los escritores, como sus recurrentes enanos, del éxito y el fracaso de una obra, con Capote y Walser como ejemplos a los que el éxito y el fracaso se los llevaron por delante, de los hermanos escritores, de la vanidad y de los críticos, escritores frustrados que intentan vengarse de quienes sí han conseguido escribir, de la escritura como testimonio con los ejemplos de Josefo o Klemperer, del ansia de posteridad de los escritores. También aborda el tema de las mujeres y la literatura, de los escarceos amorosos entre la escritura y la locura, de la estrecha relación entre lectura y escritura, del papel de las esposas de algunos escritores, de los autores zorros y erizos, de los libros mamíferos e insectos, de las diferencias entre autor y narrador, con la bellísima historia que Cristina Fernández Cubas le contó a un amigo que a su vez le contó a Rosa Montero y con la que cierra el libro. Este diálogo interesantísimo está jalonado por diversos relatos en los que no sabemos dónde acaba la ficción y dónde empieza la realidad, como las tres versiones de su romance con el actor famoso M., o la desaparición de su hermana Martina durante tres días. Son historias en las que la loca de la casa brilla con luz propia. Porque sin ella no hay novela, no hay hermana Martina y no hay ningún famoso actor llamado M.
Rosa Montero nos viene a decir que le escritura creativa es el punto intermedio entre la imaginación y la locura, que novelar es una forma de no volverse loco. Y yo creo que la lectura también tiene algo de eso. Recuerdo a uno de los personajes secundarios de Blanco nocturno de Piglia que estaba loca cuando no leía y no loca cuando leía. Seguramente uno lee y escribe para no volverse loco. Puede que Cervantes creara al personaje más loco y divertido de la historia de la literatura para evitar perder el juicio tras una vida de frustraciones y desengaños, «cuántos caminos anduvo Cervantes, —escribe Trapiello— cuánta polvorienta trocha, cuánto sudor de agosto y cuántos hielos de febrero, cuánta arruinada venta, soledad y campo». Y se sacó de la manga a don Quijote que estaba cuerdo mientras leía los libros de caballerías hasta que dejó de hacerlo y comenzó a confundir a molinos con gigantes —no loco cuando lee, loco cuando no lee—. Y si damos otra vuelta de tuerca y dejamos pasear a la loca de la casa como hizo en su día Paul Auster en su Ciudad de cristal, podemos pensar que fue el propio don Quijote quien haciéndose pasar por Cide Hamete Benengeli nos engañó a todos, como hace Rosa Montero con M. o con su hermana Martina.
La loca de la casa es un libro entusiasta, divertido, inteligente, eléctrico y valiente —como toda la prosa de Rosa Montero—, un libro de cabecera para leer, releer, subrayar y recordar. Es la sexta maravilla que descubro de Rosa Montero. Voy a por la séptima, titulada precisamente El peligro de estar cuerda. ¿Se puede pedir más?
Te diré que por fin he releído Lágrimas en la lluvia. Espero publicar la reseña a mediados de la semana que viene. De momento te diré que te agradezco el empujón que me diste hacia ella. ¿Cómo pude no darme cuenta la primera vez que la leí de la maravilla que encierra?
ResponderEliminarPues tampoco he leído esta Loca de la casa. ya sabes que me gusta sobre todo la novela y este libro no lo es en sentido estricto y tal vez por ello ha quedado olvidado entre la obra de la autora. Digo tal vez porque tampoco es novela La ridícula idea de no volver a verte y la sufrí/disfruté mucho. Tomo nota ahora de este libro. Espero no tardar, aunque tengo tanto... entre ello, las dos entregas que me quedan de Brunas Husky.
Un beso y muchas gracias.
Hola Rosa, "La loca de la casa" no es novela, pero se lee como si lo fuera, porque apunta al corazón de las novelas y dentro de ella hay varias historias más que novelescas. Estoy seguro de que lo disfrutarías.
EliminarMe alegro de que te hayas enganchado a Bruna Husky. Es un personaje fantástico. En "La loca de la casa", Rosa Montero dice algo así como que las mujeres soñaban y se identificaban con los personajes literarios masculinos porque no había modelos femeninos y que ya es hora de que los hombres hagan lo propio con los personajes literarios femeninos que hoy abundan en la literatura. Pues en mi caso lo ha conseguido con creces con Bruna Husky. Estoy esperando la cuarta de la serie como agua de mayo.
Un abrazo.