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domingo, 27 de marzo de 2022

"La ridícula idea de no volver a verte", de Rosa Montero.


La ridícula idea de no volver a verte,
 publicado en 2013, es un libro difícil de clasificar. Podríamos decir que es una biografía en la que la biógrafa se sirve de la biografiada para mostrarnos una parte fundamental de su vida. El libro nos muestra a Marie Curie a partir del diario que escribió a la muerte de su marido Pierre Curie, pero también muestra a una Rosa Montero que hacía poco que había perdido al suyo, el periodista Pablo Lizcano. Es, por tanto, un libro sobre la pérdida, el duelo y la memoria. Y sin embargo, es un libro vitalista que nos habla de la lucha de las mujeres para abrirse paso en un mundo de hombres, del amor y de las relaciones de pareja, pero también de la literatura, de la escritura y del arte. Es un maravilloso ensayo que se lee como una novela. 

La mayor parte de la obra se centra en la vida de Marie Curie, sin duda uno de los científicos más extraordinarios de la historia. Fue pionera en todo. La sociedad decimonónica que la vio nacer no se lo puso fácil, pero esta mujer extraordinaria rompió los rígidos marcos establecidos a base de fuerza, voluntad y tesón. «En los tiempos de Marie Curie, pretender brillar por ti misma era algo anormal, presuntuoso y hasta ridículo. Y así, sin modelos en los que mirarse y contra la corriente general es muy difícil salir adelante, aunque tengas una vocación, aunque estés convencida de tu valía. Porque todo el entorno te está repitiendo una y otra vez que eres una intrusa, que no vales lo suficiente, que no tienes derecho a estar ahí, junto a los varones. Que eres una #Mutante, fracasada como mujer y un engendro como hombre» (p.52).

Consciente de su talento, Marie trabajó para salir de Polonia (por entonces parte del Imperio Ruso) y poder estudiar en París. Se casó con otro científico brillante, Pierre, con quien tuvo dos hijas, Irène y Ève. Vivió la terrible pérdida de su marido, aplastado por un carro de caballos. Se volvió a enamorar de un científico pazguato que estaba casado, y la sociedad francesa le mostró su parte más mezquina. Salvó vidas durante la primera guerra mundial poniendo en práctica sus investigaciones sobre rayos X. Fue la primera mujer que recibió el premio Nobel, y lo recibió dos veces, el de Física en 1903 y el de Química en 1911. Fue la primera mujer catedrática de la Sorbona, y durante muchos años, la única. Y después, cuando ya no podía celebrarlo, fue la primera mujer aceptada en al Panteón, el portentoso mausoleo reservado a los “grandes hombres de Francia”, aunque no era hombre y había nacido y crecido en Polonia. Descubrió el radio y el polonio, y descubrió la radiactividad (la palabra es suya). La radiactividad finalmente la mató en 1934 a la edad de 67 años. Sus notas, manuscritos y todo el material conservado siguen siendo radiactivos y se conservan en recipientes de plomo. Su hija Irene seguiría los pasos de sus padres y recibió el Premio Nobel de Química un año después de la muerte de su madre. También la radiactividad se la llevaría por delante en 1956. Sin embargo, Ève (cuyo marido sería Premio Nobel de la Paz), alejada de la radiactividad, viviría 102 años. 

A través de la figura de Marie Curie, Rosa Montero nos habla del lugar de las mujeres en la sociedad de finales del XIX y principios del XX, o mejor dicho, «de la falta de #LugarDeLasMujeres». Las obreras trabajaban el doble y cobraban la mitad que sus maridos. Las de clase media lo tenían complicado y podían ser institutrices o damas de compañía, o «escoger algunas de las tres ocupaciones tradicionales: monja, puta o viuda, los únicos que las mujeres han podido ocupar para regir sus vidas por ellas mismas […] Fuera de esos lugares, las mujeres, si querían moverse libremente por el mundo, tenían que disfrazarse de hombres» (p.55).

Rosa Montero nos habla también de la memoria y de la necesidad de poner orden en ella a través de la escritura, del poder de la literatura, del poder de los libros, de la ambición, de la libertad, de la búsqueda de la felicidad.«Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinticinco años); lo que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria […] Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final […] Contarnos lo que fuimos el uno para el otro. Decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de la maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria. Marie no pudo hacerlo, claro está, y por eso escribió ese diario. Yo tampoco pude, y por eso escribo este libro » (p.117). «El arte en general, y la literatura en particular, son armas poderosas contra el Mal y del Dolor. Las novelas no los vencen (son invencibles), pero nos consuelan del espanto. En primer lugar porque nos unen al resto de los humanos: la literatura nos hace formar parte del todo y, en el todo, el dolor individual parece que duele un poco menos […] Los humanos nos defendemos del dolor sin sentido adornándolo con la sensatez de la belleza. Aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan brillantes» (p.119). «Sólo siendo absolutamente libre se puede bailar bien, se puede hacer bien el amor, se puede escribir bien» (p.143).

Rosa Montero deja unas páginas hermosas y conmovedoras recordando a su marido. «Pablo, qué pena que olvidé que podías morirte, que podía perderte. Si hubiera sido consciente te habría querido no más. Pero mejor. Te habría dicho muchas más veces que te amaba. Habría discutido menos por tonterías. Me habría reído más. Y hasta me habría esforzado por aprenderme el nombre de todos los árboles y por reconocer todas las hojitas. Ya está. Ya lo he hecho. Ya lo he dicho. Y en efecto, consuela» (p.174). 

La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero es un libro extraordinario que todo el mundo debería leer, un libro luminoso y optimista que trasmite ganas de vivir, un libro que hace que te sientas más vivo que nunca. 


Dos #Coincidencias. Mientras leía este libro, Rosa Montero publicaba su última obra titulada El peligro de estar cuerda (próximo objetivo). Mientras leía este libro, Rosa Montero se acercaba a los micrófonos del programa Un libro una hora de la Cadena Ser, para narrarnos La ridícula idea de no volver a verte. Maravillosa.


jueves, 17 de febrero de 2022

"Los tiempos del odio", de Rosa Montero


Termino la tercera novela de la serie de Rosa Montero protagonizada por la detective replicante Bruna Husky, titulada Los tiempos del odio. Puede que sea fruto de la emoción del momento pero creo que es la mejor de las tres, sin desmerecer las dos anteriores que son fantásticas. 

La historia comienza cuando un grupo terrorista comienza a secuestrar a personas influyentes para ejecutarlas, con los verdugos decapitando a sus víctimas delante de las cámaras para aterrorizar al mundo. Uno de los secuestrados es el ilustre policía Paul Lizard, el amor de la detective Bruna Husky.  
Sin amor no merece la pena vivir. Esta frase es el subtítulo de la novela y el inicio de la misma. Es el amor el que empuja a Bruna Husky a buscar a Lizard, a mover cielo y tierra para encontrarlo antes de que lo ejecuten, porque la detective comienza una búsqueda contra reloj a la que se unirán dos personajes memorables: Aznárez, la hermana desconocida de Lizard y Ángela Gayo, una mujer obsesionada con el policía que tiene una mente matemática prodigiosa.

La búsqueda de Lizard se va haciendo más compleja a medida que Bruna va tirando del hilo de la investigación hasta colocarse en el centro de un conflicto político de alcance mundial. Por un lado, la ultraderecha, representada por el todopoderoso Jan Lago, trata de aprovechar los atentados para derribar al gobierno de los Estados Unidos de la Tierra con la excusa de que no es capaz de proteger a su población. Por otro, el gobierno comunista totalitario de la plataforma flotante Cosmos apoya las reivindicaciones políticas de los terroristas convirtiéndose en sospechoso de estar detrás de los secuestros. De modo que la investigación de Bruna se encuentra en el centro de una conflicto que está a punto de estallar entre los EUT y Cosmos, una guerra que provocaría el fin de la humanidad dado el enorme poder destructivo de sendos estados. 

Rosa Montero toma elementos del pasado reciente para situarlos en un mundo futuro. Las reivindicaciones del grupo terrorista nos recuerdan a las de Sendero Luminoso; las ejecuciones nos remiten a la crueldad del ISIS; el conflicto entre los EUT y Cosmos a la Guerra Fría entre EEUU y la URSS; Jan Lago, lider de la ultraderecha, nos lleva directamente a pensar en Donald Trump (u otros por el estilo). La autora suele decir que las novelas de la serie futurista de Bruna Husky son las más realistas de su producción literaria. 

Me quedo con dos momentos geniales de la novela. Es primero es la salida nocturna de las tres protagonistas en bicicleta por las afueras de Madrid justo cuando estalla la guerra, escena que me ha parecido una mezcla entre E.T. El extraterrestre y los paisajes apocalípticos de La carretera de Cormac McCarthy. El segundo es el vilamatiano cameo metaliterario de Rosa Montero, de cuyas células epiteliales nacería mucho tiempo después un clon suyo llamado Bruna Husky. Esto confirma que Bruna es su criatura más querida, su alter ego del futuro. 

En Los tiempos del odio, Rosa Montero despliega todo su arsenal literario para ofrecernos una novela pertrechada a lo John le Carré, cuyo ritmo va aumentando paulatinamente; aunque sabe frenar para dar un respiro y acelerar para que no decaiga la tensión narrativa; sabe llevarnos en volandas hasta el final para acabar entusiasmados y casi sin aliento. 

Seguiré leyendo a Rosa Montero a la espera del reencuentro con la sin par Bruna Husky.   


sábado, 8 de enero de 2022

"Lágrimas en la lluvia", de Rosa Montero


He leído pocos libros de ciencia ficción, sin embargo he visto unas cuantas películas. Para mí es un género más cinematográfico que literario. El cine ha dejado momentos inolvidables, como el mítico final de Blade Runner con el memorable parlamento en el que replicante protagonista se despide antes de morir. «“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos–C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Y entonces inclinaba la cabeza y moría tan fácilmente. Tan fácilmente. Como un aparato eléctrico que alguien desenchufaba. Sin sufrir el tormento del TTT. Pero sus poderosas palabras reflejaban maravillosamente la inconsistencia de la vida… De esa sutil y hermosa nimiedad que el tiempo se deshacía sin dejar huella. Inclinaba la cabeza el rep de Blade Runner y moría, mientras la lluvia resbalaba por sus mejillas ocultando quizá sus últimas lágrimas» (p.241). El fragmento pertenece a la maravillosa novela Lágrimas en la lluvia de Rosa Montero, mi última lectura. 

Nunca es tarde si la dicha es buena. Mi descubrimiento de Rosa Montero tuvo lugar el pasado mes de diciembre cuando acudió a la Biblioteca Regional para hablar de sus libros de ciencia ficción. Fue un flechazo. Rosa Montero es inteligente, rapidísima, divertida, comprometida, vitalista, fascinante. Quedé rendido a sus pies. Me faltó tiempo para comenzar a leer la serie de la detective Bruna Husky. La primera se titula Lágrimas en la lluvia. En la charla contó que escribió su primera obra de ciencia ficción cuando tenía ocho años. Entre los cinco y los nueve estuvo enferma de tuberculosis y su tío le llevaba comics de Flash Gordon y de El príncipe valiente. Esas lecturas la llevaron a enamorarse de la ciencia ficción y del mundo artúrico: pasado y futuro sin solución de continuidad. Otro hito que marcaría su imaginario fue ver en vivo y en directo el Sputnik en el cielo de Madrid. Corría el mes de octubre de 1957 cuando por primera vez un ser humano salía de la atmósfera terrestre. Y ahí estaba la pequeña Rosa Montero mirando al cielo. En esos ojos estaba la semilla de Lágrimas en la lluvia.

El personaje de Bruna Husky es memorable. Dice la autora que es el que más se parece a ella en su manera de estar en el mundo. Fue el nombre que puso a su avatar en la desaparecida web Second Life, porque los huskys son sus perros favoritos, y Bruna se llamaba su perra. La historia de Lágrimas en la lluvia se sitúa a principios del siglo XXII reutilizando el mito de los replicantes de Philip K. Dick. Los tecnohumanos de Rosa Montero son clones exactamente humanos que tienen conciencia de la muerte y de la vida. Bruna Husky es una tecno que siempre está contando los días que le quedan de vida porque los tecnos tienen una peculiaridad insalvable: tan solo viven diez años. Está obsesionada con la muerte, lo que le permite tener conciencia de cada momento de la vida. Bruna es rápida como un lince y fría como el acero, una máquina perfecta para el combate en la que vamos vislumbrando una grieta por la que va a apareciendo su enorme humanidad. 

Madrid, año 2109. España es una región autónoma dentro de los Estados Unidos de la Tierra, un sistema liberal democrático unificado. Fuera de ella han surgido dos mundos artificiales, dos plataformas flotantes que orbitan en torno a la Tierra: Cosmos y Labari, con sistemas sociopolíticos totalitarios: el primero es un sistema comunista; el segundo una dictadura fundamentalista religiosa. En este contexto se sitúan la aventuras de la detective Bruna Husky, que está acompañada de unos secundarios de lujo: El viejo humano Yiannis, archivero de los Archivos Centrales de los EUT, una especie de Wikipedia única y oficial; Paul Lizard, policía rocoso con el que tendrá una relación especial;  Pablo Nopal, escritor encargado de crear la memoria de Bruna; Mirari, violinista experta en falsificaciones; Oli, la enorme dueña del bar al que es asidua Bruna y Yiannis; Maio, músico extraterrestre ultrasensorial refugiado en la Tierra. Bartolo, una mascota alienígena, mezcla de un perrito, peluche y un loro narizón. En los nombres del policía y del escritor se atisba el del periodista Pablo Lizcano, pareja durante muchos años de Rosa Montero y fallecido en 2009. A él está dedicado el libro. 

La trama gira en torno a una conspiración de un grupo supremacista de ultraderecha que pretende hacerse con el poder para acabar con los tecnohumanos. Bruna Husky, la Philip Marlow del siglo veintidós, tendrá que resolver este complicado rompecabezas. La ambientación futurista es más que verosímil, tanto que parece una novela realista del próximo milenio con tintes de novela negra. Es una novela con ritmo que en ningún momento pierde fuelle: tiene acción, humor, intriga y amor, en un trasfondo político perfectamente reconocible. Rosa Montero construye un mundo paralelo y coherente, un mundo realmente posible.

Termino de leer Lágrimas en la lluvia y seguidamente engancho con el segundo de la serie titulado El peso del corazón. Vuelvo a encontrar el famoso hilo de oro y no estoy dispuesto a soltarlo. Ese hilo se llama Rosa Montero.



                                                Iván Ferreiro. Promesas que no valen nada


martes, 21 de julio de 2020

"La tinta simpática", de Andrés Trapiello



Continúo con el periplo por la obra de Andrés TrapielloDesembarco en su primera novela, publicada en 1988 y titulada La tinta simpática.
Tres elementos se cruzan para hacerme atractiva esta novela. 
El primero es conocer al  primer Trapiello, que tras publicar tres libros de poemas y algún ensayo se atreve con la narrativa. No es un joven recién salido de la facultad. Cuando se publica tiene treinta y cinco años. El segundo elemento es el título: La tinta simpática, esa tinta invisible, mágica, que esconde secretos que terminan por olvidarse. Me gusta el título. El tercero es la portada, uno de los dos paisajes de la Villa Medicis que pintó Velázquez en uno de los viajes que hizo a Italia, seguramente en el segundo. Es una de mis pinturas favoritas, un cuadro que observo a menudo. Me pregunto de qué hablarían los dos personajes situados en bajo el arco. Qué les diría la mujer que tiende una sábana y se asoma sobre la balaustrada. Me pregunto qué hay tras esa especie de cimbra de madera que hay entre las columnas ocultando el otro lado. Me fascinan esos cipreses mecidos por el viento, esa mancha roja (¿una flor?) situada bajo el seto que rompe la monotonía cromática del lienzo, la grandeza del jardín, la eternidad del arte, lo pequeña y efímera que es la vida.

Leo La tinta simpática en dos tardes. Roma. Finales de los años setenta. Giulio Corso, pintor de cierto renombre, envejece frente al Panteón de Agripa. De entre las fotografías de sus cuadros aparece uno que no recuerda haber pintado. Es un jardín, con una mujer sentada en un banco, leyendo un libro. Ese cuadro se convierte en su obsesión. Busca el jardín en vano. Está seguro de que no lo ha pintado él, pero es su estilo y está en el catálogo de su obra. Cansado de la búsqueda, decide viajar a Madrid cuarenta años después. La visita a un viejo amigo lo cambiará todo.  Los recuerdos afloran. Su vida en España cuando era joven, el inicio de la guerra, un amor olvidado, su fusilamiento, una hija desconocida, un jardín, un cuadro.

«Qué melancolía encontrar lo que no se ha perdido. Qué tristeza que nos arrebaten lo que no buscábamos. En el plazo de unos días Corso se veía con otra biografía, entre otras manos, con otros afectos. Como si aquella vida que no había vivido, le hubiera vivido a él sin saberlo. Tal vez no somos más que una vida escrita con tinta simpática, entre renglones que todos pueden ver, hasta que un día la llama que creíamos extinguida va sacando datos, fechas, intenciones, afectos que nadie, ni nosotros mismos, sospechaba. Pero para entonces es siempre demasiado tarde. Porque la misma llama que saca a la luz nuestro vivir secreto, va quemando, destruyendo, lo que habíamos escrito hasta entonces a los ojos de todos. Lo que habíamos vivido desaparece por el fuego y lo que no podíamos vivir, emerge, fantasmal, errático. De esta manera tenemos ante nosotros una existencia en la que no podemos leer y una vida que nunca ha sido escrita sino con invisibles trazos del sueño, amargos como el limón» (p. 148)

En esta obra ya se observa su prosa cuidada, precisa, impoluta. El tono pausado, tranquilo, sosegado. El autor leonés escribe una novela sobre el arte, la memoria y el olvido, el paso del tiempo, el amor truncado por la guerra, la vida vivida, la vida no vivida.

Muy grande, Andres Trapiello.





                                          
                                                   Leonard Cohen. So long, Marianne


                                         

jueves, 14 de mayo de 2020

"El invierno en Lisboa", de Antonio Muñoz Molina



Antonio Muñoz Molina es uno de los imprescindibles. Lo sé desde hace muchísimo tiempo. Compañeros y amigos con criterio lector me hablan de lo que disfrutan leyéndolo. «En estos momentos no hay nadie que escriba como él. Se llevará el Nobel», dicen. Puede que tengan razón. Ojalá. La mayoría de críticas que he leído van por ahí. Lo sé desde hace muchísimo tiempo. Muñoz Molina es un grande que hay que leer. Y por eso llevo muchos años comprando sus libros. Pero hay una pega. Todavía no los he leído. Con una excepción: Sefarad. Lo leí hace años. No es una novela. Es más bien un libro que en el que se mezcla historia y memoria. Me encantó. Seguía comprando libros de Muñoz Molina y los colocaba en su lugar correspondiente de mi libroteca. Ahí se quedaban. Trato de entender por qué no leía a Muñoz Molina a pesar de comprar sus libros. Lo pienso y creo que lo que me frenaba era ese tono nostálgico de su escritura. La nostalgia es un sentimiento que me molesta como un resfriado, que trato de quitarme de encima en cuanto lo intuyo cerca. Tal vez sea eso. Tal vez sea la excusa para no leer a un genio. Me suele pasar.
Pero son tiempos para la nostalgia, me digo, encerrado en casa, viendo llover un día sí y otro también. Ya no tengo excusa. De modo que comienzo a leer a Antonio Muñoz Molina. Elijo su segunda novela: El invierno en Lisboa, publicada en 1987. En las primeras líneas ya aparece ese tono, pero trato de centrarme en lo bien que escribe, en sus continuas comparaciones, en la música de la novela. Y lo logro. Leo del tirón más de 50 páginas. Ya no hay marcha atrás. Atrapado.

Muñoz Molina crea un personaje innominado que nos va narrando la historia de su amigo Santiago Biralbo, un pianista de jazz con el que se reencuentra en Madrid después de tres años. Este narrador es testigo de algunos hechos, pero no de todos.  El resto se lo cuenta el propio Santiago Biralbo, reconvertido en Giacommo Dolphin, en ese reencuentro en Madrid.
A pesar del título, la mayor parte de la novela se desarrolla en San Sebastián, sobre todo en el Lady Bird, un pub en el que el protagonista toca el piano por las noches junto al gran trompetista Billy Swann. El Lady Bird pertenece a un personaje llamado Floro Bloom, que hace las veces de padre protector del grupo, al que también pertenece por derecho propio el asiduo narrador, que cada noche se tomas las copas escuchando a la banda de jazz. En este ambiente neoyorkino tiene lugar la historia. Como tantas veces, el amor va a provocar el conflicto. Cual Helena de Troya, aparece en escena la bella Lucrecia. Desde la primera mirada en el Lady Bird, ella y Biralbo se enamoran. Él toca el piano para ella, que cada noche acude a escucharlo junto a Malcom, su marido. La primera parte de la novela, el narrador nos va mostrando esta historia de amor, que es también su historia, de una manera muy lírica y nostálgica.
«En mi memoria aquel verano se resume en unos pocos atardeceres de indolencia, de cielos púrpura y rosa sobre la lejanía del mar, de prolongadas noches en las que el alcohol tenía la misma a tibieza que la llovizna del amanecer» (p.54).


En la segunda parte comienza el conflicto, con Lisboa como tierra prometida, como en Casablanca. Ahora aparecen los turbios negocios de Malcom con su socio, el malvado Toussaints Morton y su inseparable secretaria de hielo. La huida y la persecución de Lucrecia. Y por fin Lisboa como realidad, como lugar en el que desarrolla la trama negra de la novela, en cuyo centro está una de las muchas versiones que hizo Paul Cezanne de La montaña de Sainte Victoire. Lisboa como ciudad en la que el amor tiene su principio y su fin.
«Tal vez fue en Lisboa donde conoció esa temeraria y hermética felicidad que yo descubrí en él la primera noche que lo vi tocar en el Metropolitano. Recuerdo algo que me dijo una vez: que Lisboa era la patria de su alma, la única patria posible de quienes nacen extranjeros» (p. 123).

Antonio Muñoz Molina escribe una novela íntima y lírica protagonizada por una serie de personajes solitarios que se refugian en la amistad, el amor, la música y el whisky. 
Está narrada con un tono de nostalgia acentuado por el jazz que está presente en cada una de sus páginas.
«Pero era mentira esa afirmación suya de que la música está limpia de pasado, porque su canción, Lisboa, no era más que la pura sensación del tiempo, intocado y transparente, como guardado en un hermético frasco de cristal» (p. 40).

Seguiré leyendo a Muñoz Molina, no hay duda.  


                                         
                                                     Chet Baker. My Funny Valentine

domingo, 22 de diciembre de 2019

"«El mudo» y otros textos", de Carson McCullers




Encuentro en mi biblioteca uno de esos libros que compré hace unos años sin intención de leerlo en aquel momento. Se trata de una pequeña joya de Carson McCullers titulada El mudo y otros relatos, prologado por Rodrigo Fresán. Me hice con él tras leer El corazón es un cazador solitario y La balada del café triste, sin duda dos obras maestras de la literatura.
«El mudo» y otros textos recoge una serie de artículos escritos entre 1941 y 1963 y publicados en periódicos, revistas y ensayos sobre su obra.
El interés de estos artículos se centra en el comentario que Carson McCullers realiza de diferentes obras literarias, comenzando por El corazón es un cazador solitario, y continuando por la relación entre los autores del llamado gótico sureño estadounidense de Faulkner o Flannery O´Connor y el realismo ruso de Chejov o Dostoyevski , o de la obra de la danesa Isak Dinesen que deslumbró a la autora norteamericana. Mención especial requieren los muy recomendables artículos dedicados al oficio de escribir.
Aquí solo voy a comentar el primero, titulado Esquema de la autora para «El mudo». Se trata del plan de trabajo que realizó para la escritura de El corazón es un cazador solitario que en principio se iba a titulase El mudo. En él aparecen las consideraciones generales señalando el tema principal y los secundarios: «El tema principal de este libro, expuesto en las doce primeras páginas, es la rebeldía del ser humano contra su aislamiento interior y la necesidad que siente de una expresión personal lo más plena posible» (p.3). «El esbozo general de esta obra se puede expresar de manera muy sencilla diciendo que es la historia de cinco personas aisladas, solitarias, en su búsqueda de la expresión y en su deseo de integrarse espiritualmente en algo más grande que ellos» (p.4).
McCullers no deja nada al azar. Todo está planificado al milímetro. Así, nos describe la personalidad de los personajes de la obra: John Singer, el sordomudo que se convierte en el centro del relato, la joven Mick Kelly, el personaje más destacado del libro cuya historia es «la lucha denodada de una niña excepcional por obtener lo que necesita de un entorno inflexible», James Blunt y su espíritu revolucionario, el doctor Copeland, el médico negro que trata de cambiar el statu quo de la sociedad sureña, el observador frío e insensible Biff Brannon, o el amor de Singer, Spiros Antonapoulos.
También menciona las relaciones entre los personajes y señala: «En conjunto, las interrelaciones entre los personajes del libro se pueden describir como los radios de una rueda, con Singer como punto central. La situación, con toda la ironía que encierra, expresa el tema más importante del libro» (p.41).
En el esbozo incluye la estructura en tres partes y el tiempo del relato, catorce meses divididos en estaciones y con el bosquejo de los acontecimientos, la ciudad en la que se desarrolla la historia, cuyo nombre no se menciona  «aunque está situada en la parte más occidental de Georgia en las orillas del río Chattahoochee y justo al otro lado de la frontera con Alabama. Tiene una población de cuarenta mil habitantes, de los que una tercera parte, aproximadamente son negros. Se trata de una comunidad típicamente fabril y casi toda su organización económica se centra en las fábricas textiles y en el comercio minorista» (p49).
Por último menciona la técnica en la que hay cinco estilos distintos, uno por cada uno de los personajes principales, a los que se trata de manera subjetiva y objetiva, y un estilo legendario en el caso del sordomudo» (50). Termina: «Este libro se completará en todas sus fases. No se dejará ningún cabo suelto y al final habrá un sentimiento de conclusión equilibrada. La idea fundamental es irónica, pero al lector no se le deja con una sensación de futilidad. La obra refleja el pasado pero también indica el futuro».
«El mudo» y otros textos es un libro que enriquece la lectura de El corazón es un cazador solitario, mostrando la estructura interna de una obra maestra que la autora escribió con apenas veinte años.


sábado, 27 de octubre de 2018

Cambios, de Mo Yan




En contra de todas las recomendaciones, últimamente me ha dado por comenzar la casa por el tejado. Lo que me asombra es que, a veces, el tejado queda suspendido en el aire, sin necesidad de pilares o de muros que lo sustenten. Y no queda nada mal esa construcción minimalista que desmiente la ley de la gravedad. Bajo ella me refugio de las inclemencias del tiempo. Me explico. Antes de leer la obra que ha hecho célebre a un autor (o autora), he tomado la (fea) costumbre de leer sus libros más autobiográficos, esos que en teoría aclaran muchas de las cuestiones de su obra no autobiográfica. En mi defensa diré que es el azar quien se encarga de ponerlos en mis manos. Me ocurrió con Coetzee, con Modiano, o con Kureishi. Ahora me ha pasado con el primer libro que leo del escritor chino Mo Yan, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2012. Se titula Cambios. Un tejado suspendido en aire.

Reconozco que mi conocimiento de la historia y la cultura china se reducía a un comic de Tintín titulado El loto azul, en el que los chinos eran los buenos y los japoneses los malos. Mao Zedong (o Tse Tung, como se escribía hace unos años) todavía no había hecho acto de aparición en aquel enorme país de cultura milenaria controlado por las potencias occidentales (esto lo sé por la película 55 días en Pekín, ahora Beijing). De hecho, Mo Yan ha sido mi primer acercamiento la literatura china. Cuando compré el libro me sorprendió que en la contraportada los críticos lo consideraran «el Kafka, Faulkner o García Márquez chino». A punto estuve de devolverlo, pues dudaba de la explosiva mezcla que me podía encontrar ante semejante fusión. Podría ser del tipo: «Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, Anse Bundren había de recordar aquella mañana en que despertó sobre su cama convertido en un monstruoso insecto». Tenía que verlo con mis propios ojos. Y lo cierto es que no he encontrado ni rastro del trío de ases en Cambios de Mo Yan. Pero seguramente eso me pasa por comenzar la casa por el tejado.

En Cambios, el autor recorre episodios de su vida desde la época agraria-comunista de Mao, hasta la China industrializada-capitalista de la actualidad. Lo hace en primera persona a través del protagonista de la novela llamado Mo Xie, nombre que se acerca sospechosamente al seudónimo de Guan Moye, que es el verdadero nombre de Mo Yan, cuyo significado «no hables» cobra especial sentido en la novela: « Yo era muy poca cosa, un desgraciado desde la infancia, un desgraciado en pasarme de listo para acabar metiendo la pata en todo. A menudo, cuando trataba claramente de hacer la pelota a algún profesor, éste creía que en realidad estaba intentando comprometerlo o meterlo en apuros. Cuántas veces exclamó mi madre: ¡Hijo mío, eres como el búho anunciando una buena nueva: por mucho que se esfuerce, a nadie alegra!, y era verdad» (p.9)

Mo Xie (Mo Yan) se sitúa en uno de los vértices de un triángulo en el que los otros dos están formados por He Ziwhu, un compañero irreverente que es expulsado del colegio, y Lu Wenli, la compañera guapa de la que todos están enamorados, sobre todo He Ziwhu. La China de la infancia de Mo era la China de Mao, en la que el presidente era una especie de Dios y los sueños de los niños de las familias campesinas, como la de Mo Yan, consistían en conducir el camión de origen soviético Gaz 51 que había en la aldea. Las únicas formas de ascenso social pasaban por entrar en la universidad, cosa nada fácil, hacer carrera en el ejército, que fue el camino que siguió Mo Yan, o en el caso de las mujeres, contraer matrimonio con un miembro de la aristocracia, es decir, del Partido Comunista Chino, que es el que siguió Lu Wenli.

Mo Yan intenta mostrar la enorme transformación (de ahí el título de la novela) sufrida por China desde los años 70 hasta los 90. Lo hace a través de su trayectoria vital y la de sus dos compañeros de pupitre, y de cómo esa transformación influyó irremediablemente en la vida de los tres. La que más opciones tenía de llevar una buena vida era Lu Wenli, la más prudente, educada y racional. Mo Yan y He Ziwhu eran un cero a la izquierda y poco se podía espera de ellos. Sin embargo, las cosas no salieron como era de esperar. Sin ir más lejos el joven Mo se convirtió en un escritor de éxito tras la publicación de la novela Sorgo rojo en 1987. A He Ziwhu no le fue mal en los negocios y amasó una fortuna en la nueva China capitalista. Quien no tuvo tanta suerte fue Lu Wenli.
«Indudablemente, eso formaba parte de las cosas inconcebibles, lo que demuestra que los asuntos de este mundo sufren infinitos cambios y evoluciones, que la suerte reúne a las parejas predestinadas a través de las más extrañas e imprevisibles coincidencias. No hay nada imposible» (p.98)


Cambios es un libro de luces y de sombras. Es interesante, por cuanto nos acerca a la infancia y a la adolescencia del futuro premio Nobel. Es una obra en la que hay humor, ternura y nostalgia. 
Sin embargo, creo que Mo Yan se queda en la superficie de todo. Pasa de puntillas por el momento en el que se produce su acercamiento a la literatura. Apenas si menciona la relación con sus padres o con su esposa. Y tampoco muestra sus pensamientos más profundos respecto a casi nada. Parece un autómata cuya vida está predeterminada por el Estado a pesar de que finalmente logra entrar en la universidad. Por otro lado, en mi opinión, la novela es demasiado complaciente con el poder. Incluso teniéndolo fácil para lanzarle un dardo cuando menciona las revueltas estudiantiles de 1989, Mo Yan escribe:
«Estudié con ahínco varios centenares de palabras [se refiere al inglés que estaba estudiando por entonces]. Pero no tardó en estallar el movimiento estudiantil, la situación fue cobrando una tensión creciente y mucha gente dejó de tener ganas de ir a clase. Como a mí desde el principio me faltaba voluntad, la excusa me vino muy bien para dejar de lado el estudio del inglés. Desde entonces he viajado a menudo al extranjero…» (p.93)
Con este triste párrafo despacha las protestas que terminaron en la masacre de la Plaza de Tiananmén y el posterior arresto de miles de personas. A Mo Yan le vino bien para dejar de lado el estudio del inglés…

Tendré que poner muros para sostener el tejado de Mo Yan, y tapar las grietas que tiene abiertas, que no son pocas. Veremos si lo consigo. Y sobre todo, veremos cuándo me pongo a ello.


 Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard