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viernes, 29 de junio de 2018

El vino del estío, de Ray Bradbury



Me acuerdo de las canciones situadas en la cara b de los vinilos; tristes, silenciosas, resignadas, dando vueltas boca abajo en el tocadiscos, lejos del cosquilleo de la caricia del añorado diamante. Las imagino deseando que se raye de una maldita vez el otro lado, el lado bueno, siempre risueño, feliz de mostrase al mundo; o esperando que el dueño se harte de escuchar esas canciones vanidosas, para que le dé la vuelta y descubra que hay vida en la cara oculta de la luna.

La lectura de La insolación de Carmen Laforet me trajo esa idea a la cabeza porque pensé que era una novela situada en la cara b de su obra. Se me ocurrió que no estaría nada mal darle la vuelta al disco de algunos autores y leer esas obras poco conocidas para el común de los mortales. A eso me dedicaría a partir de ahora, a explorar obras situadas en la cara b  de escritores consagrados.
Precisamente, esa misma noche volví a ver La librería de Isabel Coixet y me fijé en la escena en la que, tras tomar el té, el señor Brundish le pide a Florence Green que le envíe El vino del estío en cuanto lo reciba. La primera vez que vi la película no me percaté de que le hablaba de la siguiente novela que publicó  Ray Bradbury tras Fahrenheit 451. Pero esta vez sí, porque después, él le dice algo así como que no sabe cómo agradecerle que le descubriera a Ray Bradbury.  Busqué el título y efectivamente, ahí estaba El vino del estío, publicada en 1957. Acababa de encontrar una novela de cara b. Las señales eran evidentes. No podía dejarla pasar.

Cuando terminó la película me puse manos a la obra para hacerme con la novela.  El libro lo había publicado la editorial Minotauro en 2006 y Booket en bolsillo en 2007. Para mi sorpresa estaba descatalogado y fue imposible encontrarlo en las muchas librerías que consulté. La sorpresa se convirtió en asombro cuando lo encontré de segunda mano a precios totalmente desorbitados. Así que pensé que lo mejor sería recurrir a la Biblioteca Regional que siempre suele sacarme de estos apuros. Y efectivamente, tenían un ejemplar en el catálogo. Al día siguiente fui a retirarlo (estaba en depósito como si de un tesoro se tratara) y me lo llevé a casa, contento de leer al escritor norteamericano en ese ejemplar de la biblioteca. Y es que Ray Bradbury fue un defensor a ultranza de las bibliotecas públicas, pues en ellas pasó la mayor parte de su vida, y en ellas aprendió, de manera autodidacta, el oficio de escritor. Dice en una entrevista:

«Tenía siete años cuando fui a una biblioteca por primera vez y esa fue una gran revelación. Cuando tenía siete años viajé desde Illinois hasta Tucson, Arizona, con mi familia. Lo primero que hice cuando salté del automóvil fue ir corriendo a la biblioteca. Me acompañaban torbellinos de viento que soplaban a mi alrededor a lo largo del camino y yo esperaba encontrar libros sobre la tierra de Oz como la de Frank Baum, o Tarzán, esos libros con magia. Y cuando abrí la puerta de la biblioteca y miré, vi a todas esas personas esperando por mí allí adentro. Verás, la biblioteca está llena de personas. No son libros. Las personas esperan ahí adentro, miles de personas que escribieron esos libros. Es mucho más personal que solo los libros. Así, cuando abres un libro, la persona salta y se convierte en ti. Si miras a Charles Dickens, tú eres Charles Dickens, y él eres tú. Así, cuando vas a la biblioteca y sacas un libro del estante, lo abres, ¿y qué es lo que buscas y encuentras? Un espejo. De repente un espejo está ahí, ¿y qué es lo que ves? Te ves a ti mismo, pero tu nombre es Charles Dickens. Eso es una biblioteca. O el libro de Shakespeare, y tú te conviertes en William Shakespeare, o te transformas en Emily Dickinson. O en todos los grandes poetas. Así encuentras al autor que pueda guiarte a través de la oscuridad. Y Shakespeare, me estaba mirando allí,  y Hamlet, y Ricardo III. Y Emily Dickinson me iluminó mi camino. Y Edgar Allan Poe, me dijo: por aquí, por aquí está la luz. Y así vas a la biblioteca y te descubres a ti mismo».

Sus maestros, además de la memoria de lo cotidiano, fueron Shakespeare, Verne, Edgar Allan Poe, E.R. Burroughs, H.G. Welles, Dickens, sobre todo Cuento de Navidad, Los hermanos Grimm, Frank Baum o John Steinbeck, de quien leyó Las uvas de la Ira con 19 años y se vio reflejado, pues su familia fue una de las muchas que iban de un lado a otro de los Estados Unidos de la Gran Depresión en busca de trabajo.



Comienzo a leer El vino del estío y me encuentro con un íncipit muy prometedor que va a marcar el tono de la novela:
«Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en la cama. El verano henchía el aire, el viento soplaba adecuadamente, el aliento del mundo era largo, tibio y lento. Bastaba levantarse y asomarse a la ventana para saber que éste era realmente el tiempo primero de la libertad y la vida, que ésta era realmente la madrugada primera del estío.
Douglas Spaulding, de doce años, abrió los ojos y dejó que el verano lo meciera perezosamente en su corriente nocturna, Acostado, sintió que cabalgaba en los elevados vientos de junio, con el alto poder que le daba el cuarto abovedado de un tercer piso, en el edificio mayor del pueblo. De noche, cuando los árboles eran una única ola, lanzaba su mirada. Como la luz de un faro, sobre enjambre de olmos y robles y arces»

Ray Bradbury sitúa la narración en el verano de 1928, en un pueblo ficticio de Illinois llamado Green Town. El protagonista es un niño de 12 años llamado Douglas Spaulding, que vive con sus padres, sus abuelos y su hermano menor Tom.
La novela es la historia de lo que ocurre en el pueblo durante ese verano, pero visto a través de la mirada de Douglas, una mirada que transforma los hechos cotidianos en acontecimientos extraordinarios. De modo que podríamos decir que  en El vino del estío el autor trenza un conjunto de relatos que tienen como hilo conductor la presencia de Douglas.

El estilo es popular, directo, poético. Hay cierto romanticismo enmarcado en un ambiente onírico y surrealista. Nos encontramos con esa melancolía, esa nostalgia por la edad de oro perdida de aquellos lugares de la memoria de su infancia, adolescencia y juventud, una memoria en que los temas cotidianos se van transformando de una manera sutil para entrar en un universo mágico.
Entre los tranquilos habitantes del pueblo hay brujas que elaboran pócimas mágicas, hombres solitarios que acechan de noche a las chicas, inventores de máquinas de la felicidad que provocan desdicha, vendedores ambulantes de botellas de aire del polo norte, el amor imposible entre una anciana y un joven, un anciano convertido en una máquina del tiempo, una autómata del tarot cuyas predicciones se cumplen…

Ray Bradbury refleja ese momento mágico de la infancia de Doug, su hermano Tom y sus amigos. La llegada del verano, con el fin de las obligaciones escolares, como promesa de libertad y de aventuras, verano en el que cada día es único e irrepetible. Y aquí cobra sentido del título de la novela. Durante el estío, el abuelo de Doug cosecha vino de diente de león, y cada día de rellena una botella que a la postre tendrá unas características únicas e irrepetibles, como cada uno de los días de Doug y de su hermano Tom. El título original es Dandelion Wine, vino de diente de león. En 1971, los astronautas del Apolo XV llamaron Dandelion a un cráter de la luna en homenaje a esta novela. 

«Sí, el verano eran ritos, celebrados en el momento y el sitio indicados. El rito de la limonada y el té frío, el rito del vino, los pies calzados, o descalzos, y al fin, con una silenciosa dignidad, el rito de la hamaca en el porche» (p.31)

Sin embargo, no es una novela idílica, pues como contrapunto de esa felicidad aparece la vejez, el miedo y la muerte, muy presente en la novela. Los niños y los ancianos son los grandes protagonistas. La anciana señora Bentley o el Coronel Freeleigh, son sendas máquinas del tiempo para los niños que van a visitarlos para que les cuenten historias.

«—Tom—murmuró Douglas—. Tengo que viajar de todos estos modos. Ver lo que puedo ver. Pero sobre todo debo visitar al coronel Freeleigh una vez, dos veces, tres veces por semana. Es mejor que todas las otras máquinas. Él habla, tú escuchas. Y cuanto más habla, más miras alrededor, y ves cosas. Te dice que viajas en un tren muy especial, y, Dios, es cierto. Ha andado, por ese camino, y lo sabe. Y luego aquí vamos nosotros, por el mismo camino, pero más adelante, mirando, olfateando y manejando cosas, y necesitamos al coronel Freeleigh para poder recordar cada segundo. Así cuando los chicos vayan a verte, cuando seas realmente viejo, podrás hacer por ellos lo que el coronel hizo una vez por ti. Así es, Tom. Tengo que dedicar mucho tiempo a visitarlo y escucharlo y viajar lejos con él» (p.87)
En este sentido, me ha parecido maravillosa la historia de amor entre el joven Bill Forrester y la anciana señorita Loomis, un amor basado en las historias que ella le cuenta mientras toman el té cada tarde de aquel verano de 1928.
El principio y el fin de la vida unidos, la memoria transmitida entre generaciones, entre niños y jóvenes que escuchan a los ancianos, que disfrutan de sus historias.

La obra de Ray Bradbury tiene una carga poética profunda. Circos, ferias de pueblo, magos y prestidigitadores, se enmarcan junto con la muerte con total naturalidad, porque eran parte de su memoria, como él mismo declaraba en una entrevista:
«Solía rondar por los desvanes de mis abuelos, bajaba a sus sótanos, escuchaba las locomotoras de medianoche que aullaban por el paisaje del norte de Illinios, y era la muerte, un cortejo funeral que se llevaba a mis seres queridos a un cementerio lejano. Me acordé de las cinco de la mañana, de la llegada del circo, me acordé del mago que jugaba con pañuelos, y hacía desaparecer elefantes en el escenario de mi pueblo. Me acordé de mi abuelo, de mi hermana, y varias tías y primas, para siempre en sus ataúdes, en camposantos donde las mariposas se posaban en las tumbas como flores y las flores volaban sobre las lápidas como mariposas. Me acordé de mi perro, perdido durante días, viviendo a casa una noche en invierno, muy tarde, con la pelambre llena de nieve, de barro y de hojas».

Termino la lectura y me acuerdo de las lágrimas derramadas por Florence Green sobre El vino del estío. A buen seguro que el señor Brundish hubiera disfrutado de su lectura.
Todo un tesoro escondido. Y encontrado.


Traducción de Francisco Abelenda



                                            
REM. Man on the moon






jueves, 7 de septiembre de 2017

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury



Hoy cumple un año El fuego de Montag.
El blog comenzó su andadura con una entrada en la que se mencionaba el capítulo del Quijote en el que el cura y el barbero, tras la primera salida de Don Quijote, hacían una purga de su biblioteca para que restableciera la cordura. La lectura de esos libros de caballería le habían hecho perder el juicio, de manera que la sobrina y el ama se encargaron de que la mayoría de su biblioteca acabara en la hoguera. No obstante, el cura y el barbero, como buenos aficionados a la literatura, salvaron de la quema algunos títulos, como Amadís de Gaula, Tirante el Blanco de Joanot Martorell (para el cura era el mejor libro del mundo), o La Galatea del propio Miguel de Cervantes.
Ni que decir tiene que de poco sirvió la bibliofogata, pues poco después ya estaba de nuevo el Caballero de la Triste Figura, adarga al brazo, cabalgando sobre el costillar de Rocinante.

Se hablaba —si se me permite el verbo— en esa primera entrada del blog, también de Pepe Carvalho y de la fea costumbre que tenía de encender la chimenea de su casa con un libro,  porque durante 40 años leyó libros y, decía, apenas le enseñaron a vivir. La primera novela convertida en ceniza por la mano de Pepe Carvalho fue Don Quijote de la Mancha (en realidad fue el segundo libro que quemó, pues el primero había  sido un ensayo de Pedro Laín Entralgo titulado España como problema).

Estos pirómanos cervantinos y montalbanianos me llevaron directamente a pensar en Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury protagonizada por un pirómano arrepentido llamado Guy Montag.
La novela, publicada en 1953, es una de las distopías más famosas de la literatura junto a Un mundo feliz de Aldoux Huxley y 1984 de George Orwell
Tendría quince años cuando la leí y su lectura incrementó mi creencia en que los libros eran sagrados, con independencia de autor y contenido (hoy no lo tengo tan claro), en que cualquier libro había de ser rescatado del abandono o de la quema. Montag se convirtió en uno de mis personajes favoritos. De ahí el nombre de este blog.




Montag es un pirómano profesional, un bombero que trabaja para el Estado, y que en vez de apagar fuegos los provoca. Pero no quema cualquier cosa. Su trabajo consiste en buscar y encontrar los libros ocultos y quemarlos porque los libros están prohibidos. Fahrenheit 451 es la inscripción que lucen orgullosamente los bomberos  en su casco, pues es la temperatura a la que arde el papel, al menos eso afirma Ray Bradbury en la novela. Montag hace su trabajo sin preguntarse si está bien o no. Es su deber. Hasta que un día, movido por la curiosidad y por un encuentro con una joven, comienza a dudar.
Tras esta epifanía, Montag se convierte en un peligroso y subversivo antisocial que busca a los clandestinos amantes de los libros para unirse a su causa. Faber, un viejo profesor, le dice: “Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos. Son la guardia pretoriana de César, susurrando mientras tiene lugar el desfile por la avenida: «Recuerda, César, que eres mortal»”.

En 1966, Francois Truffaut llevó la novela de Bradbury a la gran pantalla e hizo una de las mejores adaptaciones de la historia del cine. El primer libro que aparece (tan sólo durante una décima de segundo) en la película antes de ser pasto de las llamas se titula Don Quijote de la Mancha. Seguro que Pepe Carvalho, que era un tipo culto, fue al cine a verla. 



Primera escena