martes, 11 de abril de 2017

Mac y su contratiempo, de Enrique Vila-Matas



Cuando pensaba que Enrique Vila-Matas ya había escrito sus grandes obras y que lo que viniera de su pluma a partir de ahora sería algo más liviano (¡hombre de poca fe!), va y escribe Mac y su contratiempo.
Por supuesto, al poco de publicarse, voy a la librería y me llevo el libro a casa, (no lo tenía planeado, de hecho entré buscando otra novela que en esos momentos, extrañamente, no tenían en esta librería en que suelen tener todo lo que busco). De modo que salgo con Mac y su contratiempo debajo del brazo, más contento que unas pascuas. Y es que desde que leí la genial novela El mal de Montano soy fiel lector vilamatiano.

Leo Mac y su contratiempo despacio, sin precipitarme, deseando que no termine, olvidándome del final, lápiz en mano, subrayando lo que me parece interesante (al final resulta que casi todas las páginas del libro están más que rayadas por mi lápiz Alpino). Y cuando termino de leer la novela, pienso que se ha superado a sí mismo, que le ha dado una nueva vuelta de tuerca a su forma de narrar, y que ha escrito, otra vez, una obra maestra, que ha regresado Vila- Matas en estado puro después de su novela-ensayo sobre arte contemporáneo titulada Kassel no invita a la lógica, y no puedo más que quitarme el sombrero ante un escritor como él, que sigue escribiendo libros que seguramente se estudiarán en las facultades de lengua y literatura de medio mundo (El mal de Montano ya es lectura obligatoria en muchas facultades de filología de nuestro país). Y pienso, tal vez movido por la emoción del momento (acabo de terminar de leer Mac y su contratiempo, y así, en caliente, me he puesto a teclear en el ordenador) que el próximo año apostaré por él en las quinielas para el Nobel de Literatura.


 En Mac y su contratiempo Enrique Vila-Matas construye una novela en torno a Mac (nombre que le pusieron sus padres, cuando él era pequeño, tras ver una película de John Ford), un constructor arruinado (luego descubrimos que en realidad es un abogado retirado), casado con Carmen (una mujer de ciencias de la que sospecha que tiene un lío con otro), residente en el barrio barcelonés de El Coyote , y vecino de un escritor de éxito, Ander Sánchez (de quien sospecha tiene el lío con su esposa Carmen, de ahí el título de uno de sus relatos) .
Mac, en su retiro hogareño del barrio barcelonés El Coyote comienza a escribir un diario en su primer acercamiento al arte de la escritura.

 Me fascina el género de los libros póstumos, últimamente tan en boga, y estoy pensando en falsificar uno que pudiera parecer póstumo e inacabado cuando en realidad estaría por completo terminado. De morirme mientras lo escribo, se convertiría, eso sí, en un libro en verdad último e interrumpido, lo que arruinaría, entre otras cosas, la gran ilusión que tengo por falsificar. Pero un debutante ha de estar preparado para aceptarlo todo, y yo en verdad soy tan sólo un principiante. Mi nombre es Mac. Quizás porque debuto, lo mejor será que sea prudente y espere un tiempo antes de afrontar cualquier reto de las dimensiones de un falso libro póstumo. Dada mi condición de principiante en la escritura, mi prioridad no será construir inmediatamente ese libro último, o tramar cualquier otro tipo de falsificación, sino simplemente escribir todos los días, a ver qué pasa. Y así tal vez llegue un momento en el que, sintiéndome y más preparado, me decida a ensayar ese libro falsamente interrumpido por muerte desaparición o suicidio. De momento me contento con escribir ese diario que empiezo hoy, completamente aterrado, si atreverme siquiera a mirarme al espejo, no fuera que viera mi cabeza hundida. (p.11)

Este es el comienzo de la novela narrada por Mac en forma de diario. Poco a poco vamos conociendo a Mac y sabemos que siempre fue un apasionado de la lectura, primero de poesía y más tarde de relatos, no así de novelas porque “convierten la vida en destino”. Así, sabemos que Mac es aficionado a los cuentos y un día comienza a pensar en que debería repetir y modificar un libro de relatos que escribió su vecino, el escritor Sánchez. La estupidez no es mi fuerte, decía Monsieur Teste. Me ha gustado siempre la frase y la repetiría cien veces ahora mismo, de no ser porque tengo interés en escribir ahora una que suene a la frase de Teste pero que diga algo diferente; que diga por ejemplo, que la repetición es mi fuerte. O bien: la repetición es mi tema. O esto: me gusta repetir, pero modificando. Esa última frase se ajustaría más a mi personalidad, porque soy un modificador infatigable. Veo, leo, escucho, y todo me parece susceptible de ser alterado. Y lo altero. No paro de alterar. Tengo vocación de modificador. (p.22).

Poco a poco el diario va tomando tintes literarios muy a pesar del propio Mac quien se queja de que la realidad de la calle conspire para que tenga un rumbo novelesco lo que escribo, aunque debo agradecerle que me esté dando material para escribir pues, de lo contrario, quizás no tendría ninguno.

Entre los principales elementos de la novela de Vila-Matas está, en primer lugar, la escritura de un diario secreto (para ver qué pasa) en el que la realidad cotidiana se va transformando en material literario (la relación de Mac con su esposa Carmen, por ejemplo).
En segundo lugar, toda la narración es homenaje al relato breve, con infinidad de citas (¿inventadas?) de  grandes escritores como Ana María Matute, Cervantes, Carver, Borges, Cheever, Cortázar, Isaac Dinesen, Marcel Schwob, Bioy Casares, David Foster Wallace, Barthes, Alain Pauls, Hemingway, Faulkner, Roberto Bolaño, Proust, Kafka, Wallace Steven, Jean Rhys, Ray Bradbury, Samuel Beckett, George Perec, o Joe Brainard, autor que abre la novela con este epígrafe “Me acuerdo de que casi siempre me vestía de vagabundo o de fantasma.Un año fui de esqueleto”. Todas esas citas están integradas perfectamente en la estructura de la novela, algo habitual en la escritura de Vila-Matas (me encanta la cantidad de puertas literarias que abre al lector para futuras lecturas).
También está el intento de modificar el libro de su vecino, el escritor Sánchez, a través de la reescritura libre de sus relatos, incluyendo voces de los autores antes citados.
Por último, y no menos importante, está el barrio ficticio de El Coyote (el bar Tender, el kiosco, el falso sobrino de Sánchez, los muchos vagabundos que aparecen, fruto de la crisis económica que atraviesa el país, el sastre…) que se convierte en uno más de los protagonistas de la novela.

Mac y su contratiempo es un libro en el que hay muchas historias, unas dentro de otras, cual muñecas rusas, en las que la realidad y la ficción (Mac es una especie de Quijote que ve la realidad a través de su lecturas) se convierten en un todo indisoluble. Este homenaje a la escritura, rodeado de humor y de intriga, hace las delicias de escritores que no escriben porque “como decía Nathalie Sarraute, escribir es tratar de saber qué escribiríamos si escribiéramos” (p.12) , o de principiantes que se atreven a escribir un diario, o incluso de aquellos que se dan un paso más y se internan en el mundo de la literatura intentando construir un relato con una voz propia.

En cuanto a los personajes que aparecen, es evidente que el escritor Sánchez es el propio Vila-Matas, a quien Mac dibuja como un ser vanidoso y engreído que está de vuelta de todo, Ha vuelto a tener la impresión de que mi vecino era altamente vanidoso. ¿Por qué tanto?¿por una cierta popularidad ganada en televisión?¿Por flirtear con la idea de borrarse del mapa como Robert Walser cuando en realidad éste enmudeció por intrincados caminos suizos, y sobre todo, por los interiores de sus microgramas, mientras él lo hace ostentosamente recogiendo premios y otras horteradas?(p.286).  Y el libro que quiere reescribir modificándolo es Una casa es para siempre, con la figura del narrador-ventrílocuo que cambia de identidad al cambiar de voz. De manera que Vila-Matas es capaz de reírse de su propia sombra con esta novela. No obstante, también deja algún recadito para algún que otro crítico literario (no se me ocurre ninguno) al que retrata en la figura de Julio, falso sobrino del escritor, cuya catadura moral deja mucho que desear: “Creo que me habría bastado con un agujero en la pared y mirar a través de él para ver enseguida a ese hombre tóxico, siempre simulando que no le importaba no ser un creador, pero infectándolo todo porque él no lo es, infectándolo al intervenir directamente en la vida de las personas con una especie de terrorismo de la negatividad disfrazado de espíritu crítico”(p.278).
 ¿Y quien es Mac? Pues Mac es, como dice Fernando Aramburu en un artículo publicado en El País,“un Alonso Quijano que ha leído mucho y desea traspasar los límites de la vivencia cotidiana”. Queda claro quien es Mac. ¿Y cuál es su contratiempo? El de todos.

Es ésta una novela, como casi todas, por no decir todas, en la que Vila-Matas rompe con las formas narrativas simplistas para buscar nuevos caminos para la literatura:
Creo que también fue el propio Zero (autor inventado por Vila-Matas) el que pidió que la narrativa de nuestro tiempo se pusiera a la altura de los niveles de complejidad que habían alcanzado la música moderna y el arte contemporáneo. Y citaba el caso significativo de los Beatles, que lanzaron el Sgt. Pepper`s Lonely Hearts Club Band y hubo quienes criticaron la irrupción de la complejidad en las canciones del grupo. Pero de haberse atascado en su simpleza inicial, decía Zero, es muy probable que no fueran el icono cultural que son ahora. Y, dado que hasta los fans más antiguos aplaudieron la evolución del grupo, se preguntaba por qué a los autores literarios no se les permitió lo mismo que a los músicos pop (p.251)
Y para eso, para abrir nuevos caminos en la literatura, los escritores han de transitar por caminos arriesgados como él, Vila-Matas, siempre ha hecho. A fin de cuentas, me he dicho, hay que saber tomar algún riesgo si uno quiere encontrar una buena historia. Esto lo sabe siempre un escritor, al igual que sabe que todo relato corre el riesgo de carecer de sentido, pero no sería nada sin ese riesgo.  (p.265)

Mac y su contratiempo es una novela con la que uno se entusiasma, desde la primera hasta la última página.








martes, 4 de abril de 2017

Zapatos italianos, de Henning Mankell





Siempre me siento más sólo cuando hace frío.
El frío del exterior me hace pensar en el de mi propio cuerpo. Me veo atacado desde dos frentes. Pero yo no dejo de oponer resistencia contra el frío y contra la soledad. De ahí que, cada mañana, salga a cavar un agujero en el hielo. Si alguien me observase desde la helada bahía con unos prismáticos, creería que estoy loco y lo que hago es preparar mi propia muerte. ¿Un hombre desnudo en el gélido frío invernal, con un hacha en la mano cavando un agujero en el hielo?
En realidad, tal vez sea eso lo que espero, que un día haya alguien ahí fuera, una negra sombra que se recorte contra la inmensa blancura y se pregunte si llegará a tiempo de intervenir antes de que sea demasiado tarde. Pero no necesito que nadie me salve, puesto que no estoy dispuesto a suicidarme.

Quien esto piensa se llama Fredrik Welin, un médico de 66 años retirado, que vive solo y aislado en una pequeña isla sueca del Mar Báltico que había pertenecido a sus abuelos. Lleva doce años viviendo ahí y sus relaciones sociales se reducen a la visita del cartero una vez por semana.
Welin es un hombre huraño que ya solo espera la muerte rodeado de frío y soledad. Es un retiro voluntario después de que lo apartaran de la profesión médica tras cometer un grave error con uno de sus pacientes. Vive con un viejo perro y con un gato viejo y en una de las salas de la casa deja crecer un hormiguero. No tiene a nadie en el mundo. Tan solo recuerdos.
Había huido del miserable entorno de mi niñez en el que el constante recuerdo de la dura vida que mi padre se veía obligado a llevar me infundió las suficientes fuerzas para romper con todo. Pero también era consciente que debía de agradecer a la casualidad el haber nacido en una época que posibilitaba tales cambios de clase. Una época en la que los hijos de los camareros humillados podían estudiar el bachillerato e incluso llegar a ser médicos. Pero, ¿Por qué me había convertido en una persona siempre a la búsqueda de escondites, en lugar de aspirar a la compañía?¿Por qué no quería tener hijos?¿Por qué había vivido siempre como un zorro, siempre con la guarida llenas de vías de escape? (P. 323)

Al menos eso es lo que él cree, que no tiene a nadie. Hasta que, de repente, aparece en la isla una mujer con la que tuvo una relación treinta y tres años atrás, y a la que un día abandonó sin más. No se habían vuelto a ver. Es Harriet, está enferma y ha ido a visitarlo por una promesa que él le hizo, la de llevarla a conocer una laguna en la que él nadaba cuando era niño. Ese viaje marcará la vida de Fredrik y todo su mundo se pondrá patas arriba. Porque el motivo de ese viaje a la laguna no es otro que el darle a conocer que tuvieron una hija. Su nombre es Louise. La existencia de esta hija a la que comienza a conocer provoca que el pasado salga a su encuentro y no le quede más remedio que enfrentarse a él para rendir cuentas. Debe comenzar a vivir de nuevo y salir de esa isla física y espiritual que hasta entonces le había protegido de la realidad de la que se escondía.
De modo que la vida se abre paso ante una muerte que acecha. Y la soledad comienza a ser una carga más que una salvación. Cada mañana, al despertar, me proponía en serio ponerme a ordenar mi vida. Ya no podía seguir permitiendo que los días se esfumasen inútilmente (p. 234)

Siempre me ha gustado la prosa de Henning Mankell. Hace años que leí (la palabra devorar, creo que se ajusta más a la realidad) las novelas de la saga de Kurt Wallander, sin embargo había un libro que no pertenecía a esta saga y que no estaba en mi estantería. Se titulaba  Zapatos italianos, y la semana pasada lo encontré en la feria del libro. No dudé ni un segundo en comprarlo. Y no tardé ni dos tardes en leerlo.

Es una novela realista narrada en primera persona. Consta de cuatro partes, con frases afiladas. La trama se desarrolla en un paisaje que parece salido de un cuadro de Caspar David Friedrich. La naturaleza por encima del ser humano.

Un médico retirado, su antiguo amor, una hija desconocida, un viejo zapatero italiano, un perro, el hielo, una isla, el frío, un gato, un cartero, Caravaggio, las pinturas de Lascaux, cartas de protesta, una espada, un suicidio, una nadadora manca, la incomprensión, una laguna negra, un pozo en el hielo, al perdón, el mar, la muerte, el amor, el miedo , una caravana, la solidaridad, un barco ardiendo, la soledad, un hormiguero dentro de la casa, el solsticio de verano, un diario… Estos son los ingredientes de Zapatos italianos.

El insignificante diario que yo de hecho escribía, cuyo contenido versaba principalmente sobre una avecilla, el ampelis europeo, y los achaques de mis animales domésticos, carecía incluso de interés para mí mismo. Lo escribía porque constituía un recordatorio cotidiano de que yo vivía una vida vacía de sentido. Hablaba del ampelis para confirmar la existencia del vacío (p.225).

Tan sólo aparecen diez o doce personajes. Suficientes para que un maestro como Henning Mankell construya una  novela espléndida.

Y soñando, evoqué poco a poco mis raíces. De algún modo, intuí que andaba como con una azada en la mano, removiendo la tierra en busca de lo que me había perdido.



 Traducción de Carmen Montes Cano


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martes, 28 de marzo de 2017

Las páginas del mar, de Sergio Martínez



“Vi la primera luz un 3 de abril, en el año del Señor de 1500, al igual que lo hicieron dos, cuatro, seis y nueve años antes mis hermanos, y me bautizaron en la ermita de Santa Olalla con un nombre que ahora no viene al caso. En aquel primer contacto con el agua, elemento que luego marcaría el rumbo de mi vida, dijeron que lloré sin consuelo, y no me extraña; tiempo habrá de contar el porqué”
Así comienza Las páginas del mar, una novela escrita por Sergio Martínez. La descubrí escuchando el documental sonoro, muy recomendable, del programa Documentos RNE titulado La circunnavegación de la Tierra: Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano . Me fascinaron tanto los detalles de aquel descabellado viaje que decidí hacerme con este libro en el que se narra la aventura que llevó al marinero portugués Fernando de Magallanes a intentar cumplir el sueño de Cristóbal Colón de llegar a las Islas Molucas navegando por occidente.

Las Islas Molucas o Islas de las Especias son un archipiélago de Indonesia en el que los europeos del siglo XVI obtenían  especias, como el clavo de olor o la nuez moscada, más preciadas que el oro en aquella época. El control del comercio de esas especias fue el que empujó a muchos a lanzarse a explorar el mundo. Portugueses y españoles se lanzaron a esa carrera, y fueron los primeros los que se hicieron con su control a través de la circunnavegación de África, completada por Vasco de Gama en 1498. Colón lo había intentado años antes navegando por occidente y atravesando el Océano Atlántico,  pero se encontró con un continente desconocido por los europeos, aunque el marinero genovés nunca fue consciente de tal descubrimiento y siempre pensó que había arribado a las costas de Cipango descritas por Marco Polo en el sudeste asiático.

Veintisiete años después, en 1519, un marinero portugués llamado Fernando de Magallanes lo quería intentar de nuevo y para eso tenía que encontrar un paso entre el Atlántico y el Mar del Sur descubierto por Vasco Núñez de Balboa al otro lado del Istmo de Panamá en 1513.
El proyecto de Magallanes, al igual que el de Cristóbal Colón fue rechazado por el rey de Portugal que en ese momento ya tenía el comercio de las especias en sus manos a través de la ruta africana. Y del mismo modo que Colón, se dirigió a los reyes de España. En aquel momento un jovencísimo y ambicioso Carlos I, hacía poco que había ocupado el trono, y vio con buenos ojos el intento de acabar el monopolio portugués del comercio con Las Indias, de manera que financió la expedición.  El objetivo de Magallanes era llegar hasta las Islas Molucas y regresar por la misma ruta, es decir, en su mente no estaba circunnavegar el planeta porque eso implicaba entrar en la zona controlada por los portugueses desde que en 1494 el Papa Alejandro VI estableciera en el Tratado de Tordesillas el reparto de las zonas de navegación y conquista entre España y Portugal. Según los cálculos de Magallanes, el mar que separaba continente americano y el asiático no era demasiado extenso. Fue el primero en comprobar que estaba equivocado.

El 20 de septiembre de 1519 una flota de cinco naves partía del puerto de Sanlúcar de Barrameda rumbo a poniente, siempre detrás del camino del sol. Integraban la flota la Trinidad, al mando del Capitán General, Fernando de Magallanes; la San Antonio, con Juan de Cartagena como comandante; la Concepción, al mando de Gaspar de Quesada; la Victoria, capitaneada por Luis de Mendoza, y la Santiago por Juan Serrano. A bordo, 265 personas de varias nacionalidades, sobre todo españoles y portugueses, pero también flamencos, franceses, griegos e italianos. Entre estos últimos estaba Antonio de Pigafetta quien dejó constancia de aquella increíble aventura en su diario, que en parte se publicó en El primer viaje alrededor del globo y que comienza así.
“El capitán general Fernando de Magallanes había resuelto emprender un largo viaje por el Océano, donde los vientos soplan con furor y donde las tempestades son muy frecuentes. Había resuelto también abrirse un camino que ningún navegante había conocido hasta entonces; pero se guardó bien de dar a conocer este atrevido proyecto temiendo que se procurase disuadirle en vista de los peligros que había de correr, y que le desanimasen las tripulaciones. A los peligros naturalmente inherentes a esta empresa, se unía aún una desventaja para él, y era que los comandantes de las otras cuatro naves, que debían hallarse bajo su mando, eran sus enemigos, por la sencilla razón de que eran españoles y Magallanes portugués”


El 6 de septiembre de 1522, casi tres años después de la partida, tan solo la nao Victoria y 18 de los hombres que embarcaron, regresaron  a Sanlúcar de Barrameda al mando de Juan Sebastián Elcano quien había tenido un papel secundario hasta muerte de Magallanes y del resto de los capitanes  (los que no volvieron, murieron de hambre en la dura travesía oceánica o en los enfrentamientos con los indígenas, o desertaron y se quedaron a vivir el aquellos lugares idílicos que habían descubierto) . Fue entonces, en las Islas Molucas, cuando le tocó asumir el mando y llevar a cabo la difícil tarea de regresar a España por el camino de los portugueses, es decir, circunnavegando África. Para él fueron todos los honores a su regreso y la figura de Magallanes quedó eclipsada hasta mucho tiempo después.

Esta es le historia que se narra en La páginas del mar. Sergio Martínez es historiador pero se atrevió a novelar semejante aventura. El empeño mereció la pena.
A lo largo de seiscientas páginas Sergio Martínez nos lleva a dar la vuelta al mundo a través de un joven montañés originario de una aldea cántabra de los Picos de Europa cercana a Potes. Una serie de circunstancias le obligan a abandonar su pequeño mundo junto a su hermano y le llevan a embarcarse en la expedición de Magallanes en Sevilla.
El autor va narrando, en primera persona, la infancia y la adolescencia del protagonista en su aldea. Pertenece a una familia campesina de seis hermanos que atraviesa momentos difíciles debido a las malas cosechas y a que uno de los vecinos , don Lope,  trata de acaparar las tierras de los habitantes del concejo. El joven tiene curiosidad y logra que Sancho, el maestro del pueblo, le enseñe a leer y a escribir. Es cuando descubre su amor por las letras y por el conocimiento, y es que en esta novela los libros también son protagonistas. Santo Tomás, San Agustín, El Arcipreste de Hita, Jorge Manrique, Don Juan Manuel, Joanot Martorell, o  novelas de caballerías, como Amadís de Gaula, aparecen en las manos del joven montañés. Paralelamente descubre el amor en Lucía una chica que comparte su pasión por los libros.

La novela está dividida en 64 capítulos cortos. La historia de su aldea, la de su infancia y adolescencia, la va narrando en los capítulos impares, y la alterna en los pares con lo que le acontece desde que llega a Sevilla junto a su hermano Nicolás huyendo de su pueblo: “Sevilla era la ciudad más animada y caótica que yo había visto jamás. Como un hormiguero en febril actividad, las calles bullían de gente que iba y venía, hablando riendo, mirando, comprando. Cada callejuela atestada desembocaba en otra más repleta aún, y las minúsculas plazuelas no desahogaban la situación, sino todo lo contrario; allí los comerciantes y los tenderos aprovechaban hasta el más mínimo resquicio para instalar los tablones y puestos en los que ofrecer sus mercancías. El olfato se veía golpeado a cada paso. El tufo de los caños de las calles, del sudor de la gente, de las sangre y las tripas de las reses, las aves y los pescados se mezclaba con el aroma de las tortas recién fritas, el azahar y las especias hasta embotar los sentidos” (p.16)
No será hasta el final cuando el autor nos desvele el motivo de esa huida que le va a llevar a embarcarse en la expedición magallánica. 




Es este viaje el que el mismo protagonista nos va contando, desde su salida de Sevilla hasta llegar a la costa atlántica del Cono Sur americano en busca del paso hacia Asia. Así, somos testigos del motín fallido contra Magallanes de Juan de Cartagena y Gaspar de Quesada (el primero será desterrado en la Patagonia y el segundo ejecutado. Los demás, unos cuarenta, fueron perdonados por el Capitán General) en el que se verá envuelto el joven montañés cuyo nombre no quiere que conozcamos. Somos testigos del descubrimiento del estrecho y la visión de la tierra del fuego, de la deserción de la San Antonio , de la penosa travesía debido la falta de comida y agua por el Mar del Sur, rebautizado como Océano Pacífico debido al buen tiempo que les acompañó tras los noventa y ocho días que duró su navegación, de la llegada a las Filipinas, del error de cálculo que llevaría a  Magallanes a la muerte en su enfrentamiento con los hombres del rey Silapulapu en la Isla de Matán, de la posterior llagada a las Islas Molucas.
“Los hombres de Silapulapu, envalentonados, se nos acercaron en tropel. Sus flechas y sus lanzas ya no nos pretendían ni a mí ni a ninguno de los soldados; todas se dirigían al capitán. Lo cercaron a él y a sus custro mosqueteros, y comenzó la lucha cuerpo a cuerpo. Un isleño se aproximó a Magallanes. Éste trató de sacar su espada para defenderse, pero el hombre se la arrebató y de un sablazo le cortó la pierna izquierda. Los demás se lanzaron contra el capitán y los dos soldados que quedaban vicos. Fue la última vez que los vimos”. (p. 387)
Y por último somos testigos el angustioso y terrible viaje de vuelta a través de la ruta africana con Juan Sebastián Elcano al mando de la única nave que había sobrevivido, la Victoria.

 La ficción entra en juego cuando el nuestro narrador protagonista conoce a propio Pigafetta que le presta papel y tinta para escribir. Es ahí, en la nao Victoria cuando el joven montañés comienza a escribir su historia, una historia que lee a sus compañeros de viaje y que leerá el propio Juan Sebastián Elcano justo antes de nombrarlo escribano de lo que acontece desde que él está en el mando, y es que Antonio de Pigafetta , escribano oficial, y esto es verídico, jamás mencionó a Elcano en su diario debido a que no le perdonó que fuera uno de los participantes en el motín de San Julián junto a Juan de Cartagena contra su idolatrado Magallanes.
De modo que la propia novela la comienza a escribir durante el viaje, pero tan sólo narra hasta que salen del pueblo junto a su hermano Nicolás. Será después de su regreso a España cuando se decida a contar el resto de la aventura.
“Digo que escribía mi historia y así era. No obstante no hay autor que pueda renunciar al goce o la tentación de añadir a todo lo vivido un punto de fantasía. Si en todo lo ficticio hay siempre algo del autor, también en toda historia real hay siempre algo de mentira. Para dar realce y tensión a las situaciones, me deleitaba inventando mundos inexistentes, exagerando la altura de las montañas, ponderando el ímpetu de las aguas desbocadas o remarcando la fiereza de las bestias salvajes. Y los personajes eran todos más bondadosos, más envidiosos, más soberbios o más malvados que en la realidad. Miro ahora las páginas arrugadas y rotas que me sirven de guía y de lazarillo, manchadas de sudor y de sangre y ajadas por el agua de mar, y sonrío. Sonrío ante un don Lope llamado don Fernando, malvado y depravado, capaz de la mayor iniquidad, inmisericorde. Con el tiempo ya no lo recuerdo así y corrijo el manuscrito. Ya no sabría decir cuál de los dos es más cercano a la verdad.” (p. 255)

En la novela hay épica, acción, amor, intriga, aventuras y sobre todo historia. Y está escrita con mucho oficio a pesar de ser un escritor novel, el oficio de quien ha dedicado siete años a escribir este libro.


Cuenta Sergio Martínez en una entrevista que La páginas del mar no es un libro de historia sino un libro de ficción, pero lo cierto que es está muy bien documentado, lo que se puede comprobar en  las páginas finales de agradecimientos, donde el autor hace una extensa relación de las fuentes consultadas. Aquí se ve perfectamente que detrás del novelista está el historiador. También señala en esa entrevista que más que un viaje alrededor del mundo es un viaje hacia el interior del protagonista. 
Lo cierto es que ha sido un viaje fantástico.
Las páginas del mar, de Sergio Martínez, todo un descubrimiento.







martes, 21 de marzo de 2017

Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique


Hace 540 años que Jorge Manrique escribió estas coplas dedicadas a su padre Rodrigo. Lope dijo de ellas que merecían estar escritas en letras de oro. 
Y yo no me canso de leerlas.
Paco Ibáñez seleccionó ocho de las cuarenta que componen el poema. 
Estas ocho son las que aquí dejo en el Día de la Poesía.




"Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu'es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.

Este mundo es el camino
para el otro, qu'es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientras vivimos,
e llegamos
al tiempo que fenescemos;
assí que cuando morimos,
descansamos.

Los plazeres e dulçores
desta vida trabajada
que tenemos,
non son sino corredores,
e la muerte, la çelada
en que caemos.
Non mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
no hay lugar.

Esos reyes poderosos
que vemos por escrituras
ya passadas
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
trastornadas;
assí, que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores
e perlados,
assí los trata la muerte
como a los pobres pastores
de ganados.

Después de puesta la vida
tantas vezes por su ley
al tablero;
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero;
después de tanta hazaña
a que no puede bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña
vino la Muerte a llamar
a su puerta,

diziendo: "Buen caballero,
dexad el mundo engañoso
e su halago;
vuestro corazón d'azero
muestre su esfuerço famoso
en este trago;
e pues de vida e salud
fezistes tan poca cuenta
por la fama;
esfuércese la virtud
para sofrir esta afruenta
que vos llama."


Assí, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien gela dio
el cual la ponga en el cielo
en su gloria.
Y aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria".





lunes, 20 de marzo de 2017

La soledad era esto, de Juan José Millás



La soledad era esto es la segunda de las novelas que conforman la Trilogía de la soledad. Con ella,  Juan José Millás ganó el Premio Nadal en el año 1990. Es una novela corta que se lee de una sentada, de esas que no te dejan levantar la mirada de sus páginas hasta que llegas al final, porque La soledad era esto es una novela corta, pero muy intensa. 
Comienza así:
Elena estaba depilándose las piernas en el cuarto de baño cuando sonó el teléfono y le comunicaron que su madre acababa de morir. Miró el reloj instintivamente y procuró retener la hora en la cabeza; las seis y media de la tarde. Aunque los días habían comenzado a alargar, era casi de noche por efecto de unas nubes que desde el mediodía se habían ido colocando sobre el techo de la ciudad. La mejor hora de la tarde para irse de este mundo, pensó cogida al teléfono mientras escuchaba a su marido que, desde el otro lado de la línea, intentaba resultar eficaz y cariñoso al mismo tiempo.

Elena, de cuarenta y tres años, casada con Enrique y con una hija de veintidós, ya emancipada, se enfrenta a la muerte de su madre Mercedes con frialdad. Para Elena, su madre estaba muerta desde hacía mucho tiempo.  Días después del entierro, regresa a la casa familiar junto a sus hermanas para repartirse sus pertenencias. Entre esas pertenencias encuentra un diario que su madre escribió en sus horas de soledad. Su lectura la deja impresionada porque es como si comenzara a conocerla de nuevo. Al mismo tiempo decide contratar de manera anónima a un detective para que siga a su marido porque sospecha que le es infiel. El detective le envía informes confirmando sus sospechas, pero Elena continúa con su vida como si nada ocurriera. Decide seguir pagando al detective, que sigue sin saber para quien realiza el trabajo, para que continúe siguiéndolo y enviándole esos informes periódicos.Los recibe y observa que  la mirada del detective se centra en ella cada vez más, de manera que ella se convierte en objeto de la investigación. Se ve a sí misma desde el exterior, desde un tercero ajeno a su vida. Es cuando comienza a ser consciente de su infelicidad y de que no quiere formar parte de esa vida. Enrique y ella se conocieron cuando eran dos jóvenes idealistas de izquierdas, pero su vidas fueron cambiando conforme Enrique se iba convirtiendo en un próspero hombre de negocios, en un cínico capaz de leer La metamorfosis de Franz Kafka, no desde el lado se la víctima, sino desde el otro lado, desde el punto de vista de los padres del insecto, de su jefe, de su hermana. Cuando Elena le pregunta por qué ha leído de nuevo ese libro, que para ella es tan importante, él responde: Estuvimos en la oficina haciendo un proyecto de remodelación de un barrio periférico para el Ministerio de la Vivienda y cuando fui allí y vi las condiciones de vida de la gente me acordé de la lucha de clases y todo eso. Esa noche, después de fumarme un canuto, comprendí que en otro tiempo, siempre que hablábamos de la lucha de clases lo hacíamos desde el punto de vista de los perdedores. Sin embargo, yo personalmente, había ido ganando esa lucha en los últimos años, pero todavía hablaba como si viviera en un barrio periférico. Entonces decidí reconvertirme. En ese momento deja de reconocer a su marido.

Es precisamente este libro, La metamorfosis de Franz Kafka, el que da sentido a la novela. 
La obra se divide en dos partes y en ella encontramos hasta cuatro voces diferentes. Una voz en tercera persona que, en la primera parte de la novela, nos introduce en la angustiosa vida de Elena, con cuya madre no se hablaba y con cuya hija no tiene una buena relación. Una segunda voz es la del diario de la madre en el que describe su vida siempre al acecho de la enfermedad. La tercera es la de la propia Elena que comienza a escribir un diario igual que hiciera su madre, que se convierte en la segunda parte de la novela. Y por último, los informes del detective que analiza y retrata la vida de Elena y de su familia desde fuera. Ésta última visión será fundamental para su transformación.
 Decidió irse a la cama y leer hasta que las palabras atraparan el sueño. Una vez acostada tuvo un recuerdo, igualmente gratuito para Gregor Samsa, a quien tanto había amado en otro tiempo, y pensó que durante los últimos años también ella había sido un raro insecto que, al contrario del de Kafka, comenzaba a recuperar su antigua imagen antes de morir, antes de que otros la mataran. El pensamiento consiguió excitarla, pues intuyó que si conseguía regresar de esa metamorfosis las cosas serían diferentes, pues habría salido de ella dotada de una fortaleza especial, de una sabiduría con la que quizá podría enfrentarse sin temor a los mecanismos del mundo o a quienes manejaban en beneficio propio, y contra ella tales mecanismos.
Aquí está la clave de la novela. Elena es un insecto y sus puntos de referencia, que son su marido, su hija o sus hermanos, la han dejado de lado. Sin embargo, gracias a la lectura de los diarios de su madre y al retrato de los informes del detective, intentará salir de ese mundo de Gragor Samsa, que es la soledad, para intentar rehacer su vida.

Juan José Millás, sin duda, uno de los grandes.


viernes, 17 de marzo de 2017

Decoración de interiores, de Félix Chacón



Creo que nunca he leído un libro de poemas del tirón. Eso no significa que no me guste leer poesía. A veces, leo un poema y me acompaña durante un tiempo en la cabeza. Otras veces me gusta tanto que tengo la necesidad irrefrenable de escribirlo en un cuaderno. Como si yo fuera su autor.
Hay días en los que saco de la estantería algún libro de poemas, lo abro al azar y leo el poema. Si  me gusta, lo dejo sobre la mesa. Puede que en los días siguientes siga leyendo ese libro de poemas que está sobre la mesa. O no. Hasta que pasado el tiempo me percato de que el libro sigue ahí. Es el momento en el que regresa a su sitio.
Hace ya una semana que saqué del estante Decoración de interiores de Félix Chacón y cada día le dedico unos minutos. Y ahí sigue, sobre la mesa de estudio.
                              
Señala Susana Veiga en el prólogo:
“No sé lo que pretende la poesía moderna. Colar un verso entre copas y mails parece difícil; añádele, lector, todo lo que lleves encima cuando llegues del curro, un día sí y otro también. Busca ahí la belleza, si tienes valor. Pudiera ser esto lo valioso del libro de Félix Chacón. Meterse a la faena —paleta de albañil en mano, paleta de pintor de brocha fina, retratista de interiores— y a torear con la verdad. Porque lo que nos plantea el poeta Chacón dista mucho de las confituras del bienestar […]
Alguien dijo un día que leer ayudaba a vivir. Este bendito poemario te puede dar muchas sorpresas, lector. Es que da en el clavo como pocos. Coloca el cuadro sin destrozar la pared, y tiene el detalle de aconsejarnos para que la luz incida adecuadamente en cada momento del día. Poesía bien amueblada. Estructura básica para estos tiempos. Lee y verás. Más que nunca”.

El azar quiso que comenzara a leer este libro por el final. 
Ahí estaba el poema titulado Decoración de interiores Pedro Botero:

Que cada uno decore su infierno a su manera
Que cada uno decore su infierno como pueda

Pon cortinas y alfombras
Cuadros y unos visillos
Y limpia la cocina
Pinta el salón de verde y el cielo azul celeste

Renueva tu ropero
Cámbiate de peinado
Cómprate un coche nuevo
Tíntate los cristales y sal quemando rueda

Que cada uno decore su infierno a su manera

Y cambia de trabajo urgentemente
Y de pareja si estás aburrido
O sienta la cabeza y piensa en tener hijos
No hay como la progenie para ocupar el tiempo

O plántate un pinar
O escribe un libro enorme de al menos veinte tomos
Con trastos y dragones, guerreros y mil sagas
Cuyas genealogías invadan tu cabeza

Cada uno que decore su infierno como pueda

Vende tu alma al diablo
Graba un disco de rock
Alicata tu baño con azulejos nuevos
Aprende psicomagia, violín, fontanería

Que cada uno decore su infierno a su manera

Invierte al por mayor para ganar dinero
Con dinero podrías organizar orgías
O comprar tanta droga como tu cuerpo aguante
Puedes hacer la prueba y ver cuándo revienta

Traiciona a tus amigos
Discute con cualquiera
Fastidia a tus congéneres
Y si alguien te molesta, ve y ponle una querella

Que cada uno decore su infierno como pueda

Ataca a los corruptos que ostentan el poder
O hazte de los suyos si te tiene más cuenta

Existen dos opciones: dinamitar el mundo
O aprender las argucias para burlar las reglas
Que cada uno decores su infierno a su manera
Que cada uno decore su infierno como pueda

Yo he escrito este libro y ahora cierro mi puerta.

Sé que es poco ortodoxo comenzar la casa por el tejado pero el azar así lo quiso. Y desde la última página fui retrocediendo por esta decoración de interiores, y me encontré Entre el cielo y el infierno con Bichos raros, Cucarachas, Grafófilos, Genios, Marco Polo y La guerra de las galaxias, Virus y Oasis, Errores y Escenarios idílicos.
Al final llegué al principio y ahí, entre muebles de salón, estaba el Perro ladrador:

            Como no muerdo,
                                               ladro
            Si me dejan ladrar,
                                               no muerdo
            Oblígame a callar
                                               Y me tiro a tu cuello.

Félix ChacónPoesía valiente.








miércoles, 15 de marzo de 2017

La caverna, de José Saramago


La caverna fue la primera novela que leí de José Saramago. Todavía me recuerdo toda la tarde sumergido entre sus páginas, disfrutando como si de una maravillosa melodía se tratara. Pocas novelas que he leído después me han marcado tanto como La caverna.

El pasado cinco de marzo escribía Javier Marías en su columna de El País Semanal un artículo con motivo de la edición conmemorativa de su novela Corazón tan blanco que ha publicado Alfaguara. Señalaba  Marías que nunca relee sus libros, es más, alerta de los peligros de la relectura, sobre libros que uno leyó con entusiasmo en una época de la vida y pasado el tiempo le defraudan. “Y lo cierto es que no hay manera de saber de quién es la culpa: si del lector antiguo e ingenuo, si del lector actual y resabiado, si del libro mismo que era excelente cuando apareció y una birria cuando mal ha envejecido. Uno se encuentra, así, con que la realidad ignora no ya el valor intrínseco de una obra, sino su propia opinión al respecto. Por eso tiendo a huir las relecturas, con excepciones. A veces prefiero guardar un buen recuerdo difuso, y tal vez equivocado, antes que someterlo a la revisión de unos ojos más experimentados, impacientes y cansados.
La más famosa novela en español de la segunda mitad del siglo XX, Cien años de soledad, no me he atrevido a echármela a la vista desde que la leí muy joven: temo que ahora me decepcione, temo encontrarla increíble, pinturera, exagerada; o irritarme cuando me cuente que no sé qué personaje levita, algo que ya no le perdonaba en vida Cabrera Infante. Es un ejemplo.
Sé que puedo volver a Conrad, Flauvert, Melville y Dickens sin miedo, porque he corrido el riesgo con ellos y he salido reafirmado. Ya no estoy tan seguro con Faulkner, que leí con devoción, no digamos con Joyce y Virginia Woolf, que nunca me sedujeron mucho (con salvedades). No sé si aguantan todo Valle-Inclán ni todo Beckett, ni las novelas largas de Henry James (sí los cuentos), ni todos los puntillosos arabescos de Borges. No desconfío de los relatos de Horacio Quiroga. Si Rayuela me pareció una tontada en su día, no quiero imaginarme ahora. No regresaría a las novelas de Fitzgerald ni Hemingway (sí a algunos cuentos de  éste). Pos supuesto pueden revisitarse sin fin Shakespeare, Cervantes, Proust y Lampedusa…”

Leí La caverna en el año 2001, año de su publicación en España. Compré la novela del Círculo de Lectores con esa inquietante portada, ocupada totalmente por el muro de un edificio iluminado por la luz de una farola que no vemos,  con cuatro pares de ventanas en pequeños arcos de medio punto, dos en cada planta, todas ellas cerradas excepto una  que está abierta.
Quince años después decidí releer, en la misma edición, este libro que tan grato recuerdo me había dejado. Y ahí me atacaron los temores que menciona Javier Marías en su artículo. Me arriesgaba a la decepción, a que desdibujara ese recuerdo de Cipriano Algor y su hija Marta luchando contra los elementos. Temía que, en esos quince años transcurridos, fuese yo el que me había dejado llevar por la corriente y que la novela me pusiera enfrente de un viejo autorretrato borroso e irreconocible. Sabía a lo que me enfrentaba, así que la leí con más calma. Y me pareció que seguía siendo una obra magnífica.  Corrí el riesgo y salí reafirmado, con la novela, y también con el autor, aunque del autor nunca había dudado.


Era una relectura que me volvía a llevar a esa forma de escribir tan peculiar, sin apenas puntos aparte, sin signos de interrogación, y en lugar de rayas, mayúsculas después de las comas para distinguir cuando habla uno u otro en los diálogos. Me reencontré con esos personajes tan enormes, con tanta dignidad, ternura y sabiduría, de los que tanto había aprendido quince años atrás. Me volví a  sumergir en aquella música maravillosa. Y en esa música me reconocí perfectamente.

“Miren en qué situación estoy, un hombre trae aquí el producto de su trabajo, sacó la tierra, la mezcló con agua, la batió, amasó la pasta, torneó las piezas que le habían encargado, la coció en el horno y ahora le dicen que sólo se quedan con la mitad de lo que ha hecho y le van a devolver lo que tienen en el almacén, quiero saber si hay justicia en este procedimiento”.
Quien así habla es Cipriano Algor, alfarero viudo, que vive en un pequeño pueblo junto a su hija Marta y su yerno Marcial Gacho, vigilante de un enorme centro comercial, el Centro. Viven de vender la cerámica al Centro, pero nuevos materiales como el plástico se imponen y comienzan a provocar que la pequeña alfarería se quede sin pedidos. El Centro es el que decide sobre la vida y la muerte de los que se acercan a él, el Centro es un imán que todo lo engulle. El Centro  impone su forma de vida, una vida deshumanizada, una caverna. Todos dan por sentado que lo mejor que le puede pasar a uno es irse a vivir allí. Todos excepto Cipriano Algor, que se resiste a que una actividad tan antigua como la cerámica desaparezca.
Ante la angustia provocada por el anuncio del Centro de dejar de comprar la cerámica, una serie de pequeños pero importantes acontecimientos van teniendo lugar en torno a Cipriano Algor. El encuentro  casual con una vecina, Isaura, también viuda, a las puertas del cementerio, o la llegada a la casa de Encontrado,  un perro perdido y muy listo. Estos dos pequeños hechos van a marcar la vida de los Algor. Por otro lado está la determinación de Marta, que decide innovar en la alfarería para tratar de que no se hunda, y convence a su padre para embarcarse en el proyecto de modelar figuras humanas para intentar venderlas al Centro. Sabe que será en vano, pero también sabe que está en juego no sólo el negocio, sino también la vida de su familia.

El narrador omnisciente suele aparecer por encima del relato, cual si fuera, que lo es, el propio Saramago, para dirigirse al lector con reflexiones como la que sigue: “Las enciclopedias son como cicloramas inmutables, máquinas de proyectar prodigiosas cuyos carretes se quedaron bloqueados y exhiben con una especie de  maníaca fijeza un paisaje que, condenado de esta forma a ser, para siempre jamás, aquella que fue, se irá volviendo al mismo tiempo más viejo, más caduco, más innecesario. La enciclopedia comprada por el padre de Cipriano Algor es tan magnífica e inútil como un verso que no conseguimos recordar.
No seamos, sin embargo soberbios y desagradecidos, traigamos a la memoria la sensata recomendación de nuestros mayores cuando nos aconsejaban guardar lo que no era necesario porque, más pronto o más tarde, encontraríamos ahí, lo que sin saberlo entonces, nos acabaría haciendo falta”.
Eso es la alfarería, una palabra de la enciclopedia que envejece. Eso es la enciclopedia, una palabra que envejece. Envejecen juntas.

Rodeados de vasijas y con las manos llenas de barro, las conversaciones entre padre e hija  no tienen desperdicio. Pura filosofía.
“Viví, miré, leí, sentí, Qué hace ahí el leer, Leyendo se acaba sabiendo casi todo, Yo también leo, Por tanto algo sabrás, Ahora ya no estoy tan segura, Entonces tendrás que leer de otra manera, Cómo, No sirve la misma forma para todos, cada uno inventa la suya, la suya propia, hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa, A no ser, A no ser, qué, A no ser que esos tales ríos no tengan dos orillas sino muchas, que cada persona que lee sea, ella, su propia orilla, y que sea suya y sólo suya la orilla a la que tendrá que llegar, Bien observado, dijo Cipriano Algor, una vez más queda demostrado que no les conviene a los viejos discutir con las generaciones nuevas, siempre acaban perdiendo…”
El alfarero es un hombre sabio, pero conforme avanza la novela, su hija demuestra estar a la altura, incluso superarle. Marta, casada con el vigilante Marcial, sin duda, es uno de los grandes personajes creados por José Saramago.

Es ahí, en el aprendizaje y en la crítica, donde cobra sentido el título de la novela. Saramago no duda en tomar la famosa Alegoría de la caverna de Platón para darle sentido a esta obra. El epígrafe que abre la novela, extraído del libro VII de la República de Platón dice así: “Qué extraña escena describes y qué extraños prisioneros, Son iguales a nosotros”.
Saramago afirmó: “La caverna ha sido escrita para que la gente salga de la caverna”.




 Traducción del portugués: Pilar del Río





lunes, 27 de febrero de 2017

En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano



La semana pasada, mientras andaba husmeando por una librería, un irracional  impulso me llevó a comprar tres novelas de Patrick Modiano. Su nombre lo escuché por primera vez cuando le dieron el Nobel. Lo tenía ahí, en esa lista de escritores premiados a la que suelo acercarme una vez al año para hacer una prospección lectora.
Poco sabía de él, excepto que era francés y que algunas de sus obras se centraban en desmontar la gloriosa resistencia del pueblo francés durante la ocupación alemana. Puede parecer extraño, pero lo cierto que me fui de la librería con tres de sus obras bajo el brazo, todas ellas publicados por la editorial Anagrama en la Colección Compactos, esa edición multicolor de bolsillo (los tres de Modiano de color rojo) que puebla mis estanterías. Compré “La trilogía de la ocupación”, que recoge sus tres primeras novelas en las que aborda el mencionado tema de la ocupación alemana de Francia. Me llevé también “Un pedigrí”, que es una breve autobiografía del autor, y “En el café de la juventud perdida”. Leí la contraportada de este último y decidí que éste sería mi primer acercamiento a Patrick Modiano. Sabía que si erraba el tiro en la elección, los otros dos libros podrían quedar durante mucho tiempo sin abrir, guardando polvo en la biblioteca. Intuía que era un autor en el que el lector no puede estar de mero consumidor pasivo de palabras. Y no me equivoqué.

Es una novela corta, poco más de cien páginas, pero quien piense que por eso mismo es un libro de lectura rápida se equivocará, porque lo llevará a pensar que Modiano no es para tanto, y he ahí el error. Yo creo que es una novela de doble lectura como mínimo. Bueno, eso mismo creo de otras muchas novelas, pero de ésta no lo dudo. Y digo esto porque en la segunda lectura es en la que se atan los cabos sueltos que son muchos, y uno se hace una idea de lo que el escritor nos quiere transmitir. Es como observar el cuadro de “Las Hilanderas” de Velázquez. Una primera mirada no nos dice demasiado. Tenemos que mirarlo varias veces, reposar la vista en el lienzo, en los personajes, en las escenas, y preguntarnos qué hacen ahí, porqué están colocados de ese modo y qué nos quería trasmitir el pintor. Con Patrick Modiano hay que leer de esta forma, con las neuronas en modo activo,  y comprenderemos por qué se le otorgó el Nobel en 2014.

El inicio de “En el café de la juventud perdida” se adivinan muchos de los elementos de la trama, si se puede llamar así a esta estructura tan fragmentada. También se aprecia el carácter de la protagonista de la novela.
“De las dos entradas del café, siempre prefería la más estrecha, la que llamaban la puerta de la sombra. Escogía la misma mesa, al fondo del local, que era pequeño. Al principio, no hablaba con nadie; luego ya conocía a los parroquianos de Le Condé, la mayoría de los cuales tenía nuestra edad, entre los diecinueve y los veinticinco años, diría yo. En ocasiones se sentaba en las mesas de ellos, pero, las más de las veces, seguía siendo adicta a su sitio, al fondo del todo.
No llegaba a una hora fija. Podía vérsela ahí sentada por la mañana muy temprano. O se presentaba a eso de las doce de la noche y se quedaba hasta la hora de cerrar. Era el café que más tarde cerraba en el barrio, junto con le Bouquet y La Pergola, y el que tenía una clientela más peculiar. Ahora que ha pasado el tiempo me pregunto si no era solo su presencia la que hacía peculiares el local y las personas que en él había, como si lo hubiera impregnado todo con su perfume”.

El que nos cuenta esto es uno de los jóvenes asiduos del local, de Le Condé, un café frecuentado por jóvenes parisinos del mundo de la creación y la bohemia, y sus palabras denotan la nostalgia de aquel tiempo. Habla de una chica algo tímida y solitaria llamada Louki, y en torno a ella y gira esta novela.
Ha pasado el tiempo y nuestro narrador, que ahora trabaja en una oficina y vive solo,  recuerda aquellos meses  (la historia se sitúa a finales de los años sesenta) a través un cuaderno que uno de los del grupo,  Bowing apodado “El Capitán”, le legó cuando se fue a vivir a México. En ese cuaderno, Bowing se dedicó a registrar durante casi tres años el nombre y la dirección de los clientes que entraban en el local con la fecha y hora exacta en la que estuvieron allí. Con esta empresa (soñaba con hacerla extensible a todos los cafés de París), quería luchar contra el anonimato de la gran ciudad, “estaba deseando salvar del olvido a las mariposas que dan vueltas durante breves instantes alrededor de una lámpara”.
En su tiempo libre se dedica a revisar el cuaderno y a intentar recordar los detalles de esos días. Por entonces,  era un joven estudiante de la Escuela Superior de Minas que se acercó este local del Barrio Latino de París  atraído por el espíritu intelectual y bohemio de sus moradores.  Fue ahí donde conoció a estos jóvenes (Zacharías, Louki, Tarzán, Jean Michel, Freds, Alí Cherif, Annet, Don carlos, Adamov, Mireille ) que siempre llevaban un libro bajo el brazo y que se solían reunir para hablar de política, de literatura, o para hacer experimentos como “ la patafísica, el el letrismo, la escritura automática o las metagrafías”.


En el cuaderno de entradas hay un nombre, el de Louki, que destaca porque siempre está subrayado con lápiz azul. Bowing le contó que el subrayado había sido obra de un tal Caisley,  a quien se lo dejó unos días porque dijo ser editor y estar interesado en publicarlo. Pero se lo devolvió y nunca más lo volvió a ver.  Nuestro estudiante de minas, busca los registros de Louki en el cuaderno e intenta estrujar su memoria.  La recuerda sentada en el café con “Horizontes perdidos”,  de James Hilton. Recuerda la noche en que llegó al local por primera vez y uno de ellos la bautizó con el nombre de Louki: “Sí, empezó a venir a Le Condé en otoño. Y seguro que no fue por casualidad. A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir. Hay electricidad en el aire de París en los atardeceres de octubre, a la hora en que va cayendo la noche. Incluso cuando llueve. No me entra melancolía a esa hora ni tengo la sensación de que el tiempo huye. Sino de que todo es posible. El año comienza en el mes de octubre. Empiezan las clases y es la estación de los proyectos. Así que si Louki vino a Le Condé en octubre fue porque había roto con toda una parte de su vida y quería hacer eso que llaman en las novelas PARTIR DE CERO. Por lo demás hay un indicio que me demuestra que no debo de estar del todo equivocado En Le Condé le pusieron un nombre nuevo. Y, aquel día, Zacharías habló incluso de bautismo. Había vuelto a nacer, como quien dice”

En otras páginas del cuaderno, Louki se menciona acompañada de un hombre “moreno con chaqueta de ante” que está también  subrayado. Lo último que recuerda de ella fue que el escritor Maurice Raphael y ella lo llevaron a casa una noche en que diluviaba. Fue cuando se planteó dejar sus estudios en la Escuela Superior de Minas.
En este primer capítulo Patrick Modiano , además de introducirnos en ese ambiente con un tono nostálgico, echa el anzuelo al lector dejando sin resolver multitud de cuestiones. ¿Quién es la misteriosa Louki?¿Qué pasó con ella?¿Por qué estaba subrayado su nombre en el cuaderno?¿Quién era realmente el tal Caisley y por qué subrayó el nombre de Louki?¿Quién era el moreno de la chaqueta de ante que la acompañaba al local?.

En los siguientes cuatro capítulos se dan respuesta a todas esta preguntas, pero Modiano utiliza diferentes narradores para hacerlo, en diferentes tiempos dando a la novela una estructura compleja, como si de un puzzle se tratara, que el lector ha de reconstruir conforme avanza la lectura.
El segundo capítulo está narrado por el tal Caisley, que resulta ser un detective privado que busca a Louki por encargo de su marido. En el tercero es la propia Louki, cuyo verdadero nombre es Jacqueline Delanque, la que nos cuenta su historia desde su infancia, la relación con su madre, sus estudios fallidos, sus primeras salidas en su barrio con Jeannette Gaul  apodada “La Calavera” y sus amigos, su temprano matrimonio y su llegada a Le Condé en busca de una nueva vida.
“Un día, al amanecer, me escapé de Le Canter, donde estaba con Jeannette […] Me asfixiaba. Me inventé un pretexto para salir a tomar el aire. Eché a correr. En la plaza todos los rótulos fluorescentes estaban apagados, incluso en el Moulin-Rouge. Dejé que se apoderase de mí una embriaguez que el alcohol ni la nieve hubieran podido proporcionarme nunca. Subí la cuesta hasta el Chateau des Brouillards. Estaba completamente decidida a no volver a ver a la banda de Le Canter. Más adelante he sentido la misma embriaguez cada vez que he roto con alguien. No era de verdad yo misma más que mientras escapaba. No tengo más recuerdos buenos que los de huida o evasión. Pero la vida siempre volvía por sus fueros”.

En los dos últimos capítulos el narrador es Roland, “el moreno de la chaqueta de ante”, con quien Louki tiene una relación.  El final se intuye desde la primera página y sin embargo es impactante.
Hay varios temas fundamentales en la novela. El primero de ellos está precisamente en el título. Entre los 18 y los 25, los años en los que todo es posible, los años en que comienzan a dibujarse los contornos y marcan para el resto de la vida. La nostalgia por la juventud perdida está detrás de toda la novela y Louki es la metáfora de esa época idealizada que todos recuerdan. El tema se ve reforzado por el interés de Louki por las culturas orientales, y por su libro de cabecera, “Horizontes perdidos”, que recrea el mundo ideal en la ciudad de Shangri La situada en un valle perdido del Himalaya, donde la juventud es eterna y la gente es feliz. Aquí está otro de los temas de la novela. La utopía frente a la realidad. Louki huye de la realidad, intenta dejar atrás el pasado y busca refugio en la otra orilla del Sena, en Le Condé, en el lugar de los sueños, en la zona neutra. Pero el pasado siempre está ahí, porque como dice Javier Cercas, el pasado no existe, tan solo es una dimensión del presente.
Gran descubrimiento, Patrick Modiano.


Traducción de María Teresa Gallego Urrutia



sábado, 25 de febrero de 2017

Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías



Leo “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías. Como en toda su obra, las disgresiones son una constante, y el pensamiento de los protagonistas tiene más espacio y más peso que la propia trama. Forman parte de ella. De modo que el lector avanza lentamente. Y eso que la historia es muy poderosa en esta novela. Una mujer muere repentinamente en su cama cuando está con un amante, mientras su marido está en Londres y su hijo pequeño duerme en la habitación del al lado. Esto lo cuenta Víctor,  el hombre con el que Marta Téllez esta a punto de tener una aventura y la muerte se encarga de impedírselo. Es el narrador y el protagonista de la novela. Este hombre, este amante que no llega a serlo, escritor de guiones para televisión, se encuentra de repente con el cuerpo inerte de esa mujer a la que apenas conoce entre sus brazos.
Piensa Víctor  tras la muerte de Marta Téllez:
“Tantas cosas suceden sin que nadie se entere ni las recuerde. De casi nada hay registro, los pensamientos y movimientos fugaces, los planes y los deseos, la duda secreta, las ensoñaciones, la crueldad y el insulto, las palabras dichas y oídas y luego negadas o malentendidas y tergiversadas, las promesas hechas y no tenidas en cuenta, ni siquiera por aquellos a quienes se hicieron, todo se olvida o prescribe, cuando se hace a solas y no se anota y también casi todo lo que no es solitario sino en compañía, cuán poco va quedando de cada individuo, de qué poco hay constancia, y de ese poco que queda tanto se calla, y de lo que no se calla se recuerda después tan solo una mínima parte, y durante poco tiempo, la memoria individual no se transmite ni interesa al que la recibe que forja y tiene la suya propia […] No podemos estar más que en un sitio en cada momento, e incluso entonces a menudo ignoramos quienes nos estarán contemplando o pensando en nosotros, quién está a punto de marcar nuestro número, quién de escribirnos, quién de querernos o de buscarnos, quién de condenarnos o asesinarnos y así acabar con nuestros escasos y malvados días, quién de arrojarnos al revés del tiempo o a su negra espalda”.
El protagonista no sabe muy bien qué hacer ante la situación en la que el terrible azar lo ha colocado. No es fácil. En un primer momento decide desaparecer de la escena borrando sus huellas, pero poco a poco va surgiendo en él el deseo de conocer a la familia de la mujer que murió entre sus brazos. Lo que nos ofrece Marías no es el exterior, no es la superficie de una historia, sino que nos lleva literalmente al interior de la cabeza del protagonista para vivir la historia desde ahí.
Como ocurre en “Corazón tan blanco”, en los últimos capítulos la lectura se acelera y mis expectativas se ven superadas por la maestría del genio. Me recuerda en cierto modo a la literatura de Saramago. Lenta, pausada y reflexiva pero con una trama potente y un desenlace rápido y memorable. Durante toda la novela los personajes apenas se mueven y el final llega en un movimiento acelerado perfectamente orquestado.
 “Qué desgracia saber tu nombre aunque ya no conozca tu rostro mañana, los nombres no cambian y se quedan fijos en la memoria cuando se quedan, sin que nada ni nadie pueda arrancarlos. Mi cabeza está llena de nombres cuyos rostros he olvidado o son solo una mancha flotando en un paisaje, una calle, una casa, una edad o una pantalla”.
La muerte, la memoria, la verdad y  el azar se convierten en temas fundamentales de la novela y de las reflexiones del protagonista.
Lo que más me gusta de Javier Marías es que sus reflexiones tiene peso. Se puede disfrutar de cada frase, de cada párrafo, porque su prosa es una prosa con sustancia, con filosofía.
“Y cuán poco va quedando de cada individuo en el tiempo inútil como la nieve resbaladiza, de qué poco hay constancia, y de ese poco tanto se calla, y de lo que no se calla se recuerda después tan solo una mínima parte, y durante poco tiempo: mientras viajamos hacia nuestra difuminación lentamente para transitar tan solo por la espalda o el revés del tiempo, donde uno no puede seguir pensando ni se puede seguir despidiendo diciendo: “Adiós risas y adiós agravios. No os veré más, ni me veréis vosotros. Y adiós ardor, adiós recuerdos”.
Puro Shakespeare. Puro Javier Marías. 

jueves, 23 de febrero de 2017

El sendero de los nidos de araña, de Italo Calvino



1 de septiembre de 1939. El ejército alemán invade Polonia. Comienza la Segunda Guerra Mundial. En octubre, Italo Calvino cumplirá los dieciséis años. Vive con sus padres en la ciudad italiana de San Remo. Trata de continuar con sus estudios a pesar de la guerra y se traslada a Turín. Pero en 1943, los aliados desembarcan en Sicilia y pronto controlan el sur de Italia. Mussolini es derrocado tras un golpe palaciego y Hitler decide ocupar el norte de Italia y reponer de nuevo a su amigo en el poder. Se crea  la llamada República Social Italiana, un gobierno títere en manos de Hitler. Es éste gobierno el que llama a filas al joven Italo Calvino, quien no duda en desertar junto a su hermano. Su salida es unirse a las Brigadas Partisanas Garibaldi ligadas al Partido Comunista, un grupo de resistencia antifascista en la Italia ocupada por los nazis. En las ciudades ocupadas comienzan a surgir núcleos partisanos formados por pocas personas cuyo objetivo es llevar a cabo acciones de sabotaje contra los alemanes y contra los fascistas. Son los GAP, los Grupos de Acción Patriótica. De manera que durante dos años Italo Calvino es un joven partisano que empuña las armas contra el fascismo.

Italo Calvino tenía veintidós años cuando Italia fue liberada. Había vivido la experiencia de la guerra y quería ser escritor, de manera que se matriculó en Letras en la Universidad de Turín y entró en contacto con Césare Pavese.  Lo primero que salió de su pluma fue  “El sendero de los nidos de araña”. Se publicó en 1947. Señala Italo Calvino en el prefacio que escribió para la novela en 1964: “El haber salido de una experiencia  (guerra, guerra civil) que no había perdonado a nadie, establecía una comunicación entre el escritor y su público: nos encontrábamos cara a cara, cargados por igual de historias que contar; todos habíamos vivido la nuestra, todos habíamos vivido vidas irregulares, dramáticas, de aventuras, nos arrebatábamos la palabra de la boca. Al principio la renacida libertad de hablar fue para la gente furia que contar: en los trenes que volvían a circular, atestados de pasajeros y paquetes de harina y bidones de aceite, cada uno contaba a los desconocidos las vicisitudes que había atravesado, y lo mismo cada parroquiano en las mesas de las tabernas populares, cada mujer en las colas de las tiendas: la grisalla de la vida cotidiana parecía algo de otros tiempos. Nos movíamos en un multicolor universo de historia”.
Y sin embargo, “El sendero de los nidos de araña” no es una novela autobiográfica, aunque muchas situaciones estén sacadas de su experiencia vital como partisano. Italo Calvino quería mostrar la dureza de la guerra partisana de manera objetiva. Afirma que quería hacer una simbiosis entre “Por quién doblan las campanas” de Hemingway y “La isla del tesoro” de Stevenson. Y para eso creó a un niño de un barrio pobre de una ciudad italiana ocupada por los alemanes, a través del cual nos muestra ese episodio con mucha crudeza. Yo creo que le salió un Lazarillo de Tormes rodeado de barbarie.


El niño (no sabemos su edad pero debe rondar los ocho o nueve años) se llama Pin y la vida le obliga a rodearse de adultos. Es huérfano y vive con su hermana que ejerce la prostitución. Es un pícaro que se las sabe todas. “Pin no conoce bien la diferencia entre cuando hay guerra y cuando no la hay. Desde que nació le parece haber oído siempre hablar de la guerra, sólo los bombardeos y el toque de queda vinieron después”. Ha aprendido de los adultos en las calles del barrio y en la taberna, sin embargo no entiende el mundo de los adultos: “Pin sube por el carrugio (callejuela en gradas de los barrios pobres de las ciudades litorales del Golfo de Génova), casi oscuro ya; se siente solo y perdido en esa historia de sangre y cuerpos desnudos que es la vida de los hombres”. Este es el final del primer capítulo. Regresa a casa después de escuchar a los hombres en la taberna hablar de la guerra. Pin no entiende de política. Solo quiere ganarse la admiración de alguien, salir del desamparo, de la profunda soledad que lo rodea. Esto le lleva a robarle la pistola a un oficial alemán mientras está en el cuarto con su hermana para llevársela a un partisano del GAP. Pin sabe que los alemanes lo van a descubrir así que la esconde en un lugar de las afueras que sólo él conoce, el lugar donde anidan las arañas. Es el único sitio en el que Pin se encuentra a salvo. Es su lugar mágico. Cuando regresa a la ciudad lo atrapan, lo maltratan y lo encarcelan junto a otros presos políticos. Allí conoce a uno de los héroes partisanos, Lobo Rojo, con quien consigue escapar de la cárcel. Solo le queda una salida: unirse a los partisanos. Tras la huída llega al monte y se queda con una de las partidas de guerrilleros,  un grupo muy especial formado por el lumpen, es decir, pobres poco ideologizados que sin embargo luchan contra el fascismo. Giacinto, uno de los comisarios se dirige al grupo:”El comunismo es que entres en una casa donde estén tomando sopa y te den sopa, aunque seas estañador, y si se come pan dulce en Navidad, te den pan dulce. Eso es el comunismo. Por ejemplo, aquí estamos todos llenos de piojos, tantos que mientras dormimos nos movemos porque los piojos nos arrastran. Y yo fui al comando de brigada y vi que tenían polvo insecticida. Entonces dije: bonitos comunistas sois, de esto no nos mandáis al destacamento. Y ellos dijeron que nos mandarían polvo insecticida. Eso es comunismo. Los hombres lo han escuchado atentamente y aprueban: esas son la palabras que todos entienden bien”. Kim, el otro comisario es el contrapunto, es quien introduce el discurso ideológico, pero la hace en privado, a sabiendas de que nadie le va a entender. Es el único idealista. Piensa “Tal vez no haga cosas importantes, pero la historia está hecha de pequeños gestos anónimos, tal vez mañana moriré, quizás antes que ese alemán, pero todo lo que haga antes de morir y mi muerte misma serán trocitos de historia, y todo lo que pienso ahora influirá en mi historia de mañana, en la historia de mañana del género humano”.
 En el grupo todos son desgraciados y Pin encuentra un hueco entre ellos, con su descaro, sus chascarrillos, sus bromas y sus canciones. El Zurdo, el Trucha, el Primo, al Marqués, el Duque, Giglia, Piel, Zena el largo apodado Gorra-de-Madera . Todos deformados por el autor. No quiere héroes. No hay heroísmo en la guerra, ni siquiera en la lucha antifascista. Babeuf, fundador de comunismo primitivo, es el nombre del halcón del cocinero.
Todo lo vemos  a través de un narrador omnisciente que nunca se separa de Pin. Pin nunca empuña las armas, así que nunca contemplamos la batalla. Siempre en la retaguardia junto al Zurdo y a su esposa Giglia esperando a que regresen. La tensión va creciendo entre los guerrilleros. Y Giglia, se convierte en la excusa para que la tensión estalle. Ese es el argumento, la relación que hay entre ellos y cómo sobreviven en medio de las penalidades de la guerra, a la espera de que en cualquier momento lleguen los alemanes y acaben con todos. “El sueño de los resistentes son raros y cortos, sueños nacidos en la noche de hambre, ligados a la historia de la comida siempre escasa y que hay que compartir entre muchos: sueños de trozos de pan mordidos y luego guardados en un cajón. Los perros vagabundos han de tener sueños parecidos, de huesos roídos y escondidos bajo la tierra”.

Es una novela de personajes, de jergas, de paisajes, de situaciones y de denuncia social. Una novela realista, sin concesiones, que forma parte de esa corriente literaria y cinematográfica, el Neorrealismo, que se desarrolló en Italia tras la Segunda Guerra Mundial en oposición al historicismo maniqueo y simplón con final feliz impuesto por el fascismo desde la subida de Mussolini al poder en el año 1922. En esta novela no hay héroe sino antihéroe. Y por supuesto no hay un happy end como el que la censura franquista añadió al “Ladrón de bicicletas” de Vittorio De Sica.