jueves, 22 de junio de 2017

Violín y otras cuestiones, de Juan Gelman



Año 1956. Buenos Aires. Violín y otras cuestiones es el primer libro que publica Juan Gelman. Tiene 26 años.

"Viendo a la gente andar, ponerse el traje,
el sombrero, la piel y la sonrisa,
comer sobre los platos dulcemente,
afanarse, correr, sufrir, dolerse,
todo por un poquito de paz y de alegría,
viendo a la gente, digo, no hay derecho
a castigarle el hueso y la esperanza,
a ensuciarle los cantos, a oscurecerle el día,
                                                                  viendo, sí,
cómo la gente llora en los rincones
más oscuros del alma y sin embargo
sabe reír y sabe andar derecho,
viendo a la gente, bueno, viéndola
tener hijos y esperar y siempre
creer que van a mejorar las cosas
y viéndola pelear por sus riñones,
                                                       digo gente,
qué hermoso andar contigo
a descubrir la fuente de lo nuevo,
a arrancar la felicidad,
a traer el futuro sobre el lomo, hablar
familiarmente con el tiempo y saber
que acabaremos y de una vez por ser dichosos,
qué hermoso, digo, gente, qué misterio
vivir tan castigado
                         y cantar y reír
                                           ¡qué asunto tan raro!”



Astor Piazzolla. Adios Nonino


Después llegó todo lo demás: la lucha, el exilio, el dolor. 
Las palabras lo mantuvieron con vida. La búsqueda, el reconocimiento, el reencuentro.
Murió hace tres años. Y en Violín y otras cuestiones, su primer libro, ya tenía escrito su epitafio:

“Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre
mi corazón era un violín.
Quise o  no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera, las manos juntas, lo feliz.
¡Digo que el hombre debe serlo!
(Aquí yace un pájaro.
                               Una flor.
                                               Un violín)”




Nota.
A Buenos Aires se debe viajar con la maleta vacía.








lunes, 19 de junio de 2017

Campos de Níjar, de Juan Goytisolo



Hace unos días nos llegó la triste la noticia de la muerte de uno de los grandes escritores de este país: Juan Goytisolo. Tenía 86 años. Recuerdo que decía que él no quería lectores sino re-lectores, de modo que, como homenaje póstumo, me pongo a ello con un libro de viajes titulado Campos de Níjar.  
Es un libro realista que impacta por la estampa que describe, la de una zona de Almería  olvidada de la mano de dios y de los hombres, en la que sus habitantes viven en un lamentable estado de miseria y abandono. 

La pluma de Goytisolo se afina para narrar el viaje que realizó a la zona de Campos de Níjar en los los años cincuenta. Hay palabras y expresiones en el relato que nos remiten a otra época, a otro mundo. Los cestos de cañaduz e higos chumbos, las mujeres que escobazaban, el suelo lleno de cantizales, el mar cabrilleando, las voces de los jayanes, el despertar en la alborada, el guadapero, el mercar pan y aceite, el ocre de los jorfes, los borceguíes de piel de becerro o el hombre que ensopa un mendrugo en un plato de vino.

Por aquellas fechas, Juan Goytisolo vivía en París, donde se instaló en 1956 para trabajar como asesor literario de la editorial Gallimard. Pero el Sur llamaba a su puerta.
El viaje por los Campos de Níjar duró tres días, durante los cuales tomó las notas que darían lugar a este libro que comienza así:
Recuerdo muy bien la profunda impresión de violencia y pobreza que me produjo Almería, viniendo por la Nacional 340, la primera vez que la visité, hace ya algunos años.
Durante esas tres jornadas, Goytisolo recorre la comarca de los Campos de Níjar en autobús, en camión, en coche o caminando. Su ruta le lleva a El Alquián, a Rodalquilar, con su mina de oro, hoy cerrada, a Níjar y su famosas y humildes alfarerías, a Cabo de Gata, a San José, a Los Escullos (el autor lo escribe con y griega), a La Isleta y sus casitas de pescadores, a Los Nietos, a Fernán Pérez, a Las Hortichuelas, a Las Negras y a Carboneras, el pueblo más pobre de España, donde sólo hay lagartos y piedras (p.41)

El viajero describe los paisajes que atraviesa:
Los cortijos comienzan a esparcirse. A las huertas embarradas suceden los alijares y las ramblas arenosas y desérticas. La vegetación se reduce a su expresión más mínima: chumberas, pitas, algún que otro olivo retorcido y enano. A la derecha, la llanura se extiende hasta los médanos del golfo, difuminada por la calina. Los atajos rastrean el pedregal y se pierde entre las zarzas y matorrales, chamuscados y espinosos. Las nubes coronan las sierras del Cabo de Gata. En el horizonte, el mar es sólo una franja de plomo derretido […] Junto al henequén y a nopal, el viajero encuentra otra planta adaptada, como ellos, a la falta de agua: el guayule. Pequeño, de un verde descolorido, se alinea hasta desaparecer, entre las lomas y amelgas del arado, prisionero de un ondulado mar de arcilla (p.19). El camión atraviesa un arroyo de piedras, subimos la cuesta y arriba, el paisaje es casi lunar. Alberos, páramos y canchales se suceden hasta perderse de vista casi en el horizonte. (P.35)


También conversa con los lugareños, que le hablan de la dureza de una vida marcada por la pobreza, la escasez de agua, las malas de comunicaciones y la falta de trabajo, y de sus deseos de salir de allí en busca de una vida mejor. Todos se muestran amables con el viajero, algunos extrañados de que alguien se interese por aquella tierra pobre y olvidada.  Tienen el rostro noble aquellos hombres. Una dignidad que se transparenta bajo la barba de dos días y los vestidos miserables y desgarrados (p. 34)

Hay personajes que nos conmueven, como el viejo que malvive de vender higos chumbos en Níjar. El viajero, que se había fijado en él cuando paseaba por las callejas del pueblo, se lo encuentra en el camino que va hacia Cabo de Gata. Conversan mientras caminan bajo un sol de justicia. El anciano le cuenta que vive con su esposa, que tienen dos hijos que se marcharon a realizar el servicio militar y ya no volvieron, y que tuvo otro que murió en la guerra civil tras alistarse como voluntario para defender la República. Esto último se sobreentiende:
—Desde pequeño pensaba en los demás. No en su madre, su padre o sus hermanos, sino en todos los pobres como nosotros. Aquí la gente nace, vive y muere sin reflexionar. Él no. Él tenía una idea de la vida. Su madre y yo lo sabíamos y lo queríamos más que a los otros, ¿comprende? (p.63).

El contrapunto a este anciano es don Ambrosio, rico propietario del bando vencedor. La guerra sigue presente a través de los carteles propagandísticos de la dictadura. En los muros de las casuchas en ruinas, se repiten las inscripciones en pintura y alquitrán que me acompañan desde Almería: FRANCO FRANCO FRANCO (p.22).  Don Ambrosio viaja en coche con conductor cuando se ofrece para llevar al viajero a visitar los Escullos y la Isleta. Durante el trayecto no hace más que hablar de las posibilidades turísticas de la zona.
—Si hubiese una buena carretera, los turistas vendrían como moscas. Este litoral es mejor que el de Málaga y la vida mucho más fácil que allí. Por tres mil pesetas se puede usted comprar una casita de pescadores. La gente emigra y vende por nada (p.92).
Don Ambrosio es propietario de casi todo el pueblo que visitan tras los Escullos. Aunque no lo mencione, por su descripción se trata de La Isleta del Moro (La Isleta en la actualidad). Saluda a todos sus habitantes. Parece preocuparse paternalmente por ellos pero cuando un hombre le pide ayuda no tiene compasión alguna.
—Yo, cada vez que veo a un descontento, le llamo aparte y le digo: Fulano, tu sitio no es este. En el pueblo se está bien, a condición de no aspirar a mucho, y, si a ti te tienta el ruido y el modo de bregar de las capitales, lo mejor que puedes hacer es ir a Valencia o Cataluña, porque aquí serás un inadaptado toda tu vida (p.104)

Goytisolo enfrenta en estos dos personajes a las dos Españas que lucharon en la guerra. Sin embargo, es evidente que toma partido por el primero. Lo hace sutilmente, para escapar de la censura, describiendo a cada uno de los personajes desde fuera, sin opinar. Son las propias palabras y acciones de los protagonistas las que los retratan. Y el lector se conmueve con el primero y se indigna con el segundo.

El viajero finalmente se vendrá abajo tras contemplar impotente tanta miseria e injusticia. Una injusticia histórica sobre la que reflexiona:
Almería conoció un breve periodo de esplendor durante los albores de la dominación musulmana. Cuando Almería era Almería —dice un proverbio que los viejos repiten melancólicamente—, Granada era su alquería. Desde su conquista por los Reyes Católicos la región ha sufrido una ininterrumpida y patética decadencia […] Almería fue descuidada por reyes, ministros, reformadores, escritores. Una leyenda de incomprensión y olvido debía tenerla alejada de todos los movimientos reformadores que en España se produjeron. En el siglo XVIII era ya la cenicienta de nuestras provincias y, cuando lo escritores del noventa y ocho se echaron a andar por los caminos y tierras de la península o juzgarán empresa digna de su talento el empeño de defender su causa (p.110).  

Juan Goytisolo se encarga de saldar esta cuenta pendiente. Escribe:
—Por eso me gusta Almería. Porque no tiene Giralda ni Alhambra. Porque no intenta cubrirse con ropajes no adornos. Porque es una tierra desnuda, verdadera… (p.125)


Es temprano. Salgo a pasear por las calles de Las Negras. El Levante agita las palmeras del paseo marítimo. Los turistas salen de sus casas y se acercan a la playa para perder su mirada en este mar alborotado. Tomo asiento en una de las muchas terrazas todavía vacías. Abro el libro de Goytisolo y leo: Las Negras se asienta en el centro de la bahía y su aspecto asolado y ruinoso me recuerda el de los Escuyos o San José. En la única calle trazada hay un hay un bar y un estanco, los cerdos gruñen en el interior de las cochiqueras y el mar alborota y da tumbos sobra la playa (p.115)

En una conversación que tiene el autor con dos lugareños en el pueblo, éstos comentan:
—En agosto, esto se anima—dice el brigada, deslizando una mano sobre los lamparones de la guerrera—. Este año va a celebrarse por aquí el concurso nacional de pesca submarina y vendrá personal hasta del extranjero.
—La costa es magnífica—explica el hombrecillo—. Lo que falta es un poco de empuje, un poco de propaganda. Aquí la gente vive muy bien. Si hicieran la carretera de una vez vería usté cómo se ponía esto de franceses (p116).

No se equivocaba el hombrecillo. La carretera fue construida y los turistas, franceses, ingleses y españoles, descubrieron uno de los parajes más bellos de la geografía peninsular.
Alejado de la costa, un inmenso mar de plástico cubre las áridas tierras almerienses. La riqueza, en forma de agua e infraestructuras, ha llegado a ese rincón de España. Leer este libro de Goytisolo es viajar a un pasado apenas reconocible por el paisaje, el del Parque Natural del Cabo de Gata, que por suerte, sigue resistiéndose a la salvaje especulación inmobiliaria que tantos lugares del litoral ha liquidado. Está por ver hasta cuándo.






miércoles, 14 de junio de 2017

El palacio de la luna, de Paul Auster



El primer libro que leí de Paul Auster fue La noche del oráculo. Me dejé hipnotizar por el título y esa portada en la que aparecía la imagen de un puente iluminado por una enorme luna llena. Lo que encontré dentro de sus páginas me gustó tanto como la portada y el título. Había descubierto a un gran escritor, de modo que empecé a adquirir y a leer los libros de Paul Auster, y aparecieron títulos tan fascinantes como Ciudad de Cristal, El país de las últimas cosas, La música del azar, El libro de las ilusiones, La invención de la soledad o El Palacio de la luna. Paul Auster se convirtió en uno de mis escritores favoritos.
Este último libro, El palacio de la luna, es uno de los que más veces he leído y regalado. El último ejemplar que compré fue el que abrió la colección de clásicos de la Editorial Anagrama. Jorge Herralde lo colocó como reclamo y no creo que se equivocara.
Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un medio de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quien era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida.
Así comienza esta novela, en la que los años sesenta, con la guerra de Vietnam, el movimiento hippie o la carrera espacial con la llegada del hombre a la luna, Nueva York o el sueño americano representado como el viaje hacia el Oeste, sirven de trasfondo a este viaje hacia las raíces del protagonista.
El palacio de la luna, lugar que nos hechiza y nos maravilla en un primer momento, es en realidad el nombre de un restaurante chino cuyas luces de neón se pueden observar desde el apartamento de la calle 112 Oeste de Nueva York, lugar donde vive el protagonista de la novela, Marco Stanley Fogg.
El libro está dividido en siete capítulos y está narrado en primera persona por Marco, quien nos va mostrando el argumento en el primer párrafo de cada uno de ellos, para después ir entrando en detalle de todo lo sucedido, es decir, va de lo general a lo particular haciendo una especie de zoom literario. A veces, el narrador, se dirige directamente al lector para contarle su historia, como si de un conocido suyo se tratara.
En el primer capítulo, Paul Auster nos pone frente a la vida de Marco Stanley Fogg desde su infancia (no conoció a su padre y su madre falleció siendo él muy joven) hasta el momento en que es desahuciado de su piso de la calle 112 cuando se queda sin el dinero que había recibido para estudiar en la Universidad de Columbia. Aparece el protagonista y la que será la persona más importante de su vida, su tío Víctor. También sus aficiones que no son otras que la lectura, la escritura, la invención, la música o el baseball. Los libros son también protagonistas pues acompañan a Fogg en todo momento. Son los que le regaló su tío Víctor cuando fue a estudiar a Nueva York, mil cuatrocientos noventa y dos libros que, además de leer, se convierten en el mobiliario de su apartamento.
Los nombres de los personajes no están puestos al azar. El nombre del protagonista es, evidentemente, un homenaje a los viajes que hicieran Marco Polo, Morgan Stanley o Phileas Fogg. Su madre, que se llamaba Emily y su tío Víctor, tienen nombres literarios que nos remiten a Emily Bronte y Víctor Hugo. Su madre murió con tan solo 29 años. Trabajaba en una editorial de libros de texto. Era propensa al mal humos y solía estar triste. Su tío Víctor, hermano mayor de su madre, era músico clarinetista, soltero y con tendencia a la apatía y a la ensoñación. Era de esa clase de personas que siempre están soñando con hacer otras cosas mientras están ocupadas. Cuando murió su madre, Marco fue a vivir con él a Chicago. No era difícil querer al tío Víctor […]  Al cabo de un mes de mi llegada, habíamos desarrollado un juego consistente en inventar países entre los dos, mundos imaginarios que invertían las leyes de la naturaleza. Una de las cosas que más les gustaba era jugar con las palabras.
El tío Víctor parte con su banda hacia el Oeste (más tarde lo hará el propio Marco) de modo que Marco se queda solo y regresa a Nueva York. Bueno en realidad no se queda tan solo, pues su tío le regala los mil cuatrocientos noventa y dos libros que tiene (nueva referencia a un viaje, tal vez el más famoso de la historia). También le regala un ajedrez, los autógrafos de jugadores de béisbol y un traje de tweed que Marco no se quitará en mucho tiempo porque en momentos de tensión y tristeza constituía para mí un consuelo sentirme arropado en el calor de la ropa de mi tío. Como sucede en los cuentos de Flannery O`Connor, la ropa es un elemento simbólico, que va a apareciendo a lo largo de la novela.
Marco logra terminar sus estudios universitarios encerrado en un apartamento de Nueva York, casi en la indigencia. Justo después de que Neil Armstrong ponga un pie en la Luna, Marco Stanley Fogg abandona el apartamento y se convierte en un indigente que sobrevive en Central Park: Me acordé de una escena de un libro que leí una vez, El lazarillo de Tormes, en el que un hidalgo muerto de hambre se pasea por todas partes con un palillo de dientes en la boca para dar la impresión de que acaba de tomar una copiosa comida. Empecé a adoptar yo también el disfraz del palillo de dientes y siempre cogía un puñado cuando entraba en una cafetería a tomar un café. A punto de morir de inanición, dos amigos de la universidad, Zimmer y Kitty lo rescatan.

Tras su recuperación, nuestro protagonista comienza a trabajar cuidando al viejo Effing, un hombre ciego, que le pide que le describa todo lo que ve cuando salen a pasear por la ciudad: El mundo nos entra por los ojos, pero no adquiere sentido hasta que desciende a nuestra boca. Marco comienza a hacer ejercicios con la palabras hasta conseguir que el viejo Effing sea capaz de ver las cosas por sí mismo. Me costó semanas de duro trabajo simplificar mis frases, aprender a distinguir lo superfluo de lo esencial. Descubrí que cuanto más aire dejara alrededor de una cosa, mejores eran los resultados, porque eso le permitía a Effing hacer un trabajo fundamental: construir una imagen sobre la base de una sugerencias, sentir que su mente viajaba hace las cosas que yo le describía
Marco está aprendiendo el oficio de escritor a base de practicar con un ciego que, en realidad, no es otro que el propio lector que construye imágenes en su mente a partir de las palabras que alguien ha colocado en un papel en blanco con esa intención. Para lograrlo, Marco practica una y otra vez, como debe hacer cualquier escritor que se precie. Repasaba los objetos de la habitación para ver si podía mejorar mis descripciones. Cuanto más trabajaba en ello, más en serio me lo tomaba. A veces se siente orgulloso de las palabras elegidas, pero no siempre: las exigencias de las palabras son demasiado grandes; uno conoce el fracaso con excesiva frecuencia para poder enorgullecerse del éxito ocasional.
El empeño por aprender a mostrar el mundo al viejo Effing se va a convertir en la tabla de salvación de Marco. El viejo le dará unas cuantas lecciones obre como narrar historias. Cuando fui a París en 1920 —la dice a Marco—no había necesidad de darle los datos a nadie. No me importaba lo que pensaran. Mientras yo fuera convincente ¿Qué más daba lo que hubiera pasado en realidad? Inventé varias historias, cada una de las cuales mejoraba la anterior. El viejo Effing hace literatura inventando su vida. La verdad no era lo importante. Lo fundamental era que esa historia que se había inventado fuera verosímil, convincente. Continúa hablándole: Probablemente las mejores eran las historias de guerra. Estoy hablando de la Gran Guerra, la que desgarró el corazón del mundo la que iba a poner fin a todas las guerras. Era elocuente, inspirado. Sabía explicar el miedo como nadie, los cañones que atronaban por la noche, los soldados de infantería con cara de imbécil que se cagaban en los pantalones. Metralla, decía, más de seiscientos fragmentos de metralla se me clavaron en las piernas. Eso fue lo que me ocurrió. Los franceses no se cansaban de escucharme. Effing es un contador de historias inventadas, pero al final de su vida decide contar su  verdadera historia y para hacerlo enseña a Marco a escribir como un novelista. La referencia a Ernest Hemingway está clara, ya que, además de ser uno de los grandes contadores de historias, participó en la Gran Guerra y fue herido en una pierna en la Batalla de Caporetto, historia que narró en su célebre, Adiós a las armas.
De manera que El palacio de la luna, además de un viaje lleno de historias,  es un verdadero manual de escritura, ya que la literatura se convierte en el hilo conductor de toda la novela. De hecho todos los personajes tienen alguna relación con los libros. El tío Víctor tiene mil cuatrocientos noventa dos libros que deja en herencia a Marco quien los devora cuando se marcha de gira con su banda de jazz. Su madre, Emily, trabajó en una editorial, Effing enseña indirectamente a escribir a Marco y lo contrata para que le lea en voz alta. Salomon Barber, hijo de Effing, es historiador, profesor y ha escrito varios libros.
En una conversación entre Effing y Marco, el viejo le pregunta qué hará cuando él muera, y éste le responde que estudiará biblioteconomía porque después de todo las bibliotecas no están en el mundo. Son sitios aparte, santuarios del mundo puro. De ese modo podré seguir viviendo en la luna el resto de mi vida.

                                             


Traducción Maribel De Juan


sábado, 29 de abril de 2017

Tierra de campos, de David Trueba



David Trueba es un escritor que se encuentra entre mis fijos desde que leí Abierto toda la noche. No he dejado de leer ninguna de las novelas que vinieron después, Cuatro amigos, Saber perder o Blitz. Hace unos días me llevé una gran alegría cuando encontré en la librería una nueva novela suya. Me gustó el título y esa portada en la que un coche atraviesa el páramo hacia el horizonte. No lo dudé y me hice con ella. Ni que decir tiene que he disfrutado mucho de su lectura. Sus cuatrocientas cuatro páginas se me han quedado cortas.

Todos conocemos el final. Y el final no es feliz. Es curioso este cuento, porque sabemos el desenlace pero ignoramos el argumento. Somos visionarios y ciegos al mismo tiempo. Sabios y estúpidos. De ahí nace ese malestar que todos compartimos, esa sospecha que nos hace llorar en un día gris, desvelarnos a medianoche o inquietarnos si la espera de un ser querido se alarga. De ahí nace la crueldad desmedida y la bondad inesperada de los humanos. De ahí nace todo, de conocer el final y no el cuento. Extrañas reglas de juego que ningún niño aceptaría. Ellos piden que no les cuentes el final. Ignoran que conocer el final es lo único que te permite disfrutar del tiempo.

Con esta reflexión, marca de la casa, abre David Trueba su última novela, la quinta ya, titulada Tierra de campos y publicada por Anagrama.

Tierra de campos está narrada en primera persona por el protagonista, Dani Campos, cantante pop de éxito quien, entrado ya en los cuarenta, echa la vista atrás durante un viaje en un coche fúnebre al pueblo de su familia. Dentro van los restos mortales de su padre, fallecido un año antes. Dani ha decidido trasladarlos desde Madrid a su pueblo natal, Garrafal de Campos (ficticio) en la comarca castellano leonesa de Tierra de Campos (no ficticia). Es curioso, pero en el título de la novela, "campos" aparece en minúscula, como si no quisiera referirse a la comarca de la que es originario el padre del protagonista y a la que se dirige, sino a una tierra más genérica que pudiera estar en cualquier parte. Puede que sea porque el padre tenía clara su  procedencia mientras que al hijo nada le sujeta a la tierra. Su tierra de campos es con minúscula.

La novela, además de un viaje a los orígenes, es un continuo flashback de la vida de Dani, cuyos recuerdos alterna con las conversaciones con Jairo, el conductor de la funeraria, y más tarde con los habitantes del pueblo, sobre todo con Jandrón, alcalde y amigo de la infancia.

Trueba divide la novela en dos partes homenajeando a los discos de vinilo o a las viejas cintas de cassette en las que llegó la música pop en los años ochenta: Cara A y Cara B.
Cada cara la divide en capítulos cortos a modo de escenas que titula con el inicio de los mismos o con el final de los anteriores, todos  sugerentes, poéticos, como si se tratara del título de una canción: todos conocemos el final, un sabor a trapo viejo, últimamente pienso mucho en la muerte, la primera vez que deseé morir, pero lloré con retraso, si llamas fuerte seguro que alguien te oye, yo hago canciones, nosotros somos gente normal, ella que era todo lo contrario, en Estrecho no nacen artistas, no te juntes con ése que no es trigo limpio, no sabes lo perdido que estaba hasta que te encontré, todo empezó en un váter, ven vamos a hacerlo, las moscas siempre vuelven a la mierda, mi primera canción de amor, la única venganza posible, todas las familias tienen un secreto, me moriré como se mueren los pájaros, hay que saber entrar y hay que saber salir, se acabaron los veranos, en lo que nunca fracasábamos era en fracasar, sonar como soñábamos sonar, la canción de tu vida nunca es la canción de tu vida,  lo malo conocido, los hijos aprenden a ser hijos cuando se convierten en padres, agua sé cuerda de mi guitarra, la atómica potencia de enamorarse, la gata que juega al ajedrez, mi fiera, el agua caliente también se enfría, esa cosa llamad éxito, nadie se hace viejo en la música, cuando ese perro de la calle eres tú, 150 mil copias de mi infelicidad, ¿adónde vas? quédate hasta al alba, y para siempre fuiste sólo futuro…



La música envuelve el ambiente de toda la novela y se convierte en protagonista a través de las letras compuestas por Dani Campos (de nombre artístico Dani Mosca, pues su grupo se llama así, Los Moscas).
En ese flashback están los inicios de Dani con la guitarra a mediados de los ochenta cuando tenía 15 años; la formación de un grupo con Gus, un compañero del colegio que se va a convertir en una de las personas más importantes de su vida; la grabación de sus primeras canciones, los críticos musicales, la radio, las discográficas; el proceso de creación de canciones, es decir, cómo se aparecen las musas cuando menos te lo esperas y de una situación, de un pensamiento o un sentimiento, sale una melodía y unas letras que se convierten en una canción.
Con el tiempo supe que la tristeza,  que me duró tantos años, era un motor para la música. Que los de afuera necesitan percibir que les hablas de ti para encontrarse contigo en el espejo […] Hacíamos canciones para sanar las heridas, porque no conocíamos otra medicina. (p.213)
Están los conciertos en locales, las giras por los pueblos y ciudades de España (el recorrido por su geografía es extraordinario), la noche, sex, drugs and rock and roll. La dificultad de compatibilizar el tener una banda de rock con tener una relación estable y una familia. El éxito y el fracaso, el olvido y la resurrección.

A lo largo de Tierra de campos hay abundantes referencias musicales, Bob Dylan, The Beatles, Van Morrison, David Bowie, Cindy Lauper, Buddy Holly, Eddie Cochran, Bob Marley, Roy Orbison, Neil Young y un largo etcétera. Incluso aparecen personajes como Serrat, con quien Dani Mosca se va de gira por Europa y Japón. Es en este último país donde conocerá a Kei, una mujer que toca el violonchelo y que parece salida de una novela de Haruki Murakami. Ahora que lo pienso, algo de ese intimismo del escritor japonés hay en esta novela de David Trueba.




En esta cinta de cassette de cuatrocientas cuatro páginas, las canciones suenan a amor y a desengaño, el de Dani, quien en la Cara A nos muestra su primer amor con Oliva, una joven con la que descubre esa sensación con la que es capaz de mover el mundo, y en la Cara B con Kei, una japonesa que se convertirá madre de sus dos hijos, Riu y Maya.

La familia es otro de los grandes temas de la novela. Dani es hijo único y su historia familiar ocupa una parte importante de la narración. La relación con su padre es compleja. Pertenecen a dos generaciones que han vivido en mundos totalmente diferentes. El mundo del padre es el de la España en blanco y negro de la guerra y la dictadura, el de un pequeño pueblo meseteño encerrado en sí mismo; el de Dani es el de la gran ciudad abierta (Madrid es también protagonista) y es el de la democracia, la libertad, el futuro. Dos mundos. La generación de nuestros padres, el padre de Dani, vivió el gigantesco cambio, la enorme transición de un mundo a otro.
Cuando nació mi padre, la vida era como había sido los setecientos años anteriores, y sin embargo, cuando murió, el mundo era irreconocible para él. El arado tirado por bueyes, la ausencia de teléfono y de agua corriente, de luz eléctrica, los pozos, los corrales para aliviarse, las cochiqueras pegadas a la casa, las tabas de lavar en el río, los carburos y los burros de carga. Le habían robado la piel y el hombre no tiene la capacidad de las serpientes para fabricarse una nueva, por eso el hombre es melancólico y la serpiente es pragmática. (pág 150).
Dani es el contrapunto de su padre, sin embargo, poco a poco va descubriendo que tiene mucho de él.

La amistad aparece en  la novela de manera transversal a través de dos personajes entrañables, Gus y Animal, personajes contrapuestos que se complementan y acompañan a Dani en su periplo musical y vital. Gus es refinado, atrevido y transgresor, cantante y alma mater del grupo. Su vida, sus excesos y su relación con Dani están en el centro del relato. Animal es más tradicional, un bruto con un  gran corazón, que pone ritmo al grupo aporreando la batería.

Otros temas fundamentales de Tierra de campos son:
El paso del tiempo. Coronamos la década de los noventa sin enterarnos demasiado de la enorme variación que se había producido no ya en la música sino en todo alrededor, estábamos demasiado ocupados en tocar por todas partes donde nos solicitaban, confiados en que así todo permanecería igual. Pero el mundo estaba en plena mutación.(p. 247)
La tristeza. Cuando ese perro de la calle eres tú, cuando lo miras abandonado, perdido, flaco y sucio, con el hocico gastado de rebuscar en las basuras y el lomo herido de dormir al descubierto, y te ves a ti mismo en él, cuando no puedes más que acercarte y pasarle la mano por el cuello y eres incapaz de resistirte a la manera en que te frota la cabeza y las orejas contra la pierna y agacha la cola para rogarte que lo aceptes a tu lado, entonces sabes que dos solos no se curan la soledad pero la aligeran.(p. 203)
La soledad. Estar solo es una condición del espíritu. No necesita recreación física. Se puede estar solo en la Gran Vía a la hora más populosa. Estar solo había sido mi tentación desde siempre. Conocía sus riesgos cuando emprendí la separación porque quería reencontrarme con la soledad. Aquí estoy de nuevo, quería decirle cuando me abrazara con ese abrazo que tanto espanta a los demás. A mí no. ¿A mí no? (P. 375)
El pasado. Hay pasado por todas partes. El pasado está posado sobre nosotros como el poco sobre los muebles. Hay pasado en el presente y hay pasado en el futuro. Impregnado, agarrado, diluido, difuminado, mezclado, empastado, desenfocado. Hay pasado en el recuerdo, en el gesto, en los rasgos, en las frases por decir, en las soluciones. Hay pasado en la imaginación, que a veces es un proyector de experiencias vividas. Hay pasado en los pasos por dar, en la carrera por delante, en la mirada, en el cuanto, en el invento en los sabores. Las canciones están hechas de pasado. (P.258)
La muerte. No quería que mis hijos heredaran la estúpida obsesión de los españoles con todo lo que tiene que ver con la muerte. Me gustaría que para ellos la muerte significara lo mismo que para mí, un minúsculo trámite de despedida al final de la inabarcable aventura de vivir. Que aprendieran a dedicarle sus mejores esfuerzos al hecho de estar vivos. (pág 198)

La tristeza, el paso del tiempo, la soledad o la muerte están ahí como certezas con las que uno tiene que aprender a vivir, y para lograrlo está el humor, el amor, la familia, los amigos, la música…
De eso va esta estupenda novela de David Trueba.
De la vida misma.









martes, 11 de abril de 2017

Mac y su contratiempo, de Enrique Vila-Matas



Cuando pensaba que Enrique Vila-Matas ya había escrito sus grandes obras y que lo que viniera de su pluma a partir de ahora sería algo más liviano (¡hombre de poca fe!), va y escribe Mac y su contratiempo.
Por supuesto, al poco de publicarse, voy a la librería y me llevo el libro a casa, (no lo tenía planeado, de hecho entré buscando otra novela que en esos momentos, extrañamente, no tenían en esta librería en que suelen tener todo lo que busco). De modo que salgo con Mac y su contratiempo debajo del brazo, más contento que unas pascuas. Y es que desde que leí la genial novela El mal de Montano soy fiel lector vilamatiano.

Leo Mac y su contratiempo despacio, sin precipitarme, deseando que no termine, olvidándome del final, lápiz en mano, subrayando lo que me parece interesante (al final resulta que casi todas las páginas del libro están más que rayadas por mi lápiz Alpino). Y cuando termino de leer la novela, pienso que se ha superado a sí mismo, que le ha dado una nueva vuelta de tuerca a su forma de narrar, y que ha escrito, otra vez, una obra maestra, que ha regresado Vila- Matas en estado puro después de su novela-ensayo sobre arte contemporáneo titulada Kassel no invita a la lógica, y no puedo más que quitarme el sombrero ante un escritor como él, que sigue escribiendo libros que seguramente se estudiarán en las facultades de lengua y literatura de medio mundo (El mal de Montano ya es lectura obligatoria en muchas facultades de filología de nuestro país). Y pienso, tal vez movido por la emoción del momento (acabo de terminar de leer Mac y su contratiempo, y así, en caliente, me he puesto a teclear en el ordenador) que el próximo año apostaré por él en las quinielas para el Nobel de Literatura.


 En Mac y su contratiempo Enrique Vila-Matas construye una novela en torno a Mac (nombre que le pusieron sus padres, cuando él era pequeño, tras ver una película de John Ford), un constructor arruinado (luego descubrimos que en realidad es un abogado retirado), casado con Carmen (una mujer de ciencias de la que sospecha que tiene un lío con otro), residente en el barrio barcelonés de El Coyote , y vecino de un escritor de éxito, Ander Sánchez (de quien sospecha tiene el lío con su esposa Carmen, de ahí el título de uno de sus relatos) .
Mac, en su retiro hogareño del barrio barcelonés El Coyote comienza a escribir un diario en su primer acercamiento al arte de la escritura.

 Me fascina el género de los libros póstumos, últimamente tan en boga, y estoy pensando en falsificar uno que pudiera parecer póstumo e inacabado cuando en realidad estaría por completo terminado. De morirme mientras lo escribo, se convertiría, eso sí, en un libro en verdad último e interrumpido, lo que arruinaría, entre otras cosas, la gran ilusión que tengo por falsificar. Pero un debutante ha de estar preparado para aceptarlo todo, y yo en verdad soy tan sólo un principiante. Mi nombre es Mac. Quizás porque debuto, lo mejor será que sea prudente y espere un tiempo antes de afrontar cualquier reto de las dimensiones de un falso libro póstumo. Dada mi condición de principiante en la escritura, mi prioridad no será construir inmediatamente ese libro último, o tramar cualquier otro tipo de falsificación, sino simplemente escribir todos los días, a ver qué pasa. Y así tal vez llegue un momento en el que, sintiéndome y más preparado, me decida a ensayar ese libro falsamente interrumpido por muerte desaparición o suicidio. De momento me contento con escribir ese diario que empiezo hoy, completamente aterrado, si atreverme siquiera a mirarme al espejo, no fuera que viera mi cabeza hundida. (p.11)

Este es el comienzo de la novela narrada por Mac en forma de diario. Poco a poco vamos conociendo a Mac y sabemos que siempre fue un apasionado de la lectura, primero de poesía y más tarde de relatos, no así de novelas porque “convierten la vida en destino”. Así, sabemos que Mac es aficionado a los cuentos y un día comienza a pensar en que debería repetir y modificar un libro de relatos que escribió su vecino, el escritor Sánchez. La estupidez no es mi fuerte, decía Monsieur Teste. Me ha gustado siempre la frase y la repetiría cien veces ahora mismo, de no ser porque tengo interés en escribir ahora una que suene a la frase de Teste pero que diga algo diferente; que diga por ejemplo, que la repetición es mi fuerte. O bien: la repetición es mi tema. O esto: me gusta repetir, pero modificando. Esa última frase se ajustaría más a mi personalidad, porque soy un modificador infatigable. Veo, leo, escucho, y todo me parece susceptible de ser alterado. Y lo altero. No paro de alterar. Tengo vocación de modificador. (p.22).

Poco a poco el diario va tomando tintes literarios muy a pesar del propio Mac quien se queja de que la realidad de la calle conspire para que tenga un rumbo novelesco lo que escribo, aunque debo agradecerle que me esté dando material para escribir pues, de lo contrario, quizás no tendría ninguno.

Entre los principales elementos de la novela de Vila-Matas está, en primer lugar, la escritura de un diario secreto (para ver qué pasa) en el que la realidad cotidiana se va transformando en material literario (la relación de Mac con su esposa Carmen, por ejemplo).
En segundo lugar, toda la narración es homenaje al relato breve, con infinidad de citas (¿inventadas?) de  grandes escritores como Ana María Matute, Cervantes, Carver, Borges, Cheever, Cortázar, Isaac Dinesen, Marcel Schwob, Bioy Casares, David Foster Wallace, Barthes, Alain Pauls, Hemingway, Faulkner, Roberto Bolaño, Proust, Kafka, Wallace Steven, Jean Rhys, Ray Bradbury, Samuel Beckett, George Perec, o Joe Brainard, autor que abre la novela con este epígrafe “Me acuerdo de que casi siempre me vestía de vagabundo o de fantasma.Un año fui de esqueleto”. Todas esas citas están integradas perfectamente en la estructura de la novela, algo habitual en la escritura de Vila-Matas (me encanta la cantidad de puertas literarias que abre al lector para futuras lecturas).
También está el intento de modificar el libro de su vecino, el escritor Sánchez, a través de la reescritura libre de sus relatos, incluyendo voces de los autores antes citados.
Por último, y no menos importante, está el barrio ficticio de El Coyote (el bar Tender, el kiosco, el falso sobrino de Sánchez, los muchos vagabundos que aparecen, fruto de la crisis económica que atraviesa el país, el sastre…) que se convierte en uno más de los protagonistas de la novela.

Mac y su contratiempo es un libro en el que hay muchas historias, unas dentro de otras, cual muñecas rusas, en las que la realidad y la ficción (Mac es una especie de Quijote que ve la realidad a través de su lecturas) se convierten en un todo indisoluble. Este homenaje a la escritura, rodeado de humor y de intriga, hace las delicias de escritores que no escriben porque “como decía Nathalie Sarraute, escribir es tratar de saber qué escribiríamos si escribiéramos” (p.12) , o de principiantes que se atreven a escribir un diario, o incluso de aquellos que se dan un paso más y se internan en el mundo de la literatura intentando construir un relato con una voz propia.

En cuanto a los personajes que aparecen, es evidente que el escritor Sánchez es el propio Vila-Matas, a quien Mac dibuja como un ser vanidoso y engreído que está de vuelta de todo, Ha vuelto a tener la impresión de que mi vecino era altamente vanidoso. ¿Por qué tanto?¿por una cierta popularidad ganada en televisión?¿Por flirtear con la idea de borrarse del mapa como Robert Walser cuando en realidad éste enmudeció por intrincados caminos suizos, y sobre todo, por los interiores de sus microgramas, mientras él lo hace ostentosamente recogiendo premios y otras horteradas?(p.286).  Y el libro que quiere reescribir modificándolo es Una casa es para siempre, con la figura del narrador-ventrílocuo que cambia de identidad al cambiar de voz. De manera que Vila-Matas es capaz de reírse de su propia sombra con esta novela. No obstante, también deja algún recadito para algún que otro crítico literario (no se me ocurre ninguno) al que retrata en la figura de Julio, falso sobrino del escritor, cuya catadura moral deja mucho que desear: “Creo que me habría bastado con un agujero en la pared y mirar a través de él para ver enseguida a ese hombre tóxico, siempre simulando que no le importaba no ser un creador, pero infectándolo todo porque él no lo es, infectándolo al intervenir directamente en la vida de las personas con una especie de terrorismo de la negatividad disfrazado de espíritu crítico”(p.278).
 ¿Y quien es Mac? Pues Mac es, como dice Fernando Aramburu en un artículo publicado en El País,“un Alonso Quijano que ha leído mucho y desea traspasar los límites de la vivencia cotidiana”. Queda claro quien es Mac. ¿Y cuál es su contratiempo? El de todos.

Es ésta una novela, como casi todas, por no decir todas, en la que Vila-Matas rompe con las formas narrativas simplistas para buscar nuevos caminos para la literatura:
Creo que también fue el propio Zero (autor inventado por Vila-Matas) el que pidió que la narrativa de nuestro tiempo se pusiera a la altura de los niveles de complejidad que habían alcanzado la música moderna y el arte contemporáneo. Y citaba el caso significativo de los Beatles, que lanzaron el Sgt. Pepper`s Lonely Hearts Club Band y hubo quienes criticaron la irrupción de la complejidad en las canciones del grupo. Pero de haberse atascado en su simpleza inicial, decía Zero, es muy probable que no fueran el icono cultural que son ahora. Y, dado que hasta los fans más antiguos aplaudieron la evolución del grupo, se preguntaba por qué a los autores literarios no se les permitió lo mismo que a los músicos pop (p.251)
Y para eso, para abrir nuevos caminos en la literatura, los escritores han de transitar por caminos arriesgados como él, Vila-Matas, siempre ha hecho. A fin de cuentas, me he dicho, hay que saber tomar algún riesgo si uno quiere encontrar una buena historia. Esto lo sabe siempre un escritor, al igual que sabe que todo relato corre el riesgo de carecer de sentido, pero no sería nada sin ese riesgo.  (p.265)

Mac y su contratiempo es una novela con la que uno se entusiasma, desde la primera hasta la última página.