martes, 21 de marzo de 2017

Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique


Hace 540 años que Jorge Manrique escribió estas coplas dedicadas a su padre Rodrigo. Lope dijo de ellas que merecían estar escritas en letras de oro. 
Y yo no me canso de leerlas.
Paco Ibáñez seleccionó ocho de las cuarenta que componen el poema. 
Estas ocho son las que aquí dejo en el Día de la Poesía.




"Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu'es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.

Este mundo es el camino
para el otro, qu'es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientras vivimos,
e llegamos
al tiempo que fenescemos;
assí que cuando morimos,
descansamos.

Los plazeres e dulçores
desta vida trabajada
que tenemos,
non son sino corredores,
e la muerte, la çelada
en que caemos.
Non mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
no hay lugar.

Esos reyes poderosos
que vemos por escrituras
ya passadas
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
trastornadas;
assí, que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores
e perlados,
assí los trata la muerte
como a los pobres pastores
de ganados.

Después de puesta la vida
tantas vezes por su ley
al tablero;
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero;
después de tanta hazaña
a que no puede bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña
vino la Muerte a llamar
a su puerta,

diziendo: "Buen caballero,
dexad el mundo engañoso
e su halago;
vuestro corazón d'azero
muestre su esfuerço famoso
en este trago;
e pues de vida e salud
fezistes tan poca cuenta
por la fama;
esfuércese la virtud
para sofrir esta afruenta
que vos llama."


Assí, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien gela dio
el cual la ponga en el cielo
en su gloria.
Y aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria".





lunes, 20 de marzo de 2017

La soledad era esto, de Juan José Millás



La soledad era esto es la segunda de las novelas que conforman la Trilogía de la soledad. Con ella,  Juan José Millás ganó el Premio Nadal en el año 1990. Es una novela corta que se lee de una sentada, de esas que no te dejan levantar la mirada de sus páginas hasta que llegas al final, porque La soledad era esto es una novela corta, pero muy intensa. 
Comienza así:
Elena estaba depilándose las piernas en el cuarto de baño cuando sonó el teléfono y le comunicaron que su madre acababa de morir. Miró el reloj instintivamente y procuró retener la hora en la cabeza; las seis y media de la tarde. Aunque los días habían comenzado a alargar, era casi de noche por efecto de unas nubes que desde el mediodía se habían ido colocando sobre el techo de la ciudad. La mejor hora de la tarde para irse de este mundo, pensó cogida al teléfono mientras escuchaba a su marido que, desde el otro lado de la línea, intentaba resultar eficaz y cariñoso al mismo tiempo.

Elena, de cuarenta y tres años, casada con Enrique y con una hija de veintidós, ya casada y emancipada, se enfrenta a la muerte de su madre Mercedes con frialdad. Para Elena, su madre estaba muerta desde hacía mucho tiempo.  Días después del entierro, regresa a la casa familiar junto a sus hermanas para repartirse sus pertenencias. Entre esas pertenencias encuentra un diario que su madre escribió en sus horas de soledad. Su lectura la deja impresionada porque es como si comenzara a conocerla de nuevo. Al mismo tiempo decide contratar de manera anónima a un detective para que siga a su marido porque sospecha que le es infiel. El detective le envía informes confirmando sus sospechas, pero Elena continúa con su vida como si nada ocurriera. Decide seguir pagando al detective, que sigue sin saber para quien realiza el trabajo, para que continúe siguiéndolo y enviándole esos informes periódicos.Los recibe y observa que  la mirada del detective se centra en ella cada vez más, de manera que ella se convierte en objeto de la investigación. Se ve a sí misma desde el exterior, desde un tercero ajeno a su vida. Es cuando comienza a ser consciente de su infelicidad y de que no quiere formar parte de esa vida. Enrique y ella se conocieron cuando eran dos jóvenes idealistas de izquierdas, pero su vidas fueron cambiando conforme Enrique se iba convirtiendo en un próspero hombre de negocios, en un cínico capaz de leer La metamorfosis de Franz Kafka, no desde el lado se la víctima, sino desde el otro lado, desde el punto de vista de los padres del insecto, de su jefe, de su hermana. Cuando Elena le pregunta por qué ha leído de nuevo ese libro, que para ella es tan importante, él responde: Estuvimos en la oficina haciendo un proyecto de remodelación de un barrio periférico para el Ministerio de la Vivienda y cuando fui allí y vi las condiciones de vida de la gente me acordé de la lucha de clases y todo eso. Esa noche, después de fumarme un canuto, comprendí que en otro tiempo, siempre que hablábamos de la lucha de clases lo hacíamos desde el punto de vista de los perdedores. Sin embargo, yo personalmente, había ido ganando esa lucha en los últimos años, pero todavía hablaba como si viviera en un barrio periférico. Entonces decidí reconvertirme. En ese momento deja de reconocer a su marido.

Es precisamente este libro, La metamorfosis de Franz Kafka, el que da sentido a la novela. 
La obra se divide en dos partes y en ella encontramos hasta cuatro voces diferentes. Una voz en tercera persona que, en la primera parte de la novela, nos introduce en la angustiosa vida de Elena, con cuya madre no se hablaba y con cuya hija no tiene una buena relación. Una segunda voz es la del diario de la madre en el que describe su vida siempre al acecho de la enfermedad. La tercera es la de la propia Elena que comienza a escribir un diario igual que hiciera su madre, que se convierte en la segunda parte de la novela. Y por último, los informes del detective que analiza y retrata la vida de Elena y de su familia desde fuera. Ésta última visión será fundamental para su transformación.
 Decidió irse a la cama y leer hasta que las palabras atraparan el sueño. Una vez acostada tuvo un recuerdo, igualmente gratuito para Gregor Samsa, a quien tanto había amado en otro tiempo, y pensó que durante los últimos años también ella había sido un raro insecto que, al contrario del de Kafka, comenzaba a recuperar su antigua imagen antes de morir, antes de que otros la mataran. El pensamiento consiguió excitarla, pues intuyó que si conseguía regresar de esa metamorfosis las cosas serían diferentes, pues habría salido de ella dotada de una fortaleza especial, de una sabiduría con la que quizá podría enfrentarse sin temor a los mecanismos del mundo o a quienes manejaban en beneficio propio, y contra ella tales mecanismos.
Aquí está la clave de la novela. Elena es un insecto y sus puntos de referencia, que son su marido, su hija o sus hermanos, la han dejado de lado. Sin embargo, gracias a la lectura de los diarios de su madre y al retrato de los informes del detective, intentará salir de ese mundo de Gragor Samsa, que es la soledad, para intentar rehacer su vida.

Juan José Millás, sin duda, uno de los grandes.


viernes, 17 de marzo de 2017

Decoración de interiores, de Félix Chacón



Creo que nunca he leído un libro de poemas del tirón. Eso no significa que no me guste leer poesía. A veces, leo un poema y me acompaña durante un tiempo en la cabeza. Otras veces me gusta tanto que tengo la necesidad irrefrenable de escribirlo en un cuaderno. Como si yo fuera su autor.
Hay días en los que saco de la estantería algún libro de poemas, lo abro al azar y leo el poema. Si  me gusta, lo dejo sobre la mesa. Puede que en los días siguientes siga leyendo ese libro de poemas que está sobre la mesa. O no. Hasta que pasado el tiempo me percato de que el libro sigue ahí. Es el momento en el que regresa a su sitio.
Hace ya una semana que saqué del estante Decoración de interiores de Félix Chacón y cada día le dedico unos minutos. Y ahí sigue, sobre la mesa de estudio.
                              
Señala Susana Veiga en el prólogo:
“No sé lo que pretende la poesía moderna. Colar un verso entre copas y mails parece difícil; añádele, lector, todo lo que lleves encima cuando llegues del curro, un día sí y otro también. Busca ahí la belleza, si tienes valor. Pudiera ser esto lo valioso del libro de Félix Chacón. Meterse a la faena —paleta de albañil en mano, paleta de pintor de brocha fina, retratista de interiores— y a torear con la verdad. Porque lo que nos plantea el poeta Chacón dista mucho de las confituras del bienestar […]
Alguien dijo un día que leer ayudaba a vivir. Este bendito poemario te puede dar muchas sorpresas, lector. Es que da en el clavo como pocos. Coloca el cuadro sin destrozar la pared, y tiene el detalle de aconsejarnos para que la luz incida adecuadamente en cada momento del día. Poesía bien amueblada. Estructura básica para estos tiempos. Lee y verás. Más que nunca”.

El azar quiso que comenzara a leer este libro por el final. 
Ahí estaba el poema titulado Decoración de interiores Pedro Botero:

Que cada uno decore su infierno a su manera
Que cada uno decore su infierno como pueda

Pon cortinas y alfombras
Cuadros y unos visillos
Y limpia la cocina
Pinta el salón de verde y el cielo azul celeste

Renueva tu ropero
Cámbiate de peinado
Cómprate un coche nuevo
Tíntate los cristales y sal quemando rueda

Que cada uno decore su infierno a su manera

Y cambia de trabajo urgentemente
Y de pareja si estás aburrido
O sienta la cabeza y piensa en tener hijos
No hay como la progenie para ocupar el tiempo

O plántate un pinar
O escribe un libro enorme de al menos veinte tomos
Con trastos y dragones, guerreros y mil sagas
Cuyas genealogías invadan tu cabeza

Cada uno que decore su infierno como pueda

Vende tu alma al diablo
Graba un disco de rock
Alicata tu baño con azulejos nuevos
Aprende psicomagia, violín, fontanería

Que cada uno decore su infierno a su manera

Invierte al por mayor para ganar dinero
Con dinero podrías organizar orgías
O comprar tanta droga como tu cuerpo aguante
Puedes hacer la prueba y ver cuándo revienta

Traiciona a tus amigos
Discute con cualquiera
Fastidia a tus congéneres
Y si alguien te molesta, ve y ponle una querella

Que cada uno decore su infierno como pueda

Ataca a los corruptos que ostentan el poder
O hazte de los suyos si te tiene más cuenta

Existen dos opciones: dinamitar el mundo
O aprender las argucias para burlar las reglas
Que cada uno decores su infierno a su manera
Que cada uno decore su infierno como pueda

Yo he escrito este libro y ahora cierro mi puerta.

Sé que es poco ortodoxo comenzar la casa por el tejado pero el azar así lo quiso. Y desde la última página fui retrocediendo por esta decoración de interiores, y me encontré Entre el cielo y el infierno con Bichos raros, Cucarachas, Grafófilos, Genios, Marco Polo y La guerra de las galaxias, Virus y Oasis, Errores y Escenarios idílicos.
Al final llegué al principio y ahí, entre muebles de salón, estaba el Perro ladrador:

            Como no muerdo,
                                               ladro
            Si me dejan ladrar,
                                               no muerdo
            Oblígame a callar
                                               Y me tiro a tu cuello.

Félix ChacónPoesía valiente.








miércoles, 15 de marzo de 2017

La caverna, de José Saramago


La caverna fue la primera novela que leí de José Saramago. Todavía me recuerdo toda la tarde sumergido entre sus páginas, disfrutando como si de una maravillosa melodía se tratara. Pocas novelas que he leído después me han marcado tanto como La caverna.

El pasado cinco de marzo escribía Javier Marías en su columna de El País Semanal un artículo con motivo de la edición conmemorativa de su novela Corazón tan blanco que ha publicado Alfaguara. Señalaba  Marías que nunca relee sus libros, es más, alerta de los peligros de la relectura, sobre libros que uno leyó con entusiasmo en una época de la vida y pasado el tiempo le defraudan. “Y lo cierto es que no hay manera de saber de quién es la culpa: si del lector antiguo e ingenuo, si del lector actual y resabiado, si del libro mismo que era excelente cuando apareció y una birria cuando mal ha envejecido. Uno se encuentra, así, con que la realidad ignora no ya el valor intrínseco de una obra, sino su propia opinión al respecto. Por eso tiendo a huir las relecturas, con excepciones. A veces prefiero guardar un buen recuerdo difuso, y tal vez equivocado, antes que someterlo a la revisión de unos ojos más experimentados, impacientes y cansados.
La más famosa novela en español de la segunda mitad del siglo XX, Cien años de soledad, no me he atrevido a echármela a la vista desde que la leí muy joven: temo que ahora me decepcione, temo encontrarla increíble, pinturera, exagerada; o irritarme cuando me cuente que no sé qué personaje levita, algo que ya no le perdonaba en vida Cabrera Infante. Es un ejemplo.
Sé que puedo volver a Conrad, Flauvert, Melville y Dickens sin miedo, porque he corrido el riesgo con ellos y he salido reafirmado. Ya no estoy tan seguro con Faulkner, que leí con devoción, no digamos con Joyce y Virginia Woolf, que nunca me sedujeron mucho (con salvedades). No sé si aguantan todo Valle-Inclán ni todo Beckett, ni las novelas largas de Henry James (sí los cuentos), ni todos los puntillosos arabescos de Borges. No desconfío de los relatos de Horacio Quiroga. Si Rayuela me pareció una tontada en su día, no quiero imaginarme ahora. No regresaría a las novelas de Fitzgerald ni Hemingway (sí a algunos cuentos de  éste). Pos supuesto pueden revisitarse sin fin Shakespeare, Cervantes, Proust y Lampedusa…”

Leí La caverna en el año 2001, año de su publicación en España. Compré la novela del Círculo de Lectores con esa inquietante portada, ocupada totalmente por el muro de un edificio iluminado por la luz de una farola que no vemos,  con cuatro pares de ventanas en pequeños arcos de medio punto, dos en cada planta, todas ellas cerradas excepto una  que está abierta.
Quince años después decidí releer, en la misma edición, este libro que tan grato recuerdo me había dejado. Y ahí me atacaron los temores que menciona Javier Marías en su artículo. Me arriesgaba a la decepción, a que desdibujara ese recuerdo de Cipriano Algor y su hija Marta luchando contra los elementos. Temía que, en esos quince años transcurridos, fuese yo el que me había dejado llevar por la corriente y que la novela me pusiera enfrente de un viejo autorretrato borroso e irreconocible. Sabía a lo que me enfrentaba, así que la leí con más calma. Y me pareció que seguía siendo una obra magnífica.  Corrí el riesgo y salí reafirmado, con la novela, y también con el autor, aunque del autor nunca había dudado.


Era una relectura que me volvía a llevar a esa forma de escribir tan peculiar, sin apenas puntos aparte, sin signos de interrogación, y en lugar de rayas, mayúsculas después de las comas para distinguir cuando habla uno u otro en los diálogos. Me reencontré con esos personajes tan enormes, con tanta dignidad, ternura y sabiduría, de los que tanto había aprendido quince años atrás. Me volví a  sumergir en aquella música maravillosa. Y en esa música me reconocí perfectamente.

“Miren en qué situación estoy, un hombre trae aquí el producto de su trabajo, sacó la tierra, la mezcló con agua, la batió, amasó la pasta, torneó las piezas que le habían encargado, la coció en el horno y ahora le dicen que sólo se quedan con la mitad de lo que ha hecho y le van a devolver lo que tienen en el almacén, quiero saber si hay justicia en este procedimiento”.
Quien así habla es Cipriano Algor, alfarero viudo, que vive en un pequeño pueblo junto a su hija Marta y su yerno Marcial Gacho, vigilante de un enorme centro comercial, el Centro. Viven de vender la cerámica al Centro, pero nuevos materiales como el plástico se imponen y comienzan a provocar que la pequeña alfarería se quede sin pedidos. El Centro es el que decide sobre la vida y la muerte de los que se acercan a él, el Centro es un imán que todo lo engulle. El Centro  impone su forma de vida, una vida deshumanizada, una caverna. Todos dan por sentado que lo mejor que le puede pasar a uno es irse a vivir allí. Todos excepto Cipriano Algor, que se resiste a que una actividad tan antigua como la cerámica desaparezca.
Ante la angustia provocada por el anuncio del Centro de dejar de comprar la cerámica, una serie de pequeños pero importantes acontecimientos van teniendo lugar en torno a Cipriano Algor. El encuentro  casual con una vecina, Isaura, también viuda, a las puertas del cementerio, o la llegada a la casa de Encontrado,  un perro perdido y muy listo. Estos dos pequeños hechos van a marcar la vida de los Algor. Por otro lado está la determinación de Marta, que decide innovar en la alfarería para tratar de que no se hunda, y convence a su padre para embarcarse en el proyecto de modelar figuras humanas para intentar venderlas al Centro. Sabe que será en vano, pero también sabe que está en juego no sólo el negocio, sino también la vida de su familia.

El narrador omnisciente suele aparecer por encima del relato, cual si fuera, que lo es, el propio Saramago, para dirigirse al lector con reflexiones como la que sigue: “Las enciclopedias son como cicloramas inmutables, máquinas de proyectar prodigiosas cuyos carretes se quedaron bloqueados y exhiben con una especie de  maníaca fijeza un paisaje que, condenado de esta forma a ser, para siempre jamás, aquella que fue, se irá volviendo al mismo tiempo más viejo, más caduco, más innecesario. La enciclopedia comprada por el padre de Cipriano Algor es tan magnífica e inútil como un verso que no conseguimos recordar.
No seamos, sin embargo soberbios y desagradecidos, traigamos a la memoria la sensata recomendación de nuestros mayores cuando nos aconsejaban guardar lo que no era necesario porque, más pronto o más tarde, encontraríamos ahí, lo que sin saberlo entonces, nos acabaría haciendo falta”.
Eso es la alfarería, una palabra de la enciclopedia que envejece. Eso es la enciclopedia, una palabra que envejece. Envejecen juntas.

Rodeados de vasijas y con las manos llenas de barro, las conversaciones entre padre e hija  no tienen desperdicio. Pura filosofía.
“Viví, miré, leí, sentí, Qué hace ahí el leer, Leyendo se acaba sabiendo casi todo, Yo también leo, Por tanto algo sabrás, Ahora ya no estoy tan segura, Entonces tendrás que leer de otra manera, Cómo, No sirve la misma forma para todos, cada uno inventa la suya, la suya propia, hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa, A no ser, A no ser, qué, A no ser que esos tales ríos no tengan dos orillas sino muchas, que cada persona que lee sea, ella, su propia orilla, y que sea suya y sólo suya la orilla a la que tendrá que llegar, Bien observado, dijo Cipriano Algor, una vez más queda demostrado que no les conviene a los viejos discutir con las generaciones nuevas, siempre acaban perdiendo…”
El alfarero es un hombre sabio, pero conforme avanza la novela, su hija demuestra estar a la altura, incluso superarle. Marta, casada con el vigilante Marcial, sin duda, es uno de los grandes personajes creados por José Saramago.

Es ahí, en el aprendizaje y en la crítica, donde cobra sentido el título de la novela. Saramago no duda en tomar la famosa Alegoría de la caverna de Platón para darle sentido a esta obra. El epígrafe que abre la novela, extraído del libro VII de la República de Platón dice así: “Qué extraña escena describes y qué extraños prisioneros, Son iguales a nosotros”.
Saramago afirmó: “La caverna ha sido escrita para que la gente salga de la caverna”.




 Traducción del portugués: Pilar del Río





lunes, 27 de febrero de 2017

En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano



La semana pasada, mientras andaba husmeando por una librería, un irracional  impulso me llevó a comprar tres novelas de Patrick Modiano. Su nombre lo escuché por primera vez cuando le dieron el Nobel. Lo tenía ahí, en esa lista de escritores premiados a la que suelo acercarme una vez al año para hacer una prospección lectora.
Poco sabía de él, excepto que era francés y que algunas de sus obras se centraban en desmontar la gloriosa resistencia del pueblo francés durante la ocupación alemana. Puede parecer extraño, pero lo cierto que me fui de la librería con tres de sus obras bajo el brazo, todas ellas publicados por la editorial Anagrama en la Colección Compactos, esa edición multicolor de bolsillo (los tres de Modiano de color rojo) que puebla mis estanterías. Compré “La trilogía de la ocupación”, que recoge sus tres primeras novelas en las que aborda el mencionado tema de la ocupación alemana de Francia. Me llevé también “Un pedigrí”, que es una breve autobiografía del autor, y “En el café de la juventud perdida”. Leí la contraportada de este último y decidí que éste sería mi primer acercamiento a Patrick Modiano. Sabía que si erraba el tiro en la elección, los otros dos libros podrían quedar durante mucho tiempo sin abrir guardando polvo en la biblioteca. Intuía que era un autor en el que el lector no puede estar de mero consumidor pasivo de palabras. Y no me equivoqué.

Es una novela corta, poco más de cien páginas, pero quien piense que por eso mismo es un libro de lectura rápida se equivocará, porque lo llevará a pensar que Modiano no es para tanto, y he ahí el error. Yo creo que es una novela de doble lectura como mínimo. Bueno, eso mismo creo de otras muchas novelas, pero de ésta no lo dudo. Y digo esto porque en la segunda lectura es en la que se atan los cabos sueltos que son muchos, y uno se hace una idea de lo que el escritor nos quiere transmitir. Es como observar el cuadro de “Las Hilanderas” de Velázquez. Una primera mirada no nos dice demasiado. Tenemos que mirarlo varias veces, reposar la vista en el lienzo, en los personajes, en las escenas, y preguntarnos qué hacen ahí, porqué están colocados de ese modo y qué nos quería trasmitir el pintor. Con Patrick Modiano hay que leer de esta forma, con las neuronas en modo activo,  y comprenderemos por qué se le otorgó el Nobel en 2014.

El inicio de “En el café de la juventud perdida” se adivinan muchos de los elementos de la trama, si se puede llamar así a esta estructura tan fragmentada. También se aprecia el carácter de la protagonista de la novela.
“De las dos entradas del café, siempre prefería la más estrecha, la que llamaban la puerta de la sombra. Escogía la misma mesa, al fondo del local, que era pequeño. Al principio, no hablaba con nadie; luego ya conocía a los parroquianos de Le Condé, la mayoría de los cuales tenía nuestra edad, entre los diecinueve y los veinticinco años, diría yo. En ocasiones se sentaba en las mesas de ellos, pero, las más de las veces, seguía siendo adicta a su sitio, al fondo del todo.
No llegaba a una hora fija. Podía vérsela ahí sentada por la mañana muy temprano. O se presentaba a eso de las doce de la noche y se quedaba hasta la hora de cerrar. Era el café que más tarde cerraba en el barrio, junto con le Bouquet y La Pergola, y el que tenía una clientela más peculiar. Ahora que ha pasado el tiempo me pregunto si no era solo su presencia la que hacía peculiares el local y las personas que en él había, como si lo hubiera impregnado todo con su perfume”.

El que nos cuenta esto es uno de los jóvenes asiduos del local, de Le Condé, un café frecuentado por jóvenes parisinos del mundo de la creación y la bohemia, y sus palabras denotan la nostalgia de aquel tiempo. Habla de una chica algtímida y solitaria llamada Louki, y en torno a ella y gira esta novela.
Ha pasado el tiempo y nuestro narrador, que ahora trabaja en una oficina y vive solo,  recuerda aquellos meses  (la historia se sitúa a finales de los años sesenta) a través un cuaderno que uno de los del grupo,  Bowing apodado “El Capitán”, le legó cuando se fue a vivir a México. En ese cuaderno, Bowing se dedicó a registrar durante casi tres años el nombre y la dirección de los clientes que entraban en el local con la fecha y hora exacta en la que estuvieron allí. Con esta empresa (soñaba con hacerla extensible a todos los cafés de París), quería luchar contra el anonimato de la gran ciudad, “estaba deseando salvar del olvido a las mariposas que dan vueltas durante breves instantes alrededor de una lámpara”.
En su tiempo libre se dedica a revisar el cuaderno y a intentar recordar los detalles de esos días. Por entonces,  era un joven estudiante de la Escuela Superior de Minas que se acercó este local del Barrio Latino de París  atraído por el espíritu intelectual y bohemio de sus moradores.  Fue ahí donde conoció a estos jóvenes (Zacharías, Louki, Tarzán, Jean Michel, Freds, Alí Cherif, Annet, Don carlos, Adamov, Mireille ) que siempre llevaban un libro bajo el brazo y que se solían reunir para hablar de política, de literatura, o para hacer experimentos como “ la patafísica, el el letrismo, la escritura automática o las metagrafías”.


En el cuaderno de entradas hay un nombre, el de Louki, que destaca porque siempre está subrayado con lápiz azul. Bowing le contó que el subrayado había sido obra de un tal Caisley,  a quien se lo dejó unos días porque dijo ser editor y estar interesado en publicarlo. Pero se lo devolvió y nunca más lo volvió a ver.  Nuestro estudiante de minas, busca los registros de Louki en el cuaderno e intenta estrujar su memoria.  La recuerda sentada en el café con “Horizontes perdidos”,  de James Hilton. Recuerda la noche en que llegó al local por primera vez y uno de ellos la bautizó con el nombre de Louki: “Sí, empezó a venir a Le Condé en otoño. Y seguro que no fue por casualidad. A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir. Hay electricidad en el aire de París en los atardeceres de octubre, a la hora en que va cayendo la noche. Incluso cuando llueve. No me entra melancolía a esa hora ni tengo la sensación de que el tiempo huye. Sino de que todo es posible. El año comienza en el mes de octubre. Empiezan las clases y es la estación de los proyectos. Así que si Louki vino a Le Condé en octubre fue porque había roto con toda una parte de su vida y quería hacer eso que llaman en las novelas PARTIR DE CERO. Por lo demás hay un indicio que me demuestra que no debo de estar del todo equivocado En Le Condé le pusieron un nombre nuevo. Y, aquel día, Zacharías habló incluso de bautismo. Había vuelto a nacer, como quien dice”

En otras páginas del cuaderno, Louki se menciona acompañada de un hombre “moreno con chaqueta de ante” que está también  subrayado. Lo último que recuerda de ella fue que el escritor Maurice Raphael y ella lo llevaron a casa una noche en que diluviaba. Fue cuando se planteó dejar sus estudios en la Escuela Superior de Minas.
En este primer capítulo Patrick Modiano , además de introducirnos en ese ambiente con un tono nostálgico, echa el anzuelo al lector dejando sin resolver multitud de cuestiones. ¿Quién es la misteriosa Louki?¿Qué pasó con ella?¿Por qué estaba subrayado su nombre en el cuaderno?¿Quién era realmente el tal Caisley y por qué subrayó el nombre de Louki?¿Quién era el moreno de la chaqueta de ante que la acompañaba al local?.

En los siguientes cuatro capítulos se dan respuesta a todas esta preguntas, pero Modiano utiliza diferentes narradores para hacerlo, en diferentes tiempos dando a la novela una estructura compleja, como si de un puzzle se tratara, que el lector ha de reconstruir conforme avanza la lectura.
El segundo capítulo está narrado por el tal Caisley, que resulta ser un detective privado que busca a Louki por encargo de su marido. En el tercero es la propia Louki, cuyo verdadero nombre es Jacqueline Delanque, la que nos cuenta su historia desde su infancia, la relación con su madre, sus estudios fallidos, sus primeras salidas en su barrio con Jeannette Gaul  apodada “La Calavera” y sus amigos, su temprano matrimonio y su llegada a Le Condé en busca de una nueva vida.
“Un día, al amanecer, me escapé de Le Canter, donde estaba con Jeannette […] Me asfixiaba. Me inventé un pretexto para salir a tomar el aire. Eché a correr. En la plaza todos los rótulos fluorescentes estaban apagados, incluso en el Moulin-Rouge. Dejé que se apoderase de mí una embriaguez que el alcohol ni la nieve hubieran podido proporcionarme nunca. Subí la cuesta hasta el Chateau des Brouillards. Estaba completamente decidida a no volver a ver a la banda de Le Canter. Más adelante he sentido la misma embriaguez cada vez que he roto con alguien. No era de verdad yo misma más que mientras escapaba. No tengo más recuerdos buenos que los de huida o evasión. Pero la vida siempre volvía por sus fueros”.

En los dos últimos capítulos el narrador es Roland, “el moreno de la chaqueta de ante”, con quien Louki tiene una relación.  El final se intuye desde la primera página y sin embargo es impactante.
Hay varios temas fundamentales en la novela. El primero de ellos está precisamente en el título. Entre los 18 y los 25, los años en los que todo es posible, los años en que comienzan a dibujarse los contornos y marcan para el resto de la vida. La nostalgia por la juventud perdida está detrás de toda la novela y Louki es la metáfora de esa época idealizada que todos recuerdan. El tema se ve reforzado por el interés de Louki por las culturas orientales, y por su libro de cabecera, “Horizontes perdidos”, que recrea el mundo ideal en la ciudad de Shangri La situada en un valle perdido del Himalaya, donde la juventud es eterna y la gente es feliz. Aquí está otro de los temas de la novela. La utopía frente a la realidad. Louki huye de la realidad, intenta dejar atrás el pasado y busca refugio en la otra orilla del Sena, en Le Condé, en el lugar de los sueños, en la zona neutra. Pero el pasado siempre está ahí, porque como dice Javier Cercas, el pasado no existe, tan solo es una dimensión del presente.
Gran descubrimiento, Patrick Modiano.


Traducción de María Teresa Gallego Urrutia



sábado, 25 de febrero de 2017

Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías



Leo “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías. Como en toda su obra, las disgresiones son una constante, y el pensamiento de los protagonistas tiene más espacio y más peso que la propia trama. Forman parte de ella. De modo que el lector avanza lentamente. Y eso que la historia es muy poderosa en esta novela. Una mujer muere repentinamente en su cama cuando está con un amante, mientras su marido está en Londres y su hijo pequeño duerme en la habitación del al lado. Esto lo cuenta Víctor,  el hombre con el que Marta Téllez esta a punto de tener una aventura y la muerte se encarga de impedírselo. Es el narrador y el protagonista de la novela. Este hombre, este amante que no llega a serlo, escritor de guiones para televisión, se encuentra de repente con el cuerpo inerte de esa mujer a la que apenas conoce entre sus brazos.
Piensa Víctor  tras la muerte de Marta Téllez:
“Tantas cosas suceden sin que nadie se entere ni las recuerde. De casi nada hay registro, los pensamientos y movimientos fugaces, los planes y los deseos, la duda secreta, las ensoñaciones, la crueldad y el insulto, las palabras dichas y oídas y luego negadas o malentendidas y tergiversadas, las promesas hechas y no tenidas en cuenta, ni siquiera por aquellos a quienes se hicieron, todo se olvida o prescribe, cuando se hace a solas y no se anota y también casi todo lo que no es solitario sino en compañía, cuán poco va quedando de cada individuo, de qué poco hay constancia, y de ese poco que queda tanto se calla, y de lo que no se calla se recuerda después tan solo una mínima parte, y durante poco tiempo, la memoria individual no se transmite ni interesa al que la recibe que forja y tiene la suya propia […] No podemos estar más que en un sitio en cada momento, e incluso entonces a menudo ignoramos quienes nos estarán contemplando o pensando en nosotros, quién está a punto de marcar nuestro número, quién de escribirnos, quién de querernos o de buscarnos, quién de condenarnos o asesinarnos y así acabar con nuestros escasos y malvados días, quién de arrojarnos al revés del tiempo o a su negra espalda”.
El protagonista no sabe muy bien qué hacer ante la situación en la que el terrible azar lo ha colocado. No es fácil. En un primer momento decide desaparecer de la escena borrando sus huellas, pero poco a poco va surgiendo en él el deseo de conocer a la familia de la mujer que murió entre sus brazos. Lo que nos ofrece Marías no es el exterior, no es la superficie de una historia, sino que nos lleva literalmente al interior de la cabeza del protagonista para vivir la historia desde ahí.
Como ocurre en “Corazón tan blanco”, en los últimos capítulos la lectura se acelera y mis expectativas se ven superadas por la maestría del genio. Me recuerda en cierto modo a la literatura de Saramago. Lenta, pausada y reflexiva pero con una trama potente y un desenlace rápido y memorable. Durante toda la novela los personajes apenas se mueven y el final llega en un movimiento acelerado perfectamente orquestado.
 “Qué desgracia saber tu nombre aunque ya no conozca tu rostro mañana, los nombres no cambian y se quedan fijos en la memoria cuando se quedan, sin que nada ni nadie pueda arrancarlos. Mi cabeza está llena de nombres cuyos rostros he olvidado o son solo una mancha flotando en un paisaje, una calle, una casa, una edad o una pantalla”.
La muerte, la memoria, la verdad y  el azar se convierten en temas fundamentales de la novela y de las reflexiones del protagonista.
Lo que más me gusta de Javier Marías es que sus reflexiones tiene peso. Se puede disfrutar de cada frase, de cada párrafo, porque su prosa es una prosa con sustancia, con filosofía.
“Y cuán poco va quedando de cada individuo en el tiempo inútil como la nieve resbaladiza, de qué poco hay constancia, y de ese poco tanto se calla, y de lo que no se calla se recuerda después tan solo una mínima parte, y durante poco tiempo: mientras viajamos hacia nuestra difuminación lentamente para transitar tan solo por la espalda o el revés del tiempo, donde uno no puede seguir pensando ni se puede seguir despidiendo diciendo: “Adiós risas y adiós agravios. No os veré más, ni me veréis vosotros. Y adiós ardor, adiós recuerdos”.
Puro Shakespeare. Puro Javier Marías. 

jueves, 23 de febrero de 2017

El sendero de los nidos de araña, de Italo Calvino



1 de septiembre de 1939. El ejército alemán invade Polonia. Comienza la Segunda Guerra Mundial. En octubre, Italo Calvino cumplirá los dieciséis años. Vive con sus padres en la ciudad italiana de San Remo. Trata de continuar con sus estudios a pesar de la guerra y se traslada a Turín. Pero en 1943, los aliados desembarcan en Sicilia y pronto controlan el sur de Italia. Mussolini es derrocado tras un golpe palaciego y Hitler decide ocupar el norte de Italia y reponer de nuevo a su amigo en el poder. Se crea  la llamada República Social Italiana, un gobierno títere en manos de Hitler. Es éste gobierno el que llama a filas al joven Italo Calvino, quien no duda en desertar junto a su hermano. Su salida es unirse a las Brigadas Partisanas Garibaldi ligadas al Partido Comunista, un grupo de resistencia antifascista en la Italia ocupada por los nazis. En las ciudades ocupadas comienzan a surgir núcleos partisanos formados por pocas personas cuyo objetivo es llevar a cabo acciones de sabotaje contra los alemanes y contra los fascistas. Son los GAP, los Grupos de Acción Patriótica. De manera que durante dos años Italo Calvino es un joven partisano que empuña las armas contra el fascismo.

Italo Calvino tenía veintidós años cuando Italia fue liberada. Había vivido la experiencia de la guerra y quería ser escritor, de manera que se matriculó en Letras en la Universidad de Turín y entró en contacto con Césare Pavese.  Lo primero que salió de su pluma fue  “El sendero de los nidos de araña”. Se publicó en 1947. Señala Italo Calvino en el prefacio que escribió para la novela en 1964: “El haber salido de una experiencia  (guerra, guerra civil) que no había perdonado a nadie, establecía una comunicación entre el escritor y su público: nos encontrábamos cara a cara, cargados por igual de historias que contar; todos habíamos vivido la nuestra, todos habíamos vivido vidas irregulares, dramáticas, de aventuras, nos arrebatábamos la palabra de la boca. Al principio la renacida libertad de hablar fue para la gente furia que contar: en los trenes que volvían a circular, atestados de pasajeros y paquetes de harina y bidones de aceite, cada uno contaba a los desconocidos las vicisitudes que había atravesado, y lo mismo cada parroquiano en las mesas de las tabernas populares, cada mujer en las colas de las tiendas: la grisalla de la vida cotidiana parecía algo de otros tiempos. Nos movíamos en un multicolor universo de historia”.
Y sin embargo, “El sendero de los nidos de araña” no es una novela autobiográfica, aunque muchas situaciones estén sacadas de su experiencia vital como partisano. Italo Calvino quería mostrar la dureza de la guerra partisana de manera objetiva. Afirma que quería hacer una simbiosis entre “Por quién doblan las campanas” de Hemingway y “La isla del tesoro” de Stevenson. Y para eso creó a un niño de un barrio pobre de una ciudad italiana ocupada por los alemanes, a través del cual nos muestra ese episodio con mucha crudeza. Yo creo que le salió un Lazarillo de Tormes rodeado de barbarie.


El niño (no sabemos su edad pero debe rondar los ocho o nueve años) se llama Pin y la vida le obliga a rodearse de adultos. Es huérfano y vive con su hermana que ejerce la prostitución. Es un pícaro que se las sabe todas. “Pin no conoce bien la diferencia entre cuando hay guerra y cuando no la hay. Desde que nació le parece haber oído siempre hablar de la guerra, sólo los bombardeos y el toque de queda vinieron después”. Ha aprendido de los adultos en las calles del barrio y en la taberna, sin embargo no entiende el mundo de los adultos: “Pin sube por el carrugio (callejuela en gradas de los barrios pobres de las ciudades litorales del Golfo de Génova), casi oscuro ya; se siente solo y perdido en esa historia de sangre y cuerpos desnudos que es la vida de los hombres”. Este es el final del primer capítulo. Regresa a casa después de escuchar a los hombres en la taberna hablar de la guerra. Pin no entiende de política. Solo quiere ganarse la admiración de alguien, salir del desamparo, de la profunda soledad que lo rodea. Esto le lleva a robarle la pistola a un oficial alemán mientras está en el cuarto con su hermana para llevársela a un partisano del GAP. Pin sabe que los alemanes lo van a descubrir así que la esconde en un lugar de las afueras que sólo él conoce, el lugar donde anidan las arañas. Es el único sitio en el que Pin se encuentra a salvo. Es su lugar mágico. Cuando regresa a la ciudad lo atrapan, lo maltratan y lo encarcelan junto a otros presos políticos. Allí conoce a uno de los héroes partisanos, Lobo Rojo, con quien consigue escapar de la cárcel. Solo le queda una salida: unirse a los partisanos. Tras la huída llega al monte y se queda con una de las partidas de guerrilleros,  un grupo muy especial formado por el lumpen, es decir, pobres poco ideologizados que sin embargo luchan contra el fascismo. Giacinto, uno de los comisarios se dirige al grupo:”El comunismo es que entres en una casa donde estén tomando sopa y te den sopa, aunque seas estañador, y si se come pan dulce en Navidad, te den pan dulce. Eso es el comunismo. Por ejemplo, aquí estamos todos llenos de piojos, tantos que mientras dormimos nos movemos porque los piojos nos arrastran. Y yo fui al comando de brigada y vi que tenían polvo insecticida. Entonces dije: bonitos comunistas sois, de esto no nos mandáis al destacamento. Y ellos dijeron que nos mandarían polvo insecticida. Eso es comunismo. Los hombres lo han escuchado atentamente y aprueban: esas son la palabras que todos entienden bien”. Kim, el otro comisario es el contrapunto, es quien introduce el discurso ideológico, pero la hace en privado, a sabiendas de que nadie le va a entender. Es el único idealista. Piensa “Tal vez no haga cosas importantes, pero la historia está hecha de pequeños gestos anónimos, tal vez mañana moriré, quizás antes que ese alemán, pero todo lo que haga antes de morir y mi muerte misma serán trocitos de historia, y todo lo que pienso ahora influirá en mi historia de mañana, en la historia de mañana del género humano”.
 En el grupo todos son desgraciados y Pin encuentra un hueco entre ellos, con su descaro, sus chascarrillos, sus bromas y sus canciones. El Zurdo, el Trucha, el Primo, al Marqués, el Duque, Giglia, Piel, Zena el largo apodado Gorra-de-Madera . Todos deformados por el autor. No quiere héroes. No hay heroísmo en la guerra, ni siquiera en la lucha antifascista. Babeuf, fundador de comunismo primitivo, es el nombre del halcón del cocinero.
Todo lo vemos  a través de un narrador omnisciente que nunca se separa de Pin. Pin nunca empuña las armas, así que nunca contemplamos la batalla. Siempre en la retaguardia junto al Zurdo y a su esposa Giglia esperando a que regresen. La tensión va creciendo entre los guerrilleros. Y Giglia, se convierte en la excusa para que la tensión estalle. Ese es el argumento, la relación que hay entre ellos y cómo sobreviven en medio de las penalidades de la guerra, a la espera de que en cualquier momento lleguen los alemanes y acaben con todos. “El sueño de los resistentes son raros y cortos, sueños nacidos en la noche de hambre, ligados a la historia de la comida siempre escasa y que hay que compartir entre muchos: sueños de trozos de pan mordidos y luego guardados en un cajón. Los perros vagabundos han de tener sueños parecidos, de huesos roídos y escondidos bajo la tierra”.

Es una novela de personajes, de jergas, de paisajes, de situaciones y de denuncia social. Una novela realista, sin concesiones, que forma parte de esa corriente literaria y cinematográfica, el Neorrealismo, que se desarrolló en Italia tras la Segunda Guerra Mundial en oposición al historicismo maniqueo y simplón con final feliz impuesto por el fascismo desde la subida de Mussolini al poder en el año 1922. En esta novela no hay héroe sino antihéroe. Y por supuesto no hay un happy end como el que la censura franquista añadió al “Ladrón de bicicletas” de Vittorio De Sica.






viernes, 10 de febrero de 2017

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño



Comienzo a escribir sobre esta novela y me parece que voy a hacer algo absurdo. Es una obra tan grande que cualquier cosa que escriba sobre ella se va a quedar en menos que nada. Y sin embargo,  voy a escribir sobre este libro a sabiendas de que estoy haciendo algo absurdo. Hay que leer la novela. Y releerla hasta el fin de los días. Porque no se acaba nunca.

El inicio de “Los Detectives Salvajes” de Roberto Bolaño es el arranque hacia uno de los mejores viajes que la literatura me ha proporcionado. Es un viaje hacia el centro de la propia literatura.
El libro comienza así:
“2 de noviembre
He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.
3 de noviembre
No sé muy bien en qué consiste el realismo visceral. Tengo diecisiete años, me llamo Juan García Madero, estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tío insistió y al final acabé transigiendo. Soy huérfano. Seré abogado. Eso le dije a mi tío y a mi tía y luego me encerré en la habitación y lloré toda la noche. O al menos una buena parte. Después, con aparente resignación, entré en la gloriosa Facultad de Derecho, pero al cabo de un mes me inscribí en el taller de Poesía de Julio César Álamo, en la Facultad de Filosofía y letras, y de esa manera conocía a los real visceralistas o viscerrealistas o incluso vicerrealistas como a veces gusta llamarse”.

La estructura de la novela de Roberto Bolaño es absolutamente genial.
Consta de tres partes:
1.- Mexicanos perdidos en México (1975)
2.-Los Detectives Salvajes (1976-1996)
3.- Los desiertos de Sonora (1976)

La primera parte, “Mexicanos perdidos en México”, de unas 130 páginas, nos muestra el momento en que el joven Juan García Madero entra en contacto con Ulises Lima, Arturo Belano, María y Angélica Font, Piel Divina y otros escritores/poetas del una corriente literaria llamada realismo visceral que viven en México D.F.
 Lo hace a través de un diario que comienza el 2 de noviembre de 1975 y termina el 31 de diciembre de ese mismo año.
Juan García Madero es un joven que acaba de entrar la universidad y se relaciona con todos estos jóvenes escritores del extrarradio literario mexicano que intentan hacerse un hueco con sus publicaciones en una revista. Son la versión juvenil de Max Estrella, tocados por la enfermedad de las letras. Son críticos con Octavio Paz y en general con todo el establishment literario latinoamericano, con excepciones, como Nicanor Parra. Son artistas de los márgenes que dedican su tiempo a leer, conocer, inventar, innovar, escribir, publicar, a buscar en la inmensidad del océano de la literatura. Dos de ellos son los líderes del movimiento: Ulises Lima y Arturo Belano. Ellos son los detectives salvajes.
“14 de diciembre
A los real visceralistas nadie les da NADA. Ni becas ni espacios en sus revistas ni siquiera invitaciones para ir a presentaciones de libros o recitales.
Belano y Lima parecen dos fantasmas.
Si simón significa sí y nel significa no, ¿qué significa simonel?
Hoy no me siento muy bien”.

García Madero tiene talento. Y quiere ser escritor. Escribe en su diario: “Todo el día deprimido, pero escribiendo y leyendo como una locomotora”. Sus pasos lo llevan hasta los bares por los que pululan los real visceralistas, así como a las reuniones literarias en casa de las hermanas Font, cuyo padre es una especie de mecenas-protector de los jóvenes literatos y se encarga del diseño y la financiación de la revista. Sus hijas, María y Angélica, también escriben y tienen relación con el grupo, sobre todo con García Madero. En una de esas visitas García Madero pierde la virginidad con María. Es el momento en que es plenamente consciente de su vocación literaria.
En esta primera parte del libro, Juan García Madero descubre el amor, el sexo, la literatura, la amistad; descubre la vida desde el entusiasmo de sus diecisiete años.
“21 de diciembre.
Sin novedad. La vida parece haberse detenido. Todos los días hago el amor con Rosario. Cuando ella se va a trabajar, escribo y leo. Por la noche salgo a dar vueltas por los bares de Bucareli. A veces me paso por la Encrucijada y los meseros me atienden el primero. A las cuatro de la mañana vuelve Rosario (cuando termina el turno de noche) y comemos algo ligero en nuestro cuarto, generalmente cosas que ella trae preparadas del bar. Luego hacemos el amor hasta que se duerme y yo me pongo a escribir”.
La primera parte termina cuando Belano, Lima, García Madero y Lupe salen huyendo del México DF el día de Nochevieja. Y desaparecen.




En la segunda parte, la que da título al libro, García Madero sale de escena por completo, y los protagonistas son Ulises Lima y Arturo Belano. Alguien (aún no sabemos de quien se trata) los intenta encontrar e inicia una investigación entrevistando a personas que  coincidieron con ellos, de manera que vamos conociendo, a modo de documental, a los líderes de real visceralismo a través de las opiniones y la mirada de terceros, al tiempo que el autor va dibujando a los propios personajes entrevistados.
El entrevistador los busca y el lector va haciéndose una idea del paradero de Ulises Lima y Arturo Belano.
El autor de “Los detectives salvajes” nos tiene en ascuas todo el tiempo porque hay disgresiones en cada una de las intervenciones. También nos hace pensar que siguen en la clandestinidad tras las constantes alusiones a que ambos solían desaparecer un tiempo y luego regresaban con material ilícito para venderlo en las calles del D.F. Muchos de los entrevistados insinúan veladamente que les ha podido ocurrir algo grave. Algunos los aprecian, otros los odian. Nuestros héroes (sus nombres, Ulises y Arturo, no son casuales) aparecen como figuras poliédricas diseccionados por la mirada de los demás, de los otros. Por eso los vemos exteriormente completos.

Las entrevistas las agrupa el autor en capítulos y en cada capítulo varía el número de entrevistas (entre una y siete). Esta segunda parte tiene un total de 26 capítulos y en ellos se recogen las entrevistas que se van realizando a lo largo del tiempo y en diferentes lugares de México y Europa. Las entrevistas comienzan en 1976 y terminan 20 años después, en 1996, (¿casualmente?) año en que Roberto Bolaño comenzó a escribir la novela que publicaría dos años después.
Aparecen un total de 53 personajes y uno de los grandes logros de Bolaño es dar una voz propia y singularísima a cada una de ellos.

El primero de estos personajes es Amadeo Salvatierra, un escritor ya veterano al que visitan Ulises Lima y Arturo Belano una noche de enero de 1976, es decir, después de que se marcharan del D.F. Esa noche, bebieron una botella de mezcal “Los Suicidas”.
Dice Amadeo Salvatierra: “Ay, qué lástima que ya no hagan mezcal Los Suicidas, qué lástima que pase el tiempo, ¿verdad?, qué lástima que nos muramos y que nos hagamos viejos y que las cosas viejas se vayan alejando de nosotros al galope”.
Esta entrevista es fundamental en la novela y el lector lo va descubriendo poco a poco porque Roberto Bolaño la intercala a los largo de los siguientes capítulos junto con otras entrevistas, es decir, interrumpe la evolución cronológica en un continuo flashback  con la inserción de un fragmento de lo que aconteció esa noche. Lo que nos cuenta Amadeo Salvatierra tiene por tanto la clave de la novela, esto es la búsqueda por parte de Ulises Lima y Arturo Belano de la mujer que consideran fundadora del movimiento real visceralista, una poeta mexicana olvidada de la que nadie ha leído nada llamada Cesárea Tinajero. Dice Salvatierra: “Todo el mundo hablaba muy bien de ella o muy mal de ella, y sin embargo nadie la publicó”. Esa es la misión de Ulises Lima y Arturo Belano, ese es el objetivo de los detectives salvajes, encontrar a la escritora fundadora del real visceralismo, Cesárea Tinajero. 

De manera que el lector sigue la pista a los detectives literarios que a su vez siguen la pista de Cesárea Tinajero.  Y si el lector tiene buena memoria recordará que ya hay una alusión a esta búsqueda en el diario de García Madero cuando el 22 de diciembre entra en la librería de Rebeca Nadier:
“Pese a que en mi primera visita (escribe García Madero) ya había descartado esta librería como un objetivo apreciable, decidí entrar. No había nadie. Un aire viciado, dulzón, envolvía los libros y las estanterías. Sentí unas voces provenientes de la rebotica, por lo que deduje que la ciega se hallaba enfrascada en algún negocio. Decidí esperar hojeando viejos libros […] Pronto me cansé y tomé asiento en una sillita de mimbre. Me acababa de sentar cuando oí un grito. Lo primero que pensé fue que estaban asaltando a Rebeca Nadier, y sin meditar lo que hacía me lancé hacia el interior de la librería. Tras la puerta me esperaba una sorpresa. Ulises Lima y Arturo Belano examinaban sobre una mesa un viejo catálogo y al irrumpir yo en la habitación levantaron las cabezas y por primera vez los vi sorprendidos de verdad. Junto a ellos, doña Rebeca miraba al cielorraso en una actitud pensativa o evocadora. No le había pasado nada. Fue ella la que gritó, pero su grito no fue de miedo sino de sorpresa”. En esta escena puramente detectivesca queda claro  que en el catálogo buscan alguna obra de Cesárea Tinajero. Lo que no queda tan claro es el motivo del grito de doña Rebeca.

El lector continúa con la retahíla de entrevistas y va conociendo a los personajes entrevistados al tiempo que olvida el fondo de la trama y se centra en lo que estos cuentan sobre su vida, o lo que opinan sobre cuestiones políticas o literarias. En este sentido, esta parte se convierte en una especie de novela coral en la que los secundarios tapan a los protagonistas. Además de Amadeo Salvatierra, aparecen Perla Avilés, Laura Jaúregui, Fabio Ernesto Logiacomo, Luis Sebastián Rosado, Alberto Moore, Carlos Monsivais, Piel Divina, Angélica Font, Manuel Moples Arce, Bárbara Paterson, Joaquín Font, Jacinto Requena, María Font, Auxilio Lacouture, Joaquín Vázquez Amaral, Lisandro Morales, Rafael Barrio, Felipe Müller, Simone Darrieux, Hipólito Garcés, Roberto Rosas, Sofía Pellegrini, Michel Bolteau, Mary Watson, Alain Lebert, Norman Bolzman, Herminito Künst, José Zepilote Colina, Verónica Volkow, Alfonso Pérez Comarga, Hugo Montero, Xochilt García, Andrés Ramírez, Abel Romero, Edith Oster, Xosé lendoiro, Daniel Grossman, Susans Puig, Guillem Pina, Jaume Planells, Iñaki Echavarne, Aurelio Baca, Pere Ordóñez, Julio Martínez Moraleja, Pablo del Valle, Marco Antonio Palacios, Hernando García León, Pelayo Barrendoaín, Clara Cabeza, Maria Teresa Salsona Robot, Jacobo Urenda y Ernesto García Grajales. A través de todos ellos conocemos retazos de los avatares de Ulises Lima y Arturo Belano en los años que van desde 1976 a 1996. Sus viajes, su investigación, su separación, la llegada de Belano a Barcelona, sus intentos por sobrevivir, su amor por la literatura.

Esta segunda parte es una verdadera obra de ingeniería literaria en la que además de la búsqueda de nuestros detectives salvajes, Roberto Bolaño introduce relatos a través de los personajes que son totalmente ajenos a la trama principal. Es un libro de libros, una historia llena de historias, como la que narra Xosé Lendoiro, un abogado con ínfulas de poeta y amante del mundo clásico (muchas de las frases que utiliza son latinajos) que decide dejarlo todo para viajar, escribir y publicar una revista. En uno de sus viajes en caravana llega a Galicia y allí le acontece una historia novelesca. Un niño ha caído en una grieta. Todos dicen que allí vive el diablo. Incluso uno de los que ha bajado con una cuerda avisa para que lo suban rápidamente porque ha visto al mismísimo diablo. Es entonces cuando el vigilante de un camping cercano se presta a bajar a la sima para rescatar al niño, cosa que logra, demostrando que el diablo estaba solo en la imaginación de la gente.  “Y el vigilante al que llamaban El Chileno, pues esa era su nacionalidad también descendía de esforzados gallegos, y su apellido Belano, también lo indicaba” Así es como Xosé Lendoiro conoce a nuestro héroe real visceralista en octubre de 1992. Y lo mejor de todo es que el  autor da una nueva vuelta de tuerca a este relato pues la historia del niño que se cae en la grieta es en realidad un cuento de Pío Baroja titulado “La sima” que Lendoiro había leído de niño, de modo que Arturo Belano se convierte en héroe del cuento de Baroja en la mente de Xosé Lendoiro. ¿Quién da más?

Esto es sólo la punta del iceberg de la colosal obra de Roberto Bolaño. Incluso se atreve a rescatar personajes para novelas posteriores como es el caso de Auxilio Lacouture, que es la protagonista de la novela "Amuleto", publicada un año después, quien se queda escondida en los baños de la Universidad Autónoma de México cuando el ejército toma el campus para acabar con las protestas estudiantiles en 1968. Este es el genial monólogo interior que tiene Auxilio Lacouture en ese momento:
“Estoy en el lavabo de mujeres de la Facultad y puedo ver el futuro, decía yo con voz de soprano y como si me hiciera de rogar. Ya lo sé, decía la voz del sueño, tu empezá con las profecías que yo las anoto. Las voces, decía yo con voz de barítono, no anotan nada, las voces ni siquiera escuchan. Las voces sólo hablan. Te equivocas, pero es igual, tú di lo que tengas que decir y procura decirlo fuerte y claro. Entonces yo tomaba aliento, dudaba, ponía la mente en blanco y finalmente decía: mis profecías son estas:
Vladimir Maiakovski volverá a estar de moda allá por el año 2150. James Joyce se reencarnará en un niño chino en el año 2124. Thomas Mann se convertirá en un farmacéutico ecuatoriano en el año 2101 [...] Virginia Woolf se reencarnará en una narradora argentina en el año 2076. Louis Ferdinand Celine entrará en el año 2094. Paul Eluard será un poeta de masas en el año 2101. César Vallejo será leído en los túneles del año 2045 [...] Franz Kafka volverá a ser leído en todos los túneles de Latinoamérica en el año 2101. Carson McCullers seguirá siendo leída en el año 2100. El caso de Antón Chejov será un poco distinto: se reencarnará en el año 2003, se reencarnará en el año 2010, se reencarnará en el año 2014. Finalmente volverá a aparecer en el año 2081. Y ya nunca más”.

Es impresionante como Roberto Bolaño logra mover al lector por este intrincado laberinto de lugares y personajes, siempre detrás de los héroes del real visceralismo.
Y siempre detrás de Cesárea Tinajero.
Casi al final de la segunda parte, termina la intervención de Amadeo Salvatierra y éste enseña a Belano y a Lima una revista con el único poema conocido de Cesárea Tinajero:
“¿El poema de Casárea Tinajero?Lo había visto cuando tenía siete años ¿Y lo entendía?¿Sabía lo que significaba? Porque debía significar algo, ¿no? Y los muchachos me miraron y dijeron que no Amadeo, un poema no necesariamente significaba algo, excepto que era un poema, aunque éste, el de Cesárea, en principio ni eso. Así que les dije, déjenme véanlo y extendí la mano como quien pide limosna y ellos pusieron el único número de la revista Caborga que quedaba en el mundo entre mis dedos acalambrados. Y vi el poema que había visto tantas veces:
-------------------------------------------------------------
Y les pregunté a los muchachos, les dije, muchachos, yo llevo más de cuarenta años mirándolo y nuca he entendido una chingada. Eso es la verdad. Para qué voy a mentirles. Y ellos dijeron, es una broma, Amadeo, el poema es una broma que encubre algo muy serio. ¿Pero qué significa?, dije. Déjanos pensar un poco, Amadeo, dijeron…”
Dejo el misterioso poema de Cesárea Tinajero para los lectores de la novela.

Al final de esta segunda parte al fin nos enteramos de quien es el autor de las entrevistas. Y lo hacemos gracias a la intervención de Andrés Ramírez, un chileno que llegó de polizonte en un barco a España y tiene el don de ver números, de modo que jugó a la quiniela dos veces y acertó, lo que le permitió abrir varios bares en Barcelona y prosperar. Es precisamente el friegaplatos del local “El cuerno de oro”, el autor de las entrevistas, el detective que persigue a los detectives salvajes, quien antes de ser despedido, asoma la cabeza para que lo veamos. El friegaplatos es... ¡Arturo Belano!.
 Es él, el propio Belano quien se ha ocupado a lo largo de veinte años de rastrear y narrar su propia historia y la de su amigo Ulises Lima a través de terceros. ¿Cómo lo hizo para que no lo reconocieran? No lo sabemos. Tal vez se disfrazó de otro para buscarse a sí mismo. Tal vez tiró de memoria e imaginación para contarnos tan asombrosa historia.

Termina la segunda parte y sonreímos porque sabemos que estamos leyendo algo grande. Pero no ha terminado la novela. Todavía nos falta el  por qué del peregrinar de Ulises Lima y Arturo Belano por el mundo. Y en la tercera parte titulada “Los desiertos de Sonora”, encontramos la respuesta. De repente regresamos al 1 de enero de 1976 y al diario de Juan García Madero, ya olvidado cuatrocientas dieciséis páginas atrás. Ahí vemos cómo Lima, Belano, Lupe y el propio García Madero se dirigen en el Impala de Quim Font hacia al norte de México, hacia el desierto de Sonora, lugar mítico de Bolaño, hacia la ciudad de Santa Teresa que no es otra que Ciudad Juárez, ciudad fronteriza marcada por la violencia y el narcotráfico. Y se dirigen allí en busca de Cesárea Tinajero después de que Amadeo Salvatierra les enseñara el poema de la revista Caborca.
Durante el viaje juegan con la literatura. García Madero pregunta y el resto responde:
“Y luego les pregunté si sabían qué era un gliconio (que es un verso de mátrica cásica que se puede definir como una tetrapodia logaédica catalética in syllabam), y un hemíepes (que, en la métrica griega, es el primer miembro del hexámetro dactílico), o un fonosimbolismo (que es la significación autónoma que pueden asumir los elementos fónicos de una palabra o verso). Y Belano y Lima no supieron ni una sola respuesta, no digamos Lupe…”
Llagan a Santa Teresa y Lima y Belano investigan en archivos y bibliotecas y preguntan a gente por Cesárea Tinajero quien, si todavía vive, debe rondar los setenta años. Mientras, García Madero se dedica a leer, a escribir y a coger con Lupe.
Y al final, se cierra el círculo. Y es un círculo perfecto el que dibuja Roberto Bolaño.

Desde el primer momento el lector comienza a sospechar a cerca de la identidad de Arturo Belano, nombre que se acerca sospechosamente al de propio autor. Y comienzan las coincidencias. Roberto Bolaño es chileno, estuvo en México y terminó en España ganándose la vida como friegaplatos o como vigilante de un camping  mientras escribía, vivió en la calle Tallers de Barcelona...
Y esas coincidencias se hacen más visibles cuando hay fragmentos de la realidad trasladados a la ficción. Esto nos da la clave para saber quién es el inspirador de Ulises Lima, que no es otro que el poeta mexicano Mario Santiago, de quien en una entrevista dice Bolaño:
“Mario Santiago fue mi mejor amigo. Mi mejor amigo, de lejos. Un ser extrañísimo. En realidad Mario Santiago parecía haber bajado de un OVNI hacía un par de días. Y tenía cosas tan extrañas como meterse en la ducha y segur leyendo. Entonces se metía en la ducha y con la mano mantenía el libro así. Y lo peor es que eran mis libros. Yo veía siempre mis libros mojados y no sabía qué había ocurrido. Yo decía, ¿es que ha llovido en México?, hasta que una vez lo sorprendí leyendo en la ducha”. Esta anécdota aparece narrada por Simone Darrieux en la segunda parte de la novela hablando de Ulises Lima. “¿Lees en la ducha!¿Te has vuelto loco?, y él dijo que no lo podía evitar, que además sólo leía poesía…”
Mario Santiago nunca llegó a leer la novela de su amigo Roberto Bolaño. Murió en México D.F. tras un atropello el 7 de enero de 1998.


“Los detectives salvajes” fue la primera novela que leí de Roberto Bolaño. Después de leerla nada volvió a ser igual. Esta novela llegó a mis manos gracias a mi amigo José Juan, que tras una noche de mezcal y literatura, terminó subiendo a casa a por ella para regalármela. Estaba amaneciendo  y los detectives salvajes me acompañaron el resto del camino. Me siguen acompañando.






martes, 31 de enero de 2017

Las rutas del nómada, de Cristina Morano




Hace  años busqué este libro por todas las librerías de la ciudad. Imposible. Estaba agotado y descatalogado. No recuerdo quien me habló de él, ni por qué lo saqué prestado de la biblioteca pública. Solo recuerdo que nada más leer los cinco primeros poemas decidí que aquel libro tenía que ser mío. Una pequeña obra de arte. Pequeña porque tan solo recogía veintitrés poemas que Cristina Morano había escrito entre 1994 y 1998. Era poesía sin concesiones, impactante, desesperanzada, libre de cualquier sentimentalismo al uso de esos que a veces la endulzan hasta hacerla insoportable.
Entonces hice lo que nunca se debe hacer. Pasé el libro de la biblioteca por la fotocopiadora. Salieron de la máquina trece páginas a doble cara, páginas que releí, subrayé y anoté muchas veces hasta que, finalmente, quedaron guardadas en una carpeta y colocadas en su lugar correspondiente de la estantería. Habían adquirido la condición de libro de hecho. Tiempo después, se unieron a la clandestinidad de estas tristes hojas, otros poemarios de la autora, como “El pan y la leche”, “El ritual de lo habitual”  y “Cambio climático”, que entraron en la estantería, esta vez sí, con todas las de la ley. 
Hace unos días, mientras vagabundeaba por la Librería La Candela, mi mirada se centró en un librito sin título en el lomo. Lo saqué del estante por curiosidad. Y ahí estaba,“Las rutas del nómada” de Cristina Morano. Quince años después. Impecable, como si el anterior propietario nunca lo hubiera abierto para comprobar  qué había dentro. Lo abrí con cuidado, y me encontré con este poema. Como llegado de otra vida.

"El cielo es rojo todas las mañanas,
cuando los estudiantes vienen a vomitar
a los lavabos de sus novias,
cuando los niños de la calle Santa Rita
aprenden a distinguir los policías
de los camellos, por un guiño
del ojo o por un pliegue de la ropa.

Pero antes de este amanecer que pone
en guardia a los insectos y a los taxis,
los padres han dormido ajenos
al llanto de sus hijos,
han salido los yonkis  a la calle
a dar tirones en los bolsos
y los locos han apuntado en su diario
que tenían los ojos verdes.
Incluso tú
Te has despertado en plena noche,
te has detenido a dos segundos
de cualquier tipo de suicidio
-seguro de que todo continúa
exactamente igual después de muerto-;
has comprobado que esta noche,
los grifos no funcionan,
y has bebido ginebra pura
como si fuera agua;

te has quemado
la garganta y tu voz no ha sido
la misma desde entonces".


 “Las rutas del nómada” se vino a casa.
Contento de tenerlo por fin, lo coloqué en en estante. Lo observé durante un buen rato.
Saqué las fotocopias de la carpeta y antes de tirarlas a la basura, les eché el último vistazo.
Comencé a leer:


"En 1994 espero ir al cielo
porque he estado demasiado tiempo
en el paro. Me levanto muy temprano,
me seco con toallas sucias,
se ha caído el vaso al suelo
y él me ha llamado zorra.

Sólo me quedaba un amigo,
tranquilamente sentado delante del televisor,
tenía metadona y pasteles en su nevera.
Compró cigarrillos con mi dinero,
después me dejó en la calle.
Me echaron del trabajo,
otra vez estoy fuera del sistema.
Si me ves por ahí y quieres estar conmigo
sólo tienes que invitarme a comer algo
pero si vas a besarme,
procura que tus labios no estén fríos,
puede ser la última vez que me veas
-esto fue lo que aprendí.

Realmente he estado tanto tiempo en el paro,
que en 1994 espero ir al cielo,
y pasarme las horas dormida
como las pasan los ángeles de dios,
cuando se chutan el caballo".


Las fotocopias volvieron al lugar que tanto tiempo habían ocupado.




                                           Cristina Morano en "El ritual de lo habitual"