viernes, 19 de enero de 2018

Mi oído en su corazón, de Hanif Kureishi




Descubrí a Hanif Kureishi hace unos años por puro azar. Fue en la biblioteca Ramón Alonso Luzzy de Cartagena. No recuerdo muy bien cómo fui a parar allí. Imagino que tendría que hacer tiempo o querría refugiarme del ferragosto cartagenero. Lo que sí recuerdo es que saqué de un estante un libro de relatos titulado Siempre es medianoche de un autor que desconocía llamado Hanif Kureishi. Tan sólo leí el primero y  fue suficiente para que su nombre quedara grabado en mi memoria. Tiempo después me hice con su novela La última palabra. El tema me atraía pues narraba la historia de Harry, un joven escritor a quien una editorial encarga la biografía de Mamoon, otro escritor de origen indio ya consagrado pero en momentos bajos. La novela me gustó, pero no tanto como el cuento, tal vez porque no logré captar el tono humorístico de Kureishi. Pensé leer El buda de los suburbios, su primera y celebrada novela, pero se cruzó en mi camino Mi oído en su corazón, un libro que me reconcilia con aquel Hanif Kureishi que descubrí en la biblioteca de Cartagena.

Mi oído en su corazón es un original relato autobiográfico en el que el escritor inglés de origen paquistaní explora su identidad y la de su familia a través del descubrimiento y la lectura de una novela inédita de su padre titulada Una adolescencia india. Shanoo, el padre de Kureishi fue un escritor que jamás llegó a publicar nada, sin embargo, la escritura fue una actividad fundamental en su vida. «Mi padre, con su constancia al escribir y su voluntad de ser publicado, al menos mantenía viva cierta forma de expresión. Puede que papá fuera un fracaso en el colegio, igual que yo, pero se tomó la lectura en serio; sabía desenvolverse en literatura, política y deporte. Y, a pesar de su voluntad de participar, siempre encontraba tiempo para escribir, y así demostrar su singularidad. El rechazo de sus libros a manos de diversos editores constituía una parte de su vida. Enviaba los originales y se los devolvían; los reescribía y se los devolvían otra vez. Esperanza, desesperación, renovación» (p.94)
Su gran logro fue que su hijo consiguiera vivir de la escritura. «Mi padre me dio lo que quería para sí mismo, y eso era mucho: para empezar los estudios de los que él careció. Si yo he llegado a interesarme por algo ha sido a través de lo que había en su cabeza, junto con las visitas diarias a la biblioteca que hacía con mi madre» (p.209).

Hanif Kureishi redescubre a su padre a través de la lectura de esa novela. En ella encuentra al hombre, despojado de su condición de padre, con sus anhelos y sus frustraciones. La novela del padre, a quien confronta con su tío Omar (periodista y escritor de éxito en Paquistán), sirve de punto de partida para la reconstrucción de la vida de la familia Kureishi y de los últimos años de La India como colonia británica y su posterior partición del país (y de la familia).




En la segunda parte del libro, el autor de El buda de los suburbios se centra en su propia vida, en su infancia y en su adolescencia: «Los inviernos eran tremendamente fríos: mi madre se levantaba temprano para encender el fuego de carbón, y todos nos apretujábamos en el único cuatro caliente de la casa, para ver en la tele entrevistas, adaptaciones de Dickens y películas de Charlie Chaplin y Laurel y Hardy. Por la noche, la cama estaba helada; nuestra madre nos daba una bolsa de agua caliente y una manzana; los dedos se me quedaban pegados en los forros de plástico de los libros de la biblioteca. Por la mañana en el camino de la escuela había niebla» (p.90).
Hanif Kureishi vive en las afueras de Londres, en los suburbios. Corre el año 1970. Con 16 años los profesores lo invitan a dejar el colegio, porque a los «hippies, mods, skinheads o roqueros no los necesitaban en el bachillerato» (p.140). De modo que decide presentarse al examen para entrar en la escuela de arte, donde «el olor a hachís estaba por todas partes, venían a tocar grupos de Londres, y hacían lecturas poetas como Brian Patten y Roger McGouth. Incluso podías ir a ver La naranja mecánica en el Astoria de High Street, Bromley o largarte hasta el ICA a ver películas de Godard. Los Sex Pistols tocaron en la escuela en 1976…» (p.144)
En la escuela de arte entra en contacto con el teatro, que sería su trampolín hacia la escritura, y lee a Henry Miller, Jack Kerouac o Charles Bukowsky. Ahí regresa su interés por aprender y entra en el King’s College para estudiar filosofía, donde conoce a dos compañeros con los que toma LSD o hachís mientras escucha los Stones, los Beatles o a Sex Pistols. «Crecí con el deporte, y más tarde con el pop, de manera que Lennon, Dylan, Jagger y Hendrix eran mis ideales masculinos» (p.152)

En esta segunda parte habla de su identidad (la del hijo de un paquistaní y una inglesa), de la religión, del racismo y del sus inicios como escritor de teatro y de guiones de cine. También del descubrimiento de Philip Roth, un autor con el que se podía identificar que había escrito una novela autobiográfica titulada El Lamento de Portnoy. Es precisamente Roth quien, tras leer el primer capítulo de El buda de los suburbios, recomienda a Kureishi que siga escribiendo. De este modo el padre ve cómo su hijo se convierte en escritor de éxito. 
El padre de Kureishi murió en 1991, y fue años después cuando el autor encontró un carpeta verde que contenía los escritos del padre. En realidad Mi oído en su corazón es todo un homenaje al padre. «Por fin mi padre ha obtenido de mí lo que quería cuando se sentaba a escribir cada mañana: sus relatos han sido leídos, desmenuzados, vividos, se han convertido en tema de conversación. Ha resultado que al volver a contarlos yo, tenían más significado que lo que él creía. Se hubiera sorprendido y molestado, asombrado incluso, por lo que sus obras se han modificado en mi cabeza, por el escaso dominio que que tiene sobre el destino de sus palabras, aun cuando ofrezca su lado de la historia. Pero ése es el destino de cualquier forma de expresión y lo que les pasa a los padres cuando aparecen en los mitos de sus hijos» (p.206).
Mi oído en su corazón de Hanif Kureishi ha sido una gran lectura.


Traducción de Fernando González Corugedo





miércoles, 17 de enero de 2018

II Edición Nos gustan los clásicos



El año pasado participé en la primera edición del reto Nos gustan los clásicos, organizado por el blog Un lector indiscreto. Este año vuelvo a la carga porque me doy cuenta de que cada vez miro más al pasado a la hora de buscar autores y obras. Hace unos días, como propósito para este nuevo año (cosa que no suelo hacer), me dio por sacar de la estantería unos cuantos libros para su posible lectura. La inmensa mayoría pertenecían a autores ya fallecidos. Ahí estaban, mirando desde el otro lado, los Nabokov, Goethe, Kafka, Clarín, Dostoyevski, Zweig, Sterne, Twain, Steinbeck, Delibes, Austen, Tolstoi, Balzac, Mann, Laforet, Cervantes, Bradbury, Joyce, Hemingway, Faulkner, Galdós, Brontë, Baroja... 
Seguramente, muchos de estos nombres quedarán postergados para el año siguiente (o para el siguiente) y tal vez, otros que aquí no son nombrados ocuparán su lugar. Así de caprichosa (y fantástica) es la lectura.

miércoles, 10 de enero de 2018

Al este del Edén, de John Steinbeck


«Hay libros que resisten un día y son buenos.
Hay otros que resisten un año y son mejores.
Hay libros que resisten muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que resisten toda la vida. Esos son los imprescindibles».

Estos versos modificados de Bertolt Brecht que tantas veces he escuchado a Silvio Rodríguez son los primeros que me vienen a la mente nada más terminar de leer Al este del Edén de John Steinbeck.

Cuando me propuse participar en el Mes de la novela clásica no tenía elegido el libro que iba a leer, hasta que Gerardo Vázquez, autor del blog Varado en la llanura, me recomendó Al este del Edén, un libro que no estaba en mi estantería mental. Tampoco había visto la famosa película de Elia Kazan y no sabía absolutamente nada de la trama. Esa misma tarde encontré una edición de segunda mano más que aceptable en El Bazar del TBO. Me sorprendió su extensión, más de setecientas páginas que podían jugarme una mala pasada si la cosa no empezaba bien. Cuando llevaba veinte leídas, supe que iba a disfrutar del libro. Y así ha sido.

Al este del Edén es la última de las grandes obras de John Steinbeck. Se publicó en 1952 y el propio autor la consideró su mejor novela, la más completa. Diez años después, en plena Guerra fría y con JFK como presidente, Steinbeck recibió el premio Nobel de Literatura. Muchos críticos estadounidenses consideraron que la Academia sueca se había equivocado porque su literatura, realista y crítica, no estaba de moda por aquellos años. La Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial eran cosa del pasado. Llegaba la Edad Dorada del sistema capitalista y era necesario pasar página.
John Steinbeck, que además de un enorme escritor era un gran tipo, dio la razón a los críticos. Yo no se la doy.




Steinbeck toma el título de un pasaje del  Génesis que reproduce en la novela: “Puso, pues, Jehová a Caín una señal, para que nadie que lo encontrase lo matara. Caín, alejándose de la presencia del Señor, habitó la región de Nod, al este del Edén” (p.330). Queda claro el trasfondo.

La trama se desarrolla en Salinas, California, entre el final de la Guerra de Secesión estadounidense y el inicio de la Primera Guerra Mundial. A lo largo de cincuenta y cinco capítulos, muestra la historia de dos familias, los Trask y los Hamilton. El personaje fundamental es Adam Trask y el argumento gira en torno a su vida. El autor relata su infancia, su relación con su padre y sobre todo con su hermano Charles. Más tarde con su esposa Cathy, con sus hijos, Aaron y Caleb, con su criado Lee, y con sus vecinos, Samuel Hamilton y los hijos de éste, Will, Tom, Dessie y Olive. Precisamente en casa de Olive encontramos al narrador, que no es otro que el propio John Steinbeck, un narrador  testigo que aparece en un varias ocasiones introduciendo elementos autobiográficos. Su abuelo se llamaba Samuel Hamilton y su madre Olive, maestra de escuela en Salinas, precisamente el lugar en el que creció el autor. No sabemos cuánto de realidad hay en la novela pero el narrador testigo que narra en tercera persona da verosimilitud a la historia. Lo vemos poco pero a veces es capaz de asomarse para reflexionar sobre los temas clave de la novela. Éste es uno de esos momentos en los Steinbeck aparece:
«Los humanos están atrapados—en sus vidas, en sus pensamientos, en sus anhelos y ambiciones, en su avaricia y crueldad, y también en su bondad y generosidad— en una red entretejida de bien y de mal. Yo creo que ésta es nuestra única historia y que tiene lugar en todos los niveles del sentimiento y de la inteligencia. La virtud y el vicio forman la urdimbre y la trama de nuestra primera codicia, y serán también la factoría de la última, y ello a pesar de los cambios que podamos imponer en las tierras, ríos y montañas; en la economía y en las costumbres. No hay otra historia. Un hombre después de barrer el polvo y las astillas de su vida, tiene que enfrentarse tan solo con estas duras y escuetas preguntas. ¿Fue mi vida mala o buena? ¿He hecho bien o mal?» (p.510)

En éste fragmento aparece el tema central de la novela: el bien y el mal, el pecado, la culpa, la codicia, la virtud o el vicio. Los personajes están perfilados con estos atributos pero el autor introduce un matiz fundamental, ¿La vida está predestinada o existe libertad en ser humano para cambiar su destino?.
La pregunta es motivo de conversación entre Samuel, Adam y Lee, los tres grandes protagonistas (¡grandes filósofos!), en los capítulos 22 y 24. En esta conversación Lee, el criado chino de Adam, que resulta ser un erudito cuyo sueño es montar una librería, piensa sobre el por qué del asesinato de Abel a manos de su hermano Caín y el posterior castigo de Dios. Lee pide ayuda a un grupo de sabios chinos que (¡tras aprender hebreo!)  llegan a la conclusión de que Timshel, una de las palabras del relato bíblico,  significa «tú podrás dominar el pecado». De modo que Timshel responde a la pregunta y se convierte en palabra clave de la novela.

Steinbeck confronta a dos personajes antagónicos: Adam y Cathy.  Encarnan el bien y el mal respectivamente. En ambos su conducta es innata, y ninguna circunstancia podrá cambiarla. Adam es un buen hombre hasta el fin de sus días a pesar de las dificultades que se encuentra en el camino. Cathy / Kate es un personaje cruel que vive con la necesidad de sembrar dolor allí por donde pasa. Es la encarnación del mal y del pecado, en el sentido cristiano de la palabra.  El bien y mal también aparecen reflejados en relación entre hermanos, muy importante a lo largo de la obra. La historia de Caín y Abel se reinterpreta en la figura de Charles y Adam, de Caleb y su hermano Aarón o de Tom y su hermana Dessie.

Steinbeck no desaprovecha la ocasión para hacer denuncia de las injusticias que sufren  vagabundos o inmigrantes (se centra en la comunidad china) que son utilizados como mano de obra esclava por autoridades o por empresarios sin escrúpulos en Estados Unidos. O en denunciar la hipocresía de la sociedad norteamericana respecto al juego, al alcohol o a la prostitución. En ocasiones se recrea con la geografía (describe los paisajes americanos con detalle) o la historia del país (desde la colonización española de California, pasando por la Guerra de Secesión hasta la Primera Guerra Mundial) , o nos muestra cómo el país está sufriendo una transformación trascendental con la implantación de los avances de la industrialización como la electricidad, la cocina de gas, el frigorífico, el teléfono, la máquina de escribir, el gramófono o el automóvil: «Como en los tiempos bíblicos, en aquellos días aún se producían milagros sobre la faz de la tierra. Una semana después de la lección, un Ford subía dando saltos por la calle mayor de King City y se detenía con una sacudida ante la oficina de correos. Adam llevaba el volante, con Lee a su lado» (p. 457).

Ha sido una lectura estupenda que me ha llevado a habitar con unos personajes que seguramente permanecerán en mi memoria durante mucho tiempo. Me quedo con Lee, el criado filósofo de Adam, y con su esposa Cathy-Kate, la malvada con cara de ángel que parece no haber roto un plato.  Por supuesto, con Samuel Hamilton, trabajador y pensador, cuya energía vital transmite a todos los que le rodean. 
Creo que Al este del Edén de John Steinbeck es uno de esos raros libros que resisten al paso del tiempo. Imprescindible.



 Traducción de Vicente de Artadi






jueves, 28 de diciembre de 2017

Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg




Termino de leer el libro de Natalia Ginzburg titulado Las pequeñas virtudes. Es un libro que reúne once ensayos que fueron publicados en revistas y periódicos entre los años 1944 y 1961, los cuales fueron recopilados por primera vez en 1962 y reeditados posteriormente en 1983. Esta última edición es la que publicó la editorial Acantilado en 2002.

Natalia Levi, nació en Palermo en 1916. A su familia, laica y de orígenes judíos, le tocó sufrir el fascismo, implantado en Italia desde que Mussolini se hiciera con el poder en 1922. En el año 1938 se casó con el intelectual antifascista, Leone Ginzburg, cofundador de la editorial Einaudi. Tuvieron tres hijos, Carlo, Andrea y Alessandra. Para ellos está escrito Las pequeñas virtudes, último de los ensayos publicados en el libro. En 1940 la familia fue desterrada a  Pizzoli, un pequeño pueblo de la región montañosa de los Abruzos, donde permanecieron hasta 1943, año en que los aliados liberaron Roma. Meses después, la Alemania Nazi la volvió a ocupar y su marido fue detenido por la Gestapo y torturado hasta la muerte. El mundo de Natalia Ginzburg se vino abajo. 
Tras la guerra, se dedicó en cuerpo y alma a la escritura. Fue traductora y escribió teatro, ensayo y novela. Pero sus escritos, cercanos, íntimos y autobiográficos, no tuvieron el éxito y el reconocimiento que sí tuvieron los de coetáneos varones como Italo Calvino o Cesare Pavese. Natalia Ginzburg siempre estuvo detrás de ellos, y su obra fue considerada una obra menor porque sus temas de reflexión no eran tan sociales, tan lejanos o tan teóricos. Sin embargo, la profundidad y la calidad de sus escritos fueron abriéndose paso en un mundo en el que la cotidianidad y la cercanía fueron ganando peso, en el que la literatura y el pensamiento dejó de ser terreno exclusivo de hombres. El tiempo ha colocado a Natalia Ginzburg en el lugar que le corresponde, a la altura de los Calvino, Pavese o Eco. Pasa el tiempo y su figura no deja de crecer.



El primero de los artículos se titula Invierno en los Abruzzos. En él, la escritora italiana rememora el confinamiento al que fueron castigados por el régimen fascista.
«Cuando comenzaba a caer la nieve, una lenta tristeza se apoderaba de nosotros. Lo nuestro era un exilio: nuestra ciudad estaba lejos, y lejos estaban los libros. Los amigos, las vicisitudes varias y cambiantes de una verdadera existencia. Encendíamos nuestra estufa verde, con el largo tubo que atravesaba el techo; nos reuníamos en la habitación donde estaba la estufa, y cocinábamos y comíamos; mi marido escribía sentado a la gran mesa ovalada, los niños sembraban el suelo de juguetes» (p.14).
A la postre ese exilio se convertiría en uno de las épocas más añoradas por Natalia Ginzburg porque sus sueños se rompieron tras la muerte de su marido.
«Entonces yo tenía fe en un porvenir fácil y alegre, lleno de deseos satisfechos, de experiencias y empresas comunes. Pero aquella fue la mejor época de mi vida, y sólo ahora que ha pasado para siempre, solo ahora, lo sé» (p 20).

El segundo de los ensayos titulado Amistad lo dedica al recuerdo de su gran amigo, el escritor Cesare Pavese. Sabemos que se trata de él aunque su nombre no lo mencione. Lo escribió en 1957, siete años después del suicidio del escritor en Turín.
«Decía que conocía tan a fondo su arte que ya no le ofrecía ningún secreto y, como no le ofrecía ningún secreto, ya no le interesaba. Nos decía que ni siquiera nosotros, sus amigos, teníamos ya secretos para él y que lo aburríamos infinitamente; y nosotros, mortificados porque loa aburríamos, no lográbamos decirle que veíamos claramente que se equivocaba: en su resistencia a doblegarse y amar el curso cotidiano de la existencia, que avanza uniforme y aparentemente sin secretos. Así pues, le quedaba por conquistar la realidad cotidiana, pero esta le estaba prohibida y era inasible para él, que ante ella sentía sed y repugnancia a la vez; por tanto no podía sino mirarla como desde inconmensurables lejanías» (p.33).

El tercero y cuarto de los ensayos están dedicados Inglaterra, a Londres y a la comida inglesa. «Inglaterra es hermosa y melancólica. A decir verdad, no conozco muchos países, pero ha anidado en mí la sospecha de que Inglaterra es el país más melancólico del mundo».

El quinto, titulado Él y yo, está dedicado a su segundo marido, Gabriele Baldini, con quien se casó en 1950.
«Yo no sé bailar, y él sí sabe.
No sé escribir a máquina, y él sí sabe.
No sé conducir un coche. Si le propongo sacarme yo también el permiso, no quiere. Dice que de todas las maneras no lo iba a conseguir. Creo que le gusta que en muchos aspectos dependa de él.
Yo no sé cantar, y él sí sabe…»(p.65).
Durante todo el escrito Natalia Guinzburg reduce su figura frente a la de su marido y expone sus diferencias, como si ella no diera pie con bola y él fuera un sabelotodo de mucho cuidado. Nada más lejos de la realidad.

En El oficio del hombre, el tema sobre el que reflexiona Ginzburg es la guerra como vivencia imposible de superar.
«Ha pasado la guerra y la gente ha visto derrumbarse muchas casas, y ahora ya no se siente segura en su casa como se sentía tranquila y segura antes. Hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca […] Aquellos de nosotros que han sido perseguidos nunca volverán a tener paz» (p. 77).




El sexto de los artículos se titula Mi oficio y en él expresa su necesidad vital de la escritura. La escritura como vocación. También reflexiona sobre el papel de la mujer como escritora en un mundo gobernado por hombres, sobre cómo influye la felicidad o infelicidad del escritor en sus escritos, o sobre el alimento de la escritura.
«Mi oficio es escribir, y lo sé bien y desde hace mucho tiempo” (p.83) “Cuando escribo historias soy como alguien que está en su tierra, en calles que conoce desde la infancia, y entre muros y árboles que son suyos. Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida, pero, en cualquier caso, historias, cosas en las que no tiene nada que ver la cultura, sino sólo la memoria y la fantasía. Éste es mi oficio, y lo haré hasta mi muerte. Estoy muy contenta con este oficio y no lo cambiaría por nada del mundo» (p.84).

Los dos siguientes textos, Silencio y Las relaciones humanas, están dedicados al sentimiento de culpa, a la timidez y al paso del tiempo.
«A veces nos pasamos la tarde entera en nuestro cuarto, pensando; con una vaga sensación de vértigo nos preguntamos si los otros existen en realidad o si somos nosotros quienes los inventamos. Nos decimos que tal vez, en nuestra ausencia, todos los demás dejan de existir, desaparecen en un soplo, y milagrosamente reaparecen, brotando de repente en la tierra, en cuanto miramos. ¿No podría ocurrir, acaso, que un día, al volvernos de repente, no encontráramos nada, ni nadie, que asomáramos la cabeza en el vacío?» (p.118).

El último de los artículos es el que lleva por título Las pequeñas virtudes. En él reflexiona sobre la educación de los hijos.
«Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el respeto por el peligro, no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber» (p. 145)

Las pequeñas virtudes es un libro que nos habla de lo fugaz que es la felicidad, de la melancolía de la vida, de la belleza de lo cotidiano, del amor por la escritura. Es un libro que se sumerge en las zonas de conflicto del ser humano y que trata de salir de la nebulosa de la que no pudo salir su amigo Pavese, para proporcionar calma y alegría. Las pequeñas virtudes está escrito con un lenguaje próximo, como si Natalia Ginzburg conociera al lector desde siempre, como si de una amiga se tratara. Por eso me gusta. Por eso lo tengo cerca y lo releo tranquilamente. Por eso no es un libro que vaya a regresar a la estantería en los próximos días.




Traducción de Celia Filipetto







jueves, 7 de diciembre de 2017

Desgracia, de J.M. Coetzee



"Para ser un hombre de su edad, cincuenta y dos años y divorciado, a su juicio ha resuelto bastante bien el problema del sexo. Los jueves por la tarde coge el coche y va hasta Green Point. A las dos en punto toca el timbre de la puerta de Windsor Mansions, da su nombre y entra. En la puerta del numero 113 le está esperando Soraya. Pasa directamente hasta el dormitorio, que huele de manera agradable y está tenuemente iluminado, y allí se desnuda. Soraya sale del cuarto de baño, deja caer su bata y se desliza en la cama a su lado"

Así comienza Desgracia, publicada en 1999, una de las novelas más conocidas de J.M. Coetzee. Es  novela que se integra dentro de la lógica de una sociedad, la sudafricana, que vivió un trascendental cambio en los años 90: el final de la segregación racial impuesta durante décadas por el régimen del apartheid. Un final complejo por lo novedoso. Sin revancha. Un final protagonizado por uno de los grandes hombres del siglo XX: Nelson Mandela. Y por una parte de la sociedad sudafricana, la población negra, dispuesta a perdonar los desmanes de los blancos que han controlado el país durante el último siglo. Dispuesta a pasar página. Pero no fue fácil. Esa complejidad es la que el premio Nobel sudafricano nos muestra en esta novela.

El protagonista es David Laurie. Tiene cincuenta y dos años. Blanco. Clase media acomodada. Profesor de literatura en la Universidad de El Cabo. Está divorciado y vive solo. Todas las semanas visita a una mujer que vive de la prostitución. Se siente feliz. Hasta que un día se cruza a esa mujer por la calle. Va con sus hijos de la mano. Será el final de los encuentros porque la ha visto en su otra vida. En una vida que nunca se le había pasado por la cabeza que pudiera tener. Días después, David se encuentra con una alumna y trata de seducirla. Finalmente lo consigue pero  ella lo denuncia por acoso. Él acepta la sentencia sin defenderse. Sabe que ha utilizado su posición de poder para llevársela a la cama. Pero su soberbia le impide disculparse. Es despedido de la universidad. Ha entrado en desgracia. Comienza entonces un viaje hacia ninguna parte. Visita a su hija Lucy, que vive en una granja y tiene un puesto en el mercado. Su hija vive en un mundo ajeno al de David, ajeno a la ciudad, a la cultura, a la segregación racial. La hija es contrapunto del padre. En su forma de vivir y de pensar.

Desgracia es una alegoría del final del apartheid en Sudáfrica. Dos generaciones, la del padre y la hija, David y Lucy, que han de enfrentarse a lo que ocurre desde mundos muy distintos. David simboliza al hombre blanco que ha controlado el país de manera injusta y paternalista. Pero la Sudáfrica post-apartheid ha de ser otra. La de un cambio de roles, la de la caída del poder del hombre blanco, la caída de David en desgracia y la necesidad de adaptarse a esa nueva situación, representada en su hija Lucy. El hombre blanco ha de pagar por las injusticias cometidas en Sudáfrica que han sido muchas. El pago será la violación por parte de un grupo de negros de su hija. En la reacción de David y de Lucy está el conflicto de la novela. Ya no lo hacen de la misma manera que antes. Lucy carga con el fardo de las injusticias cometidas por los blancos. Hijos que cargan con la culpa de los padres, que expían sus pecados. David no comprende a su hija. Su mentalidad es otra. Y en su manera de afrontar la desgracia está el trasfondo de esta magnífica historia. 

J.M. Coetzee tiene una prosa directa, muy personal, sin adjetivos, con pocas digresiones. En Desgracia, muestra, recorta, llega al lector con la velocidad de un rayo. 
Luminosa y desconcertante, como dice Javier Marías. Imprescindible.



 Traducción de Miguel Martínez-Lage




martes, 28 de noviembre de 2017

Diciembre. Mes de la novela clásica



En diciembre del año pasado participé en mi primer reto de la blogosfera literaria: El mes de la novela clásica. El reto me llevó a leer Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain. Disfruté mucho de la genial novela del escritor norteamericano, y también de la posterior redacción de la reseña. Así que vuelvo a la carga un año después, dispuesto a participar en este reto que espero se convierta en costumbre. Y por muchos años. Por supuesto, vuelve a convocarlo Laky, incansable lectora y administradora del blog Libros que hay que leer.

Tengo varios títulos en mente. Clásicos de obligada lectura que, hace ya mucho tiempo, habitan en los estantes de mi biblioteca. A veces los saco de ahí, los aireo y les doy un paseo para que no se depriman y  marchiten. A pesar de los cuidados,  en algunos van apareciendo los típicos rasgos de la vejez libruna: rigidez, cuarteamiento, amarillismo. Nada grave. Nada que les impida ponerse entre mis manos para llevar a cabo su tarea: hacerme disfrutar de la lectura.

Todavía no tengo claro si el libro elegido será de León Tolstoi, de Charlotte Brontë, de Virginia Woolf, de Laurence Sterne, de Stendhal, de Natalia Ginzburg o de John Steinbeck. Me cuesta decidirme. En cuanto lo hago, comienzo a dudar. De modo que lo mejor será dejarlos sobre la mesa y marcharme. Y que decidan ellos.

Lectura: John Steinbeck. Al este del  Edén. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

La hermana de Katia, de Andrés Barba



Hacía tiempo que no leía una novela en una tarde. La culpa la tiene La hermana de Katia, de Andrés Barba. He vuelto a recordar lo que se siente al meterse en un libro durante seis o siete horas seguidas, lejos del mundanal ruido. He vuelto a sentir eso que llaman el placer de la lectura.

El día anterior compré la novela porque había visto una entrevista que le hacían al autor con motivo de su reciente premio, el Herralde de novela de Anagrama, por República luminosa. Me pareció tan interesante lo que comentaba que indagué sobre Andrés Barba y vi que había publicado siete novelas (además de relatos, ensayos y guiones de cine). La primera de ellas, La hermana de Katia, la publicó en 2001, y como tengo la costumbre de comenzar por el principio, a por ella que fui a la librería.

El inicio me desconcertó un poco porque la novela está narrada en una tercera persona que parece fundirse con la primera. De hecho siempre he tenido la sensación de que la que narra la historia es la protagonista, la hermana de Katia. El narrador se coloca tan cerca de ella, que parece que es ella quien la cuenta. Y así conocemos a la protagonista como “ella”, porque su nombre no aparece en todo el relato.

Ella, la hermana de Katia, es una niña de catorce años que tiene cierta discapacidad intelectual, cosa que vamos averiguando poco a poco. Vive en el centro de Madrid con su madre, y con su hermana de diecinueve años. Su madre se dedica a la prostitución. Su hermana Katia, guapa y malhumorada, enamorada de un chico italiano, comienza a trabajar en una sala de striptease. Además, vivirá con ellas su abuela después de que le diagnostiquen una demencia. La relación con la abuela y su visión de la enfermedad es uno de los momentos más brillantes de la novela: “Se olvidaban de quienes eran las personas que estaban a su alrededor y les confundían con gente de hacía muchísimo tiempo, o eso decía Katia, que no veían, o de pronto pensaban que tenían trece años, y cuando ella intentó imaginar que le ocurría a la abuela lo que decía Katia que les pasaba a las personas mayores después de escuchar ese “clic”, sintió que le vencía una lástima honda, pensó cómo sería ella olvidándose de todo, de Mamá vistiéndose en el espejo, de Katia metiéndose en su cama, de los turistas, de John Turner, qué triste todo si te olvidabas de las cosas que nunca habías querido olvidar y ni siquiera te dabas cuanta de que te estabas olvidando” (p.62)

A esta novela que aparenta ser una historia truculenta y turbia, Andrés Barba le da la vuelta para convertirla en todo lo contrario, en una historia de amor y ternura que conmueve. Y lo logra introduciendo el punto de vista de la niña, de ella, de la hermana de Katia, que es quien desde su mirada totalmente libre de prejuicios nos muestra con total normalidad la vida de su madre, de su hermana y de su abuela. El amor incondicional por su madre, por su abuela, y sobre todo por su hermana Katia sirve de contrapunto a la dureza de la vida que les ha tocado vivir.

Ella, a sus catorce años no va a la escuela (su madre dice que es porque no le gusta, pero no es otra cosa que dejadez por parte de la madre). Se dedica a limpiarla casa y a hacer de comer a su hermana y a su madre que casi siempre están fuera de casa por el trabajo. Es ella quien las cuida, quien siempre está pendiente de ellas, quien vive por y para ellas. Se considera fea y tonta (se lo han dicho muchas veces) y lo que más le gusta es ir a cada día a la Plaza Mayor para observar a los turistas. Sueña con conocer a un chico para que la invite a un zumo de tomate. Un día conoce a un joven que hace proselitismo religioso en la plaza. Se llama John Turner y es norteamericano. Ella se acerca y él no pierde ocasión para intentar transmitirle el evangelio. De modo que la invita al zumo de tomate. Pero se encuentra con el muro de la prodigiosa mente de ella para quien la religión es algo totalmente ajeno y desconocido. Y tan solo le importa en la medida en que ese joven ha hecho realidad su sueño de invitarla a tomar un zumo de tomate en una terraza de la Plaza Mayor.

La hermana de Katia se centra en temas incómodos como la prostitución o la enfermedad. Pero la normalización que la protagonista hace de ellos consigue que los veamos de otra forma, sin dramatismos y sin estridencias.
“Si no solía llorar era sólo porque el mundo habitualmente era un estallido continuo de sorpresas agazapadas, de colores en los que ella solía fijarse, por eso cuando lo hacía se le quedaba el alma sin recursos y se entregaba al dolor lo mismo que a la felicidad” (p.15)
“Todo teñía sus fechas, sus ciclos, sus simetrías. El mundo estaba bien hecho, por eso al dolor seguía la felicidad, lo mismo que el día a la noche, y el calor de la primavera y el verano a este frío de azules y verdes bajo el viaducto, de blancos en los tejados, de silencio…”(p.105)

Ella, la hermana de Katia, hija de padre desconocido y cuya madre a punto estuvo de no tenerla, la niña cuyo nombre desconocemos, invisible para todos, es la que hace grande a esta novela. Si el narrador hubiera puesto su enfoque en cualquier otro personaje, la novela nos habría mostrado una estampa realista y desoladora. Amarga. Sin embargo, Andrés Barba  crea un personaje maravilloso y conmovedor que da la vuelta a la realidad y la hace más humana, más habitable. Un diez.



lunes, 20 de noviembre de 2017

El instante de peligro, de Miguel Ángel Hernández




Termino de leer El instante de peligro de Miguel Ángel Hernández, finalista del Premio Herralde en 2015, y  la novela me deja muy buenas sensaciones. El libro desprende arte por los cuatro costados.

La historia, narrada por Martín en forma de carta a una mujer llamada Sophie, se va abriendo, cual zoom literario, para mostrarnos la vida del protagonista. Es un viaje desde el presente al pasado, en el que hay constantes movimientos espacio-temporales. 
El protagonista es Martín, un profesor de Historia del Arte que regresa al Clark Art Institute de Williamstown, lugar en el que estuvo becado diez años atrás, para participar en un proyecto artístico. 
Se trata un proyecto vanguardista en el que una artista italiana, Anna Morelli, borra las imágenes de las fotografías que había dentro de una vieja maleta que encontró en una tienda de antigüedades. La maleta contenía también cintas de una grabación con una cámara cinematográfica en la que durante horas aparece siempre la misma imagen inmóvil. Con esa imagen comienza la novela:
“Lo primero que vi fue la sombra. Inmóvil, fija, eterna, proyectada sobre un pequeño muro semiderruido que no levantaba más de metro y medio del suelo. Después presté atención al paisaje de fondo, el horizonte, el bosque, los árboles espigados y desnudos que desbordaban el encuadre de la imagen. Nada se movía en la escena. Nada se oía. Por un momento pensé que el archivo era defectuoso o que mi conexión no funcionaba correctamente. Pero enseguida advertí que la barra de reproducción había comenzado a avanzar. El tiempo corría aunque los objetos de la escena no se desplazaran, aunque todo permaneciera igual después de varios minutos. La sombra, el paisaje, el muro, el plano. El movimiento parecía haberse frenado igual que en una fotografía.
Así es como arranca esta historia, querida Sophie, con la silueta de un hombre detenida sobre una pared en medio de un bosque, con el movimiento inmóvil de una imagen en blanco y negro en la pantalla de mi ordenador.”

En este íncipit aparecen las dos líneas maestras de la novela. Por un lado, la imagen y el arte. Por otro, Sophie y el amor.
 En la primera, entra el trabajo de Martín en el proyecto: debe escribir sobre la imagen. A partir de ahí la novela avanza. ¿Qué lugar es ese? ¿Quién la grabó? ¿De quién es la silueta? ¿Qué significa esa imagen? Los protagonistas se convierten en detectives en busca de la clave que descifre el misterio. En esta búsqueda destacan las interesantes reflexiones sobre el arte, la historia, la memoria o la vida (hablan sobre Walter Benjamin, Didi-Huberman, Mieke Bal, Andy Warhol, Mac Low, Lacan, Robert Walser, Sophie Calle, Cezanne…). Me quedo con esta reflexión de Martín:
“El arte era para mí un trabajo; no llegaba a emocionarme. No veía ningún mérito en permanecer más de un minuto frente a un cuadro o una escultura. Los museos me cansaban, me saturaban, incluso me ponían de mal humor. Y, al final, cada vez que viajaba y entraba por inercia en esos lugares, acababa en la tienda mirando libros o en la cafetería pensando en mis cosas y sentado tranquilo. La sola idea de verme rodeado de gente esperando para mirar me extenuaba. La voracidad y la ilusión de los demás visitantes arrebataba toda mi curiosidad. Todo para vosotros, pensaba, a más tocáis, no os privaré del arte que tanto deseáis; yo ya he tenido suficiente” (p.145)
Paralelamente, Martín cuenta a Sophie (cuyo lugar es ocupado por el lector) los avatares varios de su vida amorosa. Martín se desnuda por completo ante ella para rememorar aquella historia de amor nada convencional que le llevó a conocerla.

El tiempo de la novela está manejado a la perfección, pues ese zoom al que me refería anteriormente se va abriendo muy lentamente para que el lector pueda percatarse de la relación entre los diferentes elementos de la escena que se muestran, de modo que al tiempo que avanza la investigación sobre las imágenes, la historia de amor de Martín también avanza, tanto en el pasado como en el presente, para finalmente cerrar el círculo. Un círculo que se me antoja perfecto.



El instante de peligro bebe de fuentes que me son perfectamente reconocibles. Por eso me ha gustado tanto. En la novela se intuye la influencia de tres de mis autores favoritos, que también lo son de Miguel Ángel Hernández, como ha señalado en más de una ocasión. Se trata de Enrique Vila-Matas, de Roberto Bolaño y de Paul Auster. Del primero, como dijo en la conferencia que dio sobre el sobre el autor catalán, le atrae la forma en que los protagonistas se relacionan con el mundo del arte, como se apasionan, como se entusiasman, hasta el punto de que el arte cambia sus vidas. Esta fascinación por el arte se observa en Anna Morelli, para quien el arte es vida, pero también en Martín, protagonista y alter ego del autor, quien, como historiador del arte, había perdido esa pasión. No obstante la recupera cuando conoce a Anna y comienza a participar en su proyecto sobre imágenes borradas. 
El intento de encontrar al artista que grabó esas extrañas imágenes me recuerda a la primera parte de 2666 de Roberto Bolaño, en la que cuatro filólogos (tres hombres y una mujer) viajan a México en busca de Archimboldi, un genio de la literatura a quien parece que se ha tragado la tierra. Y también, cómo no, a la sin par pareja de detectives (salvajes) Ulises Lima y Arturo Belano que buscan a la célebre desconocida Cesárea Tinajero, fundadora del Real Visceralismo y autora de uno de los poemas más enigmáticos de la literatura. Por último, es inevitable no hacer referencia a Paul Auster, sobre todo a El libro de las ilusiones, cuyo protagonista, el profesor Zimmer, encuentra de nuevo el sentido de la vida tras la investigación que realiza sobre Hector Mann, un olvidado actor de cine mudo. Precisamente Miguel Ángel Hernández citó a Vila-Matas y a Paul Auster como sus dos escritores de referencia, y concretamente El libro de las ilusiones como su novela favorita de éste último. Doy por sentado que Roberto Bolaño también es uno de ellos. 

De manera que El Instante de peligro nos remite directamente a la obra de estos tres grandes de la literatura, y Miguel Ángel Hernández se cuela entre ellos de una forma más que solvente. Para rematar la jugada, la novela fue publicada en Anagrama, la misma editorial en la que publicaron la mayor parte de sus obras Vila-Matas, Auster y Bolaño. ¿Quién da más?






                                                    Gracias al autor por la dedicatoria.