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miércoles, 10 de enero de 2018

Al este del Edén, de John Steinbeck


«Hay libros que resisten un día y son buenos.
Hay otros que resisten un año y son mejores.
Hay libros que resisten muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que resisten toda la vida. Esos son los imprescindibles».

Estos versos modificados de Bertolt Brecht que tantas veces he escuchado a Silvio Rodríguez son los primeros que me vienen a la mente nada más terminar de leer Al este del Edén de John Steinbeck.

Cuando me propuse participar en el Mes de la novela clásica no tenía elegido el libro que iba a leer, hasta que Gerardo Vázquez, autor del blog Varado en la llanura, me recomendó Al este del Edén, un libro que no estaba en mi estantería mental. Tampoco había visto la famosa película de Elia Kazan y no sabía absolutamente nada de la trama. Esa misma tarde encontré una edición de segunda mano más que aceptable en El Bazar del TBO. Me sorprendió su extensión, más de setecientas páginas que podían jugarme una mala pasada si la cosa no empezaba bien. Cuando llevaba veinte leídas, supe que iba a disfrutar del libro. Y así ha sido.

Al este del Edén es la última de las grandes obras de John Steinbeck. Se publicó en 1952 y el propio autor la consideró su mejor novela, la más completa. Diez años después, en plena Guerra fría y con JFK como presidente, Steinbeck recibió el premio Nobel de Literatura. Muchos críticos estadounidenses consideraron que la Academia sueca se había equivocado porque su literatura, realista y crítica, no estaba de moda por aquellos años. La Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial eran cosa del pasado. Llegaba la Edad Dorada del sistema capitalista y era necesario pasar página.
John Steinbeck, que además de un enorme escritor era un gran tipo, dio la razón a los críticos. Yo no se la doy.




Steinbeck toma el título de un pasaje del  Génesis que reproduce en la novela: “Puso, pues, Jehová a Caín una señal, para que nadie que lo encontrase lo matara. Caín, alejándose de la presencia del Señor, habitó la región de Nod, al este del Edén” (p.330). Queda claro el trasfondo.

La trama se desarrolla en Salinas, California, entre el final de la Guerra de Secesión estadounidense y el inicio de la Primera Guerra Mundial. A lo largo de cincuenta y cinco capítulos, muestra la historia de dos familias, los Trask y los Hamilton. El personaje fundamental es Adam Trask y el argumento gira en torno a su vida. El autor relata su infancia, su relación con su padre y sobre todo con su hermano Charles. Más tarde con su esposa Cathy, con sus hijos, Aaron y Caleb, con su criado Lee, y con sus vecinos, Samuel Hamilton y los hijos de éste, Will, Tom, Dessie y Olive. Precisamente en casa de Olive encontramos al narrador, que no es otro que el propio John Steinbeck, un narrador  testigo que aparece en un varias ocasiones introduciendo elementos autobiográficos. Su abuelo se llamaba Samuel Hamilton y su madre Olive, maestra de escuela en Salinas, precisamente el lugar en el que creció el autor. No sabemos cuánto de realidad hay en la novela pero el narrador testigo que narra en tercera persona da verosimilitud a la historia. Lo vemos poco pero a veces es capaz de asomarse para reflexionar sobre los temas clave de la novela. Éste es uno de esos momentos en los Steinbeck aparece:
«Los humanos están atrapados—en sus vidas, en sus pensamientos, en sus anhelos y ambiciones, en su avaricia y crueldad, y también en su bondad y generosidad— en una red entretejida de bien y de mal. Yo creo que ésta es nuestra única historia y que tiene lugar en todos los niveles del sentimiento y de la inteligencia. La virtud y el vicio forman la urdimbre y la trama de nuestra primera codicia, y serán también la factoría de la última, y ello a pesar de los cambios que podamos imponer en las tierras, ríos y montañas; en la economía y en las costumbres. No hay otra historia. Un hombre después de barrer el polvo y las astillas de su vida, tiene que enfrentarse tan solo con estas duras y escuetas preguntas. ¿Fue mi vida mala o buena? ¿He hecho bien o mal?» (p.510)

En éste fragmento aparece el tema central de la novela: el bien y el mal, el pecado, la culpa, la codicia, la virtud o el vicio. Los personajes están perfilados con estos atributos pero el autor introduce un matiz fundamental, ¿La vida está predestinada o existe libertad en ser humano para cambiar su destino?.
La pregunta es motivo de conversación entre Samuel, Adam y Lee, los tres grandes protagonistas (¡grandes filósofos!), en los capítulos 22 y 24. En esta conversación Lee, el criado chino de Adam, que resulta ser un erudito cuyo sueño es montar una librería, piensa sobre el por qué del asesinato de Abel a manos de su hermano Caín y el posterior castigo de Dios. Lee pide ayuda a un grupo de sabios chinos que (¡tras aprender hebreo!)  llegan a la conclusión de que Timshel, una de las palabras del relato bíblico,  significa «tú podrás dominar el pecado». De modo que Timshel responde a la pregunta y se convierte en palabra clave de la novela.

Steinbeck confronta a dos personajes antagónicos: Adam y Cathy.  Encarnan el bien y el mal respectivamente. En ambos su conducta es innata, y ninguna circunstancia podrá cambiarla. Adam es un buen hombre hasta el fin de sus días a pesar de las dificultades que se encuentra en el camino. Cathy / Kate es un personaje cruel que vive con la necesidad de sembrar dolor allí por donde pasa. Es la encarnación del mal y del pecado, en el sentido cristiano de la palabra.  El bien y mal también aparecen reflejados en relación entre hermanos, muy importante a lo largo de la obra. La historia de Caín y Abel se reinterpreta en la figura de Charles y Adam, de Caleb y su hermano Aarón o de Tom y su hermana Dessie.

Steinbeck no desaprovecha la ocasión para hacer denuncia de las injusticias que sufren  vagabundos o inmigrantes (se centra en la comunidad china) que son utilizados como mano de obra esclava por autoridades o por empresarios sin escrúpulos en Estados Unidos. O en denunciar la hipocresía de la sociedad norteamericana respecto al juego, al alcohol o a la prostitución. En ocasiones se recrea con la geografía (describe los paisajes americanos con detalle) o la historia del país (desde la colonización española de California, pasando por la Guerra de Secesión hasta la Primera Guerra Mundial) , o nos muestra cómo el país está sufriendo una transformación trascendental con la implantación de los avances de la industrialización como la electricidad, la cocina de gas, el frigorífico, el teléfono, la máquina de escribir, el gramófono o el automóvil: «Como en los tiempos bíblicos, en aquellos días aún se producían milagros sobre la faz de la tierra. Una semana después de la lección, un Ford subía dando saltos por la calle mayor de King City y se detenía con una sacudida ante la oficina de correos. Adam llevaba el volante, con Lee a su lado» (p. 457).

Ha sido una lectura estupenda que me ha llevado a habitar con unos personajes que seguramente permanecerán en mi memoria durante mucho tiempo. Me quedo con Lee, el criado filósofo de Adam, y con su esposa Cathy-Kate, la malvada con cara de ángel que parece no haber roto un plato.  Por supuesto, con Samuel Hamilton, trabajador y pensador, cuya energía vital transmite a todos los que le rodean. 
Creo que Al este del Edén de John Steinbeck es uno de esos raros libros que resisten al paso del tiempo. Imprescindible.



 Traducción de Vicente de Artadi






jueves, 7 de septiembre de 2017

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury



Hoy cumple un año El fuego de Montag.
El blog comenzó su andadura con una entrada en la que se mencionaba el capítulo del Quijote en el que el cura y el barbero, tras la primera salida de Don Quijote, hacían una purga de su biblioteca para que restableciera la cordura. La lectura de esos libros de caballería le habían hecho perder el juicio, de manera que la sobrina y el ama se encargaron de que la mayoría de su biblioteca acabara en la hoguera. No obstante, el cura y el barbero, como buenos aficionados a la literatura, salvaron de la quema algunos títulos, como Amadís de Gaula, Tirante el Blanco de Joanot Martorell (para el cura era el mejor libro del mundo), o La Galatea del propio Miguel de Cervantes.
Ni que decir tiene que de poco sirvió la bibliofogata, pues poco después ya estaba de nuevo el Caballero de la Triste Figura, adarga al brazo, cabalgando sobre el costillar de Rocinante.

Se hablaba —si se me permite el verbo— en esa primera entrada del blog, también de Pepe Carvalho y de la fea costumbre que tenía de encender la chimenea de su casa con un libro,  porque durante 40 años leyó libros y, decía, apenas le enseñaron a vivir. La primera novela convertida en ceniza por la mano de Pepe Carvalho fue Don Quijote de la Mancha (en realidad fue el segundo libro que quemó, pues el primero había  sido un ensayo de Pedro Laín Entralgo titulado España como problema).

Estos pirómanos cervantinos y montalbanianos me llevaron directamente a pensar en Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury protagonizada por un pirómano arrepentido llamado Guy Montag.
La novela, publicada en 1953, es una de las distopías más famosas de la literatura junto a Un mundo feliz de Aldoux Huxley y 1984 de George Orwell
Tendría quince años cuando la leí y su lectura incrementó mi creencia en que los libros eran sagrados, con independencia de autor y contenido (hoy no lo tengo tan claro), en que cualquier libro había de ser rescatado del abandono o de la quema. Montag se convirtió en uno de mis personajes favoritos. De ahí el nombre de este blog.




Montag es un pirómano profesional, un bombero que trabaja para el Estado, y que en vez de apagar fuegos los provoca. Pero no quema cualquier cosa. Su trabajo consiste en buscar y encontrar los libros ocultos y quemarlos porque los libros están prohibidos. Fahrenheit 451 es la inscripción que lucen orgullosamente los bomberos  en su casco, pues es la temperatura a la que arde el papel, al menos eso afirma Ray Bradbury en la novela. Montag hace su trabajo sin preguntarse si está bien o no. Es su deber. Hasta que un día, movido por la curiosidad y por un encuentro con una joven, comienza a dudar.
Tras esta epifanía, Montag se convierte en un peligroso y subversivo antisocial que busca a los clandestinos amantes de los libros para unirse a su causa. Faber, un viejo profesor, le dice: “Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos. Son la guardia pretoriana de César, susurrando mientras tiene lugar el desfile por la avenida: «Recuerda, César, que eres mortal»”.

En 1966, Francois Truffaut llevó la novela de Bradbury a la gran pantalla e hizo una de las mejores adaptaciones de la historia del cine. El primer libro que aparece (tan sólo durante una décima de segundo) en la película antes de ser pasto de las llamas se titula Don Quijote de la Mancha. Seguro que Pepe Carvalho, que era un tipo culto, fue al cine a verla. 



Primera escena 





jueves, 31 de agosto de 2017

Sunset Park, de Paul Auster




A mediados de agosto me entero que la editorial Seix Barral (aún no me creo que ya no esté con Anagrama) va a publicar la última novela de Paul Auster a principios de septiembre. Se titula “4 3 2 1”. (creo que ayer ya había ejemplares en las librerías). Como en agosto estoy perezoso con las lecturas decido leer Sunset Park, la última novela que publicó Paul Auster a finales de 2010 (después publicó dos libros autobiográficos que no tienen desperdicio: Diario de invierno en 2012 e Informe del interior en 2013) . 
Compré Sunset Park en el Círculo de Lectores y casualmente me llegó el 1 de enero de 2011 a casa (los comerciales del Círculo no descansan nunca). La leí de un tirón, como me pasa con casi todo lo que el escritor norteamericano publica. Tras esta segunda lectura me ha parecido una de las novelas más flojas de Auster (entonces no me lo pareció), lo que no significa que sea una mala novela. Pensaba escribir una reseña, pero he preferido buscar en mis cuadernos por si había escrito algo sobre ella cuando la leí por vez primera. Por aquel entonces estaba convaleciente de un esguince de rodilla que, inexplicablemente (ríete tú como lo hizo el médico que me atendió) me hice jugando al billar. Aquellas navidades inolvidables no pude hacer mas que estar en casa con la pierna estirada, así que aproveché para hacer dos de las cosas que más me gustan: leer y escribir. Y he aquí la transcripción literal de lo que hace seis años y medio escribí en un Moleskine negro sobre Sunset Park.


                                               Sunset Park. (Foto de M. Jording)

“Durante casi un año ya, viene tomando fotografías de cosas abandonadas. Hay como mínimo dos servicios al día, a veces hasta seis o siete, y siempre que entra con sus huestes en otro domicilio, se enfrenta con las cosas, con los innumerables objetos desechados por las familias que se han marchado. Los ausentes han huido a toda prisa, avergonzados, confusos, y dondequiera que habiten ahora (si es que han encontrado un lugar para vivir y no han acampado en la calle), sus nuevas viviendas son más pequeñas que los hogares que han perdido. Cada casa es la historia de un fracaso­ (de insolvencia e impago, deudas y ejecución hipotecaria) y él se ha propuesto documentar los últimos y persistentes rastros de esas vidas desperdigadas con objeto de demostrar que las familias desaparecidas estuvieron allí una vez, que los fantasmas de gente que nunca verá ni conocerá siguen presentes en los desechos esparcidos por sus casas”.
Así comienza esta novela, con una de las consecuencias más sangrantes de la crisis económica que comenzó en 2008 en Estados Unidos tras la caída del gigante financiero Lehman Brothers: los desahucios. El motor de la trama es precisamente la dificultad de acceso a una vivienda. Esto será lo que una a los protagonistas.

El fotógrafo del incipit y gran protagonista de Sunset Park es Miles Heller, un joven solitario cuya vida está marcada por el divorcio de sus padres y, sobre todo, por el fallecimiento dramático de su hermanastro. Miles escapa de casa sin dejar una nota y desaparece de de Nueva York. Durante siete años viaja por el país trabajando en cualquier cosa para sobrevivir, entre ellas como mozo encargado de vaciar las casas de familias que han sido desahuciadas. En Florida se enamora perdidamente de una chica de diecisiete años, Pilar, una inteligente y preciosa estudiante de Bachillerato. Los problemas que Miles tiene con la hermana mayor de Pilar le hacen regresar a Nueva York para vivir como okupa en una casa del barrio de Sunset Park que su amigo Bing Nathan se ha empeñado en rehabilitar junto a dos amigas.  En la ciudad vive su padre, un importante editor, y su madre, una famosa actriz, acaba de aterrizar para protagonizar un a obra de teatro. Llevan siete años sin verse. Es hora de volver, pero el reencuentro no será fácil.

Paul Auster disecciona la vida de un grupo de jóvenes en un momento en que ya deberían tener el porvenir entre sus manos, sin embargo, están con las manos vacías y un futuro lleno de incertidumbre a pesar de que todos tienen talento y ganas de trabajar. La crisis económica se ha llevado por delante las esperanzas de muchos, entre ellos las de los protagonistas que andan ya por la treintena. Miles Heller, un joven con capacidad para hacer cualquier cosa, que vio cómo su vida se venía abajo tras un incidente. Bing Nathan, su amigo de la adolescencia, única persona con la que Miles no ha perdido el contacto, es músico y tiene un taller para reparar objetos que ya apenas se utilizan, como las máquinas de escribir. Es un romántico que ha puesto el nombre de “Hospital de los objetos rotos” al taller. Es el más crítico con el sistema. Ellen Brice, pintora y dibujante, trabaja provisionalmente en una inmobiliaria. Alice Bergtsrom, licenciada en Filosofía, se dedica a terminar su tesis sobre la vida en Estados Unidos en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Lo hace, entre otras fuentes, a través del análisis de la película Los mejores años de nuestra vida. Al mismo tiempo trabaja en el PEN, una organización que lucha a favor de la libertad de expresión y de los escritores y periodistas presos por ejercer este derecho. Esta es una de las constantes preocupaciones de Auster desde que en febrero de 1989, el ayatola Jomeini , líder religioso de Irán, publicara una fatwa que instaba a la ejecución del escritor británico Salman Rhusdie al publicar un libro titulado Los versos satánicos por considerarlo “blasfemo contra el Islam”.

La vida de los cuatro jóvenes confluye cuando la falta de dinero les obliga a okupar una casa abandonada en Sunset Park, una zona marginal y austera del barrio de Brooklyn. En los pocos meses que conviven tratan de mejorar sus respectivas vidas a pesar de las difíciles circunstancias personales. Todos son personajes interesantes, todos cargan con problemas personales y todos intentan resolverlos lo mejor que pueden. Pero no será fácil, sobre todo para Miles.
“Ha decepcionado a su padre, ha fallado a Pilar, ha defraudado a todo el mundo, y mientras el coche cruza el puente de Brooklyn y contempla los enormes edificios de la otra orilla del East River, piensa en las construcciones perdidas, en los inmuebles perdidos y  las manos perdidas, y se pregunta si vale la pena tener esperanza en el porvenir cuando no hay futuro, y de ahora en adelante, dice para sí, dejará de tener esperanza en nada y vivirá exclusivamente para hoy mismo, para este momento, este instante fugaz, el ahora que está aquí y ya no está, el momento que se ha ido para siempre”.

 A diferencia de Brooklyn Follies (2005) , una novela happy, Sunset Park nos muestra al Auster pesimista de las primeras novelas, movido seguramente por la incertidumbre de un mundo que se desmorona con la crisis, de un futuro incierto y oscuro de una sociedad, la norteamericana, que ha perdido su norte. Por eso la confronta continuamente con la sociedad de la posguerra que anduvo también desorientada, y lo hace a través del análisis que hace Alice Bergstrom para su tesis de la película Los mejores años de nuestra vida, película de William Wyler estrenada en 1946, “la epopeya nacional de aquel momento determinado de la historia norteamericana: la historia de tres hombres destrozados por la guerra y las dificultades con las que se encuentran al volver con su familia, la misma situación que millones de otras personas que vivieron en la misma época”.
Paul Auster hace en Sunset Park un paralelismo entre esos dos momentos históricos que significaron el fin de una época y el inicio de otra muy diferente. Esto lo consigue a través de los personajes adultos que aparecen en la novela, sobre todo los padres de Miles.
Morris Heller, su padre, es dueño de una pequeña editorial de autores de éxito. Mary Lee Swann, su madre, es una estrella de Hollywood que además hace televisión y teatro. Rondan los sesenta años y sus vidas han sido plenas a nivel laboral y sentimental a pesar de su pronta separación tras el nacimiento de Miles.

Morris lee en las necrológicas de los periódicos los fallecimientos de deportistas y escritores fueron sus referentes, tanto en el caso del béisbol como en el de la literatura (Norman Mailer, Harold Painter, Susan Sontag…). Ese pesimismo vital se incrementa con la muerte de jóvenes como su hijastro o la brillante hija de un escritor amigo que se quita la vida en Venecia.
A lo largo de  la novela se percibe ese fatalismo. Tras la crisis, las generaciones de jóvenes tienen un futuro incierto. Tan solo hay una certidumbre: difícilmente vivirán mejor que sus padres.




Traducción de Benito Gómez Ibáñez


sábado, 22 de julio de 2017

"Quince días en las soledades americanas", de Alexis de Tocqueville






Quince días en las soledades americanas apareció publicado por primera vez en 1860, meses después de la muerte de su autor. Su amigo y compañero de viaje, Gustave de Beaumont se encargó de dicha tarea, pues era un texto que el propio Tocqueville había dejado ya listo para la imprenta.
Es una obra de 125 páginas en la que se narra una parte de la experiencia vital del autor en el viaje que realizó a los Estados Unidos de América junto a Beaumont en abril de 1830 con motivo del estudio del sistema penitenciario de la joven democracia norteamericana. En realidad hubo otros condicionantes que le llevaron a emprender dicho viaje.

Alexis de Tocqueville, de familia aristocrática, que había cursado la carrera de Derecho en París, contaba veintidós años cuando tomó posesión como juez auditor del Tribunal de Versalles. Corría el mes de junio de 1827, y en Francia reinaba Carlos X durante el periodo de la Restauración absolutista implantada tras la derrota de Napoleón en 1815, es decir, en una Francia gobernada por la aristocracia. La revolución de 1830 cambiaría este estado de cosas. La burguesía se haría con el poder en detrimento de la aristocracia y Carlos X era sustituido por Luis Felipe de Orleans, el “Rey burgués”.
Como señala David Carrión Morillo en su artículo Alexis de Tocqueville (1805-1859): Vida y obras, “su cargo de juez auditor se convirtió en juez suplente exigiéndosele un juramento de fidelidad a Luis Felipe. Tocqueville prestó el juramento, produciéndole una de las sensaciones más dolorosas de su vida y un indescriptible horror, porque repudiaba completamente la monarquía burguesa de Luis Felipe de Orleans” (p.5).
Esto le llevó a poner tierra de por medio, de modo que emprendió un viaje junto a su amigo Gustave de Beaumont a los Estados Unidos de América. Para poder llevar a cabo tal viaje obtuvieron del ministro de interior el encargo de una misión oficial para investigar in situ el sistema penitenciario norteamericano.
Señala Carrión Morillo, que para Tocqueville, tal encargo era en realidad un mero pretexto que le permitía cumplir con un deseo que guardaba en lo más profundo de su corazón: conocer una auténtica democracia, la única que existía en aquella fecha, los Estados Unidos de América. “Alexis se daba ya perfecta cuenta de que los Estados Unidos era el prototipo del porvenir para Francia. Pensaba que estudiando las instituciones, las leyes y las costumbres de aquel país comprendería mejor las transformaciones sociales y políticas que por mor de la democracia se estaban produciendo en Francia e incluso podría llegar a prever su futuro”.(p.6)

De modo que en abril de 1831, Alexis y Gustave se embarcaban rumbo a Nueva York. Tocqueville tenía 26 años y este viaje sería fundamental en su vida. Allí tomó abundantes notas sobre lo que veía y las gentes le contaban. De estas notas salieron dos de sus obras. La primera fue la que lo hizo célebre. Se trata de La democracia en América, publicada en 1835, un libro que fue todo un éxito en su momento y sigue siendo uno de los libros más leídos del politólogo francés. El otro es el que reseñamos en este trabajo publicado póstumamente como ya se ha mencionado. El viaje tan solo duró nueve meses y en marzo de 1832 regresaron a Francia requeridos por el gobierno para que realizaran el informe sobre las prisiones norteamericanas lo antes posible.


Quince días en las soledades americanas, tiene como título original “Quinze jours dans le désert”, es decir “Quince días en el desierto”. Señala el traductor de la obra Mariano López Carrillo en el prólogo del traductor de esta edición: “me he inclinado por una traducción un tanto libre del título original para que el lector sepa desde el principio lo que puede esperar del libro; pues en nuestros tiempos la palabra desierto está tan asociada a imágenes de inhóspitos lugares de lluvia y vegetación escasas, que prácticamente ha perdido su acepción original de lugar despoblado” (p. 11). Lo cierto es que, a lo largo del relato, Tocqueville utiliza frecuentemente la palabra “desierto” para referirse a zonas poco (o nada) pobladas por el ser humano y no en el sentido paisajístico pues durante el viaje describe los frondosos bosques que atraviesa, a veces refiriéndose a ellos como “selvas”.
El texto relata la expedición que realizaron Tocqueville y Beaumont entre el 19 y el 29 de julio de 1831 entre las ciudades norteamericanas de Detroit y Saginaw, es decir, una distancia de 103 millas (165 kilómetros aproximadamente). Es por tanto un libro de viajes, al estilo de los de Malaspina, Humboldt o Darwin (sin el carácter científico de éstos), en el que la mirada de Tocqueville, influenciada por el romanticismo imperante en la época, describe gentes, anécdotas y paisajes que se van cruzando en su camino a través de la mirada inteligente que le habían proporcionado sus muchas y variadas lecturas de  juventud.

Comienza el relato señalando que el objetivo de este viaje por la frontera norte de Estados Unidos es alejarse de la civilización europea:
“Una de las cosas que más atraía nuestra curiosidad al venir a América era recorrer los límites extremos de la civilización europea y, si el tiempo nos lo permitía, visitar alguna de las tribus indias que han preferido retirarse a las soledades más salvajes antes que plegarse a lo que los blancos han dado en llamar las delicias de la vida civilizada. Pero hoy en día resulta mucho más difícil encontrar el desierto de lo que uno podría esperar. Desde nuestra partida de Nueva York y mientras avanzábamos hacia el noroeste, el objetivo de nuestro viaje parecía irse alejando ante nosotros. Recorrimos lugares célebres en la historia de los indios, remontamos valles a los que han dado nombres, atravesamos ríos que todavía conservan el de sus tribus, pero en todas partes la cabaña del salvaje había sido sustituida por la casa del hombre civilizado, los bosques, talados y la soledad se había trocado en vida” (p. 13)
El primer destino de la pareja tras su salida de Nueva York es la ciudad de Buffalo, sin embargo allí no encuentran lo que buscan, ya que lo que allí ven sus ojos es el avance de la civilización y el retroceso de bosques y pantanos con la mirada acostumbrada del americano blanco.”De año en año las soledades se transforman en pueblos y los pueblos en ciudades” (P.15).
Tampoco encuentran a los indígenas tal y como los pintó Fenimore Cooper, autor de obras como El último mohicano, novela publicada en 1826, que sin duda había leído Tocqueville, en la los indios aparecen pintados con las virtudes del espíritu de la libertad, como guerreros y cazadores que viven medio desnudos entre la naturaleza salvaje. Los indígenas que encuentran en la ciudad de Buffalo  son personas que han adquirido los perores vicios de la civilización europea como el beber alcohol, una contaminación que le hace escribir: “Estos seres débiles y depravados pertenecían, sin embargo, a una de las más célebres tribus del mundo antiguo americano”.(p. 17) Se refiere a la confederación Iroquesa formada por cinco tribus que se enfrentó a la llegada de ingleses y franceses a América del Norte a principios del siglo XVIII. Según Josep Fontana en su obra Europa ante el espejo, “la sociedad norteamericana del siglo XIX practicó el esquizofrénico juego de celebrar al indio idealizado como al “noble salvaje” y de considerar a los indios reales como bárbaros que impedían el avance de la civilización hacia el oeste. Aquel indio en abstracto ni siquiera existía, ya que se trataba de pueblos muy diversos, incluso de agricultores sedentarios; pero para combatirlos como “bárbaros” había que empezar negándoles sus identidades culturales. El indio era inferior y no tenía derecho a obstaculizar “los obvios designios de la providencia”. Sobreviviría mientras quedasen rincones de territorio prescindibles donde pudiera refugiarse del “avance de la civilización”, pero su destino, a la larga, era la extinción” (p.111). Eso es lo que le ocurre a Tocqueville, que busca el indio idealizado que no existe. Y la última frase de Fontana ya aparece en el propio libro de Tocqueville que, cuando llega a Buffalo y pregunta por los indios, le responden, “los indios se han ido más allá de los Grandes Lagos, no sé exactamente adónde. Es una raza que se extingue, no están preparados para el mundo moderno, la civilización los mata” (p. 14)

Alexis de Tocqueville también reflexiona sobre cómo tratan los blancos americanos a los indios después de que se encontrara a uno borracho, tirado en medio de la calle, medio moribundo. Habla de la insensibilidad y del egoísmo de esta sociedad respecto a los indígenas americanos. Señala que “los habitantes de Estados Unidos no persiguen a los indios a sangre y fuego como los españoles en México, pero aquí, como en cualquier otra parte, el mismo sentimiento despiadado anima a la raza europea” (p.19). Es evidente que Tocqueville se deja llevar por la famosa Leyenda Negra española respecto al trato  recibido por los indios en la conquista de la América hispana.  María José Villaverde matiza esta afirmación en su libro La sombra de la leyenda negra. En un artículo publicado en diario  El País el pasado 20 de mayo, escribe: “Los datos aportados por testigos y cronistas dan fe de los hechos inhumanos de los primeros 50 años de la conquista. Eso no se puede negar. Pero nunca hubo voluntad de exterminar a los indios porque eran la mano de obra de los encomenderos y porque la Corona les protegió con su legislación, aunque esta no siempre se cumplió. Y, si bien los conquistadores fueron violentos y crueles, no lo fueron más que los alemanes en Venezuela (bajo el gobierno de la casa Welser), los británicos en Estados Unidos (extinción de la mayoría de los pieles rojas), los holandeses o los franceses cuando tuvieron oportunidad de serlo. No podemos juzgarlos desde nuestros valores actuales, sino desde la perspectiva de unos cristianos imbuidos de fuertes convicciones religiosas y de un sentimiento de superioridad, que contemplaban horrorizados cómo unos “bárbaros” hacían sacrificios humanos y practicaban la antropofagia”. Según Fontana, “en las colonias inglesas del norte fue la enfermedad la que comenzó la tarea de despoblar la tierra de indígenas. Pero los colonos prosiguieron después con entusiasmo la caza del “salvaje”(p.110)

Continúa el periplo de nuestra pareja desde Buffalo hasta Detroit, cuando se embarcan en el el vapor Ohio para atravesar las aguas del lago Erie. Mientras, reflexiona sobre los enormes contrastes que hay en Estados Unidos y que en Europa no existen. Uno de los que más le llama la atención es encontrar la naturaleza virgen al lado de la civilización más desarrollada . Otra de las diferencias que observa respecto al viejo mundo es que en cualquier parte de Estados Unidos, ya sea en el campo, en las grandes ciudades o en la frontera, la civilización ha igualado a los hombres, “el mismo hombre que dejasteis en las calles de Nueva York lo reencontraréis en medio de las soledades más impenetrables; la misma indumentaria, la misma mentalidad, la misma lengua , las mismas costumbres, los mismos gustos […] Aquí los habitantes de los lugares más aislados llegaron ayer. Han traído las costumbres, las ideas, los hábitos y las necesidades de la civilización […] Uno pasa sin transición del desierto a la calle de una ciudad, de las escenas más salvajes a las imágenes más amables de la vida civilizada” (p21-22). Señala Tocqueville que el avance de los americanos hacia el oeste es una cadena que pasas de padres a hijos, siempre en constante movimiento con el objetivo de domesticar la naturaleza salvaje: “la cabaña de madera no es para el americano más que un refugio momentáneo, una concesión temporal por mor de las circunstancias. Ciando los campos circundantes estén a pleno rendimiento y el nuevo propietario tenga el tiempo para dedicarse a cosas más agradables, una casa más espaciosa y más adecuada a sus hábitos remplazará a la log house y servirá de hogar a los numerosos hijos que a su vez un día partirán para crear su morada en el desierto”. Fernand Braudel, en su famosa obra Las civilizaciones actuales, nos ofrece una explicación económica a este hecho, afirmando que ha sido el capitalismo el que ha organizado este avance hacia el oeste. “Imagínese al colono que acaba de recibir su lote, su homestead de 160 acres (64 Ha.), que construye su casa de madera prefabricada, ajustando las diferentes piezas que, en un primer momento, labra el suelo ligero de las colinas y, después, va trabajando progresivamente sobe los suelos más bajos, pero también más pesados hasta llegar a los valles, donde se ve obligado a desbrozar y, ocasionalmente también a talar los árboles. Bien es verdad que este campesino tiene poco de tal. En muchos casos, hasta este momento había practicado un oficio muy diferente. Lo único que verdaderamente tiene que saber es conducir un carro tirado por caballos; el cultivo, generalmente el de trigo, se puede llevar a cabo si una preparación compleja, puesto que no se abonan las tierras… En el caso de que este granjero haya sido el primero en llegar, es indudable que n tiene más que una idea fija: volver a vender su lote de tierras. Ha residido en ellas durante varios años, apenas si ha tenido que hacer algunos desembolsos, puesto que todo le ha sido anticipado en su rincón perdido. Se ha alimentado gracias a las latas de conservas […] Cuando dos o tres buenas cosechas le han permitido reunir un pequeño capital , no vacila ya en lo que tiene que hacer: pone en venta el lote que había comprado, aprovechando la plusvalía que supone la llegada, en el intervalo, de nuevos inmigrantes, y se traslada más hacia el Oeste para volver a empezar. En efecto, si volviera hacia el Este, sería como si se reconociera vencido”. Por lo tanto no se trata de un campesino arraigado a la tierra, sino de un especulador.




Continúa Tocqueville describiendo su viaje a través del lago comentando las obras del canal de Pittsburgh que unirá los ríos Mississippi y Norte a través de los que “las riquezas de Europa circularán libremente a través de las quinientas leguas que separan el golfo de México del océano Atlántico” (p.23). En el año 1831 la industrialización es un hecho, sobre todo en Gran Bretaña. El textil y el hierro salen de sus fábricas para inundar los mercados del mundo. El librecambismo es la política predominante y para ello, para que las mercancías lleguen a cualquier lugar, se necesitan infraestructuras. El comercio se realiza por entonces a través de ríos y canales, pues el nuevo medio de transporte que acaba de inaugurarse en Gran Bretaña (la primera línea ferroviaria que unió las ciudades de Liverpool y Manchester data de 1830), todavía no ha llegado a los Estados Unidos. No obstante no tardará en hacerlo, lo que supondrá una  fuerte aceleración en el proceso de conquista del Oeste norteamericano. Eric Hobsbawm en La era de la revolución, 1789-1848, escribe: “En los Estado Unidos faltaban simplemente colonos y transportes para abrir territorios y alumbrar sus recursos, al parecer interminables. El simple proceso de expansión interna fue suficiente para dar a su economía un crecimiento casi ilimitado, aunque los colonos americanos, los gobiernos, los misioneros y los mercaderes ya se habían expandido hacia el Pacífico o impulsaban su comercio —respaldado por la dinámica segunda flota mercante del mundo— a través de los océanos, desde Zanzíbar hasta Hawai. Ya el Pacífico y el Caribe habían sido elegidos como zona de influencia económica norteamericana. Todas las instituciones de la nueva república estimulaban la decisión, el talento y la iniciativa privada. Una vasta población nueva, instalada en las ciudades del litoral y en los recién ocupados estados del interior, exigía a su vez personal apto para el trabajo, ajuar de casa, herramientas y máquinas, constituyendo un mercado de homogeneidad ideal.[…] Ninguna economía progresó más rápidamente que la norteamericana en el periodo 1830-1848, aunque su insólito crecimiento se produciría a partir de 1860” (p.184).

El mismo 19 de julio por la tarde Tocqueville y Beaumont llegan a Detroit, “una ciudad de unos dos o tres mil habitantes, fundada en 1710 por los jesuítas en medio de los bosques” (p.25). Por fin han llegado a los límites de la civilización. Ahora quieren traspasar ese límite, quieren adentrarse en el bosque virgen, en las soledades de los desiertos, de modo que como dos románticos aventureros se dirigen hacia Saginaw con dos caballos alquilados en un viaje que durará diez días. “Después de comprar una brújula y municiones, nos pusimos en camino con el fusil en bandolera, despreocupados y alegres como sos escolares que abandonan el colegio para ir a pasar las vacaciones a la casa paterna” (p.25.) Es durante este viaje a caballo cuando  Tocqueville se entusiasma con lo que se va encontrando. Por fin la naturaleza salvaje, las tribus indias apenas contaminadas por la civilización, los colonos pioneros que se encuentra en el camino  tratan de abrir camino. Describe una cabaña de estos colonos, una log house, “al lado de un mapa de Estados Unidos, se alinean algunos libros desparejos: una Biblia, a la que la devoción de dos generaciones ha desgastado ya las tapas y los cantos, un libro de oraciones y, a veces, un canto de Milton o una Tragedia de Shakespeare. Habla de ellos, de los colonos como hombres que “por alcanzar la prosperidad, han afrontado el exilio, ha dormido a la intemperie y se ha expuesto a la fiebre del bosque y a los tomahawk de los indios […] Concentrado en hacer fortuna ha terminado por construirse una existencia totalmente individual” (p.32) La adquisición de riquezas es lo único que los mueve. Habla de las mujeres que los acompañan, de sus hijos, de su resignación religiosa. Los pastores metodistas recorren los nuevos asentamientos y los colonos de los alrededores se dirigen a la cita pues ese se convierte en el acontecimiento del día. Escribe Tocqueville “Es digno e ver con qué ardor se dedican estos hombres a la oración, con qué recogimiento escuchan la solemne palabra del predicador. En el desierto uno se toma hambriento de religiosidad” (p.40). En estos lugares de frontera avanzada, señala Braudel en el citado libro, “el protestantismo fue el único que se enfrentó con esta situación humana difícil, repentinamente planteada, con este desparramamiento de hombres a través del espacio […] Basaron la religión en un “teologismo individual”, en la “soberanía del individuo” y, por último en los actos y no en las creencias. El lenguaje de Cristo se redujo, entonces, a una comunión directa y simple” (p.410)

Tras una parada en Pontiac, Tocqueville y Beaumont continúan por tierras salvajes en dirección a Saginaw. En un momento dado un indio comienza a seguirles a través de la zona boscosa jalonada de colinas. Por fin un indio al que describe con precisión, con un fuego salvaje en su mirada, con la nariz arqueada y “dos hileras de dientes blanquísimos que atestiguaban con claridad que el salvaje, más limpio que su vecino americano, no se pasaba el día mascando tabaco” (p.47) Ellos iban armados y el indio iba con buenas intenciones, como curioseando por la llegada de dos extraños personajes en medio de la selva, de manera que pronto se perdió en la espesura. Cerca de allí encontraron a un solitario hombre blanco, una especia de eremita que, igual que el personaje de Jeremías Johnson de la película de Sydney Pollack, les dijo cuando le preguntaron si no temía a los indios:
“— ¡Temer a los indios! Prefiero vivir cerca de ellos que en compañía de los blancos. No, no temo a los indios. Son mejores que nosotros, a no ser que los hayamos pervertido con nuestros licores, ¡los pobres!” (P.50)
Continuaron su camino y se encontraron con una familia india en medio del bosque y otro colono cuya casa era vigilada por un enorme oso. Allí pidieron ayuda pues el camino hasta Saginaw se convertía en un sendero, de modo que el colono buscó a dos guías indios que se ofrecieron a acompañarlos. Tocqueville se percata de la avaricia y la deshonestidad del colono a quien le pagan en metálico y él les paga a los indios con mercancías de poco valor. Durante este último trayecto nuestro autor describe el paisaje y sobre todo las costumbres de los indios a quienes compara con los lobos ya que “el indio no sabe lo que es comer a horas regladas, se harta cuando puede y después ayuna hasta que de nuevo en cuantía con que saciar el hambre” (p.65).
Veinticuatro horas después llegan a Saginaw, un pequeño pueblo, una avanzada del hombre blanco en el que vive junto a indios y mestizos. En el pueblo describe a estos los tres tipos siendo estos últimos, los mestizos, una mezcla de los anteriores que, “orgulloso de su origen europeo, desprecian el desierto y sin embargo ama la libertad salvaje que reina en él” (p.79).
Han llegado al final de su viaje y dejándose llevar por la quietud y el sosiego de aquel lugar alejado de la civilización, escribe:
"¡Quién pudiera pintar alguna vez con fidelidad esos escasos momentos de la vida en los que el bienestar físico nos induce a la tranquilidad moral y en los que se establece ante nuestros ojos un equilibrio perfecto en el universo; mientras el alma, medio adormecida, oscila entre el presente y el futuro, entre lo real y lo posible; cuando el hombre rodeado de una hermosa naturaleza, respirando un aire tranquilo y tibio, en paz consigo mismo, en medio de una paz universal, atiende a los acompasados latidos de sus arterias, cada una de cuyas pulsaciones va marcando el paso del tiempo que parece escurrirse así gota a gota en la eternidad!” (P.84).
Este romanticismo con el que Tocqueville describe los bosque americanos nos recuerda a los lienzos del pintor alemán Caspar David Friedrich en las que el ser humano se ve sobrepasado por la inmensidad de la naturaleza. Pero este romanticismo pronto se rompe por la llegada de la civilización: “De nuestra ensoñación nos sacó un disparo que resonó de repente en el bosque” (p.89)

                                  C. D. Friedrich. Dos hombres contemplando la luna. 1819

Esta es la constante del relato de Tocqueville , el contraste entre naturaleza salvaje y avance imparable de la civilización. Y ahí tiene el corazón dividido ya que por un lado es un amante de esos últimos reductos de vida salvaje y por otro, es un arquetipo puro de la civilización a la que representa.
Días después regresaron a Detroit, y de nuevo en el camino,  el oso, los mosquitos y las soledades. Y conforme se acercaban a la ciudad recordaron, en medio de la profunda soledad del bosque, que se cumplía un año de la Revolución de 1830. Regresaban al mundo civilizado.

Esta edición de Quince días en las soledades americanas incluye, a modo de epílogo, las “Notas del viaje por el oeste” desde el 6 de julio hasta el 12 de agosto, notas que tomó Tocqueville en el viaje y en las que se basó para escribir esta obra. Señala el traductor en el prólogo que estas notas no eran objeto de publicación, sino el registro del las distintas experiencias del viaje (entrevistas conservaciones visitas a prisiones, descripciones de paisajes, reflexiones políticas, etc.), con vistas a que sirvieran, una vez de regreso de base para la redacción de proyectos como La democracia en América o El sistema penitenciario de Estados Unidos y su aplicación en Francia (informe finalmente redactado por Beaumont). Con estas notas nos hacemos una idea de la forma de trabajo de Tocqueville. Por ejemplo, el día 1 de agosto escribe:
"Embarcamos a las dos. Río Detroit. Tierras bajas y cultivadas. Numerosas casas. Lago Saint Clair. Al atardecer hay baile en el puente. Alegría americana"



Traducción de Mariano López Carrillo


Nota:
Kévin Bazot plasmó en novela gráfica la aventura de Toqcqueville en América.


A mi sobrina Andrea, que tanto vive la historia.

miércoles, 14 de junio de 2017

El palacio de la luna, de Paul Auster



El primer libro que leí de Paul Auster fue La noche del oráculo. Me dejé hipnotizar por el título y esa portada en la que aparecía la imagen de un puente iluminado por una enorme luna llena. Lo que encontré dentro de sus páginas me gustó tanto como la portada y el título. Había descubierto a un gran escritor, de modo que empecé a adquirir y a leer los libros de Paul Auster, y aparecieron títulos tan fascinantes como Ciudad de Cristal, El país de las últimas cosas, La música del azar, El libro de las ilusiones, La invención de la soledad o El Palacio de la luna. Paul Auster se convirtió en uno de mis escritores favoritos. Este último libro, El palacio de la luna, es uno de los que más veces he leído y regalado. El último ejemplar que compré fue el que abrió la colección de clásicos de la Editorial Anagrama. Jorge Herralde lo colocó como reclamo y no creo que se equivocara.

«Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un medio de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quien era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida».

Así comienza esta novela, en la que los años sesenta, con la guerra de Vietnam, el movimiento hippie o la carrera espacial con la llegada del hombre a la luna, Nueva York o el sueño americano representado como el viaje hacia el Oeste, sirven de trasfondo a este viaje hacia las raíces del protagonista. El palacio de la luna, lugar que nos hechiza y nos maravilla en un primer momento, es en realidad el nombre de un restaurante chino cuyas luces de neón se pueden observar desde el apartamento de la calle 112 Oeste de Nueva York, lugar donde vive el protagonista de la novela, Marco Stanley Fogg.

El libro está dividido en siete capítulos y está narrado en primera persona por Marco, quien nos va mostrando el argumento en el primer párrafo de cada uno de ellos, para después ir entrando en detalle de todo lo sucedido, es decir, va de lo general a lo particular haciendo una especie de zoom literario. A veces, el narrador, se dirige directamente al lector para contarle su historia, como si de un conocido suyo se tratara.

En el primer capítulo, Paul Auster nos pone frente a la vida de Marco Stanley Fogg desde su infancia (no conoció a su padre y su madre falleció siendo él muy joven) hasta el momento en que es desahuciado de su piso de la calle 112 cuando se queda sin el dinero que había recibido para estudiar en la Universidad de Columbia. Aparece el protagonista y la que será la persona más importante de su vida, su tío Víctor. También sus aficiones que no son otras que la lectura, la escritura, la invención, la música o el baseball. Los libros son también protagonistas pues acompañan a Fogg en todo momento. Son los que le regaló su tío Víctor cuando fue a estudiar a Nueva York, mil cuatrocientos noventa y dos libros que, además de leer, se convierten en el mobiliario de su apartamento.

Los nombres de los personajes no están puestos al azar. El nombre del protagonista es, evidentemente, un homenaje a los viajes que hicieran Marco Polo, Morgan Stanley o Phileas Fogg. Su madre, que se llamaba Emily y su tío Víctor, tienen nombres literarios que nos remiten a Emily Bronte y Víctor Hugo. Su madre murió con tan solo 29 años. Trabajaba en una editorial de libros de texto. Era propensa al mal humos y solía estar triste. Su tío Víctor, hermano mayor de su madre, era músico clarinetista, soltero y con tendencia a la apatía y a la ensoñación. Era de esa clase de personas que siempre están soñando con hacer otras cosas mientras están ocupadas. Cuando murió su madre, Marco fue a vivir con él a Chicago. «No era difícil querer al tío Víctor […]  Al cabo de un mes de mi llegada, habíamos desarrollado un juego consistente en inventar países entre los dos, mundos imaginarios que invertían las leyes de la naturaleza». Una de las cosas que más les gustaba era jugar con las palabras.

El tío Víctor parte con su banda hacia el Oeste (más tarde lo hará el propio Marco) de modo que Marco se queda solo y regresa a Nueva York. Bueno en realidad no se queda tan solo, pues su tío le regala los mil cuatrocientos noventa y dos libros que tiene (nueva referencia a un viaje, tal vez el más famoso de la historia). También le regala un ajedrez, los autógrafos de jugadores de béisbol y un traje de tweed que Marco no se quitará en mucho tiempo porque «en momentos de tensión y tristeza constituía para mí un consuelo sentirme arropado en el calor de la ropa de mi tío». Como sucede en los cuentos de Flannery O`Connor, la ropa es un elemento simbólico, que va a apareciendo a lo largo de la novela.

Marco logra terminar sus estudios universitarios encerrado en un apartamento de Nueva York, casi en la indigencia. Justo después de que Neil Armstrong ponga un pie en la Luna, Marco Stanley Fogg abandona el apartamento y se convierte en un indigente que sobrevive en Central Park: «Me acordé de una escena de un libro que leí una vez, El lazarillo de Tormes, en el que un hidalgo muerto de hambre se pasea por todas partes con un palillo de dientes en la boca para dar la impresión de que acaba de tomar una copiosa comida. Empecé a adoptar yo también el disfraz del palillo de dientes y siempre cogía un puñado cuando entraba en una cafetería a tomar un café». A punto de morir de inanición, dos amigos de la universidad, Zimmer y Kitty lo rescatan.
                        
                       

Tras su recuperación, nuestro protagonista comienza a trabajar cuidando al viejo Effing, un hombre ciego, que le pide que le describa todo lo que ve cuando salen a pasear por la ciudad: El mundo nos entra por los ojos, pero no adquiere sentido hasta que desciende a nuestra boca. Marco comienza a hacer ejercicios con la palabras hasta conseguir que el viejo Effing sea capaz de ver las cosas por sí mismo. «Me costó semanas de duro trabajo simplificar mis frases, aprender a distinguir lo superfluo de lo esencial. Descubrí que cuanto más aire dejara alrededor de una cosa, mejores eran los resultados, porque eso le permitía a Effing hacer un trabajo fundamental: construir una imagen sobre la base de una sugerencias, sentir que su mente viajaba hace las cosas que yo le describía». 

Marco está aprendiendo el oficio de escritor a base de practicar con un ciego que, en realidad, no es otro que el propio lector que construye imágenes en su mente a partir de las palabras que alguien ha colocado en un papel en blanco con esa intención. Para lograrlo, Marco practica una y otra vez, como debe hacer cualquier escritor que se precie. «Repasaba los objetos de la habitación para ver si podía mejorar mis descripciones. Cuanto más trabajaba en ello, más en serio me lo tomaba. A veces se siente orgulloso de las palabras elegidas, pero no siempre: las exigencias de las palabras son demasiado grandes; uno conoce el fracaso con excesiva frecuencia para poder enorgullecerse del éxito ocasional».

El empeño por aprender a mostrar el mundo al viejo Effing se va a convertir en la tabla de salvación de Marco. El viejo le dará unas cuantas lecciones obre como narrar historias. «Cuando fui a París en 1920 —la dice a Marco—no había necesidad de darle los datos a nadie. No me importaba lo que pensaran. Mientras yo fuera convincente ¿Qué más daba lo que hubiera pasado en realidad? Inventé varias historias, cada una de las cuales mejoraba la anterior». El viejo Effing hace literatura inventando su vida. La verdad no era lo importante. Lo fundamental era que esa historia que se había inventado fuera verosímil, convincente. Continúa hablándole: «Probablemente las mejores eran las historias de guerra. Estoy hablando de la Gran Guerra, la que desgarró el corazón del mundo la que iba a poner fin a todas las guerras. Era elocuente, inspirado. Sabía explicar el miedo como nadie, los cañones que atronaban por la noche, los soldados de infantería con cara de imbécil que se cagaban en los pantalones. Metralla, decía, más de seiscientos fragmentos de metralla se me clavaron en las piernas. Eso fue lo que me ocurrió. Los franceses no se cansaban de escucharme». Effing es un contador de historias inventadas, pero al final de su vida decide contar su  verdadera historia y para hacerlo enseña a Marco a escribir como un novelista. La referencia a Ernest Hemingway está clara, ya que, además de ser uno de los grandes contadores de historias, participó en la Gran Guerra y fue herido en una pierna en la Batalla de Caporetto, historia que narró en su célebre, Adiós a las armas.

De manera que El palacio de la luna, además de un viaje lleno de historias,  es un verdadero manual de escritura, ya que la literatura se convierte en el hilo conductor de toda la novela. De hecho todos los personajes tienen alguna relación con los libros. El tío Víctor tiene mil cuatrocientos noventa dos libros que deja en herencia a Marco quien los devora cuando se marcha de gira con su banda de jazz. Su madre, Emily, trabajó en una editorial, Effing enseña indirectamente a escribir a Marco y lo contrata para que le lea en voz alta. Salomon Barber, hijo de Effing, es historiador, profesor y ha escrito varios libros.

En una conversación entre Effing y Marco, el viejo le pregunta qué hará cuando él muera, y éste le responde que estudiará biblioteconomía porque «después de todo las bibliotecas no están en el mundo. Son sitios aparte, santuarios del mundo puro. De ese modo podré seguir viviendo en la luna el resto de mi vida».

                                             


Traducción Maribel De Juan