«El mundo de afuera era una partitura rara. Intuía que había que unir los puntos para obtener el dibujo completo, como en aquellos libros para niños. Pero el trazado se perdía en el horizonte del día siguiente». (p. 93)
Salgo a la superficie en busca de aire fresco y me alegro de encontrarme con un escritor como Eric Luna, que derrocha talento en este libro de relatos titulado El arte de mantenerse a flote, recientemente publicado por la editorial Boria. El título es acertadísimo, pues el hilo conductor de la obra nos muestra a unos personajes que tratan de sobrevivir en un mundo dominado por dioses que disfrutan jugando con el naufragio cotidiano de la gente corriente.
Está compuesto por doce relatos de diferente extensión, divididos en tres partes. La primera se titula Días de Jagger y hierbabuena, y está formada por tres relatos cortos que nos introducen en el universo de Eric Luna, en el que las historias giran en torno al trabajo, la juventud o la música. El libro va in crescendo en la segunda parte titulada Apocapitalismo, con cuatro relatos distópicos, o no tanto, que nos hablan de la deshumanización de la sociedad occidental, con la soledad en la vejez y la muerte tras la jubilación, con el Estado como imposible mecenas del arte, con las consecuencias del uso generalizado de la mascarilla y de la persecución los disidentes, y sobre la tecnología como sustituta de los trabajadores. Este último relato titulado Moloch 3000, uno de los más perturbadores del libro, es una alegoría hiperbólica y terrorífica de la sustitución del trabajo manual por el mecánico.
La tercera parte es la mejor del libro, con cinco relatos protagonizados por antihéroes que se agarran a los micromomentos buenos de la vida, que, a veces, pocas, aparecen como contrapunto a la lluvia y al frío que hace fuera, como rendija por la que se vislumbra un punto de calor, como el del sonido de un contrabajo en forma de corazón en el interior de un útero, como la canción Free Bird de The Lynard Skinard sonando en el coche antes de llegar al trabajo. Los cinco relatos son extraordinarios. El primero, Tríptico Chileno está protagonizado un joven escritor que emigra a Chile en busca de trabajo. Lo mejor es que el mismo protagonista aparece tres relatos después para contarnos el final de sus aventuras en el país andino. Se titula Mecanografía, en mi opinión el mejor relato del libro, con el joven Isaac, personaje que recuerda al detective salvaje Juan García Madero, que se ve abocado a regresar a la madre patria tras un desesperado intento de vender su talento en las calles. Y entre ambos, tres estupendo relatos. Ganapanes refleja la cara más penosa del éxito en un conocido escritor, ganador del Planeta, que contrasta con el fracaso aventurero y nostálgico de nuestro emigrante. Un relato bebop nos lleva a la vida de un trasunto de Chet Baker con el jazz como protagonista; y Free bird,con un final épico en uno de esos micromomentos que a veces aparecen para sacarnos del hastío. En esta tercera parte, los relatos toman tintes bolañescos, con la literatura o la música como meta, con personajes que respiran autenticidad, que tratan de mantenerse a flote en un mundo hostil. Son historias que conmueven, que llegan, que tocan la fibra, que emocionan por auténticas.
Escribe Jesús Marchamalo en Las bibliotecas perdidas que Robert Graves trabajaba en su casa de Mallorca en una habitación en la que, salvo los interruptores de la luz, todo estaba hecho a mano, porque era importante para su actividad creativa saber que estaba rodeado de cosas construidas de forma artesanal. Lo imaginas en ese espacio anclado en el tiempo, dando vueltas a una historia que gira en torno a la teoría del británico Samuel Butler, traductor al inglés de La Odisea, quien, a finales del siglo XIX, tuvo el atrevimiento de defender que La Iliada y La Odisea estaban escritas por manos diferentes. Esta última no la habría escrito Homero, pues, tras un análisis pormenorizado, llegó a la conclusión de que fue escrita por una mujer, poniendo en pie de guerra a la crítica literaria victoriana, en una época en que las mujeres todavía eran una rara avis en la literatura y las artes.
La hija de Homero, escrita y publicada a la par que Los mitos griegos (1955), retoma la teoría de Samuel Butler y reconstruye con audacia la historia de esa mujer que escribió La Odisea. Su nombre, en la ficción de Graves, es Nausícaa, hija de Alfides, rey de los elimanos, pueblo griego establecido en la costa occidental de Sicilia, lugar donde se desarrolla la trama. La novela narra la historia de la desaparición de su hermano y la búsqueda por parte de su padre, cuya ausencia será aprovechada por un numeroso grupo de nobles que pretenden hacerse con el trono. Nausícaa es el medio para legitimar la rebelión, por lo que la presionan para que decida contraer matrimonio con uno de ellos a través de un banquete continuo a costa de su hacienda. Nausícaa, narradora en primera persona, tendrá que desplegar su inteligencia para frenar las perversas intenciones de los pretendientes.
La novela no requiere la lectura previa de La Odisea, pues es una obra de amores e intrigas palaciegas, con el mundo mediterráneo de la antigüedad como telón de fondo, situada a mediados del siglo VIII antes de Cristo. La hija de Homero contiene un discurso feminista, con Nausícaa como auténtica heroína que rompe estereotipos por partida doble: frenando y dando su merecido a los pretendientes, con la ayuda Atón, un joven naufrago que aparece en la playa; y sobre todo, inmortalizando la epopeya homérica para convertirla en la primera novela griega, como señala Graves al final de Los mitos griegos.
No obstante, hay un tercer nivel en la narración. Si se conoce La Odisea, la lectura adquiere otra dimensión y se hace más rica, pues muchos de sus componentes se encuentran en La hija de Homero: Nausícaa es el nombre de la narradora y protagonista, Euriclea, el de la viaja nodriza, Eurímaco y Antinoo, el de los subversivos pretendientes, Argos, el del perro de su desaparecido hermano, Eumeo el del porquerizo, Demódoco y Femio, de los bardos, Méntor, el del hermano del rey… La novela contiene elementos que nos remiten directamente al poema homérico para mostrarlo desde una perspectiva novedosa. Nausícaa quiere ser inmortal, como Homero, y para ello toma la epopeya de Ulises que cantan los bardos y la reinterpreta añadiendo el final que todos conocemos basado en su experiencia personal, de manera que enlaza realidad y ficción, historia y mito. La hija de Homero contiene por tanto una reflexión acerca de la creación literaria, sobre cómo los novelistas convierten sus vivencias en material narrativo. Con otra vuelta de tuerca, hasta podemos aventurar que La Odisea de Nausícaa, la hija de Homero, fue la primera novela de autoficción de la historia. El juego de Robert Graves es genial.
Muchos siglos después, cerca del lugar donde Nausícaa escribió La Odisea, en la localidad siciliana de Milo,frente a la fumarola del Etna, viviría otro de los grandes aeda que mantuvo viva la llama de Homero. Él era otro de sus hijos, y hoy lloramos su muerte.
Siguiendo la estela de Homero, entre un tumbo y otro tumbo, encuentro en mi biblioteca un libro titulado Dioses y héroes de la antigua Grecia, de Robert Graves. Lo publicó en 1960, como una especie de apéndice de su extensa obra dedicada a compilar Los mitos griegos (1955).
Cuenta Lucía Graves en el prólogo de la novela La hija de Homero, que su padre buscaba en los orígenes de la cultura europea el origen del comportamiento de su generación, una generación que vivió las dos guerras mundiales. Robert Graves, que participó en la primera, como su colega J.R.R.Tolkien, y fue gravemente heridoen la batalla de Somme (estuvo oficialmente muerto durante 48 horas), decidió retirarse del mundo urbano (in)civilizado que conocía para bucear en la antigüedad en busca de los valores perdidos en el subconsciente. Ahí se encontró con Deià, un pueblo mallorquín entre el mar y la montaña que recordaba al paisaje griego, un lugar mediterráneo, rural y primitivo donde los antiguos ciclos agrícolas seguían estando presentes.
Dioses y héroes de la antigua Grecia es un librito corto (115 páginas), compuesto de relatos breves pero intensos con los que atrapar a los lectores y llevarlos directamente al Olimpo. Son relatos independientes, unidos por hilo de oro divino casi imperceptible, que tienen como protagonistas a dioses y héroes cuyas historias se convirtieron en mitos. Unos mitos que se fueron transmitiendo de manera oral hasta que pasaron a formar parte de las obras de Homero, Hesíodo y tantos otros poetas griegos. Estos, a su vez, fueron recogidos por los romanos que adoptaron a los dioses griegos pero con nuevos ropajes, y sus escritores también los utilizaron como material narrativo, como Ovidio, que intentó reunir la extensa historia mitológica en su magna obra Las metamorfosis. Robert Graves, salvando las distancias, hace algo similar en Los mitos griegos y en Dioses y héroes de la antigua Grecia, y nos dice que lo hace para rescatarlos del desprestigio y la desvalorización a que los había sometido la Iglesia en los últimos dos mil años para destacar así la superioridad espiritual de la Biblia.
A diferencia de los relatos bíblicos, los mitos griegos no son solemnes, sino todo lo contrario, son mitos pendencieros y divertidos, como eran los propios griegos de la antigüedad. Los dioses, aunque con poderes sobrenaturales, tenían forma humana, se comportaban como los humanos y se relacionaban con ellos, decidiendo, muchas veces de manera caprichosa, el destino de sus vidas. Eran celosos y vengativos, y a una buena acción de un mortal podían no responder con una recompensa sino con un castigo, como les ocurrió a los feacios que finalmente llevaron a Ulises hasta Ítaca. Estos dioses no eran de fiar, tan pronto planchaban un huevo como freían una corbata, pero, con mucho, prefiero el casco de Atenea a las llaves de San Pedro.
El autor de Yo, Claudio, nos presenta a los dioses del Olimpo para, a partir de ahí, narrar multitud de historias en las que ellos mismos participan, y que más o menos conocemos aunque sea de oídas; como las de Orfeo y Eurídice, Sísifo, el rey Midas, el rapto de Europa, Perseo y Medusa, Teseo y el minotauro, Jasón y el vellocino de oro, las doce pruebas de Hércules..., así hasta veintisiete relatos narrados con la maestría de Robert Graves. El libro termina con el destronamiento de los dioses del Olimpo y la llegada del cristianismo:
«Juliano de Constantinopla, el último emperador romano que adoró a los dioses del Olimpo, murió luchando contra los persas en el año 363 después de Cristo. Las tres parcas, entonces, informaron a Zeus que su reinado finalizaba y que él y sus amigos debían abandonar el Olimpo. Furioso, Zeus destruyó el palacio con un rayo y se fueron todos a vivir entre la gente humilde del campo, esperando tiempos mejores. Los misioneros cristianos, no obstante, los persiguieron con la señal de la cruz y transformaron sus templos en iglesias, que repartieron entre los santos más importantes. Y así, los mortales pudieron volver a contar el tiempo por semanas como les había enseñado el titán Prometeo. Los dioses del Olimpo se vieron obligados a esconderse en bosques y en cuevas, y nadie les ha visto desde hace siglos».
De momento, sigo navegando en el cómodo barco de Robert Graves (leyendo La hija de Homero), y no hay duda de que seguiré dando un tumbo y otro tumbo por los infinitos mares de la antigüedad en busca de aquellos dioses escondidos.
Termino de leer La Odisea, un libro que no estaba para nada en mi lista de próximas lecturas. La edición que he leído pertenece a una vieja colección titulada Biblioteca de Obras Famosas que publicó Ediciones Alonso en el año 1966. No aparece el nombre del traductor o de la edición que se utilizó para la colección, tan solo hay un breve e interesante prólogo firmado con las iniciales L.H.A. El papel se conserva bien después de más de cincuenta años, y la edición es manejable, encuadernada en tapa dura entelada en rojo. El libro lo compré en 2012 en el mítico Bazar del TBO para acompañar a La Iliada de Gredos, de mayor linaje, que llevaba mucho tiempo desparejada en la estantería.
La única responsable de que tuviera que acudir en busca de Homero es Irene Vallejo. Suya es la culpa, y a ella agradezco semejante atrevimiento. En El infinito en un junco dedica muchas páginas a Homero, pero son las palabras que escribe sobre Ulises y La Odisea en el capítulo 30 de la primera parte las me hicieron rendirme a la evidencia de que no podía postergar más al padre (¿ciego?) de la literatura.
El argumento es de sobra conocido, a saber, el regreso de Ulises a Ítaca después de la guerra de Troya y de otras muchas aventuras a las que sobrevive gracias al favor de Atenea, la Diosa de los ojos claros. Allí se encuentra con cincuenta tipos que dan la tabarra, día y noche, a su esposa Penélope, presionándola para que se decida de una vez por uno de ellos; y con su hijo, el joven Telémaco, ya harto de que coman y beban de gorra y sin mesura, un día sí y otro también.
Tengo la sensación de que el divino Ulises no tenía prisa por regresar a casa (como escribiría muchísimos años después el poeta Cavafis: «mas no apresures mucho el viaje, mejor que dure muchos años, y atracar, viejo ya, en la isla»). Después de diez años de guerra tardó otros diez en volver, cuando Ítaca no quedaba tan lejos de Troya (a dos o tres semanas de viaje, no más). Es verdad que muchas veces las pasa canutas. Casi termina en el fondo del mar en varias ocasiones (Poseidón le tiene ojeriza por lo de Polifemo); tiene que poner pies en polvorosa de la isla de los los gigantes lestrigones; utilizar su audacia para no convertirse en la merienda del cíclope; o atarse a un mástil para no escuchar el peligroso canto de las sirenas. Pero la mayoría del tiempo vive como un Dios, literalmente. Primero con Circe (a pesar de que casi lo convierte en un cerdo como a sus compañeros, y de que lo envía al inframundo en busca del adivino Tiresias). Y más tarde, con la bella ninfa Calipso, la de las trenzas de oro, con quien pasa siete años en el paraíso, aunque a veces llore de nostalgia. Hasta que interfiere la metomentodo Atenea, quien, rendida a sus pies, cansada y celosa de una Calipso que lo acapara por completo, logra, jerarquía mediante, que le deje marchar, a sabiendas de que la prudente Penélope, mortal ella, ya no es rival para la hija de Zeus.
Escribe Irene Vallejo que «Ulises es una criatura luchadora y zarandeada que prefiere las tristezas auténticas a una felicidad artificial […] La decisión del héroe expresa una nueva sabiduría que nos susurra que la humilde, imperfecta y efímera vida humana merece la pena, a pesar de sus limitaciones y desgracias, aunque la juventud se esfume, la carne se vuelva flácida y acabemos arrastrando los pies». De todo se cansa uno, hasta del paraíso. Pero si Atenea no llega a meterse donde no la llaman, allí que se habría quedado tan ricamente nuestro héroe, por los siglos de los siglos.
Es evidente que Penélope no espera el regreso de su marido después de tanto tiempo. Cree firmemente que ha fallecido y no alberga esperanza alguna de su vuelta. Penélope no elige a ninguno de los insaciables pretendientes porque está mejor así como está, libre, sin marido que la mande callar, como en ocasiones hace su impertinente hijo, que ya apunta maneras. Y la famosa mortaja que teje y desteje para su suegro Laertes durante tres años (también estará deseando perderlo de vista), no es para esperar a Ulises, sino para que la dejen en paz los que han ocupado su casa. No le hará mucha ilusión reencontrarse con su viejo esposo, a quien ni reconoce cuando se le pone delante; tampoco es que se alegre demasiado cuando le quiten de en medio, literalmente, a sus acosadores. Tal vez le duela la terrible e injusta ejecución de sus criadas "desleales", pero tampoco Homero nos dice mucho al respecto. Vamos, que Penélope ya se había acostumbrado a la libertad de la viudez, y ahora resulta que regresa el marido perdido, disfrazado de viejo achacoso y harapiento, dispuesto a darse un baño de sangre. ¡Qué fatalidad!
El único que espera pacientemente a Ulises, ya muy viejo, es su fiel perro Argos. La escena es conmovedora. El perro, ya viejo, abandonado y maltrecho, sin poder ladrar ni moverse, reconoce a su dueño, tras veinte años de ausencia, alzando las orejas y moviendo el rabo. Ulises, transformado en mendigo, se emociona del gesto de su fiel amigo y una lágrima se desliza por su mejilla, sin poder acercarse a él para que no lo descubran. «Y entonces la Ker de la negra muerte se apoderó de Argos, cuando acababa de ver a Ulises después de veinte años». Penélope y Telémaco merecerían un buen tirón de orejas por descuidar de esa manera al pobre Argos.
Termino de leer La Odisea y todavía tengo rondando a Eos, la hija de la mañana, la de los dedos rosados, y a Poseidón, de los cabellos azules, y al ilustre Hades y a la implacable Perséfone (Edes y Persifonia en mi edición), y al ingenioso Ulises, y a Atenea, la de los ojos claros, y a la discreta Penélope, y al prudente Telémaco, y hasta la negra Ker. No hay nombre de mortal o inmortal que no vaya acompañado de un epíteto que se repite continuamente a los largo del relato. Imagino que eran las fórmulas que utilizaban los aedas (o bardos) para memorizar las historias que cantaban, en una época en que todavía no estaban escritas.
La magia de La Odisea es que reconocemos perfectamente su sonido, pese a que nos llega de una época tan remota como la Edad del Bronce. El genio de Homero, si es que lo hizo él, fue el de inmortalizar estas historias dejándolas por escrito.
La Odisea, definitivamente, me deja varado en la antigüedad, aunque no tanto como a ese rico alemán de mediados del siglo diecinueve llamado Heinrich Schliemann, tan loco por las obras homéricas, que dejó su vida para embarcarse en la quijotesca empresa de encontrar los lugares que allí se mencionaban. Lo más increíble de todo es que los encontró. Pero esa ya es otra historia.
Hace un año que leí el magnífico Yo, Claudio, de Robert Graves. El azar ha querido que por estas mismas fechas vuelva a leer una novela histórica sobre la antigua Roma, aunque en esta ocasión, la culpa es más del autor más que del tema. Me refiero a John Williams, autor de Stoner, novela que me dejó tan fascinado que no me ha quedado más remedio que seguir leyendo al autor norteamericano.
John Williams (1922-1994) fue un escritor poco prolífico. Publicó tan solo cuatro novelas y dos libros de poemas. Solo la noche (1948), Butcher’s Crossing (1960) (mi próximo objetivo), Stoner (1965) y August (El hijo de César, desafortunado título de la edición española) (1973), que fue premiado con el National Book Award. Tras leer Stoner, logré hacerme con El hijo de César, publicado en 2016 por la editorial Pàmies, al parecer, con motivo de su reedición en Estados Unidos para conmemorar, nada menos, que los dos mil años del fallecimiento del emperador Augusto. A pesar de que se publicó solo hace cinco años, quedan pocos ejemplares en circulación y es uno de esos libros que conseguirlo supone todo un reto. Tras mucho buscar, el libro lo tenía delante de mis narices, pues finalmente lo encontré en la librería La Candela que es una de mis librerías habituales.
La novela de John Willliams es el eslabón cronológico que une Los idus de marzo (1948), de Thornton Wilder y Yo, Claudio (1934), de Robert Graves. Tres obras maestras de la literatura que reconstruyen el inicio de Imperio romano, tres anglosajones convertidos en referencias literarias de la novela histórica. Robert Graves nació en Londres en 1895, aunque quiso acercarse al Mare Nostrum y vivió en la mallorquina localidad de Deià. Sin embargo, tanto Thornton Wilder (1897) como John Williams (1922) eran estadounidenses del medio oeste, el primero de Texas, el segundo de Wisconsin. Curiosamente, los tres tuvieron necesidad de escribir sobre los inicios del Imperio, y los tres lo hicieron con acierto y maestría. No me cabe la menor duda de que John Williams había leído a Wilder y a Graves, y de ambos toma elementos narrativos para su August. La obra sigue un orden cronológico, desde el año 45 a. De C. hasta el 14, a pesar de los diferentes narradores y fuentes de la historia, fundamentalmente cartas, igual que en en Los idus de marzo, y memorias como en Yo, Claudio. Aunque aquí Augusto, evidentemente, no es un pelele ignorante en manos de su cruel esposa.
Comienzo a leer El hijo de César y enseguida quedo atrapado por la maravillosa prosa de Williams. Tengo la sensación de que Octavio, el primer emperador de Roma, el hombre más poderoso del mundo, es William Stoner, el humilde profesor de Literatura del medio oeste norteamericano. El salto que dio Williams de una novela a otra es enorme, tanto en el tema, como en la estructura narrativa. Es evidente que Williams quería alejarse de sí mismo, en el espacio y en el tiempo, alejarse de su pequeño mundo; y por eso salta del intimismo autobiográfico de un personaje aparentemente irrelevante, a uno de los hombres más poderosos de la Historia. En ese salto, y esto es lo más sorprendente, resulta que apenas si se mueve; afortunadamente, porque Octavio Augusto es William Stoner, y como en Stoner, retrata su vida, desde su adolescencia (siendo Octavio), pasando por su edad adulta y su vejez (ya Augusto), hasta su muerte. John Willliams tardó ocho años en hacer ese viaje para quedarse donde exactamente donde estaba.
La novela se divide en tres partes. La primera parte es más política, más épica, narrada desde el punto de vista de varios hombres, sobre todo los más cercanos a Octavio: Agripa, Mecenas y Salvidieno Rufo, que nos cuentan desde el asesinato de Julio César hasta la batalla de Filipos (42 a. C.) en la que caen Bruto y Casio, asesinos de César; y la de Actium (31 a. C.) en la que Marco Antonio y Cleopatra son derrotados y Octavio se hace con todo el poder de Roma. La segunda parte es más intimista, más social, más cultural y está narrada fundamentalmente desde el punto de vista de una mujer, su hija Julia, una mujer inteligente adelantada a su tiempo, quien desde su destierro en la isla Pandetaria rememora su vida, e indirectamente la de su padre. En ella aparecen personajes como Virgilio y Horacio protegidos de Augusto, o también Ovidio, que será amigo de Julia, y que acabará desterrado como ella (Irene Vallejo menciona este asunto en El infinito en un junco). Aquí aparece como personaje secundario la figura de Livia, que no es ni mucho menos la mujer malvada y manipuladora que pinta Graves, pero sí una mujer que ambiciona el poder de su hijo Tiberio, que será el tercer esposo de Julia, tras Marcelo y Agripa, y a la postre, contra pronóstico, sucesor de Augusto. La tercera parte de la novela la narra el propio Augusto al final de su vida. Como en Stoner, el protagonista se pregunta si su vida ha merecido la pena. El lector va conociendo la vida de Augusto desde fuera hacia adentro, se va acercando lentamente para llegar finalmente al interior del personaje, desde el dios todopoderoso hasta el hombre de carne y hueso. Esta tercera parte es una larga carta que escribe poco antes de morir, durante su viaje a la Isla de Capri, donde moriría el 19 de agosto del año 14. Octavio Augusto se desnuda y se muestra como un hombre sabio que ha vivido mucho, que ve el final cerca, que reflexiona sobre el sentido de la vida, épica en la juventud, trágica en la edad adulta, y cómica en la vejez: «Como un caparazón vacío, el pobre actor digno de lástima acaba por descubrir que ha representado tantos papeles que ha dejado de ser él mismo» (287).
El hijo de César y Stoner, son las dos caras de la misma moneda. El hijo de César es una obra más ambiciosa, más dinámica, más arriesgada técnicamente, tal vez más lograda que Stoner, incluso más premiada; tal vez (solo tal vez) mejor escrita que Stoner. El hijo de César es una gran novela, una novela histórica a la altura de Yo, Claudio o Los idus de marzo. Sin embargo, si tuviera que elegir entre las dos novelas, me quedo con Stoner. Porque entre el gris profesor al que un soneto cambió la vida y el brillante emperador llamado por el destino para salvar a Roma de sí misma, sin duda, me quedo con el primero.
El pasado 21 de enero falleció mi padre. Desde entonces me dedico a bucear en las profundos mares de la memoria, buscando su rostro, sus gestos, sus palabras, para sacarlo a la superficie, para rescatarlo, antes de que el olvido se encargue de difuminar sus contornos lentamente. En esta tarea necesaria me ha sido de gran ayuda el libro de Paul Auster, La invención de la soledad. Lo compré en Madrid el 9 de mayo de 2005, en un viaje que apenas recuerdo. Sé que estuve allí porque lo dejé por escrito en la primera página del libro. Sí que me acuerdo de leerlo poco después, durante la convalecencia en el hospital de mi madre, que fallecería en septiembre de ese mismo año. Ya entonces me pareció un libro a tener en cuenta. Y lo vuelvo a rescatar. En La invención de la soledad, Paul Auster hace un ejercicio de memoria para recordar a su padre, fallecido repentinamente, lo que le lleva a rememorar otros momentos importantes de su existencia y reflexionar sobre la memoria, la escritura, la soledad y la vida.
Saco el libro del estante, instintivamente, como si me estuviera esperando. Sé que lo necesito para mi propósito. Comienzo a leerlo. «Supe que tendría que escribir sobre mi padre […] Pensé: mi padre ya no está, y si no lo hago deprisa, su vida entera se desvanecerá con él». Las imágenes del padre de Auster se superponen a las de mi padre. «Descubrí que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto. Los objetos son inertes y solo tienen significado en función de la vida que los emplea. Cuando esa vida termina, las cosas cambian, aunque permanezcan iguales. Están y no están allí, como fantasmas tangibles, condenados a sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen». En cada escena, en cada capítulo repito el ejercicio de memoria escribiendo en mi cuaderno. Miro sus fotografías y siento que todavía está aquí. ¡Hola Capitán!, me dice con una sonrisa. Las contemplo con absoluta atención, como si estuviera vivo. «El hecho de que muchas de estas fotografías eran totalmente desconocidas para mí, sobre todo las de su juventud, de daban la extraña sensación de que lo veía por primera vez y de que una parte de él comenzaba a existir ahora. Había perdido a mi padre: pero al mismo tiempo lo había encontrado». Esa es la parte que más quiero recordar, precisamente la que no forma parte de mis recuerdos directos. La de su juventud, cuando yo todavía no existía, ni siquiera formaba parte de un mínimo plan de futuro. Sobre esa época escribo en mi cuaderno, a partir de difusos fragmentos de recuerdos de conversaciones con él y con mi madre. La figura de mi madre reaparece en estos momentos con más claridad, como si mi padre hubiese encendido la luz en una habitación que llevaba tiempo en penumbra, la habitación en la que por fin se reencuentran.
En la primera parte de La invención de la soledad, Auster narra en primera persona diferentes fragmentos de la vida de su padre. Se remonta a sus orígenes, al trágico episodio de principios del siglo veinte en el que su abuela mató a su abuelo de un disparo. Nos muestra el carácter solitario de su padre y la conflictiva relación con su madre que terminó en divorcio; nos habla de su trabajo, de su casa, de sus aficiones, de sus tics, de la relación que tuvo con sus hijos (con él y con su hermana). También pone al descubierto las dificultades que tiene el propio autor para escribir esta historia. «Mi necesidad de escribir era tan grande que creí que la historia se escribiría sola. Pero hasta ahora las palabras ha llegado con mucha lentitud […] He comenzado a sentir que la historia que intento contar es de algún modo incompatible con el lenguaje, y que su resistencia a las palabras es proporcional al grado de aproximación a lo importante, de modo que cuando llegue el momento de expresar lo fundamental (suponiendo que eso exista) no seré capaz de hacerlo».
En la segunda parte del libro, titulada El libro de la memoria, cambia a un narrador en tercera persona. La lectura se hace más ágil, más ligera, y a la vez más intensa y reflexiva, como si el autor se hubiera liberado del peso del recuerdo del padre, como si hubiese rendido cuentas con él. Auster se aleja precisamente para hablarnos, de manera fragmentaria, de él mismo, de su vida, de su matrimonio, de sus viajes iniciáticos, de sus lecturas, de su hijo Daniel, de sus primeros encuentros con el arte y la literatura, con Carlo Collodi, con Van Gogh, con Vermeer, Emily Dickinson, con Mallarmé. Defiende la idea de que el único camino que conduce a la memoria pasa inexorablemente por la soledad y la escritura. Paradójicamente, ese estado de soledad desaparece en el momento en que uno comienza a transitarla, para reencontrarse con los recuerdos, modelados por la escritura, actividad esencial convertida en medio y fin. Paul Auster se propone encontrar rimas, en forma de coincidencias, en los acontecimientos de la vida y de los recuerdos, en un maravilloso ejercicio que pretende dar un sentido literario a la realidad, para hacerla más llevadera, más soportable.
Termino la relectura del libro de Paul Auster, un libro ya anclado definitivamente en mi vida, en el final de la vida de mis padres; pero mi viaje por los insospechados vericuetos de la memoria todavía no ha terminado. Auster marca una senda que sigo recorriendo, la de los caminos de la memoria que únicamente pueden ser transitados en soledad, con una pluma y una página en blanco. Escribe Irene Vallejo en El infinito en un junco que el acto de escribir alarga la vida de la memoria e impide que el pasado se disuelva para siempre. Encuentro una frase de Sartre que anoté en el primer cuaderno que empecé a escribir, allá por 2005: «El recuerdo es el único paraíso del que no podemos ser expulsados».
La invención de la soledad termina con esta palabras:
Cambio de año inmerso en la lectura de El infinito en un junco de Irene Vallejo. Es un libro fascinante que me tiene atrapado desde hace más de diez días. Termino la primera parte dedicada al mundo griego, pero antes de pasar a Roma, decido hacer una incursión rápida en la narrativa. Entro en mi biblioteca y extraigo del estante un libro que lleva ahí mucho tiempo y que todavía no he leído. Se titula Seda, de Alessandro Baricco. Seguramente lo compré por el enorme éxito que tuvo en su día. Lo cierto es que nunca lo había abierto, ni tenía intención de leerlo. Pero hoy es su día. Los motivos: ayer escuché el estupendo podcast de Mr. Gwyn del programa Un libro, una hora. Y además, resulta que Océano mar es uno de los libros que Irene Vallejo se llevaría a una isla desierta. Baricco me asedia y en mi biblioteca solo está Seda.
Comienzo a leer Seda. Cuando me doy cuenta, voy por la última página. La sensación es buena. Me gusta. La clave está más en la forma que en el fondo, más en la estructura y el lenguaje que en el tema.
La historia se sitúa en la segunda mitad del siglo diecinueve en Lavilledieu, una villa del sudeste francés dedicada a la producción de seda. El protagonista es Hervé Joncour. Una plaga que acaba con los huevos de los gusanos de seda le lleva en cuatro ocasiones a Japón para traerlos de manera clandestina. Han pasado siglos desde que Marco Polo viajara al Japón, pero sigue siendo un viaje a lo desconocido, a lo exótico , a la maravilla. Hervé Joncour es un hombre felizmente casado, sin embargo, en Japón queda hipnotizado por la misteriosa esposa de Hara Kei, el señor feudal que le vende la preciada mercancía.
Con estos ingredientes, Alessandro Barico construye una novela de una gran belleza. Minimalista, suave, liviana, como la seda. Se compone de sesenta y cinco capítulos cortos, narrados con un lenguaje preciso y sencillo, sin florituras pero muy poético. De lectura fácil. Me recuerda El amante de Marguerite Duras. La novela parece una canción, con un estribillo que se repite en las cuatro ocasiones en las que Hervé Joncour recorre por tierra y mar los miles de kilómetros que le separan de Japón. La letra de la canción es esa lucha entre la realidad y el deseo que se intuye en la mente del protagonista. Porque Seda es una novela que deja mucho espacio a la imaginación del lector. Baricco nos ofrece un esbozo, la punta del iceberg, los trazos de cuadro impresionista en el que los detalles no existen. Ahí está el mérito de esta pequeña gran novela cuyo éxito es más que merecido.
«Con el tiempo, empezó a concederse un placer que antes se había negado siempre: a quienes venían a visitarle les relataba sus viajes. Escuchándole, la gente de Levilledieu aprendía el mundo y los niños descubrían lo que era la maravilla. Él narraba despacio, mirando en el aire cosas que los demás no veían» (p.153)
Traducción de Xavier González Rovira y Carlos Gumpert
Vuelvo a la narrativa de Andrés
Trapiello y mantengo intacto mi
objetivo de leer todas sus novelas. Van seis este año. La
maladanza es su tercera novela. Me
costó conseguirla porque está descatalogada. Los ejemplares que se
venden en las librerías de ocasión no son muchos por lo que los
precios están un poco disparados como ocurre con algunos de los
libros de Trapiello. Finalmente encontré un ejemplar que estaba
incluido en una colección de la editorial a un precio razonable.
La
malandanza se publicó en 1996, cuatro
años después de El buque fantasma
y ocho de La tinta simpática.
El autor madrileño nacido en León desembarcaba por fin
literariamente en la capital para mostrarnos una semblanza de los
inicios
de la Transición.
En
el ambiente sórdido de la noche madrileña se inserta una trama de amistad y copas, de violencia política y de vendetas. Los protagonistas son dos currelas
cuarentones, técnicos de cine, uno electricista, otro ayudante de
dirección, que han terminado trabajando en el nuevo medio estrella:
la televisión. Melero es soltero. Varilla casado y con dos hijos.
Son compañeros y amigos que tienen la costumbre de salir por la
noche madrileña para terminar de madrugada bebiendo en la barra de
un burdel de la calle Montera. Están orgullosos de haber trabajado
en la película Campanadas a medianoche
de Orson Welles.
Varilla sueña con dirigir una película. Y ahí aparece el tercer
personaje de la novela, Ahmed, una decadente gloria del boxeo.
Varilla quiere rodar una película con su vida. Una noche, el azar
cruza sus caminos. Esa noche es el inicio de la novela.
El
relato comienza cuando Varilla y Melero, tras cruzarse con Ahmed a
altas horas de la madrugada, se encuentran con un grupo de matones
extrema derecha que está dando una paliza a una pareja. La
injusticia despierta el espíritu quijotesco de nuestros héroes que
no dudan en intervenir para salvarlos de una muerte probable. Los
violentos fascistas se marchan y en el camino de regreso a sus
domicilios tienen un accidente. La que sale peor parada es la bella
Bego, las más cruel y fanática del grupo de escuadristas. Bego
disfruta saliendo a cazar rojos en la noche madrileña como si fueran
alimañas. Charly es su pareja y Gus, el gordo, es el tercero del
grupo. Son hijos de franquistas que se niegan a aceptar el final del
régimen. La pareja que esa noche ha sufrido el ataque es una joven
pareja de médicos. La sorpresa viene cuando la agredida, días
después, reconoce a su agresora en una cama del hospital
recuperándose del accidente. A partir de ahí se desarrolla la
trama.
Los
personajes de la novela están logradísimos. Nuestros héroes,
Varilla y Melero, son buenos tipos que no van de nada y que tampoco
piden demasiado a la vida. Ahmed, la vieja gloria del boxeo y su
enamorada Vicky, la prostituta que sueña con otra vida, son
personajes que apenas notan el viento de la Historia. A Bego y el
resto de escuadristas, por un lado, y a Luis y Esther, la joven
pareja de médicos por otro, ese viento los arrastra, a cada uno
hacia un lado.
La
malanzanza es una novela callejera y
realista, que se mueve, como
la vida misma, muy trapiellana, con reminicencias del Madrid
decadente que recorrieron Max Estrella y Don Latino a principios del
siglo veinte. La malandanza
es también una especie de western urbano que mantiene la tensión en
torno a una venganza que sirve de excusa al escritor para pintar un
estupendo fresco de la noche capitalina de finales de los años
setenta (la historia transcurre en el año
1977). La
malandanza emociona y divierte a partes
iguales, con unos personajes que permanecen
en la memoria.
«Tú
ríete lo que quieras, tómatelo a guasa. Pero tengo razón, La
televisión es una cosa de borregos, la hacen para borregos y la ven
todos juntos, como en manada, con la luz encendida, sin parar de
hablar; el cine, no, el cine es para gente libre a la que no le da
miedo estar sola ni la noche ni los finales tristes ni le teme al
silencio. La televisión vuelve a la gente más idiota, el cine yo
creo que nos vuelve más libres» (P.133).
El Domingo de las Madres, publicada en 2016, podría ser la típica novela de amor que comienza como el clásico “érase una vez”, pero no lo es, porque Graham Swift destroza el canon de la novela amorosa en mil pedazos. El Domingo de las Madres transita por derroteros mucho más interesantes e inesperados que hacen de ella una novela extraordinaria.
La novela está narrada en tercera persona, pero con una distancia muy cercana a la primera. Pronto sabemos que la narradora nos está contando un capítulo de su vida que ocurrió sesenta años atrás, concretamente el 30 de marzo de 1924, el día que se celebraba el Domingo de las Madres. Los señores daban ese día libre a sus criadas para que volvieran a sus casas a visitar a sus madres. Pero la narradora y protagonista, la criada Jane Fairchild, es huérfana y ese día le ocurrirá algo que cambiará su vida para siempre. Jane tiene 22 años y sirve en la casa de los Niven, un matrimonio que perdió a sus dos hijos en la Gran Guerra. Ese día 30 de marzo, Paul Sherinigham, vecino de los Niven, quien también había perdido a sus dos hermanos en la guerra, llama a Jane por teléfono. Su casa se ha quedado vacía. Las criadas se han marchado y sus padres han quedado a comer con los padres de su futura esposa y con los Niven para celebrar su futuro matrimonio con Emma. Paul debería ir a esa comida, pero llama a Jane, con quien mantiene una relación, para despedirse de ella. Ese día tendrán la casa para ellos solos.
Jane es una criada y parece destinada como muchas otras a ser esa especie de ente invisible que mantiene una casa en marcha. Pero ella es mucho más que eso. Pasa sus ratos leyendo, fascinada por la literatura, por las novelas de chicos como La isla del tesoro. Su trabajo, sus orígenes y esta pasión lectora la transforman en una observadora de las vidas ajenas, de los detalles, de lo que ocurre a su alrededor, la convierten en mucho más que una criada. Jane nos cuenta su vida saltando de un recuerdo a otro, dejando huecos, construyendo el pasado y el presente.
Ese 30 de marzo de 1924 es el día que nos relata, el día en que Jane descubre que la desnudez iguala al señor y a la criada, el día en que es consciente de su vida y de su futuro, el día en que la felicidad y el dolor se funden en su memoria para convertirse en la materia prima de su escritura. Es el día en que Jane, después de que Paul se marche a comer con su futura esposa, entra desnuda en la biblioteca de los Sherindhan y tras abrazar uno de los libros tiene una revelación: será escritora. Es el día en que Jane rompe con las barreras establecidas por la sociedad, el día en que ser huérfana es lo mejor que le ha podido pasar, en que ser mujer no le parece un impedimento para llegar a ser quien quiera ser, el día en el que una sirvienta como ella deja de pertenecer a las clases subalternas.
Eros y Thanatos se unen en esta historia con final feliz que rompe con el arquetipo de los cuentos clásicos. La Cenicienta no se casará con el príncipe azul. Tampoco morirá de amor, ni se quitará la vida cuando él no esté. Ni siquiera llorará su pérdida. En su lugar, aplacará el dolor leyendo un libro: Juventud de Conrad. Lo que hace Jane es colarse por las rendijas que le ofrece la cerrada sociedad británica de los años veinte para alcanzar la libertad, una libertad que previamente había logrado en su interior a través de la lectura de novelas. Stevenson le ensanchará el mundo, pero será Conrad quien realmente marque el camino de su escritura y de su vida.
La literatura la rescata de su orfandad, la salva de su condición de criada, le da alas para imaginarse otra vida posible. Jane ha nacido con un destino marcado: mujer, huérfana y criada en la Inglaterra de principios del siglo veinte. La relación que establece tanto con el señor Niven como con Paul Shernighan le cambiará la vida. Con el señor Niven establece una paternal relación intelectual, pues es quien le permite leer los libros de su biblioteca. Con Paul, una relación sentimental que será la que le proporcione el valor suficiente para quitarse el disfraz de criada. Jane romperá con su destino el día del Domingo de las Madres. Y esa historia la contará sesenta años después, cuando ya sea una escritora reconocida. Aquí entra en juego la memoria como materia prima de la escritura, lo que Jane decide recordar y lo que decide olvidar, los que nos cuenta y lo que intuimos de sus silencios, de sus huecos. Jane nos cuenta una realidad lo más parecida a la ficción que haya podido imaginar. Porque la realidad se asume y se supera si se parece a las novelas que siempre hemos leído.
El Domingo de las Madres de Graham Swift ha sido todo un descubrimiento.
Traducción: Jesús Zulaika Goicoechea
Arcade fire. Sprawl II (Mountains beyond mountains)
El mes pasado, en la reseña de Stoner de John Williams, me preguntaba cuántos libros extraordinarios se me habrían escapado, cuántos de esos libros me quedaría sin leer. Era difícil en aquel momento pensar que podía encontrarme con una novela tan buena como Stoner. Y ahí llegó la recomendación de Joselu, autor del blog Profesor en la Secundaria. Debía leer Kokoro de Natsume Soseki. Ni qué decir tiene que le agradezco muchísimo haberme puesto delante esta maravillosa novela, oro puro, que se publicó en 1914 y que es considerada la obra cumbre de las letras japonesas.
Kokoro se desarrolla en Japón en los años previos a la muerte del emperador Meiji en 1912, que fue quien llevó a cabo la profunda transformación de la sociedad japonesa occidentalizando y modernizando el país. Este es el trasfondo que no es ajeno a la trama, pero la novela va por otros derroteros más intimistas. Es una novela que apunta a la esencia del ser humano, a sus comportamiento, a su moral, a la frágil línea que separa el bien del mal, a la amistad, al amor, a la felicidad, a la culpa, y lo hace a través de la introspección psicológica de sus personajes.
Soseki nos pone frente a dos personajes, el narrador, un joven estudiante universitario, y Sensei, un hombre mayor. El joven estudiante nos cuenta en primera persona cómo conoce a Sensei, cómo se acerca a él y cómo se convierte en su maestro espiritual, aunque Sensei, que es un hombre culto, no quiere saber nada del mundo y vive de espaldas a la sociedad. Está casado y no tiene hijos. El joven narra su acercamiento paulatino y la fuerte influencia espiritual que Sensei ejerce sobre él. Sin embargo, el joven no termina de comprender esa amargura que arrastra, ese pesimismo, esa enorme peso que en ocasiones transmite su maestro. Esa misteriosa carga de Sensei es el gancho que Natsume Soseki pone al lector para mantenerlo atrapado. Como gran escritor, va dejando pequeñas pistas aquí y allá, para que el lector se vaya haciendo una idea. Pero cuando llega el momento de la verdad, te deja tocado, incluso si has llegado a imaginarlo. Hasta ese instante, el joven narrador muestra la relación con sus padres a su regreso al pueblo tras graduarse en Tokio, el choque entre el mundo rural y el urbano, entre las viejas tradiciones japonesas y los nuevos comportamientos occidentalizados. La tercera parte de la novela es de lo mejor, cuando Sensei le escribe una carta al joven para contarle su vida y desvelarle el terrible secreto de su vida.
Leía a Soseki y me parecía que estaba leyendo a Delibes, y en vez del Japón de principios del siglo veinte, veía la España de los años setenta. Me ha parecido una novela muy cercana, con situaciones y personajes perfectamente reconocibles en nuestro entorno.
Natsume Soseki utiliza un lenguaje sencillo pero extraordinariamente preciso para mostrarnos los entresijos de las relaciones humanas, el interior mismo del ser humano. La estructura del libro es fundamental para atraparnos en su red. Se divide en tres partes y en capítulos cortos. Me quedo asombrado cuando leo en la Introducción de Fernando Cordobés que Soseki lo publicó por entregas en su periódico, y que la tercera parte la alargó más de lo que tenía previsto por motivos extraliterarios.
«A primera vista somos todos buenas personas, al menos, somos lo que se entiende por personas normales. ¡Lo aterrador de asunto es que, a la hora de la verdad, cualquiera puede convertirse en alguien malo!» (p.90)
Kokoro de Natsume Soseki es una novela enorme, aparentemente sencilla pero con una gran carga de profundidad. Kokoro es una forma de entender el mundo. Una obra maestra de las que dejan huella.
Infortuniosde Alonso Ramírez deCarlos de Sigüenza y Góngorafue una obra escrita y publicada en 1690 en el Virreinato de Nueva España, siendo a la sazón virrey el Conde de Galve, hermano del Duque del Infantado, personaje poderoso en la España de Carlos II. La obra narra la historia en primera persona de Alonso Ramírez, portorriqueño que viajó por el Caribe, Nueva España y Filipinas, fue capturado por piratas ingleses y hecho prisionero durante dos años y medio (desde marzo de 1687 hasta octubre de 1689), al cabo de los cuales, tras muchas penurias, fue liberado para regresar a Nueva España atravesando el Atlántico, dando así la vuelta al mundo. Este es, muy resumido, el relato de Infortunios.
Durante mucho tiempo la crítica consideró esta obra como origen de la ficción novelesca sudamericana. Sin embargo, esto cambió en 2007, cuando Fabio López Lázaro, Profesor de Historia de la Universidad de Hawái, publicó la prueba de que Infortunios era una relación histórica verídica basada en un personaje real. En 1996, Antonio Lorente Medina, Catedrático de Literatura Hispanoamericana de la UNED, ya defendía esta hipótesis, debido a que estaba demostrado que todos los personajes aparecidos en el relato eran reales y no inventados.
Al parecer, Alonso Ramírez pulió los pasajes inconvenientes de su biografía y destacó los que le favorecían en la relación que le hizo a Carlos de Sigüenza. Las investigaciones de López Lázaro, Buscaglia y Lorente Medina, pusieron al descubierto la verdadera peripecia vital de Alonso Ramírez y los motivos por los que simplificó y distorsionó la verdad, al tiempo que incluían las razones (políticas y económicas) por las que el Virrey Galve decidió que se escribiera y publicara tal versión de los hechos.
Sabemos por Infortunios que Alonso Ramírez nació en San Juan de Puerto Rico, puede que en 1662-63 (“corriendo el año 1675 y siendo menos de trece años de mi edad”, señala). Su padre era Juan de Villanueva y su madre Ana Ramírez, el primero andaluz, la segunda portorriqueña. Era una familia de pocos recursos, por lo que pronto el joven Alonso decidió salir a buscarse la vida, primero en la Habana, después en el Virreinato de Nueva España. Los primeros meses fueron de hambre y penuria, hasta que logró algunos trabajos y algún dinero, lo que le permitió regresar a la ciudad de México donde se casó con Francisca Xavier, doncella de la familia Poblete. Esta falleció en el parto, por lo que Alonso Ramírez, decidió hacer una especie de penitencia marchando a Filipinas (“quise darme pena de este delito”). Eso narra Infortunios, aunque señala Lorente Medina que las razones de su viaje a Filipinas fueron “la abundancia de aquellas islas y el considerable tráfico de la zona”, es decir, que se marchó para prosperar. Se afincó en Cavite y fue marinero y mercader durante tres años de bonanza, favorecida por la pujanza de ciudades como Batavia. Durante estos años fue protegido del gobernador, lo que le llevaba a veces a realizar gestiones comerciales, que a la postre le costarían el asalto de piratas ingleses, cosa que ocurrió el 4 de marzo de 1687.
En Infortunios describe las pésimas condiciones de la fragata que fue capturada. Se dice que era una fragata real, cuando en realidad era un champán de carga (Nuestra Señora de Aránzazu y San Ignacio). Buscaglia ha demostrado que estaba capitaneada por D. Felipe Ferrer y que Alonso Ramírez era un marinero o un carpintero de ribera.
El apresamiento es corroborado por fuentes coetáneas, como el Diario de las Novedades de Filipinas del jesuita Antonio Jaramillo, y por el New Voyage around the world, diario escrito por William Dumpier, cabecilla de los piratas, y publicado diez años después. Las tres fuentes describen los mismos sucesos sin grandes diferencias de detalle excepto en la datación de la captura, lo cual se explica por el diferente calendario (gregoriano y juliano) que seguían españoles e ingleses respectivamente.
El barco pirata se llamaba el Cygnet y rindió al Nuestra Señora de Aránzazu tras un intenso fuego cruzado que duró más de dos horas. Diez días después, los marineros del Aránzazu fueron liberados, pero algunos se quedaron con los piratas, entre ellos Alonso Ramírez. El motivo es que estos piratas ingleses ofrecían buenas condiciones a los que se unieran a la causa. En Infortunios, Alonso habla de la captura como el origen de sus penurias y humillaciones, lo que se contradice con el regalo final que le hicieron los piratas de una fragata y un valioso cargamento. Ninguno de los marineros que fueron liberados hablaron de la crueldad de los piratas. Tan sólo lo haría Alonso Ramírez, por lo que señala Lorente Medina que “su texto resulta sospechoso”.
Su siguiente hito vital fue su experiencia pirática. Los capitanes piratas aprovecharon la guerra entre la compañía inglesa y Siam para ofrecer patentes de corso a ambas partes. De este modo actuaron impunemente y se beneficiaron de la captura de barcos enemigos y de la venta posterior de su carga en el mercado negro.
La identificación de los piratas citados en Infortunio revela que Alonso Ramírez vivió sus aventuras en dos barcos distintos: primero en el Cynget, junto a Dampier, más tarde en el Good Hope, junto a Dankin y el maestre Bel, compañeros del Cynget, que habían capturado el barco en Bengala. Al parecer hubo un motín a bordo del barco por parte de los holandeses Cornelius Paterson y Hendick, identificados en Infortunios como Cornelio y Enrique. En el interrogatorio sobre el motín pesó más el testimonio de Alonso Ramírez que el de los dos holandeses que eran veteranos de la tripulación. Además dejaron a Alonso tener a su esclavo Pedro. Estos hechos demuestran que Alonso Ramírez fue más un pirata y que un prisionero.
Por último, cabe señalar el hito de la liberación y su llegada a México. Alonso Ramírez también distorsionó el episodio de su liberación. En realidad lo que ocurrió fue una liquidación de la compañía pirata y a Alonso le correspondió un valioso cargamento. Su regreso a América no fue fruto del azar y las circunstancias, sino que estaba perfectamente planeado. Alonso quería vender su cargamento en territorios ajenos al Imperio Español. De hecho no menciona en Infortunios que pasó cerca de Puerto Rico y de La Española, y su objetivo era dirigirse a Stan Creel Town, en Belice. El problema es que encalló su fragata poco antes de llegar, en la península del Yucatán novohispana. Tras este incidente no le quedó más remedio que adaptarse a las nuevas circunstancias, granjeándose la amistad del sacerdote Cristóbal de Muros y del encomendero Melchor Pacheco, que lo apoyaron hasta que el virrey tuvo noticias del asunto y lo mandó llamar para que relatara a Carlos de Sigüenza y Góngora sus aventuras, quien escribió la relación tal y como nos ha llegado. Alonso Ramírez también tuvo enemigos, como Ceferino de Castro, alcalde de Valladolid, que se apropió de la fragata y de su cargamento aplicando la Bula de Cruzada por considerarlo pirata y contrabandista. Fue el único que acertó en el blanco. Pero con la ayuda de Muros, primero y de Sigüenza y Góngora después, recuperó su fragata y su cargamento y logró eludir la verdad de su vida con la publicación de los Infortunios.
Lorente Medina lo describe como un hombre de notable inteligencia, paciente, tenaz y vitalista. En vista de todo lo que hizo es evidente que lo era.
Bibliografía:
Carlos de Sigüenza y Góngora. Infortunios de Alonso Ramírez.
Antonio Lorente Medina. Letras Hispanoamericanas Coloniales
José Miguel Oviedo. Historia de la Literatura Hispanoamericana.
Corría el año 1917 y el mundo contemplaba con horror cómo la humanidad alcanzaba las cotas más altas de barbarie en las infinitas trincheras de Europa, en los mataderos de Verdún y Somme. Una enorme grieta que llevaba directamente al infierno había engullido a la todopoderosa y envanecida civilización occidental. El progreso había mostrado su cara más terrorífica. Hubo algunos escritores que tuvieron fuerza para no mirarla directamente e imaginaron que la vida podía seguir siendo como hasta entonces, una vida feliz y despreocupada. Entre ellos estaba el escritor norteamericano Christopher Morley, quien ese mismo año publicó La librería ambulante, una novela que estaba en las antípodas del conflicto. Morley hizo exactamente lo mismo que Franz Kafka el día que estalló la guerra en Europa. Ese día caluroso del verano de 1914, Kafka escribió en su diario. «Ha estallado la guerra. Por la tarde fui a nadar». Sin embargo, el escritor praguense, desde el centro de la grieta no pudo más que imaginar el mundo que se avecinaba y un año después publicó La metamorfosis. Morley, que era tres años mayor que Kafka, sí que pudo nadar tranquilo. El mundo imaginado por Morley era Hobbiton. El de Kafka era Mordor.
Hace casi dos meses que publiqué la reseña de La librería encantada. Se trataba de la segunda parte de La librería ambulante, que no había leído previamente. Decía que seguramente había sido un acierto comenzar la casa por el tejado, pero no me queda otra que desdecirme. En este caso hay que empezar por el principio, por La ambulante, para disfrutar más de la historia de una quijotesca pareja que a esas alturas del año 1917 todavía creía en la bondad del ser humano y en la literatura como bálsamo.
He leído varias opiniones que señalan que La ambulante es mejor que La encantada. No estoy del todo de acuerdo. La ambulante creo que gusta más porque es más fresca, está narrada por el maravilloso personaje de Helen McGill, tiene el movimiento de un Rocinante tirando de El Parnaso, que es nombre de la librería rodante, y tiene una historia de amor en ciernes que se resuelve al final de la novela. Es más ligera, más despreocupada, más idealista, con el mundo rural como espacio literario, con la igualdad de género como reivindicación de la protagonista, Helen McGill, que a sus cuarenta años decide romper con la vida doméstica al cuidado de su hermano (un afamado escritor de novelas pastoriles) para irse en busca de de aventuras, reafirmando su libertad y su independencia al comprar el negocio de la librería ambulante al señor Mifflin, alter ego de Morley, sin duda. Y por supuesto, tiene los libros como protagonistas salvadores que viajan en la librería móvil recorriendo los pedregosos caminos del campo estadounidense. Sin embargo, la segunda, La encantada, se desarrolla en la ciudad de Nueva York, tiene más empaque librero, las conversaciones en torno a los libros son extraordinarias, tiene más sustancia histórica, con el trasfondo de la Gran Guerra que en La ambulante ni se menciona, incluso tiene más emoción, con la trama detectivesca y el libro de Carlyle como protagonista. Entiendo que la primera guste más, pero no creo que sea mejor. En realidad da exactamente igual porque las dos novelas de Cristopher Morley son maravillosas.
«Cuando le vendes un libro a alguien no solamente le estás vendiendo doce onzas de papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor y barcos que navegan en la noche. En un libro cabe todo, el cielo y la tierra, en un libro de verdad, quiero decir». (p.42)
Leo en la prensa que ha muerto Quino y me duele porque siento que se ha ido uno de mis autores clave. Tendría unos ocho o nueve años cuando empecé a leer las tiras de Mafalda en esos cómics apaisados de diferentes colores editados por Lumen, que comenzaban en el número cero y terminaban en el diez, en total once números que todavía conservo. Los siete primeros están publicados entre 1985 y 1988. Mi hermano los trajo a casa y no tardé en apropiarme de ellos. Me gustaban porque eran cómics protagonizados por niños que no eran para niños. Más tarde terminaría la colección adquiriendo los cuatro números que me faltaban. Los he leído tantas veces que están están desvencijados, sobre todo los primeros números. Cada época tenía mis preferidos, tanto en números como en personajes. Conforme iba cumpliendo años, mis favoritos iban avanzando en número. Ahora, los que más me gustan son los tres o cuatro últimos, los publicados en los años previos a la dictadura argentina que ya parece anunciarse en algunas tiras, porque en ellos Quino es mucho más Quino. Son los números en los que ya aparecen dos de los grandes personajes: Guille, el hermano de Mafalda, y Libertad, su amiga chiquita y reivindicativa. Los sigo leyendo porque tengo la sensación de que son intemporales, y sobre todo porque no me canso de leerlos. Continúo riéndome con la pereza imaginativa de Felipe, con la racanería heredada de Manolito, con el ensimismamiento idealista de Miguelito, la personalidad cosmopolita y beatlemaniaca de Mafalda, la tradicional casamentera de Susanita.
Continúo quitándome el sombrero ante el ingenio de Quino, de este genio de la viñeta que nos acaba de dejar.
Aquí dejo algunas fotografías de su libro De viaje con Quino: