miércoles, 30 de septiembre de 2020

Quino. In memoriam.

    


Leo en la prensa que ha muerto Quino y me duele porque siento que se ha ido uno de mis autores clave. Tendría unos ocho o nueve años cuando empecé a leer las tiras de Mafalda en esos cómics apaisados de diferentes colores editados por Lumen, que comenzaban en el número cero y terminaban en el diez, en total once números que todavía conservo. Los siete primeros están publicados entre 1985 y 1988. Mi hermano los trajo a casa y no tardé en apropiarme de ellos. Me gustaban porque eran cómics protagonizados por niños que no eran para niños. Más tarde terminaría la colección adquiriendo los cuatro números que me faltaban. Los he leído tantas veces que están están desvencijados, sobre todo los primeros números. Cada época tenía mis preferidos, tanto en números como en personajes. Conforme iba cumpliendo años, mis favoritos iban avanzando en número. Ahora, los que más me gustan son los tres o cuatro últimos, los publicados en los años previos a la dictadura argentina que ya parece anunciarse en algunas tiras, porque en ellos Quino es mucho más Quino. Son los números en los que ya aparecen dos de los grandes personajes: Guille, el hermano de Mafalda, y Libertad, su amiga chiquita y reivindicativa. Los sigo leyendo porque tengo la sensación de que son intemporales, y sobre todo porque no me canso de leerlos. Continúo riéndome con la pereza imaginativa de Felipe, con la racanería heredada de Manolito, con el ensimismamiento idealista de Miguelito, la personalidad cosmopolita y beatlemaniaca de Mafalda, la tradicional casamentera de Susanita. 

Continúo quitándome el sombrero ante el ingenio de Quino, de este genio de la viñeta que nos acaba de dejar. 


Aquí dejo algunas fotografías de su libro De viaje con Quino:
                                           








                                              
                                                               The Beatles. She loves you 

lunes, 31 de agosto de 2020

"La soledad de la ola", de Vicente Gómez



«Buscad la belleza. Es la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo». 

La famosa frase de Ramón Trecet resuena en mis oídos mientras atravesamos los agrestes parajes del parque natural. En la Librería Cabo de Gata de Pujaire, el librero recomienda un libro cuyo argumento se desarrolla en la zona. Se trata de La soledad de la ola de Vicente Gómez. Me lo llevo.

Pujaire es un pueblecito del parque que hay que atravesar para llegar hasta la kilométrica playa que une San Miguel del Cabo de Gata con los altos cerros (Las Trillizas los llama el protagonista de la novela) tras los que se esconde el Arrecife de las Sirenas y el Faro del Cabo. Una carretera bordea la playa y hace de frontera artificial con las coloridas salinas frecuentemente pobladas por flamencos. A escasos kilómetros de San Miguel, la torre de una iglesia rompe la infinita horizontalidad del paisaje. Es la iglesia que aparece en la portada del libro. Se levanta majestuosa a las afueras de La Almadraba de Monteleva, un pueblecillo de pescadores donde probablemente el autor sitúa la trama de la novela. Se trata el pueblo que eligió David Trueba para rodar algunas escenas de Vivir es fácil con los ojos cerrados. Un poco más allá se levantan las casas blancas de La Fabriquilla, abrazadas por las montañas y el mar. El paisaje es de una belleza que sobrecoge. En las tierras quemadas por el sol no crece un árbol. Los tonos rojizos y ocres contrastan con el intenso azul del mar. El viento de poniente lo enfurece. El de levante lo amansa. El viento y el mar son dueños y señores del lugar. Ellos deciden.

 Leo La soledad de la ola y me sorprende cómo el autor capta con tanta precisión la esencia de un paraje como este. Lo hace con un lenguaje bello, poético, cargado de metáforas e imágenes con el mar de fondo, con un lenguaje filosófico, sabio como el que utilizan los más viejos, que recoge la idiosincrasia de un lugar en el que los elementos ponen a prueba la vida de sus habitantes cada día.
Vicente Gómez difumina el espacio y el tiempo en la bruma para situar la historia y a los personajes. El protagonista es un pescador autóctono que relata la dureza de la vida en el mar. La soledad es uno de los compañeros de viaje a la que hay que vencer para poder sobrevivir. Un misterioso forastero llamado Lorenzo llega al pueblo con un pasado inconfesable a sus espaldas. El pescador y Lorenzo se hacen amigos de copas y de silencios en el Bar de Filo, el tercer personaje de la novela. La novela gira en torno al misterio del forastero y a la relación de amor-odio entre los protagonistas y el mar, entre quedarse cerca de las raíces a sabiendas de la dureza y el aislamiento ensimismado que les espera o a cortar esas raíces y salir de allí en busca de una vida más abierta y cosmopolita. El pescador es el prototipo de la primera opción, y Emilia, la que fue su novia, de la segunda. Lorenzo representa un punto intermedio. La resolución del misterio de Lorenzo pondrá las cartas sobre la mesa al respecto.

Vicente Gómez centra esta novela de treinta capítulos cortos en la voz del pescador, un hombre bueno, curtido por la soledad y la dureza del mar, pero también escuchamos las voces de Lorenzo, de Filo y de Juan, un anciano amigo del pescador. Incluso la voz de la madre muerta del pescador que recuerda la cruda soledad de su vida desde el más allá. Pero si hay un protagonista fundamental en La soledad de la ola, ese es el mar, la mar como le llaman los lugareños, tanto que el autor cierra el libro con la voz de la mar dirigiéndose al lector desde su poderosa y eterna inmensidad.

La soledad de la ola de Vicente Gómez es una lectura más que recomendable para los que no pueden vivir lejos del gran azul, y sobre todo para los que conocen este maravilloso y terrible rincón del sur sometido al despótico reinado del viento y el mar.

«Mi padre siempre me lo decía: el amor al mar no es un amor carnal, es distinto al que conocemos, el que nos arrebata la cordura por una mujer o por un hombre. No tiene que ver ni con la posesión ni con la propiedad, tampoco con el corazón. No debes esperar nada, no existen condiciones. La mar es ilimitada a los ojos, tu amor por ella debe ser igual. Es lo que te impulsa a pisarla, a zambullirte una vez más a pesar de que te haya robado una vida cercana. El mar se rige por sus propias leyes, que normalmente están por encima de las humanas y que, por desgracia, pocos entienden» (p.116)






                                                        The Byrds. Turn!Turn!Turn!


lunes, 24 de agosto de 2020

"Ronda de solos", de José Luis Carrasco



Uno de mis programas radiofónicos favoritos era A todo Jazz en Radio 3, con la maravillosa voz de Juan Claudio Cifuentes, Cifu para los amigos, diciendo eso de «Empezamos un programa de jazz para ti que te gusta el jazz». Si había alguien capaz de transmitir entusiasmo por el jazz, ese era Cifu, que sabía tantísimo que nos contaba detalles como que Sonny Rollins se apodaba Newk por su parecido con una lanzador de los Dodgers de Brooklyn, y a continuación ponía St. Thomas para dejarnos con la boca abierta. No tengo ninguna duda de que Juan Claudio Cifuentes habría disfrutado muchísimo con esta novela de José Luis Carrasco titulada Ronda de solos.
Lo imagino diciendo: «Ronda de solos es una novela de jazz para ti que te gusta el jazz». De hecho, José Luis Carrasco abre la novela con con una frase de Cifu que dice así: «Con dos acordes te vas al infinito».

La historia se sitúa en Avilés durante un fin de semana en el que el protagonista, un músico de jazz que llega para dar un concierto, pierde su saxofón en el aeropuerto. Durante el día y medio que tardan en llegar sus tres compañeros, nuestro héroe, cuyo desconocido nombre cuenta con seis letras, camina por las calles de las ciudad asturiana en la frustrada búsqueda de un saxofón que le devuelva la identidad. El título de la novela contiene un doble significado. La del solitario protagonista que hace la ronda por las calles de Avilés, y el de los solos instrumentales que van rotando en su cuarteto de jazz con el que tenía previsto actuar en la sala Barbados y al que no le quedará más remedio que renunciar al haber perdido el saxo y con él su talento musical.

Ronda de solos es una novela corta narrada en primera persona que forma un triángulo equilibrado entre el personaje, la ciudad y la música. En el periplo de nuestro Ulises hacia ninguna parte nos encontramos con reflexiones sobre sus músicos favoritos, que son Miles Davis, del que lee una autobiografía, Sonny Rollins, Pedro Iturralde, John Coltrane, Louis Amstrong, Ella Fitzgerald, Charlie Parker y tantos otros músicos de jazz que pululan por la novela. En su paseo lleva el libro, el móvil y un cuaderno que a la postre se convertirá en esta Ronda de solos.





El saxofonista sin saxofón que camina por Avilés y anota sus reflexiones en el cuaderno al pasar por cada calle me recuerda a Leopold Bloom recorriendo las calles de Dublín un dieciséis de junio. Conforme leo Ronda de solos, voy escuchando la música de Rollins, de Iturralde, de Coltrane, de Sinatra, y me veo siguiendo los pasos de nuestro héroe por las calles de Avilés. Nunca había pensado visitar esta ciudad asturiana, hasta ahora. Y lo haré con esta novela callejera bajo el brazo porque José Luis Carrasco nos ha regalado un Bloomsday jazzístico en Avilés.
El protagonista también es un personaje Vilamatiano que nos remite a Samuel Riba, protagonista de Dublinesca, un editor retirado que se marcha a Dublín tras los pasos de James Joyce y vaga por la ciudad irlandesa, lo mismo que el protagonista de Ronda de solos hace en Avilés. La diferencia entre ambos que que el primero realiza un viaje destructivo, mientras que el del segundo es todo lo contrario. El músico pierde el saxofón y su identidad musical, pero se descubre en el infinito mundo de las palabras. La música convertida en literatura. El jazz de Ronda de solos está emparentado con el de El invierno en Lisboa de Antonio Muñoz Molina. Nuestro Ulises es un Santiago Biralbo que se busca a sí mismo en su saxofón extraviado. Y también lo está con El manual de caligrafía y pintura de José Saramago, en el que un pintor de retratos cambia los pinceles por la pluma y los lienzos por un diario. En Ronda de solos el protagonista cambia el saxo por un cuaderno convertido en revista de crítica musical, guía de viajes y diario de recuerdos y pensamientos. Ronda de solos es un manual de caligrafía y música. El cuaderno salva a nuestro Ulises de la crisis existencial por la que atraviesa. La escritura aparece como terapia que sustituye a la música y Ulises descubre otro modo de crear. La creatividad se impone como forma de vida, ya sea con acordes, palabras o imágenes.

En el viaje de nuestro Ulises no hay grandes tormentas ni cantos de sirena, no hay épica ni epifanía. En Ronda de solos de José Luis Carrasco hay belleza, música, optimismo y sosiego, como en El paseo de Robert Walser. Una pequeña joya sobre jazz, para ti que te gusta el jazz. 



                                                       Sonny Rolllins. St. Thomas


jueves, 20 de agosto de 2020

"La Librería Encantada", de Christopher Morley



Regreso a la Librería Cabo de Gata de Pujaire y me alegro de encontrarla abierta y con buena salud después del gran seísmo. Se nota que sus propietarios la cuidan y la miman al máximo, tanto o más que los protagonistas de La Librería Encantada de Christopher Morley, que es la novela con la que salgo debajo del brazo. La compro porque me atrae título aunque desconozco al autor, y porque está publicada por la editorial Periférica, que ya es una garantía.

«Si alguna vez viajáis a Brooklyn, ese barrio con soberbias puestas de sol y magníficas estampas de cochecitos de bebé propulsados por diligentes maridos, es muy probable que tengáis ocasión de dar con una callejuela tranquila donde hay una librería formidable. Dicha librería, que desempeña sus funciones bajo el inusual lema de “El Parnaso en casa”, está ubicada en una de esas confortables y antiguas construcciones de piedra marrón que han hecho las delicias de fontaneros y cucarachas. El propietario se ha visto en mil apuros para remodelar la casa, a fin de adecuarla al negocio, que comercia exclusivamente con libros de segunda mano. No existe en el mundo una librería más digna de respeto».
Con esta imagen propia de una película de Woody Allen comienza La Librería Encantada de Christopher Morley, escrita y publicada en los estertores de la Primera Guerra Mundial. Los ingredientes de la novela no pueden ser más atractivos: Libros, Brooklyn, la Gran Guerra, intriga, amor y espionaje.

La trama gira en torno a un libro: Cartas y discursos de Oliver Cromwell de Thomas Carlyle. El libro aparece y desaparece de La Librería Encantada, una librería de segunda mano situada en Brooklyn y regentada por Roger y Helen Mifflin, dos amantes de la buena literatura convencidos de que los libros son las mejores armas para curar a una humanidad enferma que ha tocado fondo con la Gran Guerra que acaba de terminar. De hecho la historia se desarrolla durante los últimos días de noviembre de 1918, tras el armisticio alemán y la abdicación del Káiser, justo cuando el presidente norteamericano Woodrow Wilson está preparando su viaje a París para negociar las condiciones de paz entre los contendientes.

Roger Mifflin se considera un médico del espíritu y La Librería Encantada es su consulta en la que tras escuchar a los lectores-pacientes, receta tal o cual medicamento en forma de libro.
«No soy un negociante de mercancías, sino un especialista en ajustar cada libro a una necesidad humana. Entre nosotros: no existe tal cosa como ‘un buen libro’, en un sentido abstracto. Un libro es ‘bueno’ sólo cuando encuentra un apetito humano o refuta un error. Un libro que para mí es bueno a usted podría parecerle una porquería. Mi gran placer es prescribir libros para todos los pacientes que vengan hasta aquí deseosos de contarme sus síntomas. Algunas personas han permitido que sus facultades lectoras hayan decaído tanto que lo único que puedo hacer es colgarles un letrero que diga Post Mortem. Aun así, muchos tienen todavía la posibilidad de recibir tratamiento». (p.19)

La Librería Encantada es la segunda parte de La Librería Ambulante, y Morley, cual Cervantes, juega con que alguien publicó las aventuras previas de los Mifflin, lo que no convenció demasiado a la pareja de libreros.
«Hace algún tiempo vino a vernos un joven reportero y los resultados  fueron muy decepcionantes. Se aprovechó de la buena voluntad de la señora Mifflin y le sonsacó cierta información. Luego nos sacó a ambos en un libro llamado La Librería Ambulante, que ha sido un auténtico tormento contra mi persona. En ese libro se me atribuye un buen número de observaciones superficiales y edulcoradas sobre el oficio de librero que a la postre han resultado fastidiosas para el negocio. Me alegra decir que, sin embargo, tuvo unas ventas insignificantes». (p. 34)
Cuando compré el libro no sabía que era una segunda parte. De hecho hasta que llegué ese párrafo no lo supe. Tampoco hacía falta. Hace poco leí a alguien que decía que era mucho mejor leer El Quijote comenzando por la segunda parte. Puede ser. Ni qué decir tiene que pronto leeré La Librería Ambulante.

Las conversaciones de los protagonistas sobre la guerra y las librerías son una constante, sobre todo en la primera parte, en la que el autor nos sitúa en el contexto del final de la guerra, y lo hace con una visión de futuro ciertamente optimista, tal vez demasiado, en vista de lo que ocurriría veinte años después.
«La humanidad está ávida como nunca antes por acercarse a la verdad, a la belleza, a las cosas que reconfortan y dan consuelo y hace que la vida valga la pena. Lo veo cada día a mi alrededor. Acabamos de vivir una horripilante ordalía y todo espíritu decente se pregunta ahora qué tenemos que hacer para recoger los fragmentos y remodelar el mundo a medida de nuestros deseos». (p.134)
Los deseos y predicciones de Morley respecto al nuevo mundo surgido tras la guerra no se cumplieron. Por aquellas mismas fechas, en el centro de las ruinas de la vieja Europa, un joven escritor se acercaba más a la realidad imaginando a la humanidad convertida en un insecto.

Aunque Brooklyn se convierte en un protagonista más de la novela, en más de una ocasión he tenido la sensación de que esa librería estaba en Londres y no en Nueva York, tal vez por el lenguaje y el tono y el lenguaje que utiliza Morley, sobre todo con los Mifflin, más de té de las cinco que de perrito caliente, más de Conan Doyle que de Walt Whitman, autores mencionados en la obra y admirados sin duda por Christopher Morley.

La trama de La Librería Encantada se va tejiendo en torno a estos asuntos cuando Aubrey Gilbert, un publicista que visita la librería, se percata de que algo extraño ocurre entre varios clientes y el libro de Carlyle, que va desapareciendo y apareciendo del estante como por arte de magia. Casualmente es uno de los libros favoritos del presidente Wilson. Estos hechos coinciden con la llegada a la librería de una ayudante llamada Titania, joven hija de un rico industrial que quiere inculcar a su hija el amor por los libros enviándola durante unas semanas con Roger y Helen Mifflin y su perro Bock a La Librería Encantada. Aubrey Gilbert, tras encandilarse con la joven Titania, sufre una agresión que pronto relacionará con los extraños sucesos de la librería. Ahí comienza una quijotesca investigación por parte de Gilbert, convertido en andante caballero encargado de deshacer los planes de un supuesto grupo de malvados espías alemanes entre los que cree reconocer a Roger Mifflin, el propietario de la librería, que sería el encargado de secuestrar a la bella Titania en una conspiración relacionada con el final de la guerra. La acción de nuestro estrafalario y enamorado don Quijote, que ve gigantes donde hay molinos, se acelera en la segunda parte para llegar a un final propio de las novelas de Graham Greene.

La Librería Encantada de Christopher Morley ha sido todo un descubrimiento. Por suerte, todavía me queda por disfrutar de La Librería Ambulante. La editorial Periférica no se equivocó al publicarlos. Una lectura muy recomendable.



Traducción de Juan Sebastián Cárdenas








jueves, 13 de agosto de 2020

"Ayer no más", de Andrés Trapiello



Continúo caminando por las páginas de los libros de Andrés Trapiello. Esta vez ha caído en mis manos Ayer no más, una novela publicada en 2012 en la que el autor leonés se atreve con un tema muy espinoso: la represión durante la guerra civil y el franquismo y la polémica Ley de Memoria Histórica.

El protagonista de la novela es Pepe Pestaña, un historiador de cierto renombre que regresa a la ciudad de León para enfrentarse al pasado de Germán, su padre, del que puso tierra de por medio en su juventud. Un día, Pepe y Germán se encuentran casualmente en una de las calles de León, y en ese momento, Graciano, el hijo de una víctima de la guerra civil, reconoce a Germán como uno de los que participaron en el asesinato de su padre. Han pasado setenta años. Pepe Pestaña presencia la escena y va cobrando fuerza la sospecha de que su progenitor participó en las matanzas de la retaguardia como miembro de un grupo armado de Falange.

La trama se desarrolla en León tras la aprobación de la Ley de Memoria Histórica por el gobierno de Rodríguez Zapatero en diciembre de 2007, y cuando el juez Baltasar Garzón decide comenzar a investigar los crímenes cometidos por el franquismo, durante y después de la guerra, apelando a la justicia universal y tratando de esquivar la Ley de Amnistía de 1977.

La novela gira en torno a estos temas que en su día hicieron correr ríos de tinta, enconando el debate político fundamentalmente en torno a tres posturas: si había que encontrar los restos de víctimas enterradas en cunetas y fosas comunes para devolvérselos a sus familiares; si había que dar una vuelta de tuerca y encontrar también a sus victimarios (es la palabra que Trapiello utiliza en la novela para designar a los asesinos de ambos bandos) y juzgarlos setenta años después como pretendía el juez Garzón; o por último, si había que pasar página y no remover un pasado que presumiblemente había quedado cerrado durante la transición. En la novela van apareciendo diferentes posturas al respecto, al tiempo que Pepe Pestaña y otros miembros del Departamento de Historia de la Universidad de León recogen los terribles testimonios de familiares de ambos bandos que fueron víctimas de la guerra y de la dictadura e investigan el lugar donde fueron enterrados.

Es una novela valiente en la que Andrés Trapiello reflexiona y enfrenta a sus personajes en torno a las distintas posiciones y critica a quienes se trataron de aprovechar de los familiares de las víctimas para lograr prestigio, dinero o poder, como es el caso de Mariví, una de las protagonistas. La novela se estructura en capítulos cortos en los que cada uno de los protagonistas va mostrando sus impresiones sobre lo que ocurre cuando el pasado aflora, desde Pepe Pestaña, su padre Germán, su esposa y sus hijas, Graciano, sus compañeros de la universidad y otros personajes que van apareciendo en escena. Todos miran los mismos hechos desde su perspectiva e interés. Germán, la esposa y las hermanas no entienden que Pepe haya regresado a León para remover el pasado de su anciano padre y arruinar así la reputación de quien fuera presidente de la Cámara de Comercio durante muchos años. En el departamento de la universidad destacan las diferentes posiciones de Pepe, partidario de investigar, de encontrar a las víctimas y conocer la verdad, pero no de juzgar a los victimarios, entre los que probablemente se encontraría su propio padre; de José Antonio, un historiador que es partidario de investigarlo todo ofreciendo nombres de víctimas y victimarios, pero sin un afán revanchista; de Mariví, su esposa, una mujer vengativa que quiere medrar a costa de las víctimas y castigar a sus asesinos; o de Raquel, una joven que aporta una mirada desintoxicada y distante del conflicto con la que Pepe tendrá una relación amorosa.

Ayer no más de Andrés Trapiello es una novela de obligada lectura, íntegra, honesta, libre de maniqueísmos, sin absolutos, llena de matices, de grises, de preguntas, de interesantes reflexiones acerca del conflicto que hundió a España al abismo más absoluto de la Historia: el de la banalidad del mal.

Imprescindible.




Anexo y aviso para navegantes:

Creo que no destripo la novela si incluyo algunos de los fragmentos que he subrayado. Casi todos ellos son reflexiones de los personajes sobre el oficio de historiador, sobre la guerra o sobre la Ley de Memoria Histórica. La trama de la novela, con la intensidad, la tensión del relato y el desenlace, quedan a resguardo para disfrute de futuros lectores.  

Pepe Pestaña:
«Los historiadores buscamos la distancia justa, ni muy lejos ni demasiado cerca. Demasiado lejos, y apenas comprendemos; y si nos acercamos mucho, podemos destruir los hechos que estudiamos. Decía Robert Capa que si una foto es mala es porque no te has acercado lo suficiente. El historiador es un espectador que sabe que el mundo no es ningún teatro y ha de mirar a la distancia justa, de frente y a los ojos. La nuca es sólo el lugar de los verdugos». (p.13)

Pepe:
«Me fui a Tenerife porque era el confín más alejado de él. Me afilié al Pce en la Universidad, en parte, porque sabía que era también lo más opuesto a él. Sé por qué dejé el Pce hace años, pero nadie sabe por qué he vuelto a León. Yo creí que lo sabía. Quizá para aprender a olvidar y a no depender siempre del pasado». (p.17)


Lisa, hermana de Pepe Pestaña:
«Está obsesionado con él, con él y con la guerra. Anda qué perra. De la guerra podrás saber mucho, le dije, pero de papá, ni idea». (p.22)

Pepe:
«Pienso a menudo que he vuelto a León buscando un resorte, la puerta de acceso de un enigma. Quizá la puerta del perdón. Así que cada vez que me tropiezo con alguna, me digo: esta es» (p.26)

Germán, padre de Pepe:
«Qué raro es este hijo mío. ¿Qué he hecho?¿por qué me aborrece? […] Tengo la conciencia tranquila Y porque la tengo tranquila, me gusta pasear y hacerlo con la cabeza bien alta. Ni me arrepiento ni me olvido» (p.28)

Pepe:
[León] Hubiese sido el rincón que hubiera escogido Lucrecio para acabar sus días. Las mayores riquezas, dice, son para el hombre vivir tranquilo con poco, pues de lo poco, bien se sabe, nunca falta. Por eso volví yo. Porque necesito poco ¿De verdad que ha sido por eso? No lo creo. Más bien al contrario, lo necesito todo. Saber es todo. (p.30)

Pepe:
«¿Habría podido vivir bajo el mismo techo sabiendo que mi padre había acabado con la vida de alguien? Lo más que admitía, como  tantos españoles de cualquier bando era esto: Podía llegar a sentirse culpable de algo muy grande de lo que él, tan insignificante, no era responsable: la Guerra, el Mal. Brindis al sol. Sólo años más tarde comprendí que tan malo es sentirse culpable por lo que no se ha hecho como sentirse libre de culpa cuando se es realmente culpable de algo…». (p.45)

Pepe:
«El error en el que hemos incurrido durante tantos años los historiadores a la hora de abordar la Guerra Civil ha sido, tal y como hemos repetido hasta la saciedad, el de interpretar los hechos a partir de dos bandos, buenos y malos, de dos posiciones, una progresista y otra reaccionaria. Sólo así se comprende que la conducta criminal de unos individuos se justificara o se condenara, dependiendo del bando o de las ideas. Eso ha enrocado a muchos españoles, durante décadas, incluidos historiadores, en cada uno de los bandos, en el “ tú más”, más que en el “yo también”. Ya no es legítimo concebir la historia como el movimiento que necesita del mal para lograr el bien. No podemos reducir las cosas concretas, los acontecimientos individuales, a funciones de un proceso general. A quien hubiese querido permanecer con las víctimas durante la guerra, lo habríamos encontrado en Madrid a lado de personas que resultaban sospechosas a veces sólo por llevar sombrero o tener un diente de oro, y en Sevilla únicamente por mostrar callos en las manos; a cualquiera que hubiese querido estar al lado de las víctimas la habría bastado con haberse negado a estar al lado de los victimarios de cualquiera de los dos bandos, por no hablar de aquellos que fueron a un tiempo víctimas y victimarios, cosa frecuente en una guerra civil, lo que nos llevaría a compadecerles como víctimas y a tener que exigirles responsabilidades como victimarios, y a no confundir la política con la Historia» (p.52)

Don Mamés, sacerdote, ante la confesión de Germán.
«Caridad cristiana, sí, pero a más no estamos obligados, y que para estar muertos, lo mismo da una cuneta que un cementerio…» (p.66)

Pepe sobre la nieta de Graciano:
«Cree saberlo todo, si no de la guerra, sí de sus consecuencias, y tener las ideas claras al respecto, sin la menor vacilación: buenos, malos… Se ha tomado la tarea de encontrar la tumba de su bisabuelo casi de forma deportiva, como quien conquista un Everest, pero su dolor apenas guarda relación con el de su abuelo. Es un dolor referido, ciertamente, pero le llega atenuado, y me alegro por ello porque el dolor no es bueno para nadie. Le diría no obstante que no podemos recordar en plural, sino como individuos, pero ella está convencida de lo contrario, de que los recuerdos son colectivos, y así habla de la guerra como si ella la hubiera hecho, con palabras que comparte con otros que creen recordar lo que ya no es fruto sino de su imaginación» (p. 88)

Marga, hermana de Pepe:
«No tiene derecho. Tenía en el móvil un mensaje de mamá. Casi ni se la entendía, venga a llorar. Ha llamado a papá asesino. Esta vez se ha pasado. Es mi hermano, pero eso no se lo vamos a consentir […] La culpa, como ha dicho papá, es de Zapatero, que tenía que ser de León, y de la Memoria Histórica, que ni es memoria no es histórica, porque la gente se inventa cosas, y dice que las recuerda, y a ver cómo demuestras tú que no fue así, setenta años después» (p.93)

Citín, marido de Lisa, cuñado de Pepe Pestaña.
«Alguien tenía que hacerlo. A nadie le gusta matar a nadie, pero entonces era eso, o que te mataran a ti. Y eso les hemos de agradecer, que lo hicieran por nosotros. ¿Y qué hubieses preferido, que hubiesen ganado los rojos?¿para matarnos a todos como a tío Odón? ¿Como al abuelo, que murió de pena? Olvídate de la guerra. Aquello pasó, y pasó. Punto». (p.95)

Raquel, compañera del Departamento de Historia:
«Un día estábamos hablando de Ian Gibson, el de Lorca. Dijo Mariví, qué suerte dar con un filón como el de Lorca. Eso sí que tiene que ser un chollo para toda la vida. Filón, chollo, eso es lo que la pone cachonda» (p.104)

Pepe:
«Están deseando caer sobre un caso como este: más que nunca. Mariví piensa que tiene la exclusiva de la República, de los republicanos muertos y de todas las fosas de León. Habla de ellas como de yacimientos mineros propios, aunque tenga ya tantos que no los pueda explotar. Pero prefiere mantenerlos cerrados a que los explote otro…» (p. 108)

Germán:
«Y abrir esas fosas como se está haciendo, no lleva a nada bueno, que no hacen sino avivar el odio y el ánimo de revancha entre los españoles» (p.111)

José Antonio, jefe del Departamento de Historia :
«La retaguardia es por definición tenebrosa. De ahí la aparición de un caso interesante: podemos poner frente a frente, por primera vez, al menos en León, a una víctima y a su victimario, lo que no permitirá recordar a todos que determinados delitos no pueden ser amnistiados ni prescribir» (p.116)

Pepe:
«No hay día en que a propósito de esta exhumación estelar no leamos informaciones o veamos reportajes en los que pare ce que el objeto dela búsqueda, dar con el paradero de los restos del poeta, le ha cedido protagonismo a la búsqueda festiva en sí misma, convertida así en su única finalidad. Los propios medios han acuñado el nombre del espectáculo, de la atracción: circo mediático. Al margen de las víctimas, que sólo persiguen cerrar su duelo en paz, se diría que a muchos se nos hubiese olvidado el origen de esas tragedias y sólo persiguiéramos el desenlace, como aquel que apura las últimas páginas de una novela, a veces leyéndolas con precipitación y saltándose algunas, con el único propósito de llegar a la palabra Fin. (p.122)

José Antonio:
«Los de El País, a mi modo de ver, como siempre; no sé muy bien a qué juegan, una de cal y otra de arena, lo nuestro y lo de Garzón y, para contrarrestar, lo de Savater y lo de alguno más como Trapiello, hace una semana, en “Opinión”. Es de León, a él no lo conozco, pero conozco a su hermano Pedro. No he leído Las armas y las letras, pero tampoco pienso: dicen que es el libro de un pedante, si una sola nota al pie y a vueltas con “la tercera España”. Ya me conozco a esos paniaguados como Madariaga. Los que hablan de la tercera España es porque no quieren hablar de la suya, o sea, la franquista. Habrá sido del Pce, pero de ese crédito no le queda nada […]
Es cosa probada que el gobierno de la República no tuvo nada que ver con la represión en la retaguardia de cárceles, checas y paseos, a la que intentó poner coto desde el primer momento, al contrario de lo que sucedió en el otro bando, donde la represión en la retaguardia estuvo planificada de antes incluso por las autoridades militares y políticas con la bendición de la iglesia. Y esto es lo que no puede hacer equiparables a los dos bandos» (p. 127-128).

Pepe:
«Se dirá que las víctimas de la República tuvieron ya su reparación durante el franquismo, pero no es esa la que reclaman, sino las del Estado y la de toda la sociedad, la de unos y otros, como deberían tener la del Estado y la de toda la sociedad las víctimas del franquismo, no sólo la de los partidos  de izquierda. Una placa en las Cortes, como en al Parlamento alemán, con todos los diputados asesinados por unos y por otros. Esto tan sencillo despierta recelos y desconfianzas cada vez que se expone, y da lugar a incalificables porfías» (p.133)

Medinagoitia, filósofo amigo de Pepe Pestaña:
«La diferencia entre unos y otros es que unos, los rebeldes, cometieron sus crímenes en secreto y los guardaron en secreto, y los otros no solo los cometían a la vista de todos, sino que se ufanaban en público de haberlos cometido. Tal vez porque no los consideraban crímenes y, en muchos casos, porque esperaban ser recompensados por ello. Pasada la guerra todos han querido persuadirnos de que no pudieron hacer otra cosa, y cada cual cree que en su bando los crímenes se cometieron en abstracto, de una manera indiferenciada, en nombre de la República o de Falange, de Comunismo, de la Anarquía o de la Iglesia, con lo cual, unos y otros, aceptando en principio que todos pudieron ser culpables, acaban teniéndose por inocentes, en tanto creen que los crímenes del bando contrario los cometieron los individuos diferenciados que debían pagar por ello. Así se explica que nadie haya querido juzgar y pedir responsabilidades jamás a los suyos, sino sólo a los contrarios. Esa es lisa y llanamente la justificación del mal. En cambio ante la ley ya es otra cosa. La responsabilidad es la responsabilidad» (139).

Pepe:
«Para mí la Historia es la posibilidad de conocimiento, no la de legitimar el presente, aunque no he perdido las esperanza de encontrar en el pasado algunas constantes en las que reconocer cierto orden que dignifique la vida. Y por supuesto sé que no hay un sentido único y tengo serias dudas de que la Historia debe ser justiciera, porque no creo en ninguna “Historia ideal” dispuesta por a Providencia». (p 142)

Marví, historiadora, esposa de José Antonio:
Los franquistas hicieron durante cuarenta años crímenes atroces, y nosotros les debemos a las víctimas una reparación que pasa necesariamente por conocer la verdad y el nombre de los verdugos» (p.217)

Clemente Lillo. Anciano periodista leonés.
«Pestaña es un buen historiador hijo de un fascista. Se ha dicho que la democracia la han traído a España los hijos de los fascistas. Es cierto. ¿Quiénes, si no, la iban a traer, los hijos de los demócratas? Nosotros, los demócratas, estábamos o muertos o exiliados o en silencio, tratando de salir adelante, haciendo cosas que no nos gustó hacer. Querrían confesiones arrebatadas, arrepentimientos, catarsis. Bastante he tenido con lo que he tenido» (p.227)

Pepe:
No pocos de los que vivieron aquellos años fingen lamentarse, porque han aprendido a hacerlo durante setenta años, pero en el fondo, apenas profundizas en el diálogo, aflora en ellos la justificación de los crímenes, creen habernos aleccionado para que los españoles no repitamos una nueva guerra “incivil”, pero se diría que volverían a hacer la antigua, unos para ganarla de nuevo, y los otros, convencidos de que esta vez no la iban a perder. ¿No hablaba Bergamín, en 1978, de la necesidad de matar a los directores de ciertos periódicos y al millón de lectores que tenían estos?» (p.232)

Pepe:
Como siempre creí en la inocencia de su amigo el poeta Luis Rosales respecto a la detención y muerte de García Lorca: el problema nunca fue lo que hiciera o dejara de hacer para evitar la detención de Lorca en Granada por los mismos días en que detenían a Lillo en León, sino que después de conocer la noticia de su asesinato siguiera llevando y durante tantísimos años la camisa azul  de los que le asesinaron» (p.236)

Graciano, hijo de una víctima asesinada durante la guerra:
«Se sirven de nosotros sin la menor consideración. Las víctimas les importamos bien poco. Sólo quieren lucirse a nuestra cuenta […] Nadie sabe lo que hemos sufrido durante tantos años. Yo sólo espero que nos digan dónde está enterrado padre, y después morir en paz. Pero Mariví dice que es importante denunciar a ese hombre, que se lo debemos a mi padre. Yo les he dicho que él no fue el que lo mató, pero dicen que eso da igual, y que a saber, que yo puedo estar confundido, que él estaba allí y que eso le convierte en cómplice de asesinato y el no querer confesar dónde está el cuerpo es suficiente motivo para condenarlo por encubrimiento» (p.243)

Pepe:
¿Te has preguntado alguna vez por qué razón desde el mismo 18 de julio la gente empieza como loca a asesinar? Se diría que todos seguían una consigna. Sin embargo, no fue necesario que nadie les dijese nada. Los asesinos sabían perfectamente lo que tenían que hacer, la revolución, y hacerlo cuanto antes era crucial para ellos. Así que unos y otros trataron de exterminarse sin pérdida de tiempo. Y no pienses que le importaron mucho esas muertes. Unos y otros las encontraban necesarias. La vida no valía nada para un revolucionario. Y ese fue el problema. Te puedo enseñar banderas de la Fai y de Falange, los mismos colores y las dos con una calavera bordada en ellas. Millán Astrai gritó “¡Viva la muerte!”¿Pero eso venía gritándolo también Durruti desde hacía años! Sólo unos pocos en la bando republicano trataron de detener, a menudo inútilmente y con riesgo de ser acusados de traidores o quintacolumnistas, aquella orgía sangrienta. No desde luego obispos, cardenales ni tantos políticos de los dos bandos. La historia necesitaba todas las muertes, las necesitaba el relato con final feliz de Berlín, Roma o Moscú que les habían contado» (p.249)

Pepe
«Si la ley de memoria histórica que se está debatiendo busca honrar y recordar a las víctimas de manera indiscriminada, sólo porque perdieron la guerra o padecieron al exilio sería una ley injusta (p.254)

Raquel
«La obligación de un historiador es como la de un juez: oír todas las partes y no dejarse influir ni engañar» (p.260)

Pepe:
Me acordé de una cosa que dice Hanna Arendt: “El que se venga no desea perdonar, sino poder hacer lo mismo que le han hecho a él, o sea, reproducir el mal, igual que el que perdona renuncia necesariamente a vengarse, porque también él habría podido ser culpable”. (p.264)

Pepe:
Hemos convertido los libros de Historia en una ficción, y ahora hemos de recurrir a la ficción para contar la historia. No deja de ser una paradoja. Al menos, nos quedan las novelas. Y como los males nunca vienen solos, esa novela la hemos de escribir quienes no vivimos la guerra, los que hemos sabido de ella por oídas o leídas, o sea, que tampoco será la gran novela de la Guerra Civil que todos esperan desde hace setenta años, el Guerra y paz español, el mesías de la literatura española».(p.278)

Pepe:
Se supone que en la novela encontramos un sentido que no tiene la vida. Pero no es verdad. Yo acabo de escribir una novela, donde todo ha sido presentado como una pura ficción, y ha causado más escándalo e indignación que todos mis libros de historia juntos, abarrotados de hechos irrefutables. (p.301)





viernes, 31 de julio de 2020

"El tiempo es un canalla", de Jennifer Egan



El tiempo es un canalla de Jennifer Egan es una novela que presenta una serie de historias fragmentarias que convergen en un mismo eje temático: el paso del tiempo. La estructura recuerda en cierto modo a Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, aunque sin tanta dispersión y complejidad, también sin otro hilo conductor que el de la vida de sus personajes. En la novela del escritor chileno, la trama gira en torno a Ulises Lima y Arturo Belano y su misión de encontrar a la poeta perdida Cesárea Tinajero, narrado a través de terceros. En la novela de Jennifer Egan el argumento gira en torno a dos personajes: Bennie Salazar, un productor musical de éxito, y Sasha, su ayudante. En este caso, la misión, si es hay alguna, es la búsqueda de sus respectivos caminos vitales, el sitio desde el que mirar hacia atrás para hacer balance. También encontramos a estos dos personajes en la vida de terceros, quienes a su vez relatan su propia historia: Scotty, prometedor guitarrista que acaba pescando en el Hudson para comer; Rob y Drew, dos amigos enamorados de Sasha; Ted, el tío de Sasha que la busca en Nápoles (uno de los capítulos que más me han gustado); Stephanie, la perfecta esposa de Bennie, y Jules, el hermano de ésta, periodista condenado por abusar de una joven estrella del cine; Alison, hija de Sacha y Drew, que trata de averiguar ese pasado de sus padres del que tan poco hablan, Linconl, el hermano de Alison, niño autista que colecciona canciones que contienen pausas, como Roxanne

Egan, igual que Bolaño en Los detectives, rompe la línea cronológica, salta en el tiempo, nos sitúa en diferentes momentos de la vida de los personajes, desde los años setenta hasta 2020 (la novela se publicó en 2010). También  rompe la unidad espacial, situando las historias en distintos lugares, como San Francisco, Nápoles, Nueva York, Kenia o el desierto de California.
Cada capítulo son los retazos de una generación que se va haciendo mayor. Unos no se alejan de lo que una vez soñaron que serían sus vidas. Otros olvidan lo que habían soñado y se pierden por el camino. En unos el tiempo es más canalla que en otros, pero en todos hace mella.
Jeniffer Egan también cambia de registro y de narrador en cada capítulo (en total son trece), incluyendo uno de los capítulos más originales que he leído nunca: el narrado por Alison, la hija de doce años de Sasha, que escribe un diario maravilloso en forma de mapas conceptuales.



Me hice con El tiempo es un canalla tras de leer la entusiasta reseña que hizo Gerardo en su blog Varado en la llanura. 

Me ha gustado. He disfrutado leyendo a Jennifer Egan.


                                                        Traducción de Carles Andreu 

                                                              The Police. Roxanne

martes, 21 de julio de 2020

"La tinta simpática", de Andrés Trapiello



Continúo con el periplo por la obra de Andrés TrapielloDesembarco en su primera novela, publicada en 1988 y titulada La tinta simpática.
Tres elementos se cruzan para hacerme atractiva esta novela. 
El primero es conocer al  primer Trapiello, que tras publicar tres libros de poemas y algún ensayo se atreve con la narrativa. No es un joven recién salido de la facultad. Cuando se publica tiene treinta y cinco años. El segundo elemento es el título: La tinta simpática, esa tinta invisible, mágica, que esconde secretos que terminan por olvidarse. Me gusta el título. El tercero es la portada, uno de los dos paisajes de la Villa Medicis que pintó Velázquez en uno de los viajes que hizo a Italia, seguramente en el segundo. Es una de mis pinturas favoritas, un cuadro que observo a menudo. Me pregunto de qué hablarían los dos personajes situados en bajo el arco. Qué les diría la mujer que tiende una sábana y se asoma sobre la balaustrada. Me pregunto qué hay tras esa especie de cimbra de madera que hay entre las columnas ocultando el otro lado. Me fascinan esos cipreses mecidos por el viento, esa mancha roja (¿una flor?) situada bajo el seto que rompe la monotonía cromática del lienzo, la grandeza del jardín, la eternidad del arte, lo pequeña y efímera que es la vida.

Leo La tinta simpática en dos tardes. Roma. Finales de los años setenta. Giulio Corso, pintor de cierto renombre, envejece frente al Panteón de Agripa. De entre las fotografías de sus cuadros aparece uno que no recuerda haber pintado. Es un jardín, con una mujer sentada en un banco, leyendo un libro. Ese cuadro se convierte en su obsesión. Busca el jardín en vano. Está seguro de que no lo ha pintado él, pero es su estilo y está en el catálogo de su obra. Cansado de la búsqueda, decide viajar a Madrid cuarenta años después. La visita a un viejo amigo lo cambiará todo.  Los recuerdos afloran. Su vida en España cuando era joven, el inicio de la guerra, un amor olvidado, su fusilamiento, una hija desconocida, un jardín, un cuadro.

«Qué melancolía encontrar lo que no se ha perdido. Qué tristeza que nos arrebaten lo que no buscábamos. En el plazo de unos días Corso se veía con otra biografía, entre otras manos, con otros afectos. Como si aquella vida que no había vivido, le hubiera vivido a él sin saberlo. Tal vez no somos más que una vida escrita con tinta simpática, entre renglones que todos pueden ver, hasta que un día la llama que creíamos extinguida va sacando datos, fechas, intenciones, afectos que nadie, ni nosotros mismos, sospechaba. Pero para entonces es siempre demasiado tarde. Porque la misma llama que saca a la luz nuestro vivir secreto, va quemando, destruyendo, lo que habíamos escrito hasta entonces a los ojos de todos. Lo que habíamos vivido desaparece por el fuego y lo que no podíamos vivir, emerge, fantasmal, errático. De esta manera tenemos ante nosotros una existencia en la que no podemos leer y una vida que nunca ha sido escrita sino con invisibles trazos del sueño, amargos como el limón» (p. 148)

En esta obra ya se observa su prosa cuidada, precisa, impoluta. El tono pausado, tranquilo, sosegado. El autor leonés escribe una novela sobre el arte, la memoria y el olvido, el paso del tiempo, el amor truncado por la guerra, la vida vivida, la vida no vivida.

Muy grande, Andres Trapiello.





                                          
                                                   Leonard Cohen. So long, Marianne


                                         

viernes, 17 de julio de 2020

"La contravida", de Philip Roth



Philip Roth es una mina de oro. Estás tiempo buscando el preciado metal entre sus páginas y regresas a casa de vacío. Pero no desfalleces y persistes en la búsqueda, consciente de que algún día aparecerá el tesoro. Llega ese día y la alegría te invade. Al día siguiente transitas por un filón inagotable. El filón de Philip Roth. Para leer al escritor norteamericano se requiere la paciencia del buscador de oro. No abandonar a las primeras de cambio porque la recompensa merece la pena.

La contravida es una obra mayor de Philip Roth. En esta novela podemos disfrutar de su extraordinario genio literario.
La novela está protagonizada por su alter algo Nathan Zuckerman, célebre escritor que conoció el éxito con la publicación de Carnovsky (trasunto de El lamento de Portnoy) , quien narra en primera persona varios episodios de la vida de su hermano y de la suya propia.

La novela se estructura en cinco capítulos. Los tres primeros y el quinto, están narrados por Nathan Zuckerman en primera persona, son parte de su narrativa. El primero, titulado Basilea se desarrolla en el funeral de su hermano Henry, hombre de éxito, casado y con dos hijos que decide operarse del corazón porque la medicina que toma le deja impotente sexualmente y no soporta no poder estar con su amante, Wendy. En el segundo, titulado Judea, Henry no muere tras la operación, sino que decide dejarlo todo para irse a Israel a luchar por la causa judía junto a un grupo de fanáticos de extrema derecha. Nathan visita Israel para intentar convencerlo de que regrese junto a su familia a los Estados Unidos y en ese viaje nos ofrece una inteligente y rica visión sobre la cuestión hebrea.  En el tercero, Nathan relata el regreso en un avión, en el que un loco que había conocido frente al Muro de las Lamentaciones intenta secuestrarlo . Estos tres capítulos dan pie a Roth para divagar sobre dos de los temas de más le interesan: el sexo y la religión, motivos que están en el trasfondo de las decisiones humanas. 
El cuarto capítulo comienza con Nathan y su relación con Maria (sin tilde) en Londres. Es su vecina de arriba, catorce años más joven, casada y con una hija. Se enamoran “intelectualmente”. Nathan no puede hacer el amor con ella por la medicina que toma para una enfermedad coronaria. En realidad lo que le ocurría a Henry le pasa a él. Es Nathan quien no puede soportarlo y pasa por el quirófano, pero no logra salir con vida. Y ahora viene lo mejor de la novela. Un narrador diferente, que no es Nathan porque está muerto, sigue contándonos lo que ocurre en su entierro. Aquí cambian las tornas respecto al primer capítulo y ahora es Henry quien asiste al entierro de su hermano. No se hablaban desde que Nathan publicó Carnovsky, la novela en la que ridiculizaba a sus padres y a él mismo. Tras el entierro, Henry va a escondidas a la casa de Nathan en busca de sus diarios. Y allí encuentra las notas tituladas Basilea, Judea y En vuelo, es decir encuentra los capítulos que hemos leído en la novela, que en realidad son el producto de la imaginación de Nathan en los que el escritor toma retazos de la realidad para convertirlos en ficción. Así, la infidelidad de Henry fue cierta, pero no su enfermedad y su impotencia. Eso le ocurría a él. Henry roba los capítulos ante el temor de que algún día aparezcan publicados. Entre las notas que encuentra Henry hay unas tituladas Entre cristianos, que se convertirán en el capítulo final de La contravida, con un Nathan que se casa con Maria para vivir felices y comer perdices. O no.

El capítulo cuarto es el más jugoso respecto a la escritura y al oficio de escritor. Es el vórtice de la novela, el que da sentido a toda la historia. Es el capítulo que hace de La contravida una novela muy grande.

«Lo que la gente envidia de un novelista no es lo que el novelista considera envidiable, sino las personalidades interpretativas que el autor se permite, la resbaladiza personalidad con que se pone y se quita la propia piel, ese deleitarse no tanto en el “yo” como en la evasión de “yo”, aunque ello implique, o sobre todo cuando ello implica ir echándose padecimientos imaginarios sobre los hombros. Lo que la gente envidia es el don que posee el novelista de convertirse en otro, y no de cualquier manera, sino de un modo espectacular, su capacidad para relajar, haciéndola ambigua, su conexión con la vida real, por la fuerza del talento […] ¿Acaso no es cierto que, al contrario de lo que generalmente se cree, el aspecto más intrigante de la imaginación del escritor es la distancia que existe entre su vida y su novela? (p. 274)

El fragmento resume perfectamente esta extraordinario libro de Philip Roth en el que juega con el lector a tejer y destejer vidas e historias. ¿Cuáles son reales?¿Cuáles son ficción? ¿De dónde proceden?¿Quién las narra?¿Qué distancia hay entre la vida del escritor y su novela?

«Pero a ti la tranquilidad te inquieta, Nathan, sobre todo en la escritura: para ti es arte de mala calidad, demasiado cómodo para el lector y, ciertamente para ti. Lo último que quieres es hacer felices a los lectores, con textos acogedores y sin conflictos, donde los deseos se cumplan con toda sencillez» (p.405)

Philip Roth, una mina de oro.



Traducción de Ramón Buenaventura




                                                Bob Dylan. A hard rain´s a-gonna fall