El tiempo es un canalla de Jennifer Egan es una novela que presenta una serie de historias fragmentarias que convergen en un mismo eje temático: el paso del tiempo. La estructura recuerda en cierto modo a Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, aunque sin tanta dispersión y complejidad, también sin otro hilo conductor que el de la vida de sus personajes. En la novela del escritor chileno, la trama gira en torno a Ulises Lima y Arturo Belano y su misión de encontrar a la poeta perdida Cesárea Tinajero, narrado a través de terceros. En la novela de Jennifer Egan el argumento gira en torno a dos personajes: Bennie Salazar, un productor musical de éxito, y Sasha, su ayudante. En este caso, la misión, si es hay alguna, es la búsqueda de sus respectivos caminos vitales, el sitio desde el que mirar hacia atrás para hacer balance. También encontramos a estos dos personajes en la vida de terceros, quienes a su vez relatan su propia historia: Scotty, prometedor guitarrista que acaba pescando en el Hudson para comer; Rob y Drew, dos amigos enamorados de Sasha; Ted, el tío de Sasha que la busca en Nápoles (uno de los capítulos que más me han gustado); Stephanie, la perfecta esposa de Bennie, y Jules, el hermano de ésta, periodista condenado por abusar de una joven estrella del cine; Alison, hija de Sacha y Drew, que trata de averiguar ese pasado de sus padres del que tan poco hablan, Linconl, el hermano de Alison, niño autista que colecciona canciones que contienen pausas, como Roxanne…
Egan, igual que Bolaño en Los detectives, rompe la línea cronológica, salta en el tiempo, nos sitúa en diferentes momentos de la vida de los personajes, desde los años setenta hasta 2020 (la novela se publicó en 2010). También rompe la unidad espacial, situando las historias en distintos lugares, como San Francisco, Nápoles, Nueva York, Kenia o el desierto de California.
Cada capítulo son los retazos de una generación que se va haciendo mayor. Unos no se alejan de lo que una vez soñaron que serían sus vidas. Otros olvidan lo que habían soñado y se pierden por el camino. En unos el tiempo es más canalla que en otros, pero en todos hace mella.
Jeniffer Egan también cambia de registro y de narrador en cada capítulo (en total son trece), incluyendo uno de los capítulos más originales que he leído nunca: el narrado por Alison, la hija de doce años de Sasha, que escribe un diario maravilloso en forma de mapas conceptuales.
Me hice con El tiempo es un canalla tras de leer la entusiasta reseña que hizo Gerardo en su blog Varado en la llanura.
Me ha gustado. He disfrutado leyendo a Jennifer Egan.
Continúo con el periplo por la obra de Andrés Trapiello. Desembarco en su primera novela, publicada en 1988 y titulada La tinta simpática.
Tres elementos se cruzan para hacerme atractiva esta novela.
El primero es conocer al primer Trapiello, que tras publicar tres libros de poemas y algún ensayo se atreve con la narrativa. No es un joven recién salido de la facultad. Cuando se publica tiene treinta y cinco años. El segundo elemento es el título: La tinta simpática, esa tinta invisible, mágica, que esconde secretos que terminan por olvidarse. Me gusta el título. El tercero es la portada, uno de los dos paisajes de la Villa Medicis que pintó Velázquez en uno de los viajes que hizo a Italia, seguramente en el segundo. Es una de mis pinturas favoritas, un cuadro que observo a menudo. Me pregunto de qué hablarían los dos personajes situados en bajo el arco. Qué les diría la mujer que tiende una sábana y se asoma sobre la balaustrada. Me pregunto qué hay tras esa especie de cimbra de madera que hay entre las columnas ocultando el otro lado. Me fascinan esos cipreses mecidos por el viento, esa mancha roja (¿una flor?) situada bajo el seto que rompe la monotonía cromática del lienzo, la grandeza del jardín, la eternidad del arte, lo pequeña y efímera que es la vida.
Leo La tinta simpática en dos tardes. Roma. Finales de los años setenta. Giulio Corso, pintor de cierto renombre, envejece frente al Panteón de Agripa. De entre las fotografías de sus cuadros aparece uno que no recuerda haber pintado. Es un jardín, con una mujer sentada en un banco, leyendo un libro. Ese cuadro se convierte en su obsesión. Busca el jardín en vano. Está seguro de que no lo ha pintado él, pero es su estilo y está en el catálogo de su obra. Cansado de la búsqueda, decide viajar a Madrid cuarenta años después. La visita a un viejo amigo lo cambiará todo. Los recuerdos afloran. Su vida en España cuando era joven, el inicio de la guerra, un amor olvidado, su fusilamiento, una hija desconocida, un jardín, un cuadro.
«Qué melancolía encontrar lo que no se ha perdido. Qué tristeza que nos arrebaten lo que no buscábamos. En el plazo de unos días Corso se veía con otra biografía, entre otras manos, con otros afectos. Como si aquella vida que no había vivido, le hubiera vivido a él sin saberlo. Tal vez no somos más que una vida escrita con tinta simpática, entre renglones que todos pueden ver, hasta que un día la llama que creíamos extinguida va sacando datos, fechas, intenciones, afectos que nadie, ni nosotros mismos, sospechaba. Pero para entonces es siempre demasiado tarde. Porque la misma llama que saca a la luz nuestro vivir secreto, va quemando, destruyendo, lo que habíamos escrito hasta entonces a los ojos de todos. Lo que habíamos vivido desaparece por el fuego y lo que no podíamos vivir, emerge, fantasmal, errático. De esta manera tenemos ante nosotros una existencia en la que no podemos leer y una vida que nunca ha sido escrita sino con invisibles trazos del sueño, amargos como el limón» (p. 148)
En esta obra ya se observa su prosa cuidada, precisa, impoluta. El tono pausado, tranquilo, sosegado. El autor leonés escribe una novela sobre el arte, la memoria y el olvido, el paso del tiempo, el amor truncado por la guerra, la vida vivida, la vida no vivida.
Philip Roth es una mina de oro. Estás tiempo buscando el preciado metal entre sus páginas y regresas a casa de vacío. Pero no desfalleces y persistes en la búsqueda, consciente de que algún día aparecerá el tesoro. Llega ese día y la alegría te invade. Al día siguiente transitas por un filón inagotable. El filón de Philip Roth. Para leer al escritor norteamericano se requiere la paciencia del buscador de oro. No abandonar a las primeras de cambio porque la recompensa merece la pena.
La contravida es una obra mayor de Philip Roth. En esta novela podemos disfrutar de su extraordinario genio literario.
La novela está protagonizada por su alter algo Nathan Zuckerman, célebre escritor que conoció el éxito con la publicación de Carnovsky (trasunto de El lamento de Portnoy) , quien narra en primera persona varios episodios de la vida de su hermano y de la suya propia.
La novela se estructura en cinco capítulos. Los tres primeros y el quinto, están narrados por Nathan Zuckerman en primera persona, son parte de su narrativa. El primero, titulado Basilea se desarrolla en el funeral de su hermano Henry, hombre de éxito, casado y con dos hijos que decide operarse del corazón porque la medicina que toma le deja impotente sexualmente y no soporta no poder estar con su amante, Wendy. En el segundo, titulado Judea, Henry no muere tras la operación, sino que decide dejarlo todo para irse a Israel a luchar por la causa judía junto a un grupo de fanáticos de extrema derecha. Nathan visita Israel para intentar convencerlo de que regrese junto a su familia a los Estados Unidos y en ese viaje nos ofrece una inteligente y rica visión sobre la cuestión hebrea. En el tercero, Nathan relata el regreso en un avión, en el que un loco que había conocido frente al Muro de las Lamentaciones intenta secuestrarlo . Estos tres capítulos dan pie a Roth para divagar sobre dos de los temas de más le interesan: el sexo y la religión, motivos que están en el trasfondo de las decisiones humanas. El cuarto capítulo comienza con Nathan y su relación con Maria (sin tilde) en Londres. Es su vecina de arriba, catorce años más joven, casada y con una hija. Se enamoran “intelectualmente”. Nathan no puede hacer el amor con ella por la medicina que toma para una enfermedad coronaria. En realidad lo que le ocurría a Henry le pasa a él. Es Nathan quien no puede soportarlo y pasa por el quirófano, pero no logra salir con vida. Y ahora viene lo mejor de la novela. Un narrador diferente, que no es Nathan porque está muerto, sigue contándonos lo que ocurre en su entierro. Aquí cambian las tornas respecto al primer capítulo y ahora es Henry quien asiste al entierro de su hermano. No se hablaban desde que Nathan publicó Carnovsky, la novela en la que ridiculizaba a sus padres y a él mismo. Tras el entierro, Henry va a escondidas a la casa de Nathan en busca de sus diarios. Y allí encuentra las notas tituladas Basilea, Judea y En vuelo, es decir encuentra los capítulos que hemos leído en la novela, que en realidad son el producto de la imaginación de Nathan en los que el escritor toma retazos de la realidad para convertirlos en ficción. Así, la infidelidad de Henry fue cierta, pero no su enfermedad y su impotencia. Eso le ocurría a él. Henry roba los capítulos ante el temor de que algún día aparezcan publicados. Entre las notas que encuentra Henry hay unas tituladas Entre cristianos, que se convertirán en el capítulo final de La contravida, con un Nathan que se casa con Maria para vivir felices y comer perdices. O no.
El capítulo cuarto es el más jugoso respecto a la escritura y al oficio de escritor. Es el vórtice de la novela, el que da sentido a toda la historia. Es el capítulo que hace de La contravida una novela muy grande.
«Lo que la gente envidia de un novelista no es lo que el novelista considera envidiable, sino las personalidades interpretativas que el autor se permite, la resbaladiza personalidad con que se pone y se quita la propia piel, ese deleitarse no tanto en el “yo” como en la evasión de “yo”, aunque ello implique, o sobre todo cuando ello implica ir echándose padecimientos imaginarios sobre los hombros. Lo que la gente envidia es el don que posee el novelista de convertirse en otro, y no de cualquier manera, sino de un modo espectacular, su capacidad para relajar, haciéndola ambigua, su conexión con la vida real, por la fuerza del talento […] ¿Acaso no es cierto que, al contrario de lo que generalmente se cree, el aspecto más intrigante de la imaginación del escritor es la distancia que existe entre su vida y su novela? (p. 274)
El fragmento resume perfectamente esta extraordinario libro de Philip Roth en el que juega con el lector a tejer y destejer vidas e historias. ¿Cuáles son reales?¿Cuáles son ficción? ¿De dónde proceden?¿Quién las narra?¿Qué distancia hay entre la vida del escritor y su novela?
«Pero a ti la tranquilidad te inquieta, Nathan, sobre todo en la escritura: para ti es arte de mala calidad, demasiado cómodo para el lector y, ciertamente para ti. Lo último que quieres es hacer felices a los lectores, con textos acogedores y sin conflictos, donde los deseos se cumplan con toda sencillez» (p.405)
Últimamente leo a Andrés Trapiello con los ojos cerrados. Y no me equivoco. Me encuentro con una novela inesperada y maravillosa. Inesperada porque se trata de una historia de amor que ya le hubiera gustado firmar al mismísimo Tolstoi. Se podría pensar que he perdido el norte comparando a Trapiello con Tolstoi. Yo también lo pienso, pero bien perdido sea.
El amor entre Ana Karenina y Vronski es peccata minuta comparado con el de Max y Claudia. El primero es un amor contrariado que diría García Márquez, en el que las circunstancias los lleva a ser desdichados. El de los protagonistas de Los confines no lo es. Los amantes de Trapiello superan todo tipo de obstáculos. El amor se impone a las normas. Aunque tengan que abandonarlo todo para llegar hasta último confín. Porque el de Claudia y Max es un amor de confín. No hay nada más allá. «Me has dado tanta fuerza que me sucede lo que a Antígona: que por ti, por esto que ha sucedido, estoy dispuesta a sostener metales al rojo vivo con las manos».
Ana Karenina y Vronski también se marcharon lejos para vivir su amor. Pero regresaron. Y Ana pagó muy caro el atrevimiento de desafiar las convenciones sociales.
¿Lo pagarán también Claudia y Max?
«Yo creo que las novelas no se hacen ni con buenas personas ni con buenos sentimientos […] Ni desde luego con un final feliz, como el vuestro. Claro que tampoco con lo contrario. En realidad no sé cómo se hacen».
Bartleby, el escribiente es una novela corta, en las antípodas de Moby Dick. Es su contrapunto. La acción frente a la inacción, el héroe contra el antihéroe, la épica con mayúsculas frente a la épica cotidiana. Bartleby es todo un ejemplo de asertividad. Bartleby es un subalterno subversivo. Si en Moby Dick el protagonista se empeña en buscar la mítica ballena hasta el último confín, en Bartleby, el escribiente el empeño del protagonista es llevar la inacción hasta las últimas consecuencias en un rincón de una oficina escondido tras un biombo.
La frase de la novela es «preferiría no hacerlo». Son las contagiosas palabras de Bartleby a cualquier petición de su jefe, que es el narrador que relata la inaudita historia de un empleado. ¿A quién se le ocurriría responder de este modo a su superior si este le solicita educadamente que revise unos papeles? A Bartleby. Sin embargo, a pesar de la sorpresa inicial ante la inesperada respuesta, el jefe no pierde la compostura y en vez de despedirlo, que sería lo habitual, trata de entenderlo y convencerlo con educación e inteligencia para que entre en razón. La rebelión de Bartleby es cotidiana y absurda, y más meritoria en tanto que el dueño del bufete es un buen tipo que finalmente decide dejarlo en la oficina a pesar de que no hace otra cosa que mirar por la ventana ante la protesta del resto de empleados. Es un pulso entre la extraña terquedad de Bartleby y la compasión del jefe. El aparente tono cómico de la novela va adquiriendo tintes trágicos conforme avanza. ¿Qué hay detrás de ese “preferiría no hacerlo” de nuestro protagonista?
Hay mucho Kafka en Melville.
Nota: La portada requiere una explicación, aunque preferiría no hacerla.
El buque fantasma, publicada en 1992, es la segunda novela de Andrés Trapiello. Es una novela de iniciación política y sentimental situada en una ciudad de provincias en los años finales del franquismo. El protagonista es Martín, un joven de familia acomodada que sale de su pequeña ciudad para estudiar filosofía en V. El autor no menciona su nombre, pero tras esa V se adivina Valladolid.
Es el propio Martín quien, veinte años después, narra esos dos años de descubrimiento y desengaño, tanto del amor como de la lucha política. Martín cuenta sus peripecias con poesía pero sin nostalgia, desmitificando una época que el tiempo se encargaría de cubrir con una pátina de romanticismo. En los noventa parecía que todos habían corrido delante de los grises, todos habían luchado por la democracia, todos habían estado en cárceles franquistas.
«La gente, hoy, a nueve años del final del siglo, oye la palabra poesía, pliega y se va. Pero, ¿cómo, si no, recordar aquellos años?¿Cómo, si no es con la poesía, podrían conservarse aquellos recuerdos? […] Recuerdos, cine, fantasía, lo que no sirva más que para pasar el rato y hacerse uno no sé qué vanas y vagas ilusiones de que ha visto y vivido, sin tener que probar ni demostrar a nadie que ha visto y que ha vivido, pues todo en el recuerdo es verdadero». (p.138)
Martín, como buen filósofo, es un joven con inquietudes políticas y pronto se empieza a relacionar con un grupo de universitarios de una organización llamada Juventud Comunista.
«Pero, ojo, no hay que confundirlo con Juventudes Comunistas, que era una cosa distinta. Es más, nada podía ofender tanto a u miembro de Juventud Comunista como que lo tomaran por uno de Juventudes Comunistas, y a la inversa» (p.35). El objetivo de esta organización es repartir propaganda antifranquista. Martín lee a Lenin, a Marx y Los conceptos elementales del materialismo histórico de Marta Harnecker. Es un revolucionario, aunque su padre o su tío Narciso sean personas cercanas al régimen. Martín está llamado a poner en práctica sus lecturas, a luchar contra la injusticia y contra la dictadura.
«Yo creo que pasárselo uno bien y ser revolucionario a la vez no se podía. Podía ser uno revolucionario y luego feliz. A la vez no, me parece a mí, salvo los tres o cuatro ácratas y los tres o cuatro individualistas. (p.87)
Rei, hijo de un policía, es el líder de la organización. Martín se convierte en su gran amigo. Para ellos, jóvenes de 18 años, lo de repartir propaganda es un juego peligroso y clandestino que está íntimamente relacionado con el descubrimiento del amor.
«Supongo yo que eso es la juventud: no discernir entre el poder y el querer, entre el mundo y su representación, entre lo que se hace por generosidad y lo que hacemos por vanidad, entre ser hombres libres y ser gallitos de vistoso plumaje».
Martín descubre el amor en Dolly, una mujer mayor que él. Dolly se convierte en el personaje clave de la educación sentimental y política de Martín. Es el contrapunto pragmático a su romanticismo.
«—La verdad—decía siempre Dolly— está en las medias tintas, en los grises, en toda la amplia gama de penumbras. La mucha luz te ciega y en la mucha sombra no se ve. Dividiendo a la gente en clases sociales no se llega nunca a ninguna parte. Siempre habrá buenas y malas personas […] Al final uno no se relaciona con ideas y programas, sino con personas, que no son ni lo que quieren ser ni lo que pueden ser, sino lo que la vida les va dejando ser. En general olvídate de teorías. O ponen difícil lo que es fácil o fácil lo que es difícil. Con ver es más que suficiente, y a primera vista, mejor». (p. 159)
Finalmente la célula es desmantelada. Comienzan las torturas y las delaciones entre compañeros. Rei y otros terminan en la cárcel. La brutal realidad se impone. La dictadura conserva sus fuerzas. Fin del romanticismo. Fin de los ideales.
«— Lo peor de la cárcel —le contaba Rei a Celeste— es que tienes demasiado tiempo para pensar. Cuando piensas hacia un lado o hacia otro, hacia delante o hacia atrás, todo marcha; como pienses en círculo, estás perdido Aquí no haces sino dar vueltas y vueltas alrededor de un pozo seco. Eso te vuelve loco.» (p.140)
«La pirámide que había sido alguna vez, iba camino de convertirse en una elevada ruina, en la informa mastaba de ideales erosionados o derrumbados a sus pies» (p.141)
«La causa de que existan delaciones y delatores hay que buscarlas siempre en tres cuevas: el miedo, el interés o la maldad, descartada la ingenuidad, pues a la ingenuidad nada se la puede exigir por su misma falta de juicio» (p.149)
«En cierto modo me di cuenta en las cárcel de que vivíamos dentro de otra cárcel peor aún, más hermética, más opresora. La mitad de las cosas no podían discutirse y la otra mitad había que aceptarlas como venían del Comité Central» (p.191).
Martín, Rei y el resto navegan en un buque fantasma.
Martín se libra de milagro de la terrible experiencia de su amigo Rei. Y regresa a casa transformado y desengañado.
«Muchos creen que la lucha antifascista fue una lucha por la democracia. Por creerlo, pueden creerlo, si eso les hace ilusión. Todos los que yo conocí en esas escaramuzas estaban encuadrados en partidos cuyos programas soñaban con la dictadura del proletariado. Ahora bien, puede que hubiera otros demócratas que lo fueran de verdad. No digo que no. Pero no tuvimos la suerte de tratarlos o conocerlos» (p. 216)
Veinte años después recuerda aquellos años de juventud con poesía, pero sin nostalgia.
«Quedan de la vida, si algo queda, las hojas muertas, unas pocas imágenes amarillentas. Tal paseo al atardecer en una playa, la contemplación de un niño dormido. El zumbar de unas avispas sobre una raja de sandía tras un almuerzo campestre, un abrazo, dos o tres adioses, la vaga memoria de unos pocos libros, bagatelas, pavesas, nada, todo lo que a un buen conservador le parece insignificante. Eso que los poetas llaman verdad, no siempre con minúscula. (p.217)
No me equivoqué al seguir la estela de Andrés Trapiello.
Descubrí a Basilio Pujante gracias a mi amigo S.K., quien además de hablarme bien de él, me regaló su ópera prima: Recetas para astronautas. El libro, un in crescendo de microrrelatos que poco a poco van perdiendo el prefijo, me dejó clarísimo que Basilio Pujante era un gran escritor. Ya el microrrelato que abre el libro, me demostró que estaba ante un autor ingenioso de mucho talento. Historia Universal en un Telegrama tiene este sonido: «Big Bang. Stop. Big Boom. Stop». ¡Fabuloso!
Hace unos días, en mi desescaladada literaria, tropecé, literalmente, con el nuevo libro de Basilio Pujante titulado El peso del hielo, publicado por la editorial Boria. Ya está bien de desempolvar tanto clásico, por fin aire fresco, me dije, contentísimo. No tardé en beberme con avidez los once relatos que componen el libro, como unos días más tarde haría con la primera caña que me tomaba en una terraza, al sol, sesenta y cinco días después de tanto encierro y tanta lluvia.
Los protagonistas de El peso del hielo nos ofrecen un rico mosaico de historias: un niño que participa en un concurso de reciclaje para ganar una bicicleta verde; un escritor que descubre durante su luna de miel en Japón que su matrimonio tiene los días contados, al tiempo que investiga el motivo de que su libro se venda en una librería del Jimbocho tokiota; un niño que sufre acoso en el colegio hasta que descubre que hay vida más allá de los matones; un aprendiz de escritor que encuentra a un viejo escritor olvidado que le pasa el testigo de su genio; un partido de fútbol del equipo del colegio en el que un niño sudamericano se convierte en el ídolo de sus compañeros; un profesor que sufre acoso en las redes sociales tras suspender a un famoso youtuber; unos personajes que están a punto de embarcar en un avión con destino a Madrid; una historia de amor imposible que traspasa las fronteras del tiempo; un padre que duda de lo que ha visto bajo el agua de una piscina; un grupo de publicitarios que se ven atraídos por el aura de su jefe.. Hay una excepción: el relato número once abandona el realismo (¿lo abandona?) para mostrarnos una historia ¿futurista y distópica? en la que los libros han desaparecido, hasta que llega al pueblo un hombre que lee en la calle, ante la curiosidad y el estupor de sus habitantes.
Conforme voy leyendo, cada relato me entusiasma más que el anterior. En ellos hay ternura, nostalgia, rabia, poesía, denuncia, intriga, amor, desamor, dolor, alegría, y literatura. Todos son buenísimos, pero me quedo con dos que me han parecido extraordinarios. El primero se titula Historia meridional y es una verdadera clase magistral de la Historia de España del siglo veinte narrada a través de dos personajes, Luis y Luisa, cuyo destino amoroso se ve truncado por el inicio de la guerra civil. El segundo, es El hombre que lee, una defensa de los libros y de la literatura en un mundo que cada vez se parece más al que describe, y un guiño a uno de los grandes libros del siglo veintiuno: 2666 del genial Roberto Bolaño.
Basilio Pujante, como todo gran cuentista, basa sus relatos en la singularidad de sus historias. Son relatos peinados y repeinados, cuidados hasta el detalle. Es evidente que sabe lo que hace, y lo hace con la maestría de quien lleva toda la vida escudriñando palabras. Sabe que tan importante es la forma como el contenido, acierta con el tono que el narrador utiliza en cada uno de los relatos, y logra que no levantemos la mirada de las páginas hasta la última palabra.
La literatura está en manos de autores como Basilio Pujante. Bolaño dixit.
Antonio Muñoz Molina es uno de los imprescindibles. Lo sé desde hace muchísimo tiempo. Compañeros y amigos con criterio lector me hablan de lo que disfrutan leyéndolo. «En estos momentos no hay nadie que escriba como él. Se llevará el Nobel», dicen. Puede que tengan razón. Ojalá. La mayoría de críticas que he leído van por ahí. Lo sé desde hace muchísimo tiempo. Muñoz Molina es un grande que hay que leer. Y por eso llevo muchos años comprando sus libros. Pero hay una pega. Todavía no los he leído. Con una excepción: Sefarad. Lo leí hace años. No es una novela. Es más bien un libro que en el que se mezcla historia y memoria. Me encantó. Seguía comprando libros de Muñoz Molina y los colocaba en su lugar correspondiente de mi libroteca. Ahí se quedaban. Trato de entender por qué no leía a Muñoz Molina a pesar de comprar sus libros. Lo pienso y creo que lo que me frenaba era ese tono nostálgico de su escritura. La nostalgia es un sentimiento que me molesta como un resfriado, que trato de quitarme de encima en cuanto lo intuyo cerca. Tal vez sea eso. Tal vez sea la excusa para no leer a un genio. Me suele pasar.
Pero son tiempos para la nostalgia, me digo, encerrado en casa, viendo llover un día sí y otro también. Ya no tengo excusa. De modo que comienzo a leer a Antonio Muñoz Molina. Elijo su segunda novela: El invierno en Lisboa, publicada en 1987. En las primeras líneas ya aparece ese tono, pero trato de centrarme en lo bien que escribe, en sus continuas comparaciones, en la música de la novela. Y lo logro. Leo del tirón más de 50 páginas. Ya no hay marcha atrás. Atrapado.
Muñoz Molina crea un personaje innominado que nos va narrando la historia de su amigo Santiago Biralbo, un pianista de jazz con el que se reencuentra en Madrid después de tres años. Este narrador es testigo de algunos hechos, pero no de todos.El resto se lo cuenta el propio Santiago Biralbo, reconvertido en Giacommo Dolphin, en ese reencuentro en Madrid.
A pesar del título, la mayor parte de la novela se desarrolla en San Sebastián, sobre todo en el Lady Bird, un pub en el que el protagonista toca el piano por las noches junto al gran trompetista Billy Swann. El Lady Bird pertenece a un personaje llamado Floro Bloom, que hace las veces de padre protector del grupo, al que también pertenece por derecho propio el asiduo narrador, que cada noche se tomas las copas escuchando a la banda de jazz. En este ambiente neoyorkino tiene lugar la historia. Como tantas veces, el amor va a provocar el conflicto. Cual Helena de Troya, aparece en escena la bella Lucrecia. Desde la primera mirada en el Lady Bird, ella y Biralbo se enamoran. Él toca el piano para ella, que cada noche acude a escucharlo junto a Malcom, su marido. La primera parte de la novela, el narrador nos va mostrando esta historia de amor, que es también su historia, de una manera muy lírica y nostálgica.
«En mi memoria aquel verano se resume en unos pocos atardeceres de indolencia, de cielos púrpura y rosa sobre la lejanía del mar, de prolongadas noches en las que el alcohol tenía la misma a tibieza que la llovizna del amanecer» (p.54).
En la segunda parte comienza el conflicto, con Lisboa como tierra prometida, como en Casablanca. Ahora aparecen los turbios negocios de Malcom con su socio, el malvado Toussaints Morton y su inseparable secretaria de hielo. La huida y la persecución de Lucrecia. Y por fin Lisboa como realidad, como lugar en el que desarrolla la trama negra de la novela, en cuyo centro está una de las muchas versiones que hizo Paul Cezanne de La montaña de Sainte Victoire. Lisboa como ciudad en la que el amor tiene su principio y su fin.
«Tal vez fue en Lisboa donde conoció esa temeraria y hermética felicidad que yo descubrí en él la primera noche que lo vi tocar en el Metropolitano. Recuerdo algo que me dijo una vez: que Lisboa era la patria de su alma, la única patria posible de quienes nacen extranjeros» (p. 123).
Antonio Muñoz Molina escribe una novela íntima y lírica protagonizada por una serie de personajes solitarios que se refugian en la amistad, el amor, la música y el whisky.
Está narrada con un tono de nostalgia acentuado por el jazz que está presente en cada una de sus páginas.
«Pero era mentira esa afirmación suya de que la música está limpia de pasado, porque su canción, Lisboa, no era más que la pura sensación del tiempo, intocado y transparente, como guardado en un hermético frasco de cristal» (p. 40).
Una palabra tan horrorosa y malsonante como confinamiento se está haciendo habitual. Al principio me costaba pronunciarla puesto que apenas la había utilizado antes. Puede que nunca. Y ahora no hay frase o párrafo en la que no aparezca el dichoso palabro. Consulto el María Moliner y todavía me gusta menos. La segunda acepción de “confinar” dice así: «Desterrar a alguien en un sitio determinado, no permitiéndole salir de ciertos límites. Aprisionar a alguien en un campo de concentración. Prohibir a alguien salir de cierto sitio. Arrestar». Lo peor es que no hay sinónimos mucho mejores: aislar, encerrar, recluir, arrinconar…
En fin, a lo que vamos. Acabo de terminar la primera lectura del confinamiento. Se trata de Yo, Claudio de Robert Graves. He tardado 32 días. Es evidente que no tenía prisa por terminarlo porque es un libro en el que no necesitaba, o no quería, llegar al final. De hecho, cuando lo he terminado no he sentido alivio sino pesar por tener que bajarme de esta maravillosa máquina del tiempo que me ha llevado a disfrutar de una de las épocas que más me atraen últimamente: la antigua Roma. Ya sé que todo lo que nos cuenta Robert Graves, aunque esté basado en hechos y personajes históricos, es pura ficción. Augusto no era tan inocente ni Livia tan malvada, Tiberio no era tan mal gobernante, ni Calígula estaba tan loco, ni Claudio era tan bonachón. La literatura exagera los caracteres de los personajes para darle emoción al asunto, y Robert Graves lo hace de una manera magistral.
La novela está narrada por Claudio (nuestro héroe) en primera persona, y lo hace con rigor, como lo haría un historiador, pues ese es su oficio antes de ser coronado emperador. Adora a Polibio, a Tito Livio, a Herodoto. De hecho una de las mayores alegrías que le dará el título es la de «poder consultar los archivos secretos y descubrir qué había sucedido en tal ocasión y en tal otra. ¡Qué milagroso destino para un historiador!» (p.364). Además menciona a los destinatarios de estas memorias, que son los «eventuales lectores de la centésima generación futura» (p.12), es decir, los lectores del siglo veinte (la novela se publicó en 1934). Con este juego, Robert Graves impregna la novela de verosimilitud y nos hace partícipes del relato, pues el mismísimo Claudio se dirige a nosotros en primera persona desde dos mil años atrás.
Los límites cronológicos de su relato van del 41 a de C. al 41, desde la época de su padre antes de que él naciera, hasta el año en que la guardia pretoriana que asesina a Calígula (“zapatitos”) lo proclama emperador. El narrador (Claudio) nos va mostrando acontecimientos de manera lineal, y para que el lector no se pierda los va fechando al margen. No sabemos cómo llegaron estas memorias a la casa de Robert Graves en Deià, pero sí que vemos su mano (lo avisa al inicio) a la hora de hacer más fácil el cómputo cronológico para el lector contemporáneo al utilizar la era cristiana, pues en tiempos de Claudio la cronología era la romana (aunque él utilizó la griega) que comenzaba a contar a partir de la fundación de Roma (el año 1 era el 753 a de C.). No sería hasta el año 525 cuando se empezó a computar la era cristiana, es decir que al año 1277 siguió ¡el 525!.
La novela narra por tanto acontecimientos de los periodos de Augusto, Tiberio y Calígula, y se centra fundamentalmente en la personalidad de los emperadores y en las luchas subterráneas por el poder, es decir, asesinatos a mansalva y de la manera más cruel y sofisticada. Juego de Tronos ya lo inventó Robert Graves.
Livia (tercera esposa de Augusto, madre de Tiberio, abuela de Claudio y bisabuela de Calígula y de Nerón) es la que se encarga de organizar que tras Augusto se corone su hijo Tiberio. Para eso tiene que quitar de en medio a los que iban delante en la línea sucesoria, es decir a los nietos de Augusto, y lo hace sin levantar las sospechas del inocente emperador. El veneno juega un papel fundamental en la novela. Livia es la que hace y deshace, la que mueve los hilos del poder, tanto con su marido como con su hijo. A la muerte de su madre, Tiberio no se queda corto eliminando a todo sospechoso de conspiración. La delación es suficiente para que uno acabe volando desde la Roca Tarpeya. Por su parte, Calígula representa en su corto mandato el máximo apogeo del terror tiránico y del desprecio por la vida. Entre tanta sangre sólo uno de los familiares sobrevive: Claudio. Su discapacidad física e intelectual lo salva de una muerte segura. Es cojo y tartamudea y toda la familia, excepto su hermano Germánico, lo desprecia y se burla continuamente de él. Sin embargo, Claudio es un tonto tan inteligente que se hace pasar por tonto para salvar la vida. Sabe que no lo consideran un peligro, aunque en más de una ocasión está a punto de perderla. Esa impostura le llevará a coronarse emperador. El personaje de Tyrion Lannister, sin duda está basado en Claudio. George R.R. Martin le debe mucho a Robert Graves.
En una de las conversaciones con su gran amiga Calpurnia, le dice:
«—Claudio tienes más suerte de lo que crees. Cuida tu puesto celosamente. No dejes que nadie lo usurpe.
—¿Qué quieres decir, muchacha?
—Quiero decir que la gente no mata a sus bufones. Son crueles con ellos, los asustan, les roban, pero no los matan.» (p.316).
Por la novela van desfilado multitud de personajes de la familia Julio-Claudia a los que situado en un árbol genealógico para facilitar la lectura.
De todos ellos me quedo con tres.
El primero es el personaje de Livia, maravillosamente cruel y manipuladora, quien pide a Claudio que a su muerte haga todo lo posible para que la divinicen como a Augusto para evitar el infierno. Chapeau Livia.
El segundo es Calígula cuya genial locura lo lleva a situarse por encima de Júpiter y a enfrentarse a Neptuno con las armas en una batalla memorable entre las legiones y el mar. ¿Alguien da más?
El tercero es el propio Claudio, cuya sabiduría, inteligencia e integridad (se declara republicano cuando lo van a proclamar emperador) lo convierte en contrapunto a la maldad de los personajes que desfilan por la novela.
Robert Graves escribió una obra literaria que es todo un homenaje a la historia y al oficio de historiador. Seguramente es la novela que más daño ha hecho a la historia. O no. Quién sabe. Lo único seguro es que es una obra maestra.
Enemigo de la guerra y su reverso, la medalla. No propuse otra batalla que librar al corazón de ponerse cuerpo a tierra bajo el peso de una historia que iba a alzar hasta la gloria el poder de la razón.
Y ahora que ya no hay trincheras el combate es la escalera y el que trepe a lo más alto pondrá a salvo su cabeza aunque se hunda en el asfalto la belleza.
Míralos como reptiles, al acecho de la presa, negociando en cada mesa maquillajes de ocasión; siguen todos los railes que conduzcan a la cumbre locos, porque nos deslumbre su parásita ambición.
antes iban de profetas y ahora el éxito es su meta; mercaderes, traficantes, más que nausea dan tristeza, no rozaron ni un instante la belleza.
Y me hablaron de futuros fraternales, solidarios, donde todo lo falsario acabaría en el pilón. Y ahora que se cae el muro ya no somos tan iguales tanto tienes, tanto vales ¡Viva la revolución!
Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo, en ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza de encontrar en tu mirada la belleza.
Lectura fácil es un libro protagonizado por cuatro mujeres con discapacidad intelectual en diferente grado que viven juntas en un piso tutelado de Barcelona. Cristina Morales les da voz y todo lo que vemos es el mundo a través de su mirada. No hay un enfoque hacia ellas, sino desde ellas. Ellas son el sujeto que analiza la sociedad en la que les ha tocado vivir. Y lo hacen con una lucidez que nos deja noqueados sobre el ring porque Lectura fácil es un gancho brutal a la mandíbula de la España moderna, democrática y europea, a su estado asistencial, a sus instituciones, a sus políticos y a la moral de sus biempensantes ciudadanos, del primero al último. Nada ni nadie se escapa. Es una novela crítica y autocrítica que destila un sutil humor "mendociano" al estilo La verdad sobre el caso Savolta, novela a la que en cierto modo me ha recordado. La única defensa de Lectura fácil, si es que la hay, es la de la libertad y la autonomía de las personas con discapacidad.
Cristina Morales estructura la novela a partir de cuatro formas narrativas que en gran medida se corresponden con cada una de las protagonistas. Estos cuatro enfoques buscan contrastes entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la complejidad y la sencillez, entre lo individual y lo colectivo, entre lo institucional y lo social, entre el sistema y el antisistema, entre la realidad y el deseo.
Las cuatro protagonistas son Nati, Marga, Patricia y Angeles. Son primas y hermanas, y llegan a Barcelona procedentes del pueblo ficticio de Arcuelamora tras escapar del centro en el que estaban internadas.
Nati lleva el peso de la novela. Es la que proporciona el tono, la crítica y el discurso ideológico. Representa la subjetividad y narra la historia en primera persona con un lenguaje intelectual y callejero, porque Nati tiene el ficticio síndrome de las compuertas que no es otra cosa que un estado de lucidez permanente que la autora utiliza para desnudarnos a todos. Nati representa la focalización interna de la novela. Es bailarina, y fue discapacitada por el Estado tras una crisis que sufrió al terminar la universidad. Nati defiende la libertad y utiliza el baile como metáfora. Es feminista y anarquista, aunque el feminismo y el anarquismo no escapan de su inteligente y corrosiva mirada. Y desde ese enfoque critica la hipocresía de la moral establecida, a los bienintencionados progresistas que tratan de ayudar, al sistema patriarcal que todo lo impregna, o al sistema neoliberal que todo lo corrompe. Ése es el síndrome de las compuertas. Nati no puede callarse. No se controla y su voz es un torrente que todo lo arrasa. Esa es su discapacidad. Es peligrosa para la sociedad, “una guerrillera bastardista” que escribe fanzines antisistema (se incluye en el libro). Mejor tenerla controlada y atontada con medicación.
«Si el abusón no reculaba, si se ponía chulo y el muy tonto se hacía el listo, entonces el grupo lo acorralaba verbalmente, con lo que él acababa gritando por encima de la voz de todos y empezaba a insultar. Se le invitaba entonces a abandonar el ateneo, invitación que por supuesto no aceptaba pronunciando las palabras mágicas: sois unos fascistas. ¡Me quedé loca!¡Estaba ocurriendo también allí! [se refiere a una asamblea anarquista]¡Resulta que los hacen en serie y todos los fascistas llaman fascistas a quienes les plantan cara! Es la ley facha-macha: para el facha, tolerar significa que el otro se ponga de su lado. El macho-facho no admite la alteridad salvo que le sea sumisa, como poco, cómplice, o, cuando menos, silenciosa, y mucho mejor si la alteridad está muerta.» (p.75).
Marga es el personaje en torno al cual gira la acción de la novela. Ella es la que se decide a vivir de manera independiente fuera del piso tutelado, para lo que deberá saltarse las normas de unas instituciones que se lo impiden. La única opción que tiene es recurrir a la Asamblea Libertaria de Sants para que le ayuden a okupar un piso abandonado. Las actas de las reuniones de este grupo anarquista forman el segundo enfoque narrativo. Cristina Morales utiliza la focalización externa y aquí vemos a Marga (Gary Garay) y a veces a Nati (Nata Napalm) debatir en torno a multitud de temas con los participantes que se esconden tras los pseudónimos de diferentes ciudades, probablemente su lugar de origen (Murcia, Jaén, Coruña, Oviedo, Palma, Tánger…). Leemos las actas en forma de diálogo y en ellas la autora nos muestra la candidez pueril y el sinsentido de algunos de los debates de la asamblea que se pierden en divagaciones estériles, pero también nos enseña debates interesantes que el resto de la sociedad no se plantea, y sobre todo la solidaridad sin fisuras del grupo con personas como Marga.
«Jaén: Yo tampoco diría eso, Murcia. Yo creo que Gari lo tiene muy claro. Yo creo que ella prevé la represión, no es algo desconocido para ella. Ha sufrido la represión muchas veces a lo largo de su vida en las residencias para discapacitados, tanto dentro por parte de los cuidadores como fuera por parte de la policía aliada con sus cuidadores. Tiene 37 años y desde los 18 que la internaron por primera vez en una residencia ha desarrollado estrategias de resistencia. Ella no lo llama así, pero por sus palabras así lo entiendo yo. Gari no gritará la consigna de “Un desalojo, otra ocupación”, pero en realidad es lo que lleva haciendo toda la vida. Le quitan un espacio de libertad y ella espera el momento preciso para conquistar otro. Es lo mismo que hacemos nosotros.» (p358).
La tercera forma narrativa la representa Patricia, cuya voz escuchamos en las declaraciones recogidas en un juzgado de Barcelona que tiene que decidir sobre la esterilización forzada de Marga. A través de las preguntas de la jueza y las respuestas de Patricia observamos la vida de las cuatro primas en el piso tutelado de Barcelona. Por el juzgado también pasarán Nati, Marga y Ángeles aunque sus intervenciones son más escuetas, sobre todo la de Marga. Esta forma narrativa representa la ley, la institución, el estado asistencial paternalista que debe decidir qué es lo mejor para ellas, que debe incluso decidir sobre su maternidad. Esta forma también la leemos desde fuera pues se trata también de unas actas, en este caso las del juzgado, que contrastan con las de la asamblea anarquista en cuanto al tono y al lenguaje. Las primeras son dinámicas, libres, subversivas, alegres en ocasiones. Las segundas aparecen como un bloque frío e implacable como las tablas de la ley a pesar de los intentos de la jueza por parecer cercana y empática.
«¿Me está diciendo que no es su ilustrísima la que lleva el tema del piso tutelado?
(La señora juez responde afirmativamente.)
¿Qué sí lo lleva o que sí que no lo lleva?
(La señora jueza responde que no lleva ese tema)
Pues bueno, si usted no lo lleva, ¿no podría su excelentísima excelencia hacer el favor de decírselo a la excelencia que lo lleve? Si se lo dice usted, que es jueza, a otro juez, no habrá mezcla de poderes de esa que su ilustrísima dice, ¿no?
(La señora jueza lamenta no poder ayudar a la declarante en este asunto y le pregunta si tiene algo más que añadir a su declaración, porque ya sí deben acabar.)
(Sollozos de la declarante. La señora jueza le pide que se calme, le ofrece más agua y la declarante acepta).» (p.329)
El lienzo lo completa Ángeles que representa la cuarta forma narrativa. Aquí regresamos a la subjetividad, al interior del personaje a través de una novela que está escribiendo en forma de memorias en la que nos cuenta la historia de las cuatro desde el principio, de la vida en el pueblo, de cuando fueron declaradas discapacitadas e internadas en un centro, de cómo se vivía en el centro y de cómo todos se aprovecharon de ellas, desde sus familiares, hasta el propio centro, de cómo lograron salir y establecerse en un piso tuteado de Barcelona. Esta parte está narrada con el llamado método de Lectura fácil que es la forma utilizada para la comprensión de las personas con discapacidad intelectual. Es por tanto un lenguaje sencillo, directo y sin florituras, que todo lo explica, pero al mismo tiempo es un lenguaje crítico que deja la realidad a desnudo para poner de relieve lo evidente. Esta parte contrasta con el discurso político y complejo de Nati, pero al mismo tiempo lo complementa, o más bien es al revés, el pensamiento de Nati complementa la novela de Ángeles.
«Si una persona tan lista como una jueza
no sabe lo que es la Lectura Fácil,
es porque hay que regenerar la Lectura Fácil.
Debe ser atractiva y útil para todos, no solo para el 30% de personas
que tienen dificultades lectoras
o que se han visto privadas del placer de la lectura.
La Lectura Fácil debe llegar a la población general,
a la mayoría de la población
y a toda la ciudadanía.
La ciudadanía es todo el mundo,
no solo los que viven en ciudades,
también los que viven en pueblos, incluso en aldeas,
o solos en la mitad del monte.
Las novelas, las leyes, los contratos,
las multas, las sentencias,
la factura de la luz, del agua y del gas,
los papeles del banco, del ayuntamiento
y de cualquier sitio donde haya políticos
o de cualquier sitio donde haya empresas
tienen que escribirse en Lectura Fácil.» (p.415)
Cristina Morales ha sido un grandísimo descubrimiento.
Lectura fácil se llevó el año pasado el Premio Herralde y el Premio Nacional de Narrativa. Pocos son.
Como diría Bolaño, el futuro de la literatura está en sus manos.