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martes, 28 de agosto de 2018

Asesinos sin rostro, de Henning Mankell



Hay autores a los que siempre regreso. Vuelvo a Henning Mankell. El escritor sueco siempre fue uno de mis favoritos desde que comencé a leerlo allá por el año 2005. El único libro que se me escapaba era Zapatos italianos, y lo atrapé el año pasado. La primera novela que leí se  titulaba La quinta mujer. Ahí me encontré con el gran Kurt Wallander, con Ystad, con un modelo de bienestar sueco en crisis, con el largo y gélido invierno, con la soledad del mundo escandinavo.  Por entonces, Stieg Larsson todavía no había publicado la célebre (y espléndida) trilogía que abriría el camino a otros escritores de la llamada Novela negra escandinava. Henning Mankell era el Vázquez Montalbán sueco, y Kurt Wallander un Pepe Carvalho sin su Sancho Panza.

Tras leer La quinta mujer, que es la sexta de la serie (de un total de doce novelas), decidí comenzar por el principio, esto es, por Asesinos sin rostro, la primera novela protagonizada por el famoso inspector jefe de la policía de Ystad. Después llegaron todas las demás, incluidas aquellas que no pertenecían a la serie, como El Chino o El cerebro de Kennedy. Vuelvo a Mankell y releo Asesinos sin rostro, y tengo la sensación de que el tiempo no ha pasado por esta novela publicada en 1991. Se mantiene fresca y vigente en el argumento casi treinta años después. Este fue el gran mérito de Henning Mankell y de su alter ego Kurt Wallander.

 «Al despertarse tiene la certeza de que ha olvidado algo. Algo que ha soñado durante la noche. Algo que debe recordar. Lo intenta. Pero el sueño parece un agujero negro. Un pozo que no revela nada de su contenido».

Así comienza todo. Es el 6 de enero de 1990. Suecia está cambiando, el mundo está cambiando. El Muro de Berlín ha caído, las República Democrática Alemana está a punto de desaparecer engullida por Alemania Occidental, y el resto de democracias populares también miran hacia occidente. El socialismo real de la Unión Soviética da sus últimos coletazos. Miles de personas atraviesan las fronteras de los países del la Europa del Este en busca de la opulencia del mundo capitalista. Suecia es uno de los destinos de muchos refugiados, lo que va a provocar el surgimiento de prejuicios raciales que relacionan la llegada de los inmigrantes con el aumento de la criminalidad y la crisis del modelo sueco de democracia. En este contexto se enmarca la investigación del brutal asesinato de dos ancianos en un tranquilo pueblo cercano a Ystad, una antítesis de Macondo que Mankell situó en el mapa literario mundial.

Primera aparición en escena del inspector:
«Kurt Wallander dormía. La noche anterior se había quedado escuchando hasta una hora muy avanzada las grabaciones de María Callas que un buen amigo le había enviado desde Bulgaria. Una y otra vez había vuelto a su Traviata, y cuando se fue a dormir eran casi las dos. El teléfono lo arrancó de un fantástico sueño erótico. Como para asegurarse de que solamente era un sueño, estiró el brazo para tocar el edredón. Pero en la cama sólo se encontraba él. Su esposa no estaba, le había dejado hacía tres meses, y tampoco estaba la mujer negra con la que acababa de tener un violento coito en sueños».

Kurt Wallander es un personaje introvertido, con tendencia a la melancolía, separado de Mona y con una hija, Linda, de dieciocho años, con la que no acaba de entenderse. Cerca de Ystad vive su padre, un pintor que siempre pinta el mismo paisaje, a veces con urogallo y otras no, que comienza a presentar síntomas de senilidad.  Kurt Wallander es un personaje muy humano, atormentado en su vida personal. Es ante todo un antihéroe. No acepta la separación de Mona, la relación con su hija no es buena, y tiene un fuerte sentimiento de culpa por no ver a su padre más a menudo. Esto le lleva a beber más de la cuenta. Sin embargo, en su trabajo es metódico, escrupuloso y valiente. No suele ir armado pesar de que nunca rehusa el cara a cara. Forma pareja policial con Rydberg,  amigo y compañero de batallas que tiene problemas de salud. Kurt Wallander es un personaje que evoluciona a lo largo de la novela, de forma paralela a la investigación y resolución del caso.
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A través de la figura de Kurt Wallander, Henning Mankell denuncia las fragilidades de las modernas sociedades de bienestar. Y en el caso de Asesinos sin rostro, la denuncia va dirigida al surgimiento del racismo en una sociedad rica como la sueca, o utilizando la palabra acuñada por Adela Cortina, de la aporofobia, es decir, el rechazo a los pobres.

                                            


Mankell, gigante de la novela criminal, murió hace casi tres años en Gotemburgo con 67 años (leer In memoriam en Cuéntame una historia).
Vivió buena parte de su vida entre Suecia y Mozambique, a donde fue para descubrir las diferencias entre unos y otros, hasta comprender al final que todos eran iguales. Dirigió el Teatro Avenida de Maputo, en Mozambique, durante décadas y gastó generosamente una buena parte del dinero obtenido con la venta de sus libros en ayudas a la infancia en África.

El género policiaco permitía a Mankell hablar de la sociedad sueca y de sus fracturas, de las desigualdades sociales y del culto al dinero.  Mankell utilizaba la literatura para indagar en lo que nos rodea, y en especial, en sus aspectos menos amables. Decía en una entrevista:
“Es verdad que no puedo narrar una historia solo por el mero hecho de contarla. Debe de tener algo que me concierna, que tenga que ver la realidad, la sociedad, con mi país o con el mundo. Sin esa perspectiva no tiene mucho sentido escribir nada”.

Asesinos sin rostro no es la mejor de la serie. Recuerdo El retorno del profesor de baile o Antes de que hiele como las que más me gustaron, pero es la primera, y por supuesto no defrauda, ni siquiera en una segunda lectura.


Traducción del sueco de Dea Merie Mansten y Amanda Monjonell Mansten


                                         La Traviata de Verdi, interpretada por María Callas




sábado, 16 de septiembre de 2017

Blanco nocturno, de Ricardo Piglia



Argentina es país de escritores. Y de lectores. Los libros forman parte de su paisaje. No se entiende sin sus librerías de la calle Corrientes, ni sin su gaucho Martín Fierro—«mi gloria es vivir tan libre como pájaro en el cielo»—, publicado en 1872 por José Hernández. Y después, Borges, Bioy, Cortázar, Arlt, Quiroga, Sábato…, y el último de los grandes: Ricardo Piglia.

Me fastidia descubrir a un escritor justo después de su muerte. Murió el pasado 6 de enero. Me fastidia no haberlo leído en vida, y más sabiendo que era un gran escritor. De hecho compré Blanco nocturno en 2011. Pero no lo leí. Lo dejé en la estantería para mejor momento. Murió Piglia y continué sin leerlo. El momento le ha llegado cuando, a finales de agosto, comienzo a leer Los diarios de Emilio Renzi y descubro que hay mucho nivel en la literatura de Ricardo Piglia. Utiliza su segundo nombre —Emilio— y su segundo apellido —Renzi— para colarse en sus obras como personaje literario. No me quedan excusas, así que leo Blanco nocturno. Se confirman mis sospechas de que el escritor argentino es uno de los grandes. Es un escritor nato. «Primero ser escritor, después empezar a escribir», anota en su diario con 20 años.



«Tony Duran era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona. Fue un ménage à trois que escandalizó al pueblo y ocupó la atención general durante meses. Siempre aparecía con una de ellas en el Hotel Plaza pero nadie podía saber cuál era la que estaba con él porque las gemelas eran tan iguales que tenían idéntica hasta la letra. Tony casi nunca se hacía ver con las dos al mismo tiempo, eso lo reservaba para la intimidad, y lo que más impresionaba a todo el mundo era pensar que las mellizas dormían juntas. No tanto que compartieran al hombre sino que se compartieran a sí mismas».

Así comienza Blanco nocturno, una novela policiaca que se sale por completo del canon. Hay asesinato, comisario y ayudante, y también hay investigación. Hasta ahí cumple. Nada más. Piglia utiliza el género como excusa para poner al descubierto muchas de las corruptelas que se cuecen en la trastienda de un pueblo, de un país: el dinero negro, sobornos, las presiones de las grandes corporaciones, el poder al servicio del dinero, la deslealtad y la traición. Y todo esto ocurre en los años sesenta del siglo pasado en un pequeño pueblo perdido, cuyo nombre desconocemos, de La Pampa argentina.

Los personajes no tienen desperdicio.
Tony Durán, un mulato norteamericano (de Puerto Rico) que llega al pueblo y lo revoluciona.
La familia Belladona, en torno a la que gira la novela. Es la familia fundadora del pueblo. Lo fundó el abuelo, italiano que emigró a Argentina tras luchar en la Primera Guerra Mundial. El padre es el dueño del pueblo, un pueblo que nos recuerda a Macondo. Piglia hace algún que otro guiño a García Márquez, por ejemplo cuando el comisario comienza a dejar mensajes anónimos por el pueblo, como sucede en La mala hora de Gabo. Se respira cierto realismo mágico en la novela.
Luego está la madre Belladona, quien sólo se dedica a leer—«loca cuando no lee y no loca cuando lee» (p.186). Tiene dos hijos —Luca y Lucio—que gestionan La Fábrica, y dos hijas, las gemelas —Sofía y Ada—, dos sofisticadas y viajadas bellezas rubias que son el centro de atención de todos.
El comisario Croce es otro de los grandes protagonistas. Es una especie de honrado Sherlock Holmes que resuelve los casos más por intuición que por deducción. Y Saldías es su subalterno, su Watson, que traiciona a su maestro, precisamente por ser poco deductivo. Y frente a Croce está el odioso fiscal Cueto, el Moriarti que maneja todos los hilos del pueblo desde la sombra.
Además hay un japonés, Yoshio, que se enamora de Tony Durán,y dos jockeys rivales, uno de ellos apodado “El chino”, y por supuesto, Emilio Renzi, el alter ego de Piglia que se mete en la historia, como periodista que llega al pueblo desde Buenos Aires para cubrir la noticia del asesinato y su investigación.

La estructura narrativa de Blanco nocturno es compleja. Sabemos que a la postre Renzi (Piglia) será el autor porque es quien investiga las historia  del crimen. Hay un narrador omnisciente que nos va mostrando a historia a partir del comisario Croce que nos ponen en antecedentes de lo ocurrido. Y la alterna con una conversación en presente entre Emilio Renzi y Sofía Belladona. Ambas líneas continúan el relato de forma paralela, incluso cuando el periodista llega el pueblo y el narrador deja a Croce y se coloca junto a Renzi.

De todos los personajes me quedo con el más secundario de todos, un personaje del que solo conocemos su silueta ya que no aparece directamente en la novela. Me quedo con la madre de las hermanas Belladona, un personaje ajeno a todo lo que sucede, que vive fuera de la realidad, que sólo sale de la locura cuando lee (el pueblo no tiene escuela pero sí manicomio) porque es la realidad la que la vuelve loca. Al contrario que a Don Quijote, los libros la salvan de la locura. «loca cuando no lee, no loca cuando lee». Me quedo con este fragmento de Blanco nocturno:
«Mi madre dice que leer es pensar—dijo Sofía—. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objetos de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz, que sin saber, está buscando» (p.251)

Muy grande, Ricardo Piglia.






jueves, 6 de julio de 2017

Ritos de muerte, de Alicia Giménez Bartlett


                                     


Holmes y Watson, Carvalho y Biscuter, Bevilacqua y Chamorro, Petra Delicado y Fermín Garzón. De estas cuatro ilustres parejas, de estos ocho personajes literarios, tan solo hay dos mujeres. Una es subalterna, Virginia Chamorro. La otra tiene mando. Se trata de Petra Delicado, el personaje creado por Alicia Giménez Bartlett hace ya veintiún años. Parece mentira que, pasado este tiempo, uno lea esta novela que narra las dificultades de una mujer para trabajar un puesto tradicionalmente de hombres y tenga la sensación de que las cosas no han cambiado tanto.

"Algún tiempo después de mi segunda separación me empeñé en encontrar una casita con jardín en la ciudad. Un objetivo difícil, pero lo logré. Era algo más que un capricho, quise pensar. Demasiados años de apartamentos con muebles funcionales y gran congelador. Se me presentaba la oportunidad de vivir sola en un lugar tranquilo, lo cual debía ser considerado como otra ocasión de cambiar".

Así comienza Ritos de muerte, de Alicia Giménez Bartlett, la primera de las diez novelas de la serie protagonizada por la inspectora Petra Delicado.

Petra Delicado es un personaje que intenta conquistar su libertad. Su nombre lleva elementos de su carácter. Es fuerte como una piedra pero también delicada "como una flor". Ha estado casada dos veces. Su primer marido, Hugo es un tipo machista que no entiende que su mujer lo haya dejado a él, un abogado de prestigio que lo tiene todo, por el estúpido capricho de convertirse en inspectora de la policía. "Hugo me miró con conmiseración. Allá me las compusiera. Había cambiado la solidez de un hogar verdadero por la compañía de oscuros polizontes con camisa de rayas marcadas y panzón. Había tenido el coraje de romper una pareja de brillantes abogados envidiables para venir a hozar  en un bar de mala muerte como La jarra de oro. Allá yo con mi conciencia" (p. 25) "Yo me fui, en los anales del mundo civilizado la mujer nunca se va" (p.45).
Su segundo matrimonio fue con un joven llamado Pepe de quien también se separó tras comprender que estaba ejerciendo de madre sin hijos.

De modo que Petra Delicado deja de ejercer de esposa y de madre para llevar una vida tranquila e independiente en una nueva casa del Poblenou barcelonés. Es una mujer culta a quien le gustan los pequeños placeres de la vida. Su trabajo en la policía es de oficina. Nada de bregar con la calle.
" —Le presento a Petra Delicado, nuestra joya intelectual. Desde que ella entró en documentación todo está perfectamente fechado y organizado. Ha hecho gestiones y ahora recibíos revistas extranjeras y libros editados por l ONU, la UNESCO, la INTERPOL y el FBI.
—Mmmm…—musitó Garzón" (p.13).


Esta presentación del comisario deja patente cual ha sido su papel como inspectora. Hasta ahora. Todos los inspectores están ocupados en otros asuntos cuando le dan su primer caso, el de la violación de una chica a la que el violador ha marcado la piel. Para llevar a cabo la investigación le asignan al subinspector Fermín Garzón, personaje en las antípodas de Petra Delicado, hombre recto de obediencia castrense, curtido en mil batallas pero que nunca ha estado bajo el mando de una mujer. El personaje no tiene desperdicio. "Yo a la mujer la tengo considerada en lo más alto, literalmente la subo a un pedestal. Creo que es un ser maravilloso, lleno de espiritualidad, bello y perfecto como una flor". A Petra Delicado no le quedará más remedio que cambiar la visión que su compañero tiene de las mujeres. Al fin y al cabo es su jefa y no está dispuesta a ejercer de florero. Fermín Garzón se llevará una sorpresa mayúscula que romperá todos sus esquemas.



                                       


La novela va creciendo por estos dos caminos, el de la investigación del caso, y el del afianzamiento en la policía de la inspectora Petra Delicado al lado de Fermín Garzón. La resolución del caso supondrá un triunfo para la causa feminista pues demostrará que una mujer puede estar ahí, en ese mundo tradicionalmente patriarcal y machista.

El caso está perfectamente enmarcado en esta primera novela de la serie. Una mujer abriéndose paso en un mundo de hombres ha de resolver un caso en el que un hombre viola y marca a sus víctimas como si de cabezas de ganado de su propiedad se trataran. La inspectora y el subinspector se ponen manos a la obra pero nada es fácil. Apenas hay pistas. El caso está estancado y el violador vuelve a actuar. Por otro lado, el caso salta a los medios de comunicación donde una periodista critica el trabajo y la profesionalidad de la inspectora. Incluso llega a insinuar una mujer no debería llevar este caso  por la implicación emocional que se deriva del mismo. Mujeres poniendo trabas a mujeres.

Ritos de muerte es una novela que contiene intriga y reivindicación. Con unos personajes muy bien trazados, sobre todo la pareja formada por Petra Delicado y Fermín Garzón. Ahí está el mérito de la novela, de Giménez Bartlett, en darle la vuelta, en colocar a una mujer al frente, en romper esquemas.



                                            








sábado, 28 de enero de 2017

Que se levanten los muertos, de Fred Vargas



«Y recuerda que no había otra opción —dijo Marc—. El orden cronológico como criterio de reparto: en la planta baja, lo desconocido, el misterio del origen, los instintos primarios, la curva donde todo puede pasar; en resumen, las estancias comunes; el primer piso, se abandona un poco al caos, comienza el lenguaje, el hombre desnudo se alza en silencio, o sea, tú, Mathias. [...]
Ascendiendo un poco más por la escala del tiempo—continuó Marc—, saltando sobre la Antigüedad, a punto de comenzar el glorioso segundo milenio, los contrastes, las audacias y las penas medievales, o sea, yo, en el segundo piso; luego, arriba, la degradación, la decadencia, el experto en historia contemporánea, o sea, él —continuó Marc sacudiendo a Lucien por el brazo—, en el tercer piso, cerrando con la vergonzosa Gran Guerra la estratigrafía de la historia y la de la escalera; aún más arriba, mi padrino, que vive el presente de esa manera tan particular».

Esta es la distribución del  caserón en que viven  los protagonistas de Que se levanten los muertos, primera novela de la trilogía de los Tres Evangelistas de la escritora francesa Fred Vargas. Mi primera lectura de la autora fue El hombre de los círculos azules, con el comisario Adamsberg como protagonista. Me gustó su originalidad y cuando un autor me gusta ya no lo abandono, de manera que busqué información sobre Fred Vargas, y vi que había escrito una trilogía de misterio protagonizada por tres historiadores en paro que, además de investigar el pasado, juegan a ser detectives en el presente. Empujado por una especie de conciencia de clase fui corriendo a la librería a por la primera de las novelas. Se titulaba Que se levanten los muertos. Comencé a leerla y pronto sentí simpatía por estos tres locos desamparados que intentan vivir del pasado en una sociedad en la que el pasado cada vez está más lejos del presente, cada vez interesa menos, cada vez está más olvidado.

Fred Vargas, historiadora y arqueozoóloga, especialista en el medievo, igual que Marc Vandoosler,  ha publicado varios ensayos (no traducidos al castellano) sobre animales, alimentación y enfermedades como la peste en la Edad Media. Estos ensayos son los únicos que firma con su verdadero nombre, Fréderique Audoin-Rouzeau. Su hermano Stéphane Audoin-Rouzeau (el libro está dedicado a él), inspirador de Lucien Devernois, es también historiador, especialista en la Gran Guerra, de modo que no es extraño que hiciera un homenaje a esta disciplina con la creación de estos personajes..
Que se levanten los muertos fue publicada en 1995 tras el éxito de El hombre de los círculos azules (1991) en la que aparece por primera vez el personaje que hará célebre a la autora, el comisario Adamsberg.  Fred Vargas decidió abrir camino alternativo al del comisario, camino que completó con las dos novelas siguientes, Más allá a la derecha (1996) y  Sin hogar ni lugar (1997). Todas ellas fueron traducidas al castellano y publicadas por la editorial Siruela en el año 2007. Pronto se convirtieron en auténticos bestsellers, por lo que  también fueron publicados  en la edición de bolsillo de Punto de Lectura.


Los protagonistas de Que se levanten los muertos son tres jóvenes sin trabajo, «con el agua al cuello»  (la autora lo recuerda infinidad de veces a lo largo de la novela), que se trasladan a vivir a un desvencijado y viejo caserón («Cuatro pisos contando el desván, un jardín pequeño, en una calle olvidada y en estado ruinoso: Lleno de agujeros por todas partes, sin calefacción y con el servicio en el jardín con un picaporte de madera. Entornando los ojos, una maravilla»), del centro de París situado en la ficticia Rue Chasle,  cercana a la no ficticia Rue Saint Jacques, a espaldas de la Sorbona y cercana al Jardín de Luxemburgo. Son tres historiadores treintañeros que intentan sobrevivir pero que no han perdido el entusiasmo por la Historia, una disciplina que, evidentemente, no les proporciona una vida holgada. Son Marc, el medievalista, Mathias, el prehistoriador y Lucien, el experto en La Gran Guerra. A ellos les acompaña el tío de Marc, el viejo Vandlooser, un policía apartado del cuerpo por asuntos turbios. Es éste quien bautiza a los historiadores como los Tres Evangelistas: San Marcos, San Lucas y San Mateo. Aunque pueda parecer que tienen mucho en común, sus respectivas especialidades los sitúa en campos totalmente diferenciados y les dibuja un carácter en consonancia con la época de estudio elegida por cada uno.

Marc Vandoosler, el medievalista,  es el que mayor protagonismo tiene de los tres, especie de alter ego de la autora, que nos acerca a él a través de un estilo indirecto libre que maneja magistralmente.
«Marc borró de un golpe rápido todo su dibujo. Había destrozado su figura. Con un gesto de nerviosismo. No paraban esos gestos de nerviosismo, de importancia rabiosa. Caricaturizar a Mathias era fácil. Pero ¿y él? ¿Qué era él sino uno de esos medievalistas decadentes, uno de esos jovencitos morenos, elegantes, gráciles y resistentes, una suerte de investigador de lo inútil, un artículo de lujo sin esperanzas, que vinculaba sus sueños fracasados a unos cuantos anillos de plata, a visiones del año mil, a campesinos que empujan el arado, muertos desde hace siglos, a una lengua romance que a nadie importaba lo más mínimo, a una mujer que lo había dejado? Marc levantó la cabeza. Al otro lado de la calle, un inmenso garaje».
Mathias Delamarre, el prehistoriador, el gran rubio cazador-recolector, siempre indiferente a todo lo que pasó después del año 10000 antes de Jesucristo, vive de vender carteles en la Estación de Chatelet y de hacer de negro en una editorial escribiendo novelas de amor de ochenta páginas. Le gusta andar por la casa, cual hombre de las cavernas, como dios le trajo al mundo, eso sí, con las sandalias puestas.
Lucien Devernois, el historiador de la Primera Guerra Mundial, es el que mayor recelo causa en Marc y Mathias, tan alejados del presente. Aunque para Mathias, desde su lejano mundo ágrafo,  Edad Media y la Edad Contemporánea son la misma cosa.
Lucien es capaz de periodos de estudio en silencio enormemente largos y «a él le debían la tercera parte del alquiler y una generosidad arrolladora que aportaba cada semana algún lujo extra al caserón. Pero también era generoso en palabras y en juegos verbales. Peroratas militares irónicas, excesos de toda clase, juicios mordaces. Era capaz de gritar durante una hora por cualquier tontería. Marc estaba aprendiendo a dejar que las peroratas de Lucien le entraran por un oído y le salieran por el otro. Lucien no era militarista en absoluto. Perseguía, con rigor y resolución, el núcleo de la Gran Guerra sin por atraparlo. Seguramente por eso gritaba».
Poco a poco va a ser la terminología de Lucien la que se imponga. El espacio donde se desarrolla la trama es el propio barrio. A un lado del caserón vive la cantante de ópera ya retirada, la griega Sophia Siméonidis  junto a su marido. Este es el frente occidental. Al otro, en el frente oriental, vive la guapa Juliette Gosselin, dueña de una pequeña taberna con forma de tonel llamada “Le Tonneau” que se va a convertir en centro de operaciones de los historiadores.
El otro de los grandes protagonistas de la novela es, sin duda el viejo policía retirado que vive con los tres historiadores en el caserón,  Armand Vandoosler, tío-padrino de Marc. El personaje va creciendo y su papel va ganando peso conforme avanza la novela. «Tenía, o eso le parecía, un aspecto interesante (Sophia, observa a sus vecinos que acaban de trasladarse al caserón a través de la ventana). De lejos era el más guapo de los cuatro. Aunque fuera el más viejo. Sesenta o setenta años. Parecía que de aquella boca fuera a salir una voz ronca, pero tenía, al contrario, un timbre tan suave y bajo que Sophia aún no había podido captar una palabra de lo que decía. Derecho, alto, como un capitán sin navío, no pegaba ni golpe en las obras. Sólo supervisaba y ordenaba».
«¿Cómo había llegado hasta aquí? (se pregunta Vandoosler). Una sucesión de casualidades. Cuando pensaba en ella, su vida le parecía un tejido coherente,  y sin embargo, hecho de impulsos no muy pensados, decididos en cada momento y que, por tanto, podían haber sido de otra manera. Grandes ideas, proyectos vitales sí que había tenido. Pero no había llevado a cabo ninguno. Ni uno. Siempre había visto sus resoluciones más firmes desmoronarse ante la primera tentación, sus compromisos más sinceros debilitarse a la menor ocasión, sus palabras más entusiastas disolverse en la realidad. Así era. Se había acostumbrado a ello y consideraba que no había nada que criticar. Le bastaba con vivir al día. Eficaz y a menudo brillante en el momento, se veía perdido en el medio plazo».

La trama de la novela va tomando cuerpo ya en la primera página cuando los habitantes del caserón se ven involucrados en un extraño asunto. A su vecina Sophia le ha aparecido un árbol en su jardín de la noche a la mañana,  lo cual la inquieta. Pronto va creciendo en su mente la idea de que ese árbol lo ha plantado alguien para ocultar algo, tal vez un cadáver, lo que la lleva a pedirles ayuda para que hagan una zanja y lo comprueben. El misterio aumenta cuando es la propia Sophia la que desparece sin dejar rastro. Es entonces cuando las neuronas de los tres historiadores y del viejo policía retirado se ponen en funcionamiento para tratar de resolver el caso de la desaparición de su vecina. Fred Vargas, como buena maestra del género, va dejando claves para que el lector intente resolver el misterio. Una segunda parte vertiginosa nos lleva a un desenlace inesperado, como no podía ser de otro modo. Todos aceptan una hipótesis, incluido el lector, excepto la analítica mente de Marc que se niega a aceptar esa verdad, por muchos indicios que le llevaran a ella, porque para él, como buen historiador, todas las hipótesis deben ser refrendadas con datos, con hechos objetivos.

Señala el periodista de El País, Guillermo Altares, en el prefacio a una entrevista que le hizo a la autora francesa el 3 de noviembre de 2015 con motivo de la publicación de su última novela Tiempos de hielo, que las novelas de la escritora francesa Fred Vargas tienen una enorme ventaja para los devoradores de novela negra: no se parecen en nada que se haya leído hasta entonces y que se vaya a leer en el futuro. Tal vez exagera si aplicamos la afirmación a esta novela. He echado en falta mayor protagonismo del contexto político y socioeconómico, o de una ciudad como París, que apenas si aparece. Es evidente que no era eso lo que quería mostrar Fred Vargas. Se quería ceñir a la trama y a los personajes. Lo cierto es que es una novela ligera, de lectura rápida, juvenil, desengrasante, de esas que no castigan demasiado a las neuronas, a veces divertida y, sobre todo, muy entretenida.





Traducción de "Que se levanten los muertos", de Helena del Amo


viernes, 30 de diciembre de 2016

Reto Sabuesos 2017



Uno de mis géneros literarios favoritos es el de la novela negra. Todos los años descubro a algún escritor que me hace estar pegado a las páginas de un libro corriendo detrás de las palabras hasta que llega el desenlace. Mi incursión en el género fue de lo más natural, pues llegó a través de Agatha Christie. Recuerdo que me entusiasmó “Telón”, el último caso de Hércules Poirot. Tendría once o doce años y lo leí en una pequeña edición en tapa dura del Círculo de Lectores. Creo que fue el primero libro que presté, no sé a quién, y nunca más supe de él. Luego vinieron otros más, pero eso es otra historia.  Agatha Christie utilizaba una técnica que consistía en acortar las frases conforme se acercaba el final para llevar al lector en volandas hasta el lugar más deseado por éste: el desenlace. En aquel momento no me percaté pero lo cierto es que funcionó. Y sigue funcionando, porque desde entonces he leído a otros muchos autores de novela negra, empezando por Arthur Conan Doyle y continuando con Manuel Vázquez Montalbán, Hening Mankell, Fred Vargas o Andrea Camilleri.
Y como es un género que me gusta y al que recurro de vez en cuando, he decidido participar en el Reto Sabuesos 2017  que organiza el blog "No sólo leo", y que consiste en leer y reseñar novelas en las que haya un misterio y un detective, comisario o aficionado dispuesto a resolverlo. Tengo muchos autores pendientes —yo que creía que no eran demasiados, cuando descubrí el blog "Mis detectives favorit@s" , me entró algo parecido al vértigo— de modo que esta puede ser una buena excusa para acercarme a ellos.

 1.- "Que se levanten los muertos" Serie "Los tres evangelistas" Marc, Lucien y Mathias, de Fred Vargas. 
2.- Los detectives salvajes. Ulises Lima y Arturo Belano, de Roberto Bolaño.
3.- Cosmos. Witold y Fucs, de Witold Gombrowicz.
4.-Ritos de muerte. Petra Delicado, de Alicia Giménez Bartlett.
5.- Blanco nocturno. Comisario Croce y Emilio Renzi, de Ricardo Piglia.