Dibujos animados
de Félix Romeo es uno de esos libros
que tenía pendientes desde hacía mucho tiempo. Lo escribió con 27 años y lo presentó
en Madrid en enero de 1996, aprovechando un permiso penitenciario que le
permitió salir de la cárcel de Zaragoza donde estaba
preso por insumiso (anacronismo por el que le cayeron 26 meses al negarse a hacer el servicio militar). En
esa presentación, el autor habló de Dibujos
animados como “una novela española, con todo lo que tiene de cutrerío, de
kitch, de drama”.
Por fin la he leído. Y estoy de acuerdo con esas palabras
que dijo Félix Romeo hace ya más de veinte años.
Su estructura remite directamente a
I remember de Joe Brainard a quien imitó George Perec en Je me souviens. Félix Romeo es nuestro Brainard, nuestro Perec.
Comienza así:
“El día de la mudanza, mi hermana se metió en una caja de
cartón. Mi padre buscaba a mi hermana. Y también a mi hermano. A mí me dejaron
con la gata. Mi hermana llegó a la nueva casa dentro de una caja de Vanguard
blanco y negro. En una mano levaba una batidora y en la otra un enorme pepón”
(p. 13).
Dibujos animados es
un libro corto (133 páginas), en el que el protagonista es un adolescente, hijo
de un guardia civil, que vive en una capital de provincia (Zaragoza) en los
años de La Transición. Félix Romeo lo estructura en 175 capítulos a modo de
microrrelatos en los que el narrador recuerda esa época tratando de reconstruir
el mapa sentimental de ese momento vital en busca del origen de su constante mala
suerte.
Y sus recuerdos son los dibujos animados de los primeros
años ochenta, sobre todo el Correcaminos y el Coyote, dibujos que se convierten
en metáfora de la vida misma a través de los cuáles interpreta la realidad.
Se sitúa en el bando del Coyote, en el de los que no consiguen lo que quieren, en el bando de los perdedores que suelen acabar aplastados contra el suelo a pesar de que estrujan su imaginación y su astucia para lograr su objetivo, incansables, siempre persiguiendo al maldito Correcaminos.
“El deseo es así, uno se pega toda la vida esperando algo y
cuando ese algo llega la vida se te queda como rota. Lo sé. He deseado como un
cabrón. He dejado tanto tiempo en mis deseos que pienso que en cualquier
momento puedo encontrarme con la lámpara de Aladino. Y que el genio me conceda
tres deseos. Y lo pienso de verdad. Deseaba que Coyote le diera un tajo en la
garganta a Correcaminos” (p. 21)
El resto de los recuerdos se reparten entre la familia, los
amigos, el colegio y los vecinos, que están en el centro del relato. El protagonista
es un niño que tiene que afrontar la adolescencia desde detrás de su gordura
(sus apodo oficial es “Gordo”) y sus gafas de culo de vaso. La crueldad de los
niños sale a relucir, aunque nuestro héroe trata de consolarse:
“Lo más terrible no es ser gordo. Ni siquiera llevar gafas
de culo de vaso. Lo más terrible es llevar zapatos con calzas o con plataforma
ortopédica. Con esos zapatos no puedes jugar al fútbol ni siquiera puedes
correr decentemente. Te conviertes en un cero a la izquierda. Había dos
hermanos gemelos que se llamaban Matalallana y los dos llevaban zapatos de
ortopedia. Les llamábamos los Frankenstein. Y nos perseguían sin poder correr.
Hasta que quedaban agotados. Esos zapatos pesaban una tonelada. A veces parecía
que iban a perder el equilibrio y se iban a partir la crisma. Siempre iban muy
juntitos. Sólo les faltaba levantar las manos y llevarlas hacia adelante”
(p.35)
Dibujos animados es una pequeña gran novela narrada con
humor y con ternura que al final deja un cierto regusto amargo por el realismo
que transmite, ese realismo tan crudo que nos muestra la imagen de una sociedad
que todavía no ha cruzado los Pirineos, pero que está en ello. La impecable
prosa de Félix Romeo hace de la novela de lectura obligada.
“Mi hermano dormía arriba y yo dormía abajo. Yo soñaba los
sueños de mi hermano. Mi hermano soñaba sueños extraños. Y yo los soñaba la
noche siguiente. Mi hermano contaba los sueños por la mañana. Los contaba
mientras desayunábamos. Y yo soñaba por la noche lo que mi hermano había
contado. Yo no podía contar mis sueños y tenía que inventar nuevos sueños. Mis
sueños inventados siempre pasaban en la vieja casa. Cuando todavía no soñaba lo
sueños de mi hermano” (p.17)
Lástima que Félix Romeo se fuera tan pronto.
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