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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Alex, de Pierre Lemaitre



“A Alex le encanta. Desde hace casi una hora que se las prueba, duda, se las quita, se lo piensa, vuelve a ponérselas. Pelucas y postizos. Podría pasarse tardes enteras haciéndolo”.
Así comienza Alex de Pierre Lemaitre, un íncipit que, como buen escritor que es,  ha cuidado mucho, porque ahí está el argumento de la novela.
Después de terminar la lectura de Alex, me parece que está a la altura de las expectativas generadas con Irene. Tal vez no tenga una parte final tan vertiginosa, pero es una novela más equilibrada, más clásica que la anterior en la que Camille Verhoeven estaba en el centro mismo de la historia. Ahora es un mero investigador que regresa de las tinieblas y para quien la resolución del caso será su tabla de salvación.
En Alex todo es más rítmico, más suave, si cabe esta palabra en una novela en la que se describe el horror con tanta crudeza. No obstante, Lemaitre logra sorprender al lector con varios quiebros inesperados que son los que hacen grande la novela.
Me ha gustado mucho cómo maneja los tiempos de la trama, cómo juega con los sentimientos, cómo se apodera del juicio que el lector hace de los personajes obligándole cambiarlos una y otra vez.
Lemaitre nos lleva en volandas, corriendo sin detenernos ni un segundo — a pesar de que hay constantes citas ocultas de grandes autores (en la última página menciona su agradecimiento a Dostoyevski, Pasternak, Proust, e incluso a nuestro Muñoz Molina) diseminadas a lo largo del libro— a través de una estructura en la que da a conocer los porqués de los actos de los protagonistas en la última parte de la novela. Es ahí cuando se termina el rompecabezas de Alex, y se cierra el círculo.
“—De hecho, la verdad, la verdad...¿Quién puede decir qué es verdad y qué no lo es, comandante? Para nosotros, lo esencial no es la verdad, sino la justicia, ¿no es así?
Camille sonríe y asiente.”

Muy buena. Grande Pierre Lemaitre.