“A Alex le encanta. Desde hace casi una hora que
se las prueba, duda, se las quita, se lo piensa, vuelve a ponérselas. Pelucas y
postizos. Podría pasarse tardes enteras haciéndolo”.
Así comienza Alex de Pierre Lemaitre, un íncipit
que, como buen escritor que es, ha cuidado
mucho, porque ahí está el argumento de la novela.
Después de terminar la
lectura de Alex, me parece que está a la altura de las expectativas generadas
con Irene. Tal vez no tenga una parte
final tan vertiginosa, pero es una novela más equilibrada, más clásica que la
anterior en la que Camille Verhoeven estaba en el centro mismo de la historia.
Ahora es un mero investigador que regresa de las tinieblas y para quien la
resolución del caso será su tabla de salvación.
En Alex todo es más rítmico, más suave, si cabe esta palabra en una
novela en la que se describe el horror con tanta crudeza. No obstante, Lemaitre
logra sorprender al lector con varios quiebros inesperados que son los que
hacen grande la novela.
Me ha gustado mucho cómo maneja
los tiempos de la trama, cómo juega con los sentimientos, cómo se apodera del
juicio que el lector hace de los personajes obligándole cambiarlos una y otra
vez.
Lemaitre nos lleva en
volandas, corriendo sin detenernos ni un segundo — a pesar de que hay
constantes citas ocultas de grandes autores (en la última página menciona su
agradecimiento a Dostoyevski, Pasternak, Proust, e incluso a nuestro Muñoz
Molina) diseminadas a lo largo del libro— a través de
una estructura en la que da a conocer los porqués de los actos de los protagonistas
en la última parte de la novela. Es ahí cuando se termina el rompecabezas de Alex, y
se cierra el círculo.
“—De hecho, la verdad, la verdad...¿Quién puede
decir qué es verdad y qué no lo es, comandante? Para nosotros, lo esencial no
es la verdad, sino la justicia, ¿no es así?
Camille sonríe y asiente.”
Muy buena. Grande Pierre Lemaitre.