jueves, 29 de junio de 2017

Cosmos, de Witold Gombrowicz



Me encuentro con Witold Gombrowicz en las primeras páginas de El Arte de la fuga de Sergio Pitol, quien nos cuenta que, en el año 1965, recibió una carta procedente del sur de Francia. La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría acaso, de una broma? Me resultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué anomalía! Yo asentía y me regocijaba. Como todo en la vida de Gombrowicz, me decía. En la carta le comunicaba que le había gustado la traducción al español de Las puertas del paraíso de Jerzy Andrzejewski y le pide colaborar en la traducción de su Diario argentino. Ahí comienza una relación profesional que llevará a Sergio Pitol a traducir otras obras del escritor polaco, entre ellas, Cosmos.

Por esas fechas, 1965, Sergio Pitol tiene 32 años y ha decidido dejar México para viajar y convertirse en escritor. Witold Gombrowicz tiene 61 años y ya es un escritor consagrado, el tercer mosquetero del vanguardismo junto a Joyce y Borges, según el filósofo francés Guilles Deleuze. Es polaco pero vive en Francia desde hace poco tiempo. Y habla perfectamente castellano, de ahí que escriba a Pitol halagando esa traducción. Las circunstancias históricas le obligaron a aprender castellano. A finales de agosto de 1939, Gombrowicz viajó a Buenos Aires junto a un grupo de escritores polacos. Días después Alemania invadió Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial. Witold Gombrowicz ya no regresaría a su país. En Argentina  viviría los siguientes 23 años. Escribe en su diario: Yo fui a Argentina por pura casualidad, sólo por dos semanas, y si por un azar del destino la guerra no hubiera estallado durante esas dos semanas, habría regresado a Polonia, aunque no voy a ocultar que cuando la suerte fue echada y Argentina se cerró de golpe sobre mí, fue como si por fin me oyera a mí mismo

La primera vez que leí el nombre de Gombrowicz fue en un libro de Enrique Vila-Matas, lo que me llevó a adquirir dos de sus libros, Los hechizados y Cosmos. Ambos fueron a parar al estante correspondiente de mi biblioteca y me olvidé de ellos. Hasta que Sergio Pitol los rescató de ese olvido. Fui a comprobar que estaban ahí. Ahí estaban.  Abrí Cosmos y, efectivamente, figuraba el nombre de Sergio Pitol como traductor. Comencé a leer la novela y pronto me percaté de que no era una novela más. Pensé que me iba a costar pero me planté en a página cien, totalmente absorbido por la originalidad de la trama. Y ya no pude parar de leer.



Dos jóvenes, Witold (el autor da su nombre al protagonista de sus novelas) y Fuks (el nombre también tiene que ver con la situación y su carácter de este personaje, que no sale bien parado), se encuentran en un camino cuando  tratan de desconectar de su cotidianidad pasando una temporada en el bosque. Viajan al sur de Polonia, a los montes Tatras, cerca de Zakopane. De repente se encuentran un gorrión  ahorcado, lo que se convertirá en el leitmotiv de la novela.

Algo absurdo. Un pájaro ahorcado. Un gorrión ahorcado. Era algo que proclamaba a gritos su excentricidad y señalaba acusadoramente una mano humana que había penetrado en la maleza…¿la mano de quien?¿Quién había sido el ahorcado?¿y para qué?¿Cuál podía ser la causa?, pensaba yo confusamente en medio de aquella vegetación que se excedía en miles de combinaciones”(p.11)

Poco después encuentran una casa de huéspedes en la que se alojan. Ahí conviven con la familia que se verá implicada en la trama. León, Bolita, Lena, Lucwick y Katasia.  De pronto comienzan a aparecer una serie de señales insignificantes y absurdas que, ambos, Witold y Fuks, convertidos en detectives, se empeñan en relacionar con el gorrión ahorcado. Una línea recta en el techo, un palito colgado, las bocas de Lena y Katasia, las manos de los comensales sobre la mesa... El lector espera que los detectives aficionados den un sentido a estos elementos intrascendentes y anómalos. Pero ocurre todo lo contrario. En vez de encontrar esa lógica a medida que avanza la narración, van apareciendo series análogas de elementos a las que tan solo el lector puede dotarlas de sentido: el gorrión ahorcado, el palito ahorcado, el gato ahorcado, las bocas, las manos, los golpes, las formas clavadas en el cuarto, los dedos en la boca… Como señala Alan Castro Riveros en un artículo, la novela adquiere su legibilidad por la proliferación serial de éstos disparatados “crímenes”, que, si bien señalan el misterio original, no lo hacen para explicarlo, sino para restaurar su poder hechizante.

Witold, el protagonista, es quien nos narra la historia, con un punto de vista muy subjetivo ( El concentrar tanto la atención me volvía distraído… Y a esto también me entregaba, pues me permitía estar ahí y en otro lado al mismo tiempo, me hacía sentir libre…” p.61), tanto, que el lector entra de lleno en su paranoia mental, en la constante asociación de elementos que, a priori, no tienen relación alguna. Intenta dar un sentido al caos, crear la realidad a partir de elementos fragmentados.

Me había animado cuando el águila, o el halcón, había planeado por encima de lo imaginable… y era por eso que (pensaba) al ser un pájaro se relacionaba con el gorrión… pero fundamentalmente, sobre todo, porque reunía en sí la idea del gorrión con el colgamiento y permitía unir en la idea del colgamiento al gato colgado con el gorrión colgado, sí, no cabía la menor duda (lo veía cada vez más nítidamente) imprimía a la idea del colgamiento el carácter dominante, un pájaro suspendido por encima de todo, imperial… y si hubiese logrado (pensaba) descifrar la idea, penetrar en el núcleo principal, comprender, o por lo menos imaginar, a qué conducía todo aquello, al menos en el sector del gorrión, del palito y del gato, entonces me sería mucho más fácil resolver el asunto de las bocas y todo lo que graba en torno a ellas. No cabía duda (trataba de resolver la charada y sabía que se trataba de una charada bastante dolorosa) que el secreto de la relación entre las bocas era yo mismo, esa relación ser realizaba en mi solo yo, y nadie más, la había creado… (p.141)


En el trasfondo de la novela hay una sexualidad reprimida, un erotismo perverso, que se manifiesta en determinados símbolos, como si de un cuadro de Salvador Dalí se tratara. La tetera, el palito, los alfileres clavados, el lenguaje críptico de León y su secreto (Berg), la vara, las bocas, las manos, los ahorcados. Todo conduce a ese final cuasi epifánico en que la novela adquiere (cierto) sentido.

Cosmos es una novela muy interesante porque nos muestra que todo tiene un sentido si somos capaces de relacionar elementos aparentemente aislados y desconectados, es decir, que realidad se construye con nuestro pensamiento.

En las novelas policiacas el crimen queda resuelto y todo vuelve a la normalidad. El orden se impone y el bien triunfa sobre el mal. En Cosmos, la normalidad también regresa bruscamente (termina con esta frase: Hoy en el almuerzo comimos pollo relleno) pero la intriga queda en el aire, de ahí que cuando la novela llega a su fin, parece que no ha terminado, y en mi cabeza se dibujan dos preguntas ¿Por qué? ¿Quién?. Intento darles respuesta.

Así es Witold Gombrowicz. Una anomalía en el mundo de la literatura.



4 comentarios:

  1. Por más que leo e investigo, siempre me quedan autores en el tintero. Una novela policiaca pero que tiene mucho de vanguardia (¿la trama comienza tras encontrar un gorrión ahorcado?). El simbolismo y ese ramalazo metafísico me ha traído a la mente a Borges, entre otros. Desde luego este Gombrowicz huele a "outsider". Le seguiré la pista...
    Saludos.

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    1. Efectivamente, Gombrowicz fue un "outsider". Incluso realizó una traducción asamblearia con un grupo de amigos de su novela Ferdydurke a un castellano semi inventado. Un "outsider"en toda regla.
      Un saludo

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  2. Me encanta leer, pero el tiempo es tirano...
    Tus reseñas son fabulosas.
    Gracias por compartir.
    Saludos.

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    1. Gracias a ti por pasar por aquí.
      Un saludo!

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