miércoles, 4 de enero de 2017

Espejos. Una historia casi universal, de Eduardo Galeano



“Espejos. Una Historia casi universal”, es el título de uno de mis libros de cabecera. Literalmente.
Es uno de esos libros que nunca está en el lugar que le corresponde en la estantería. Cuando lo busco allí, nunca lo encuentro. De hecho, es él quien me suele encontrar a mí. Ya lo hizo el día en que eligió  cambiar de vida y de hemisferio, y venirse conmigo al Viejo Mundo desde su Argentina natal. Ocurrió el 31 de julio de 2008, un día invernal, gris y lluvioso, en el Aeroparque de Buenos Aires.  El librito, aficionado a las aventuras novelescas,  aprovechó la erupción del volcán Chaitén en Chile y la consiguiente cancelación del vuelo que íbamos a tomar para meterse en mi maleta;  él sabía (no sé como lo averiguó) que yo tenía por delante veinticuatro largas horas de autobús para prestarle toda mi atención. Desde entonces no se ha separado de mí. Es un libro con vida propia, que se mueve misteriosamente de un lado a otro. En casa le gusta mucho el dormitorio y tiene la fea costumbre de esconderse debajo de la almohada, aunque muchas mañanas lo sorprendo en la cocina, al lado de la tetera roja. El baño es uno de sus lugares favoritos, aunque no sé que hace ahí. Creo que me está pidiendo a gritos nuevas experiencias, como que lo lea bajo  la ducha, como hacía el poeta Mario Santiago con los libros que le dejaba Roberto Bolaño. De momento no le voy a dar el capricho porque lo no veo descontento tal y como está  a pesar de la dura vida que lleva a mi lado. Lo que menos le gusta es la sala de estar, y pienso que es debido que no se lleva bien con el televisor, al que considera un estúpido mimado.  A veces, decide darme una alegría y acompañarme al trabajo, donde, el muy sinvergüenza, ya se ha hecho un hueco entre mis compañeros.  Es un libro listo, inquieto y rebelde al que no le agrada hibernar como a otros. Y lo mejor de todo es que siempre está de buen humor. Lo mismo que le ocurría a su autor, el escritor uruguayo Eduardo Galeano.

“Espejos. Una Historia casi universal”, es un libro escrito en forma de breves artículos con la inconfundible voz de Galeano, una voz literaria, a veces poética, y siempre crítica, que hace que cada uno de estos casi seiscientos artículos sea una pequeña delicia.




El libro comienza en el origen de todo, en el origen de la vida y del hombre. 
El segundo relato dice así:

Caminos de alta fiesta
 ¿Adán y Eva eran negros? 
En África empezó el viaje humano en el mundo. 
Desde allí emprendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. 
Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del reparto de colores.   
Ahora las mujeres y los hombres, arcoíris de la tierra, tenemos más colores que el arcoíris del cielo; pero todos somos africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen del África. 
Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido.

Los hombres y mujeres de la Prehistoria vivieron de un lado a otro durante miles de años hasta que dejaron de hacerlo, porque ya no era necesario moverse tanto para poder sobrevivir cuando aprendieron a controlar la naturaleza. Con la agricultura y la ganadería llegó la propiedad privada, y poco después la civilización, con la consiguiente división del trabajo, el Estado y la escritura.

Sobre la Fundación de la escritura,  escribe:
Cuando Irak aún  no era Irak, nacieron allí las primeras palabras escritas. 
Parecen huellas de pájaros. Manos maestras las dibujaron, con cañitas afiladas, en la arcilla. 
El fuego , que había cocido la arcilla, las guardó. El fuego, que aniquila y salva, mata y da vida: como los dioses, como nosotros. 
Gracias al fuego, las tablillas de barro nos siguen contando, ahora, lo que había sido contado hace miles de años en esa tierra entre dos ríos. 
En nuestro tiempo, George W. Bush, quizá convencido de que la escritura había sido inventada en Texas, lanzó con alegre impunidad una guerra de exterminio contra Irak. Hubo miles y miles de víctimas, y no sólo gente de carne y hueso. También mucha memoria fue asesinada. Numerosas tablillas de barro, historia viva, fueron robadas o destrozadas por los bombardeos. 
Una de las tablillas decía: "Somos polvo y nada. Todo cuanto hacemos no es más que viento".


En su viaje por el tiempo, Galeano se detiene, sobre todo, en un parte de la historia olvidada por la historiografía hasta mediados del siglo pasado: la historia de las relaciones de género. Nos habla de Hatshepsut, de las Amazonas, de las mujeres mexicanas, egipcias, hebreas, hindúes, chinas, griegas y romanas, de cómo se fue imponiendo en estos lugares una sociedad patriarcal y machista en  la que eran  relegadas al ámbito doméstico, siempre menores de edad, convertidas en propiedad privada de los hombres, primero de sus padres varones, después de sus esposos y por último de sus hijos, también hombres. 

Fundación del machismo
Zeus castigó la traición de Prometeo creando a la primera mujer. Y nos mandó el regalo. 
Según los poetas del Olympo, ella se llamaba Pandora, era hermosa y curiosa, y más bien atolondrada. Pandora llegó a la tierra con una gran caja entre los brazos. 
Dentro de la caja estaban, prisioneras, las desgracias. Zeus le había prohibido abrirla; pero apenas aterrizó entre nosotros, ella no pudo aguantar la tentación y la destapó. Las plagas se echaron a volar y nos clavaron sus aguijones. 
Y así llegó la muerte al mundo, y llegaron la vejez, la enfermedad, la guerra, el trabajo… 
Según los sacerdotes de la Biblia, otra mujer, llamada Eva, creada por otro dios en otra nube, también nos trajo puras calamidades.

El libro habla (tiene ese don) de los orígenes del machismo, pero también de mujeres inquietas que no se resignaron a aceptar ese estado de cosas y con su lucha intentaron romper esas cadenas; y nos cuenta cómo lo hicieron mujeres como Hipatia de Alejandría, la esclava Harriet, Olympia de Gouges, Mariana Pineda, Concepción Arenal,  Victoria Kent, Flora Tristán, Marie Curie,  Rosa Parks o Fátima Mernissi , entre otras muchas.

La historia de la humanidad es amarga y está repleta de guerras e injusticias y Galeano da buena cuenta de ello, pero también el ser humano ha dejado belleza a su paso creando grandes obras de arte, de modo que no se olvida de la literatura, la pintura o la música con relatos dedicados a El Bosco, Vivaldi, Mozart, Goya, Beethoven, Van Gogh, Munch o Picasso, Homero, Molière, Jonathan Swift, Víctor Hugo , Walt Whitman, la hermanas Brönte, Oscar Wilde o Fernando Pessoa. Algunos, como Baudelaire, Kypling  o Flauvert no salen bien parados en los párrafos que les dedica. Otros como Emily Dickinson, Mark Twain o Franz Kafka aparecen mucho mejor retratados. Y en una historia universal de casi todo no podían faltar unas líneas dedicadas a Miguel de Cervantes.

Don Quijote
Marco Polo había dictado su libro de las maravillas en la cárcel de Génova. 
Exactamente tres siglos después, Miguel de Cervantes, preso por deudas, engendró a don Quijote de la Mancha en la cárcel de Sevilla. Y esa fue otra aventura de libertad nacida en prisión. 
Metido en su armadura de latón, montado en su rocín hambriento, don Quijote parecía destinado al perpetuo ridículo. Ese loquito se creía personaje de novela de caballería y creía que las novelas de caballería eran libros de historia. Pero los lectores, que desde hace un siglo no reímos de él, nos reímos con él. 
Una escoba es un caballo para el niño que juega, mientras el juego dura, y mientras dura la lectura compartimos las estrafalarias desventuras de Don Quijote y las hacemos nuestras. Tan nuestras las hacemos que convertimos en héroe al antihéroe, y hasta le atribuimos lo que no es suyo. “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos” es la frase que los políticos citan con más frecuencia. Don Quijote jamás la dijo.
El caballero de la triste figura llevaba más de tres siglos de malandanzas por los caminos del mundo, cuando el Che Guevara escribió su última carta a sus padres. Para decir adiós, no eligió una cita de Marx. Escribió: “Otra vez siento bajo mis pies el costillar de Rocinante. Vuelvo a mi camino con mi adarga al brazo”.
Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían.


La esclavitud, el racismo, la explotación o los movimientos sociales son también temas fundamentales, en los que el autor sigue el orden cronológico desde la Prehistoria, pasando por la Antigüedad, el Medievo, la Edad Moderna y el Mundo Contemporáneo. Ésta última etapa es la que se lleva el grueso del libro, pues casi la mitad de sus páginas están dedicadas a los acontecimientos y personajes que dieron forma a la sociedad en la que vivimos. De manera que nos muestra,  a través de breves pinceladas, las revoluciones liberales, la industrialización, el surgimiento del capitalismo y el movimiento obrero, el Imperialismo, la Gran Guerra , el nazismo y Auschwitz, Lenin y el comunismo, la Gran Depresión, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial,  Churchill, la Guerra fría, Gandhi,  la Descolonización, el mundo tras la caída del muro de Berlín, y por supuesto, nos lleva al Nuevo Mundo. No en vano, la mayor parte de la obra de Eduardo Galeano está dedicada a la historia del continente americano desde que publicara, en 1971, su célebre libro, “Las venas abiertas de América Latina”.
Es impresionante la cantidad de datos que maneja. Ya nos avisa en la primera página de que no hay fuentes bibliográficas porque pronto se percató de que iban a ocupar más páginas que los propios relatos. Y sin embargo, es una de las cosas que echo en falta para poder profundizar en artículos tan buenos como éste:

El comandante que vino de lejos
Brunete, verano de 1937: en plena batalla, un balazo parte el pecho de Oliver Law. 
Oliver era negro y rojo y obrero. 
Desde Chicago se había venido a pelear por la república española, en las filas de la Brigada Linconl. En la brigada, los negros no integraban un regimiento aparte. Por primera vez en la historia de los Estados Unidos, soldados blancos han obedecido las órdenes de un comandante negro.
Un comandante raro: cuando Oliver Law daba orden de ataque no contemplaba a sus hombres con prismáticos, sino que se lanzaba a la pelea antes que ellos. Pero raros son, al fin y al cabo, todos estos voluntarios de las brigadas internacionales, que no combaten por ganar medallas, ni por conquistar territorios, ni por capturar pozos de petróleo.
A veces Oliver se preguntaba: Si esta es una guerra entre blancos, y los blancos nos han esclavizado durante siglos, ¿qué hago yo aquí?¿qué hago yo, un negro, aquí?.
Y se contestaba: Hay que barrer a los fascistas. 
Y riendo, agregaba: Algunos de nosotros tendrán que morir haciendo este trabajo.

No debe ser  fácil darse un paseo por historia de la humanidad en 350 páginas, sin embargo, creo que Galeano sale airoso del fabuloso reto. Quien quiera buscar grandes batallas, mejor que lo haga en otro lugar. Evidentemente, no es una historia académica y convencional, sino todo lo contrario. Es una historia de aquello que pocas veces nos encontramos en los libros de historia, y, además, escribe con una prosa muy poética, original, diferente a la que nos podemos encontrar en cualquier otro libro de historia. Seguro que más de un historiador le lanzó dardos envenenados cuando se publicó en 2008. En mi humilde opinión, Eduardo Galeano logró que el lector se hiciera una idea de cómo han sido las aventuras y desventuras de mujeres y hombres en su andadura por este pequeño planeta. Y lo más importante de todo, que disfrutara leyendo historia,  tirando de inteligencia, humor e ironía.

Espejos. Una historia casi universal, termina así:

Objetos perdidos
 El siglo veinte, que nació anunciando la paz y la justicia, murió bañado en sangre y dejó un mundo mucho más injusto que el que había encontrado. 
El siglo veintiuno, que también nació anunciando paz y justicia, está siguiendo los pasos del anterior. Allá en mi infancia, yo estaba convencido de que a la luna iba a parar todo lo que en la tierra se perdía. Sin embargo, los astronautas no han encontrado sueños peligrosos, ni promesas traicionadas, ni esperanzas rotas. 
Si no están en la luna, ¿dónde están? 
¿Será que en la tierra no se perdieron?
¿Será que en la tierra se escondieron?

El 13 de abril de 2015 se apagó la voz única de Eduardo Galeano.
Nos dejó libros tan necesarios como éste.



Derecho al delirio de Eduardo Galeano.
Video realizado por Nerea Ganzarain, con música de "Bosques de mi Mente" y texto de Eduardo Galeano.
 


Con este "Derecho al delirio", Eduardo Galeano cierra otra de sus grandes obras, "Patas arriba. La escuela del mundo al revés".

1 comentario:

  1. Eduardo Galeano, un rebelde con una profunda visión de su tiempo.

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