martes, 29 de noviembre de 2016

Dossier K, de Imre Kertész




He terminado de leer “Dossier K” de Imre Kertész, un regalo que el Premio Nobel de Literatura hizo en 2006 a sus lectores  para profundizar en el sentido de algunas de sus  grandes obras como “Sin destino” (1975), “Fiasco”(1988), “Diario de la galera” (1992)  o “Liquidación” (2003).
Es un libro en forma de entrevista en la que el autor hace al tiempo de entrevistador y de entrevistado para reflexionar sobre la memoria y los campos de concentración, el paso del tiempo, la realidad y la ficción, la culpa, la libertad, la escritura... Escribe K:
“Pero mira: a fuerza de lucha, conseguí bastante temprano mi libertad intelectual y a partir del momento en que me decidí por la escritura, pude considerar mis preocupaciones como materia prima de mi arte. Y aunque esta materia prima parezca a bastante sombría, la forma la redime y la convierte en alegría. Sólo se puede escribir desde un exceso de energías, o sea, desde la alegría. La escritura —y esto no lo he descubierto yo— es vida intensificada”
Imre Kertész, húngaro de origen judío, sobrevivió a Auschwitz y a Buchenwald. Tenía 14 años. Después de su regreso a la vida, comenzó sus estudios y se dedicó al periodismo en la Budapest comunista, una tarea muy complicada a la que hace referencia también en Dossier K, hasta que decidió que su única ocupación sería la escritura.  Al principio se ganaba la vida escribiendo malas comedias que se representaban en teatros húngaros al tiempo que escribía “su” novela. Esa novela titulada “Sin destino” fue rechazada la primera vez por la editorial estatal. En 1975 la volvió a presentar y esta vez sí que la publicaron. Imre Kertesz tenía 46 años.
“Sin destino”, considerada una de las grandes novelas del siglo XX, narra la historia de un joven en su paso por uno de los campos de concentración nazis, pero a diferencia de otros relatos sobre el horror del Holocausto, la narración se despega del protagonista, trata de ser objetiva, fría y sin sentimentalismos. Hay mucho de su vida en esta obra, pero no es una novela autobiográfica, sino que, como señala en Dossier K, “consiguió convertir sus preocupaciones en la materia prima de su arte: la escritura”.
Escribe Kertész que los primeros libros que lo maravillaron fueron “El extranjero” de Albert Camus y “Muerte en Venecia” de Thomas Mann. También influyeron mucho en su escritura los ensayos de Paul Valery dedicados al la “crisis del espíritu”:
“El verdadero estado de un verdadero poeta se distingue por completo de la ensoñación. Yo sólo veo esfuerzo implacable, trabajo en los pensamientos para volverlos más dóciles, disposición del alma para someterse a una disciplina exquisita y victoria continúa sobre sí mismo... Incluso quien ha de registrar su sueño por escrito debe obligarse a estar plenamente despierto. Si pretendes reflejar con la máxima precisión posible las visiones extrañas, las traiciones que contra sí mismo comete el durmiente exento de voluntad que eras hacía unos momentos, y seguir en tu propia profundidad la caída pensativa del alma que se precipita como hoja marchita por la infinitud opaca de la memoria, no puedes  confiar en el éxito de una atención máxima de la conciencia, cuya obra maestra consistirá en captar incluso aquella que sólo existe a su costa”. A Kertész estos párrafos lo volvían realmente loco. Así que los anotaba e intentaba llevarlos hasta sus últimas consecuencias, porque su objetivo era escribir, pero no escribir malas comedias, sino hacer de la escritura un arte.
Y ese arte fue reconocido en el año 2002 con el premio Nobel de Literatura.




Imre Kertész falleció el pasado 2 de marzo en Budapest. Tenía 86 años. Tres años antes, el 12 de enero de 2013,  dejaba estas palabras en una entrevista publicada en el diario El País:
“La esencia de mi obra consiste en trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con mucho menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero la crisis económica, una crisis así dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto, deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en la conciencia de los políticos europeos”.



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