viernes, 28 de octubre de 2016

Manual de pintura y caligrafía, de José Saramago




Te despiertas muy temprano. Todavía es noche cerrada. Sales de la cama y tus pasos te llevan hasta la biblioteca. Enciendes la luz y tus manos se dirigen instintivamente hacia un libro de José Saramago titulado “Manual de pintura y caligrafía”. Agarras el libro y regresas a la cama. Es una novela que leíste hace años y tienes buen recuerdo de ella, es una novela de mucha reflexión y poco diálogo. Perfecta para volver a dormirte, piensas.
Comienzas a leer:
 “Seguiré pintando el segundo cuadro pero sé que no voy a acabarlo nunca. La tentativa ha fracasado, y no hay mejor prueba de esta derrota, o fallo, o imposibilidad, que la hoja de papel en la que empiezo a escribir: hasta un día, tarde o temprano, en que iré del primer cuadro al segundo y vendré luego a este texto, o saltaré la etapa intermedia, o interrumpiré una palabra para acercarme a poner una pincelada en la real del retrato que S. me encargó, o en aquel otro, paralelo, que S. no verá”.
Levantas la mirada del libro y te das cuenta de que llevas más de una hora leyendo. Te has equivocado. Cada momento que pasa estás más despierto. Has vuelto a entrar en la vida de H., un pintor de retratos que, consciente de lo mediocre de su obra, comienza a escribir un diario al tiempo que decide realizar un segundo retrato de un cliente, pero esta vez secreto, personal, sin que el propio retratado lo sepa.  Estas novedades clandestinas que H. introduce en su vida lo llevarán a preguntarse sobre el sentido de su arte y sobre el sentido de su propia vida.
Escribe H. “Me veo escribiendo como nunca me vi pintando y descubro lo que hay de fascinante en este acto: en la pintura hay siempre un momento en que el cuadro no soporta una `pincelada más (mala o buena lo emperoaría), mientras que estas líneas pueden prolongarse indefinidamente, alineando fragmentos de una suma que nunca será iniciada pero que es, en ese alineamiento, ya trabajo perfecto, ya obra definitiva porque es conocida. Es sobre todo la idea de la prolongación infinita lo que me fascina. Podré estar escribiendo siempre, hasta el fin de mi vida, mientras que los cuadros, cerrados en sí, repelen, aislados ellos mismos en su piel, autoritarios, y , ellos también, insolentes”.
H. está casado y lleva una vida gris en Lisboa durante los últimos meses de la dictadura de Salazar. Un día recibe un encargo de un retrato por parte de un alto ejecutivo de una gran empresa. Cuando comienza a pintarlo se percata de que lo que está haciendo no es lo que quiere realmente hacer, por lo que decide pintar el segundo retrato paralelo que tendrá consecuencias en la vida del pintor.
“Quien retrata, a sí mismo se retrata. Por eso lo importante no es el modelo, sino el pintor, y el retrato solo vale lo que el pintor valga, ni un átomo más. El Dr Gachet que Van Gogh pintó es Van Gogh, no es Gachet, y los mil trajes con que Rembrandt se retrató son meros expedientes para parecer que pintaba  a otra gente al pintar una diferente apariencia. He dicho que no me gusta mi pintura; porque yo no me gusto y estoy obligado a verme en cada retrato que pinto, inútil, cansado, desalentado, perdido, porque no soy ni Rembrandt ni Van Gogh. Obviamente. Pero ¿También se escribirá a sí mismo quien escribe?¿Qué es Tolstoi en Guerra y Paz?¿Qué es Stendhal en la Cartuja?¿Es la Cartuja todo Stendhal?¿Es Guerra y Paz todo Tolstoi? Cuando uno y otro acabaron de escribir estos libros, ¿se encontraron en ellos?.
Se hace de día. Cierras el libro y regresas a la biblioteca con el “Manual de pintura y caligrafía” para devolverlo a su sitio. 



1 comentario:

  1. Ciertamente Saramago hace pensar y reflexionar al lector a partir de las reflexiones de ese pintor y de ese escritor -seguramente, él mismo-. Quizás algo parecido se podría decir del lector / lectores. "Guerra y Paz" no es el mismo libro leído por éste que por aquél, ¿o sí? Ya te digo, tocayo, una obra muy interesante y que me apunto porque a Saramago lo tengo muy abandonado desde hace ya tiempo. A ver si un día de estos me despierto temprano, me levanto, lo tomo de donde lo haya dejado tras sacarlo de la Biblioteca Pública y me lo pongo a leer. No me parece un mal plan.

    Un fuerte abrazo

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