sábado, 15 de octubre de 2016

La araña del olvido, de Enrique Bonet



Granada. Tarde del 16 de agosto de 1936. El ex diputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso dirige la operación en la que detienen a Federico García Lorca. Está oculto en la casa de su amigo Luis Rosales, de familia falangista. Es llevado al Gobierno Civil donde es interrogado. Al día siguiente,  tras la orden del jefe de las milicias falangistas de Granada, José Valdés Guzmán, lo sacan esposado y lo trasladan a  Víznar,  a un viejo edificio conocido como La Colonia. Aquí pasa Lorca su última noche.
El 19 de agosto, poco antes del alba, Federico García Lorca es conducido un poco más allá del barranco de Víznar, por el camino de Alfacar.  Los verdugos lo asesinan cerca de un viejo olivar. Después: silencio, miedo, olvido.
El primero en averiguar que Lorca había sido asesinado cerca de Víznar fue Gerald Brenan en 1949. Lo publicó en su libro “La faz de España”.
Pero las preguntas seguían ahí. ¿Por qué fue fusilado?¿Por motivos políticos?¿Por su homosexualidad?¿Por envidia?¿Cómo pudieron sacarlo de la protección que le daba la casa de los Rosales?¿Cómo fueron sus últimas horas?¿Dónde fue enterrado?.
Esas eran las preguntas que un joven norteamericano, hijo de españoles exiliados, se hacía cada día mientras leía la poesía de Federico. Esas fueron las preguntas que llevaron a ese joven a Granada en el mes de febrero de 1955 a investigar un tema tabú  en la España de Franco.
Ese joven se llamaba Agustín Penón.


Hacía  19 años que el Ejército Rebelde había tomado Granada y, tras procesos sumarísimos, fusilado a cientos de personas. Todo el mundo sabía que la ciudad estaba rodeada de fosas comunes donde yacían estas víctimas desaparecidas. Pero la gente callaba por miedo.
Escribe Isabel Martínez Reverte en su artículo “Agustín Penón y García Lorca”:
“Además de las entrevistas con familiares cercanos del poeta, la investigación de Penón incluyó muchas noches de alcohol y conversación con falangistas locales. Agustín Penón incluso asistió a un homenaje que sus camaradas tributaron a José Rosales, Pepiniqui, hermano del poeta Luis Rosales y jefe de la Falange granadina, en cuya casa se refugió Lorca tras el golpe militar y de donde salió hacia su muerte. Penón era un hombre muy listo pero ignorante de lo que ocurría en Granada. En ese homenaje a Pepiniqui le piden que diga unas palabras.
Es el americano, bien vestido y con dinero. Penón en copas, rodeado de falangistas dice «por Granada y por Federico García Lorca». Se hizo un enorme silencio y ahí descubrió que las cosas no eran como parecían y empezó a sentir miedo, a sentirse vigilado. Pero siguió investigando y decidió que lo mejor era escribir en inglés, idioma que pensaba nadie hablaba en Granada.
Entre los amigos de los Rosales había un testigo fundamental, José Jover Tripaldi, que custodió a Lorca durante su última noche en La Colonia, el edificio reconvertido en prisión para los condenados a muerte, y que relató a Penón las últimas horas del poeta.
Muchas noches de juerga y borrachera para obtener información. En una de esas noches, Miguel, otro de los hermanos Rosales le confesó que no le gustaba nada la amistad de Federico con su hermano Luis. Naturalmente se refería a la homosexualidad de Lorca.
En su diario describe muy bien el cinismo, la hipocresía, la golfería, la miseria de un grupo de hombres vencedores de la guerra. Llega a ir con ellos de nazareno de la cofradía de Santo Domingo. Aquella Semana Santa de 1955, hizo todas las estaciones en todos los bares por donde pasaba la procesión, junto a Miguel Rosales. Por supuesto, pagaba Agustín Penón.
Penón vivía obsesionado por encontrar el lugar del asesinato y enterramiento. En su búsqueda recorrió una y otra vez, el barranco de Víznar, tratando de localizar la sepultura. Fue así como encontró a Gerardo y a Blas Ruiz Carrillo, este último dueño de La Casita de Papel, un humilde hostal desde el que se contempla el lugar de los fusilamientos. Allí se instaló Penón. Estos hermanos le contaron que habían visto el cadáver y le ayudaron a marcar el lugar donde creían que estaba la tumba, junto a un olivo solitario. El afán de Gerardo era que vinieran los americanos a derrocar a Franco. Hablamos de 1955.


Penón nunca llegó a saberlo, pero aquella colaboración le costó a Blas una orden de destierro lejos de Granada. Tampoco supo que Gerardo terminó por suicidarse. Luego conoció a Manuel, el Comunista que le indicó el olivo que años más tarde localizaría Gibson. Ian Gibson le hizo luego una entrevista sonora que está archivada en Fuentevaqueros.
Penón habló también con María Andrada, esposa del miembro fundador de Falange Alfonso García Valdecasas. Esta mujer le dio la clave de la salvaje represión que siguió al golpe en Granada: el temor de los rebeldes golpistas, que se sentían totalmente rodeados, su temor a que la ciudad fuera recuperada por las tropas republicanas, fue lo que trataron de impedir asesinando a cualquier persona real o supuestamente comprometida con el gobierno de la República. Lorca sería una de estas víctimas.
La frialdad del testimonio estremeció a Penón, que consiguió transmitir en su diario, una frialdad que hoy sobrecoge al lector.
Finalmente Penón llegó a encontrar en el Registro Civil el certificado de defunción que la familia de García Lorca había conseguido que se extendiese en 1940, para resolver asuntos de herencia y de derechos de autor. Este documento no lo había visto hasta entonces ningún investigador. Muchos años después William Layton lo vendería a Juan de Loxa para el Museo de Fuentevaqueros.
En él se certifica que el poeta «falleció en agosto de 1936 a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra, siendo encontrado su cadáver el día 20 del mismo mes en la carretera de Víznar a Alfacar». Considero un escrito surrealista propio de este país el hecho de hablar de un cadáver que nadie ha visto”.
En 1956, cuando la investigación estaba prácticamente finalizada, Agustín Penón abandonó precipitadamente España con una maleta llena de documentos fruto de su investigación. En sus diarios comenta que la policía secreta le seguía los pasos. El miedo se había apoderado de él. Tal vez fue el miedo el que le impidió ordenar  y publicar el resultado de aquella minuciosa y arriesgada investigación. De modo que aquellos documentos quedaron dentro de una maleta durante mucho tiempo. A la muerte de Peñón, esa “maleta” fue heredada por su amigo, el dramaturgo William Layton, quien a su vez lo legó a la actriz y escritora Marta Osorio.
Marta Osorio, que falleció el pasado 5 de agosto en Granada, fue la encargada de ordenar “la maleta de Penón” en un monumental libro titulado “Miedo, olvido y fantasía”, un libro de 800 páginas publicado en 2009 por la editorial Comares. 
Seis años después, Enrique Bonet narra la investigación de  Agustín Penón en una estupenda novela gráfica titulada “La araña del olvido”.
Señala Juan Mata en el prólogo:
“Lo que más seduce de la historia de Agustín Penón es cómo se fue acercando al asunto cubierto por una costra de silencio y miedo. Con él penetramos en las tabernas de Granada, acudimos a hospitales e iglesias de la ciudad, conocemos a jerarcas franquistas, golfos y dicharacheros y a intelectuales amargados y recluidos, penetramos en salones y cocinas donde se habla de Lorca con voz queda y amedrentada. La historieta de Enrique Bonet nos ofrece, además del progreso de una paciente y detectives a indagación, el retrato diáfano de una ciudad amilanada, recelosa y amnésica. Nos va mostrando una galería de personas de la ciudad que, al cabo de los años y gracias a una obra de arte, adquieren la condición de personajes (qué asombroso poder tiene la historieta y la caricatura para representar el lado oscuro de los rostros). Gracias a la sagaz mirada de Agustín Penón y al talento de Enrique Bonet el lector puede percibir los latidos, las costumbres, los lugares y sonidos de una época, puede conocer las bravuconearías de unos y las desconfianzas de otros, los recuerdos y las omisiones, las mentiras más mostrencas y las lealtades más incorruptibles. Y ahí reside el gran mérito de La araña del olvido, en lo que tiene de testimonio de un tiempo y de una ciudad, además de narración de un suceso”.
Imprescindible.
Esta reseña se la debo a una de las personas que mejor conoce  la vida, la obra y la muerte de Federico García Lorca, Amparo Álvaro, que me habló de Agustín Penón durante un viaje a Granada y me regaló “La araña del olvido” de Enrique Bonet.



1 comentario:

  1. Lindo artículo; lo que más me emociona es que Penón y Osorio y todos estos frágiles personajes que consiguieron "oír" ( en la distancia del tiempo ) el grito final de Federico, grito de indignación en ese momento último y fatal, tienen a día de hoy sus tiernos adeptos, fascinados aún por la trayectoria vital de nuestro Federico... quizás nunca se sepa nada nuevo sobre el autor, pero eso da igual; lo importante es contemplar ese fuego ( viene al pelo esa frase en tu blog ), y sentir que almas tan fuertes como la suya ( la del poeta )se sienten aún, porque su dolor anda por ahí.Y su magia. El cómic es una pasada. Su autor un tipo sencillo. Granada a día de hoy, una ciudad bella con sus rincones oscuros. Pero tu artículo me hace sonreír, sabiendo que hay por ahí otro loco, ( muchos locos ) atrapados en la red y el magnetismo de un ser único. Federico. Y gracias por la reseña final; hay tanto placer en descubrir como en compartir.- ( Ah! Y enhorabuena por tu blog. )

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