martes, 27 de septiembre de 2016

París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas




Escribe Enrique Vila-Matas en “París no se acaba nunca”:
Cuando me preguntan si los textos los tengo organizados en la cabeza antes de escribirlos o bien se desarrollan en mi cabeza sorprendiéndome a mí mismo a medida que avanzan, siempre contesto lo mismo, que en la redacción se producen sorpresas infinitas. Y que por suerte es así, porque la sorpresa, el sesgo repentino, la frase que se presenta en el momento preciso sin que se sepa de dónde viene, son el dividendo inesperado, el fantástico empujoncito que mantiene vivo a un escritor”.
Así es “París no se acaba nunca”, una caja de sorpresas, una detrás de otra.
Así es este libro que trata del oficio de escribir, de cómo un joven viaja a París con el objetivo de intentar escribir una novela, su primera novela. Y se va a vivir, imitando a su idolatrado Ernest Hemingway, a una buhardilla de la rue Saint Benoit que le alquila nada más y nada menos que Margarite Duras con la que se cruza de vez en cuando por la escalera y le da consejos para escribir. Ese joven no para de hacerse preguntas y de  hacérselas a los demás, sobre todo a su amigo argentino Raúl Scari. Y ese joven comienza a escribir una novela titulada “La asesina ilustrada”, cuya trama consiste en que los lectores que leen la novela caen fulminados, asesinados por la narradora.
Esa trama que el joven va construyendo en los años 1973 y 1974, es el centro del relato en torno al cual Vila-Matas escribe su libro, una especie de memorias aderezadas con muchos elementos de ficción y de erudición literaria.
Y tiene a París como escenario sin igual, el París real y el literario. El que pisaba Vila-Matas cada día y que tan infeliz le hacía; el mismo que hacía tan feliz a Hemingway en los años 20 a pesar de su pobreza. También son protagonistas los cafés que frecuentaba Hem, como le llamaban sus amigos, y a los que cincuenta años después iba el joven Vila-Matas en busca de alguna huella, de alguna evidencia de su paso, o de la existencia misma del lugar.
En "París no se acaba nunca" no sólo se habla de Hemingway. Hay además numerosas, a veces geniales, reflexiones sobre la ciudad, sobre la escritura, sobre la vida; anécdotas e historias de artistas que vivieron en París, como la de la esposa de Modigliani, que al enterarse de su muerte, se sentó en el alféizar de la ventana de la buhardilla en la que vivían y se dejó caer hacia atrás. Estaba embarazada de nueve meses. O vivencias propias (reales o inventadas) como la de la primera vez que probó el L.S.D. Fue cuando estaba con una novia a la que le iba el rollo hindú del karma y el nirvana, como a los Beatles por aquella época. El suceso tuvo lugar cuando estaba en lo alto de la Torre Eiffel. Al joven Vila-Matas comenzó a hacerle efecto el trippie y en eses momentos pensaba que si se lanzaba al vacío desde lo alto no moriría sino que volaría. Y eso fue lo que le preguntó a ella, que si volaría si se lanzaba desde lo alto de la Torre Eiffel, a lo que ella respondió que no moriría, sino que iría a otro sitio, que no se preocupara, le dijo. “No te matarías, no morirías, sólo te irías lejos de París”. Esa respuesta provocó una pequeña inquietud en el joven escritor y se dio cuenta de que en realidad ella estaba buscando que se matara. “No entiendo por qué irse de París te perece recomendable”, le respondió. “¿Qué?” Preguntó ella alto sorprendida, como si no esperara que él todavía siguiera allí. Tal vez se creía que ya estaba muerto. “Nada—dijo él—sólo quiero que sepas que la eternidad no es más larga que la vida”. Dio media vuelta y se marchó. Y la dejó para siempre aunque estaba enamorado de ella.
Hay tanto bueno en este libro que lo mejor que uno puede hacer es releerlo. Son 113 capítulos narrados como si de una conferencia de tres días se tratara, que es lo que el escritor pretende hacernos creer, que estas páginas están sacadas de una conferencia que dio en Barcelona sobre sus años de juventud en París.
Hace unos años vi a Enrique Vila-Matas en la Feria del libro. Estaba sentado en el interior de uno de los stands  charlando con alguien. Pasaba yo por allí, como cada tarde, y le vi; y vi que él también me vio, a pesar de su charla con el otro tipo. Yo le reconocí enseguida. Él me miró pero creo que no me reconoció como el lector que un día, en un futuro no muy lejano, sería de “París no se acaba nunca”, que lo leería justamente después de leer “París era una fiesta” de Hemingway, y que lo terminaría de leer unas horas antes de viajar a París. O tal vez sí.



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