martes, 13 de septiembre de 2016

La voz dormida, de Dulce Chacón


Había oído hablar de ella, había leído que era una gran escritora,  pero su nombre estuvo escondido en algún rincón de mi memoria hasta que la vi junto a José Saramago en la Puerta del Sol, leyendo con energía el Manifiesto contra la Guerra de Irak tras la gran manifestación convocada por la Plataforma Cultura Contra la Guerra. “(...)la tierra pertenece a los pueblos que las habitan, no a aquellos que, con el pretexto de una representación democrática descaradamente pervertida, al final les explotan, manipulan y engañan. Nos manifestamos para salvar la democracia en peligro(...)” Así hablaba Dulce Chacón aquel día de marzo de 2003. La guerra aún no había comenzado. No faltaba mucho.
Ese verano recuperé lecturas relacionadas con los crímenes cometidos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Leí el diario que Ana Frank escribió estando escondida junto a su familia en la parte trasera de una casa en Ámsterdam. Leí también, gracias a mi amigo Empo, "Si esto es un hombre”, estremecedor relato en el que Primo Levi nos lleva a intentar comprender el horror de Auschwitz. Después fue el turno de “Sefarad”, una obra en la que Antonio Muñoz Molina homenajea a los perseguidos y asesinados por Hitler, Stalin o Franco.
En esto estaba cuando llegó a mis manos “La voz dormida”, de Dulce Chacón. La primera línea del libro me atrapó. Su lenguaje era directo. La historia se sitúa en una cárcel de mujeres en Madrid durante los años cuarenta. Sus protagonistas están presas por ser hijas, esposas o hermanas de hombres que han luchado en el bando que ha pedido la guerra. Dulce Chacón nos mete en la piel de estas mujeres, nos hace sentir sus anhelos, sus risas, sus esperanzas, sus miedos, sus terribles miedos. Dibuja con un realismo tierno y aterrador, el trance por el que estas mujeres tuvieron que pasar. Unas vivieron para contarlo. Otras no llegaron tan lejos. Hortensia, Elvira, Reme, Pepita, Carmina, la Sole...
Cuando terminé de leer novela debían de ser las tres de la madrugada. Poco después me quedé dormido. Nada más despertar pensé en Hortensia, ejecutada justo después de dar a luz, y en Elvira que consiguió salir y rehacer su vida en Praga, y en todas aquellas mujeres que durante meses habían contado estas historias a Dulce Chacón a lo largo y ancho del país. ¡Cuenta la verdad!, le habían dicho. En eso estaba pensando cuando, de manera instintiva como cada mañana, encendí el transistor. Serían poco más de las ocho. Me dio tiempo a escuchar la última noticia del boletín de Radio Nacional. “...La escritora extremeña Dulce Chacón ha fallecido esta noche a consecuencia de una corta y fulminante enfermedad...” No podía creer lo que decía aquella voz. Era tres de diciembre.
A través de esta novela Dulce Chacón despertó la voz de aquellas mujeres calladas por la maquinaria de terror en que se convirtió el Estado creado por Franco tras la Guerra Civil, y las rescató de la desmemoria que dejaron los cuarenta años que duró la dictadura.

             

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