sábado, 10 de septiembre de 2016

El Eternauta de Héctor Germán Oesterheld



Una tarde, mientras paseaba por la Feria del Libro, sin detenerme demasiado en los puestos, encontré, ante mi sorpresa, un extra en color de la novela gráfica “El Eternauta”. Pensaba que tras la muerte de su creador Héctor Germán Oesterheld, el superhéroe argentino había sido enterrado con él.
Descubrí “El Eternauta” el verano que viajé a la Argentina, pero no lo descubrí allí sino, extrañamente, al regresar. Fue un domingo en la playa. Mar en calma, aguas cristalinas, pocos bañistas sobre la arena dorada. Estábamos bajo la sombrilla cuando Esther me habló del artículo que estaba leyendo en El País Semanal. Trataba sobre la tortura y asesinato de un argentino por parte de los militares de la dictadura de Videla y sus secuaces. Se llamaba Héctor Germán Oesterheld. Su delito, haber escrito y publicado veinte años atrás una novela gráfica titulada “El Eternauta”. El articulo lo firmaba una de las grandes plumas de la literatura española, Manuel Rivas. La historia era conmovedora. Y aterradora. Oesterheld fue secuestrado junto a tres de sus hijas y trasladado a centros de tortura. Su esposa y una de sus hijas lograron escapar. La última de las torturas a que fue sometido el autor de “El Eternauta” fue la más espantosa. Antes de ser asesinado, los verdugos le enseñaron unas fotos en las que aparecían sus tres hijas muertas. También habían sido torturadas. Después lo mataron. Su cuerpo nunca apareció.
Todo esto lo narraba Rivas tras entrevistar Elsa, la esposa de Oesterheld, que vivía en Galicia, la que había sido tierra de sus padres.
Me costaba entender tal ensañamiento por una novela gráfica, por un cómic, por un TBO.
Debía leer ese libro, necesitaba leer “El Eternauta”, de modo que pocos días después fui a la tienda de cómics de la calle Vinader y compré una edición especial por el 50 aniversario de “El Eternauta”. Casi 400 páginas de una historia que llevó a Oesterheld y a sus  hijas a la muerte.
La historia.
Un hombre, de repente, aparece de la nada en el estudio de Oesterheld en Buenos Aires. Corre el año 1957. Durante toda la noche, ese hombre llamado Juan Calvo, le cuenta cómo ha llegado hasta ahí. Todo comenzó una noche en que nevaba. Juan Calvo jugaba en casa tranquilamente a las cartas con los amigos, pero pronto se percatan de que esa no es una nieve normal. Caen copos de nieve fluorescente que matan. Pronto se dan cuenta de que están solos y de que esa nieve es el arma utilizada por los extraterrestres que han invadido La Tierra. Juan Calvo, El Eternauta, luchará contra ellos; se convierte así en defensor de la vida, la libertad y la dignidad en la lucha contra los extraterrestres que quieren aniquilar la vida en La Tierra. Los extraterrestres son unos monstruos asesinos llamados los Ellos y los Manos.
Fue precisamente en el espejo de El Eternauta en el que se vieron reflejados los militares de la dictadura argentina. Ellos eran los Ellos, ellos eran los Manos. No les gustó esa imagen. De manera que tenían que acabar con el autor de ese espejo, y lo hicieron, acabaron con Héctor G. Oesterheld. Pero no con el espejo.
El Eternauta comenzó a publicarse en 1957 en forma de tira de periódicos y estuvo publicándose durante años con un éxito enorme.
Desde que comencé a leerlo no pude separare de él ni un solo minuto. Una obra maestra, un libro de obligada lectura, de obligada relectura. Por eso la sorpresa de encontrar una secuela de “El Eternauta”. La compré, por supuesto. Era un homenaje que Solano, compañero dibujante de “El Eternauta,  le hizo a Oesterheld en el año 1997 en el vigésimo aniversario de su desaparición.





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